Texto completo de la presentación de la teóloga italiana Linda Pocher sobre la participación de la mujer en la iglesia, realizada en su visita a la Facultad de Teología UC el martes 21 de julio de 2026. 

1. Un caso de actualidad eclesial

Quisiera comenzar agradeciendo sinceramente la invitación a compartir esta reflexión con ustedes. Al preparar esta conferencia, me pregunté por dónde comenzar.

Podría haber presentado un recorrido histórico sobre la presencia de las mujeres en la vida de la Iglesia, hacer un balance de las reformas introducidas en los últimos años o proponer una reflexión sistemática sobre los ministerios instituidos y el ministerio ordenado. Sin embargo, me convencí de que existía un camino más fecundo.

Quisiera comenzar con un pequeño caso de actualidad eclesial. Un episodio que, a primera vista, parece no referirse directamente a las mujeres, pero que puede ayudarnos a comprender mejor el verdadero alcance del tema que hoy nos reúne.

Me refiero a la respuesta que el Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos dio recientemente a la Conferencia Episcopal Alemana sobre la posibilidad de que, en circunstancias particulares, un fiel laico pudiera pronunciar la homilía durante la celebración eucarística.

Como saben, la respuesta fue negativa. El Dicasterio recordó que la homilía forma parte de la acción litúrgica y que, por ello, está vinculada al ministerio ordenado. No se trataría simplemente de una norma disciplinaria modificable, sino de una decisión que expresa una determinada comprensión teológica del ministerio.

No quisiera detenerme a discutir esa respuesta. Tampoco me interesa preguntarme si la decisión fue acertada o equivocada. Creo que, para una Facultad de Teología, esa sería una pregunta demasiado pequeña.

Lo verdaderamente interesante es otra cosa. Porque la cuestión de la homilía no trata únicamente de quién puede hablar durante unos minutos en la celebración eucarística. Nos obliga a formular preguntas más profundas:

  • ¿Cómo circula la palabra en la Iglesia?
  • ¿Quién puede hablar en nombre de la comunidad?
  • ¿Quién es reconocido como una voz autorizada?
  • ¿Qué relación existe entre la palabra, la autoridad y el ministerio?

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Fue precisamente al plantearme estas preguntas cuando comprendí que el tema de los ministerios femeninos no puede abordarse únicamente desde la perspectiva de las funciones. Con frecuencia el debate se formula así: ¿qué pueden hacer las mujeres y qué no pueden hacer? Pero esta manera de plantear la cuestión corre el riesgo de ocultar el problema principal.

Las funciones pueden cambiar. Las competencias pueden ampliarse. Incluso las estructuras pueden reformarse. Pero todo eso puede ocurrir sin modificar realmente nuestra manera de comprender la autoridad en la Iglesia, es decir, sin avanzar hacia una Iglesia capaz de superar la mentalidad clerical denunciada tanto por el papa Francisco como por el proceso sinodal.

Y aquí el caso de la homilía resulta especialmente revelador. Nos recuerda que la palabra nunca es un elemento neutro. Cada vez que una comunidad determina quién puede tomar la palabra públicamente, expresa también una determinada imagen de sí misma: cómo entiende la autoridad, cómo reconoce los carismas, cómo articula la relación entre bautismo y ministerios y cómo comprende la misión confiada a todo el Pueblo de Dios.

En este sentido, el caso de la homilía funciona como un espejo. Nos permite descubrir que detrás de esta cuestión se esconde una pregunta profundamente eclesiológica. Y es precisamente aquí donde vuelve a aparecer la cuestión de las mujeres.

No porque las mujeres constituyan un problema que la Iglesia deba resolver ni porque su presencia pueda reducirse a la reivindicación de nuevos espacios de participación. Más bien porque su experiencia pone de manifiesto una pregunta que afecta a toda la comunidad eclesial: ¿cómo reconoce hoy la Iglesia los dones que el Espíritu distribuye entre los bautizados? ¿Cómo distingue entre la autoridad que proviene de un ministerio y la autoridad que nace de un carisma reconocido por la comunidad?

Tengo la impresión de que el camino sinodal nos está ayudando a desplazar la mirada. Durante mucho tiempo nuestras preguntas se formularon en términos de competencias: quién puede enseñar, gobernar o predicar. Poco a poco comienza a abrirse otra perspectiva. La pregunta deja de ser únicamente quién ejerce un ministerio para convertirse en cómo una comunidad cristiana aprende a reconocer los dones que el Espíritu suscita para la edificación de todos.

