Dignitas infinita es una Declaración publicada recientemente por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe con motivo del 75º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). La Declaración se organiza en cuatro apartados. Los tres primeros consisten en una síntesis de la creciente conciencia y aprendizajes de la humanidad y de la Iglesia sobre la dignidad, y el cuarto es una aplicación a situaciones contemporáneas. El Papa Francisco no se cansa de clamar por la promoción y respeto de la dignidad de toda persona, sin relación a sus características físicas, psíquicas, culturales, sociales y religiosas.

A raíz de la publicación de la exhortación Laudate Deum, el 10 de enero se llevó a cabo un encuentro que contó con la presencia del rector Ignacio Sánchez, el entonces Vice Gran Canciller Tomás Scherz y las exposiciones del académico de la Facultad de Teología Román Guridi, de la académica del Instituto de Éticas Aplicadas Alejandra Marinovic, y de Rafael Vicuña, director del Centro UC de Cambio Global. Los desafíos antropológicos y científicos frente a la crisis climática, y la incidencia del paradigma tecnocrático, fueron algunos de los temas planteados.

Los cristianos se han convertido en un daño colateral en el conflicto que consume Tierra Santa. Sin trabajo, sin hogar, o viviendo en precarias condiciones en calidad de refugiados, el número de muertos y el aumento de la emigración ponen en severo riesgo la supervivencia de los cristianos en esa región.

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Desde sus muchos años de experiencia en el Instituto Católico de Migración de la Conferencia Episcopal de Chile (INCAMI) y en la actualidad como editor del periódico Presenza, Nello Gargiulo ha mirado de cerca al mundo migratorio latinoamericano. En esta columna, vuelve sobre esta realidad intentando ampliar la perspectiva del problema y proponiendo miradas y acciones.
El desafío de ofrecer una educación integral a lo largo del territorio compromete a diferentes actores sociales, estatales y también religiosos: la formación no requiere solo de infraestructura, logística y recursos, es necesario relevar la dimensión valórica y su rol en la cohesión social.
A principios de enero, muchas personas y familias abrieron las puertas de sus casas —a veces, por primera vez en años— para compartir y conversar con 1.450 jóvenes universitarios desplegados desde la región de Coquimbo hasta la región de Aysén. La Pastoral de la Pontificia Universidad Católica de Chile organizó estas misiones y trabajos con una sola motivación: compartir la esperanza de Cristo resucitado, generar vínculos, y apoyar en demandas concretas en territorios con escasos recursos y presencia pastoral.
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