Tras visitar Asís en mayo, en el marco de los 800 años de la memoria de San Francisco, nuestro colaborador nos comparte una serie de apuntes y reflexiones maduradas en esos días.
Asís es una ciudad construida hace muchísimo tiempo sobre una colina desde la cual se pierde la mirada en el evocador espectáculo de la vegetación que la fértil llanura aluvial ofrece al visitante. Umbría es la región de Italia donde se encuentra Asís, con una historia ambientada en el corazón de la península italiana y que cobra importancia desde principios del siglo XIII con la conversión religiosa del joven Francisco (cuyo nombre de bautizo era Giovanni).
San Damián: el comienzo del cambio de Francisco
El cambio radical en la vida del joven Francisco tuvo lugar allí mismo, en Asís, frente al crucifijo de la antigua iglesia de San Damián al fondo del valle. Francisco, percibiendo la invitación del Señor, comprende que el mensaje era de un calibre mucho más grande: no solo reconstruir el lugar de culto tan reducido, sino los muros espirituales de toda la Iglesia. La Iglesia estaba a la espera de un nuevo Pentecostés. Una misión ardua que Francisco recoge al vuelo y que da un vuelco total a su vida, asumiendo como “libreto” de la nueva aventura una existencia de plena adhesión al Evangelio en todas sus expresiones.
Francisco parte abandonando en forma radical su mundo acomodado con un puñado de compañeros, entre ellos Bernardo de Quintavalle, un jurista rico y noble de Asís. Además de Pietro Catano, también noble y jurista, Bernardo es quien le acompañó en 1219 a Egipto a una visita a la Misión Franciscana de Tierra Santa que había comenzado en el 1218 y confiada a Fray Elías. En la oportunidad, con el propósito de buscar la paz, Francisco hace una visita también al sultán de Egipto mientras se desarrollaba la lucha entre cristianos y musulmanes en la que fue la quinta cruzada (1217-1221) para liberar el sepulcro de Cristo de manos musulmanas.
Francisco, desarmado totalmente, cruza el campo de los Sarracenos y se presenta al Sultán invitándole a un diálogo. No tuvo el éxito esperado, pero no dejó indiferente al Sultán y éste lo protegió en su regreso. De todas maneras, en esta tortuosa, pero significativa misión Evangelizadora de Francisco, se sentaron las bases para los futuros diálogos entre estos dos mundos. A partir del año 1342, el papa Clemente VI confiará a los frailes franciscanos menores, con la bula pontificia, la custodia de los lugares simbólicos de la cristiandad.
Con la primera regla en 1209 nace la orden de los frailes menores
A Francisco se unieron, siempre entre los años 1208 y 1209, otros dos compañeros, fray Silvestro y fray León; ambos fascinados por esta inspirada aventura. Con ellos se conforma el grupo de los “doce compañeros de ruta” que Francisco eligió imitando al Maestro y a los doce apóstoles que escogió y sobre los cuales nació la Iglesia.
Silvestro además fue el primer sacerdote, y como tal se convirtió en su confesor y padre espiritual. León fue de apoyo más personal. Muy pronto la obra fue más allá de los límites de las murallas de Asís y con esto comenzó a ordenarse una primera regla, en forma oral en 1209, aprobada por el Papa Inocencio III.
Desde allí Francisco dirige y define el estilo de vida de lo que se llamaría la orden de los frailes menores –humildad y servicio son dos connotaciones del significado de menores– que fue el primero de los grandes y variados grupos de la familia franciscana. Con su muerte no faltaron las primeras discordias sobre la manera de interpretar la pobreza. A tal propósito, es significativa una carta escrita de su puño y letra por Francisco a fray León, en donde hace una referencia explícita a las relaciones humanas que debe caracterizar la vida de los frailes. Francisco hace uso de una metáfora materna cuando con su espíritu de humildad y fraternidad se dirige a fray León como una madre. Esta carta fue escrita en el Monte de la Berna (1224, fuentes franciscanas) y es uno de los más vibrantes documentos de la espiritualidad cristiana que en el curso de la historia ha trascendido la bendición de Dios más allá de las relaciones humanas personales hasta extenderse a la creación entera con el Cántico de la Criaturas, así como lo recoge y lo describe el Papa Francisco en la Encíclica Laudato si’: “El conjunto del Universo con sus múltiples relaciones muestra la inagotable riqueza de Dios” (n. 86).
Nace la orden femenina con Clara
En 1212, Francisco involucró en su propia vida de entrega absoluta a la joven y hermosa Clara Scifi, también de familia noble de Asís. Con ella comenzó la rama femenina conocida como las Monjas Clarisas. Clara describirá su propia vocación reconociendo en San Francisco la guía que iluminó y encaminó su vida espiritual, definiéndose a sí misma como plantilla del santo. En su testamento así se dirige a sus hermanas que la siguen: “El hijo de Dios se ha hecho nuestra vía, y ésta con la palabra y con el ejemplo que nos indicó el Beado padre nuestro Francesco, verdadero amante e imitador de él” (FF2824). Clara muere 30 años después de Francisco y fue muy determinante su presencia como testigo de los primeros tiempos de la Orden porque pronto se convertirá en una de las más grandes obras de la Iglesia católica. El estilo se adscribe a las que se denominan órdenes mendicantes –Dominicos, Siervos de María, Agustinos y varios más son de la misma época– que se caracterizaban por crear comunidades en medio de las ciudades que iban naciendo.