Y este cambio de perspectiva me parece decisivo. Porque una Iglesia sinodal no consiste simplemente en distribuir funciones de manera diferente. Consiste, sobre todo, en aprender a discernir juntos dónde está actuando el Espíritu y qué formas de ministerio permiten hoy servir mejor a la misión de la Iglesia.

Por eso quisiera utilizar este episodio solamente como una puerta de entrada. No es el tema principal de esta conferencia, sino el punto de partida de una pregunta más amplia que recorrerá toda nuestra reflexión: ¿qué relación existe entre la palabra, la autoridad y los ministerios en una Iglesia que desea vivir cada vez más plenamente la sinodalidad?

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2. La palabra como lugar teológico de la sinodalidad

Si aceptamos esta perspectiva, podemos dar un paso más. El caso de la homilía deja de ser simplemente una cuestión litúrgica y se convierte en una oportunidad para volver a una pregunta fundamental: ¿qué lugar ocupa la palabra en la vida de la Iglesia?

Durante mucho tiempo nos hemos acostumbrado a pensar la Iglesia sobre todo a partir de sus estructuras, sus ministerios o sus instituciones. Todo esto es importante. Pero antes de ser una organización, la Iglesia nace porque Dios dirige su palabra a la humanidad y porque hombres y mujeres responden a esa palabra con su fe.

La Iglesia existe porque la Palabra sigue siendo escuchada, acogida, interpretada y anunciada. Por eso la palabra nunca es un elemento secundario: es el lugar donde la fe se transmite, la comunidad se edifica y el Espíritu continúa actuando en la historia.

Si observamos los Evangelios, descubrimos algo significativo. Jesús no reúne a sus discípulos únicamente para enseñarles una doctrina o confiarles unas funciones. Ante todo, crea un espacio donde las personas recuperan la posibilidad de hablar y de ser escuchadas.

Los Evangelios están llenos de diálogos. Jesús pregunta, escucha, interpreta, corrige e invita a tomar la palabra. Y muchas veces quienes no tenían voz en la sociedad o en la comunidad religiosa se convierten en interlocutores privilegiados del Reino de Dios.

A este respecto, el Informe final del Grupo de Estudio 5 del Sínodo recuerda que el anuncio de la Resurrección fue confiado en primer lugar a María Magdalena. Este dato no puede considerarse un simple detalle narrativo. Si el Resucitado quiso confiar a una mujer la primera proclamación del acontecimiento central de la fe cristiana, la Iglesia no puede dejar de preguntarse qué significa esta elección para su comprensión de la autoridad, del testimonio y de los ministerios. Quizá ha llegado el momento de dejar espacio a esta memoria peligrosa y permitir que despliegue toda su fuerza interrogante.

Esta observación nos ayuda a comprender mejor lo que significa una Iglesia sinodal. Con frecuencia identificamos la sinodalidad con nuevos organismos de participación o con procedimientos más compartidos para tomar decisiones. Todo eso es necesario, pero no agota su significado.

La sinodalidad comienza cuando una comunidad aprende a escuchar; cuando nadie considera que posee toda la palabra; cuando la autoridad deja de identificarse con su monopolio y se entiende como la responsabilidad de hacer posible que la palabra circule, sea discernida y contribuya a la comunión.

Durante siglos, la autoridad en la Iglesia fue asociada a la capacidad de enseñar, decidir y hablar en nombre de la comunidad. El ministerio ordenado asumió legítimamente esa responsabilidad y sigue teniendo una función insustituible en la vida sacramental. Pero el camino sinodal nos invita a redescubrir una dimensión igualmente fundamental: el Espíritu Santo distribuye sus dones en todo el Pueblo de Dios.

Por eso, el discernimiento eclesial no consiste sólo en escuchar a quienes tienen una responsabilidad institucional, sino también en reconocer aquellas palabras en las que el Espíritu manifiesta una luz para toda la comunidad.

El Concilio Vaticano II expresó esta convicción al afirmar que el Espíritu reparte sus dones entre todos los fieles para la edificación de la Iglesia. Y el propio sujeto eclesial ha cambiado profundamente desde entonces. La renovada conciencia de la dignidad bautismal y la mayor participación de los laicos han hecho posible una presencia activa en la enseñanza, la investigación teológica, la formación pastoral y el discernimiento comunitario que habría sido impensable hace apenas un siglo.

Entre estos desarrollos destaca la creciente presencia de mujeres en la teología. No se trata sólo de una ampliación cuantitativa. La incorporación de nuevas voces ha permitido formular preguntas nuevas y redescubrir aspectos de la tradición que habían permanecido en segundo plano. Por eso la pregunta ya no puede ser solamente: ¿quién tiene autoridad para hablar? Debe ser también: ¿cómo reconocemos las palabras que el Espíritu suscita para el bien de toda la Iglesia?

Los ministerios siguen siendo necesarios. Pero su finalidad no consiste en concentrar la palabra, sino en servir a la comunión, discerniendo y haciendo crecer los dones que el Espíritu distribuye en el Pueblo de Dios. Desde esta perspectiva, la sinodalidad no disminuye el valor del ministerio ordenado. Al contrario, lo sitúa dentro de una comprensión más amplia de la misión eclesial. El ministerio aparece entonces no como un privilegio, sino como un servicio al discernimiento comunitario y a la búsqueda común de la verdad.

Y es precisamente aquí donde la cuestión de las mujeres adquiere una luz nueva. Si la reducimos a un problema de acceso a determinadas funciones, probablemente seguiremos discutiendo dentro del mismo marco conceptual. Pero si la situamos dentro de la pregunta sobre cómo la Iglesia reconoce las palabras mediante las cuales el Espíritu continúa edificando a su Pueblo, comprendemos que el verdadero desafío no consiste sólo en redistribuir tareas, sino en aprender a reconocer voces que quizá durante demasiado tiempo no hemos sabido escuchar.

Y esta es, precisamente, la cuestión a la que quisiera dedicar la siguiente parte de mi reflexión.

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3. Las mujeres como lugar teológico

Llegados a este punto, podemos volver al tema que da título a esta conferencia. ¿Por qué hablar hoy de los ministerios femeninos?

La respuesta más inmediata sería: porque las mujeres piden una participación más amplia en la vida de la Iglesia. Y esta respuesta contiene una parte de verdad. En muchas Iglesias locales, las mujeres sostienen desde hace décadas la vida de las comunidades, la catequesis, la formación, la acción caritativa, la reflexión teológica y numerosas responsabilidades pastorales. Sería imposible comprender la vida cotidiana de la Iglesia sin reconocer esta realidad.

Sin embargo, me parece que la cuestión es más profunda. No creo que el principal desafío consista simplemente en ampliar el número de tareas que las mujeres pueden desempeñar. Si nos limitáramos a este nivel, correríamos el riesgo de reducir el problema a una redistribución de funciones. 

La sinodalidad nos invita a repensar la relación entre bautismo, carismas, ministerios y autoridad.Por eso me atrevería a formular una hipótesis: las mujeres no son únicamente destinatarias de un proceso de renovación eclesial. Son también uno de los lugares desde los cuales el Espíritu está ayudando a la Iglesia a comprenderse de una manera nueva.

Digo "uno de los lugares" porque no quisiera absolutizar la cuestión femenina. También los jóvenes, los pueblos indígenas, las comunidades pobres o quienes han experimentado diferentes formas de exclusión ofrecen perspectivas nuevas para comprender el Evangelio. Pero la experiencia de las mujeres posee una fuerza reveladora particular, porque cuestiona una asociación que durante siglos ha parecido natural: la identificación entre autoridad, palabra pública y experiencia masculina.

No se trata de una acusación contra la tradición. Toda tradición vive en la historia y necesita releerse continuamente a la luz del Evangelio y de la acción del Espíritu. Durante siglos, la mayoría de quienes enseñaban, predicaban, gobernaban y tomaban las decisiones más relevantes eran hombres ordenados. Esta configuración histórica produjo también un determinado imaginario eclesial: aprendimos casi espontáneamente a asociar la autoridad con una voz masculina.

Por eso, cuando una mujer toma la palabra en un espacio eclesial de responsabilidad, no cambia solamente el sujeto que habla. Cambia también la imagen de Iglesia que esa palabra hace posible. Y aquí se encuentra uno de los desafíos más interesantes de nuestro tiempo. Las mujeres no aportan solamente nuevos contenidos; aportan también nuevas preguntas.

Nos ayudan a preguntarnos qué significa ejercer la autoridad sin convertirla en dominio; presidir una comunidad favoreciendo la participación de todos; enseñar sin dejar de aprender; discernir sin confundir el propio punto de vista con la voluntad de Dios. En otras palabras, contribuyen a desplazar el centro de gravedad de la reflexión sobre los ministerios.

Poco a poco dejamos de pensar el ministerio únicamente en términos de poder y competencias para comprenderlo como una forma de generar comunión, hacer crecer la fe de los demás y crear las condiciones para que los dones del Espíritu puedan manifestarse.

Tal vez esta sea una de las contribuciones más importantes que las mujeres pueden ofrecer hoy a la Iglesia. No porque exista una manera "femenina" de ejercer la autoridad, sino porque una historia marcada por la necesidad de conquistar espacios de reconocimiento ha desarrollado con frecuencia una especial sensibilidad hacia los procesos de escucha, cooperación y discernimiento compartido.