Un carisma revolucionario
El carisma de Francisco fue reconocido en la Iglesia y en todo el mundo como expresión de uno de los radicalismos de amor más transformador y que puso a prueba también relevantes promesas contenidas en los Evangelios como: “ríos de agua viva fluirán desde las profundidades de quienes creen en mí” (Jn 7,37-39) y, siempre en el Evangelio de San Juan, cuando el Maestro Jesús acercándose su muerte pronunciaba aquellas palabras: “y haréis obras como las mías y aún mayores que las mías” (Jn 14,12). Eran palabras que sonaban como advertencia a los frailes para que no se dejasen perturbar ni perdieran el ánimo por lo que podía ocurrir en el camino de la existencia.
Francisco trazó una ruta clara para sus seguidores, y antes de morir en 1221 vio reunidos en Pentecostés, allí en Asís, entre 3.000 y 5.000 frailes de toda Europa en lo que ha pasado a la historia como el Capítulo de las esteras, porque no habiendo refugios suficientes se acomodaron sobre paja para dormir. Hoy en día, dentro de sus murallas Asís puede albergar hasta 20.000 personas en un día y acomodarse en alojamientos que cubren diferentes exigencias.
Asís, una ciudad de historia, de testimonio y, sobre todo, de aquella arte verdadera que, como tal, perdura más allá del tiempo y sigue expresando lo que su autor quería que fuese. Asís, ciudad rica de mercantes, configura también un estilo arquitectónico en gran armonía con el ambiente con piedras de rocas calcáreas que provenían de la misma montaña de Asís y aún hoy con tecnologías más avanzadas se utilizan para las restauraciones de todas las dependencias, especialmente después del terremoto de 1997, cuando la afectada principal fue justamente la basílica de San Francisco.
El arte franciscano
Recorriendo hoy las calles de Asís en la atmósfera de las celebraciones del 800 aniversario de su muerte, la vida de Francisco se convierte en motivo para nuevas y profundas reflexiones que abren las puertas para encontrar, en la era digital y la IA, la línea de una lectura estimulante para resignificar la vida cristiana en la realidad actual de un mundo que tiende a relegar los propios Evangelios al ámbito de las elecciones personales. La ciudad de Asís se ha estado preparando en las últimas décadas para dar la bienvenida en este 2026 y así proponer hoy a los visitantes, cada vez más numerosos y diversos, esa semilla del cambio de Francisco que a lo largo de los siglos ha echado raíces en todas partes y ha generado espacios para conversiones, libertades personales y encuentros incluso entre diferentes culturas y religiones. Pero esta no es la única atmósfera que se respira. El desafío que se lanza va más allá de lo que puede ser sentimentalismo y buenas intenciones. Recorriendo los 28 murales atribuidos a Giotto entre el año 1290 y 1295 se aprecia el nuevo estilo del arte pictórico de representar en amplias superficies la vida del santo y su forma directa e impactante en contacto con los habitantes.
El suyo fue un signo de contradicción en una Iglesia que había comenzado su segundo milenio de vida aún bajo la influencia de un mundo feudal que la tenía anclada en usos y costumbres un tanto alejados de su vocación evangélica. La del franciscanismo es una espiritualidad que ha generado con toda la Escuela de Giotto la transición de arte figurativa desde el Medioevo (figuras que destacan más bien una visión teocéntrica y jerárquica) al arte Humanista del siglo XIV y del Renacimiento en que se destaca la anatomía, la figura y se introduce la perspectiva y tridimensionalidad en la pintura.
Los Montes de Piedad: bancos con un capital social
El movimiento Franciscano fue precursor también de la subsidiariedad que va más allá de la dimensión de la Caridad cristiana, y en un sentido más amplio, de la solidaridad. Desde esta perspectiva, la propia economía de mercado (contrariamente a lo que se cree y enseña vinculándola al comienzo del liberalismo en el siglo XVII) tiene sus orígenes en esos Monti di Pietà, creados al final del siglo XV por los franciscanos, con los fondos de la colecta de monedas: con esta formaban un capital que luego prestaban a bajas tasas de interés a los artesanos y colaboraron para liberar familias de las manos de los usureros. El concepto era la circulación de bienes y las finanzas para desarrollar actividades productivas, con la base de un capitalismo social del siglo XIV y XV acompañaron importantes momentos del Renacimiento.
Francisco había elegido la pobreza, pero no luchó en contra de la riqueza. Hoy, de alguna manera podríamos pensar que con la experiencia que tuvo de mercante consideró el lucro necesario como estímulo para la producción y claramente para él no era un fin en sí mismo. Importantes historiadores y economistas consideran que es de la experiencia Franciscana que nacen los fundamentos del mercado –y posteriormente la economía de mercado– como un lugar para el intercambio de bienes de forma libre y responsable y, por lo tanto, un motor del progreso y la paz social. De hecho, los mercados perduran como sistemas de libre competencia que amortiguan también efectos de depresión económicas y advierten con luz roja cuando las repercusiones de las guerras son demasiado devastadoras. Es muy posible que las tensiones y enfrentamientos en el estrecho de Hormuz tengan una vía de salida cuando los mercados por sí solos se impongan sobre los intentos de acuerdos que fallan uno tras otros por las razones que conocemos.
Es este año santo Franciscano 2026 una buena ocasión para repensar la actualidad del pensamiento de Santo de Asís, en sintonía con lo que el Papa León XIV propone con la nueva encíclica Magnifica humanitas. La mirada de la dignidad sobre el hombre y la fraternidad como el fundamento de las relaciones humanas cruzan los umbrales de la historia y se proponen como respuesta ante el peligro de que las nuevas tecnologías deriven en una deshumanización con esclavitudes, indiferencia, guerras y soledad. En defensa de tantas incertidumbres, San Francisco y el Papa León llegan a darnos una mano de aliento y esperanza.
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