Y precisamente estas capacidades aparecen hoy como indispensables para una Iglesia que desea vivir según un estilo sinodal. Por eso pienso que la pregunta ya no debería formularse únicamente así: ¿qué ministerios pueden ejercer las mujeres? La pregunta podría ser otra: ¿qué puede aprender toda la Iglesia de la experiencia creyente de las mujeres acerca del modo de ejercer cualquier ministerio?

La diferencia es importante. En el primer caso, las mujeres aparecen como quienes esperan una respuesta de la institución. En el segundo, aparecen como sujetos capaces de ofrecer una inteligencia nueva de la vida eclesial. Este desplazamiento responde mejor a la lógica del Evangelio, porque el Evangelio no transforma simplemente la posición de las personas dentro de una estructura, sino la manera misma de comprender las relaciones.

Y quizá sea precisamente esto lo que el Espíritu está realizando hoy en la Iglesia: no sólo abrir nuevos espacios de participación, sino ayudarnos a descubrir que la autoridad cristiana alcanza su forma más auténtica cuando hace crecer la palabra, la libertad y la responsabilidad de los demás.

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4. Una palabra que emerge desde los márgenes

Permítanme concluir con una página del Evangelio que, desde hace tiempo, me acompaña en mi reflexión sobre la Iglesia. Es el relato de la mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años, narrado en el capítulo quinto del Evangelio de Marcos.

Conocemos bien la escena. Aquella mujer llevaba muchos años enferma. Había buscado médicos, había gastado todo lo que tenía y, según el evangelista, no sólo no había mejorado, sino que su situación era cada vez peor. Pero su sufrimiento no era únicamente físico. Según la legislación de su tiempo, su enfermedad la convertía en una persona ritualmente impura. Vivía, por decirlo así, en los márgenes de la vida religiosa y social. Y, sin embargo, precisamente desde ese lugar de marginalidad nace uno de los gestos de fe más sorprendentes de todo el Evangelio.

Nadie le dice qué debe hacer. Nadie la anima. Nadie la llama. Ella imagina una posibilidad. «Si logro tocar aunque sea su manto, quedaré curada». Me impresiona mucho este detalle. La fe aparece aquí unida a la imaginación. No a una imaginación arbitraria, sino a la capacidad de descubrir una posibilidad que nadie había visto todavía.

La mujer se acerca entre la multitud, toca el manto de Jesús y queda curada. La historia podría terminar ahí. Pero Jesús no permite que termine así. Se detiene. Pregunta quién lo ha tocado. Los discípulos no comprenden su reacción. La multitud lo rodea por todas partes. Parece imposible identificar a una persona.

Y, sin embargo, Jesús insiste. ¿Por qué? Porque sabe que el verdadero milagro todavía no ha concluido. Finalmente la mujer se presenta delante de él. Y el evangelista utiliza una expresión extraordinaria. Dice que la mujer «le contó toda la verdad». Esta frase siempre me ha parecido profundamente significativa. Jesús no se contenta con devolverle la salud. Le devuelve también la palabra. La hace salir del anonimato. La invita a contar públicamente su historia. Y sólo entonces la llama "hija".

El milagro alcanza su plenitud cuando aquella experiencia personal se convierte en una palabra compartida, capaz de edificar también la fe de los demás. Quizá aquí encontremos una imagen muy fecunda para pensar la Iglesia sinodal. Con frecuencia hablamos de la necesidad de integrar, de acoger, de incluir. Todo eso es importante. Pero el Evangelio parece pedir algo más.

No basta con hacer sitio a quienes durante mucho tiempo han permanecido en los márgenes. Es necesario reconocer que precisamente desde esos márgenes pueden llegar palabras que toda la comunidad necesita escuchar. Ésta me parece una de las tareas más importantes de la Iglesia en el momento presente. No sólo preguntarnos quién tiene derecho a hablar. Sino aprender a reconocer aquellas palabras que el Espíritu hace nacer allí donde quizá no esperábamos encontrarlas.

Y aquí quisiera decir una palabra sobre la tarea de la teología. Creo que hoy la Iglesia necesita una teología rigurosa, profundamente enraizada en la Escritura y en la tradición. Pero necesita también una teología capaz de imaginar. No hablo de inventar una Iglesia distinta. Hablo de esa imaginación espiritual que sabe reconocer posibilidades que el Espíritu ya está haciendo germinar en la vida del Pueblo de Dios, aunque todavía no dispongamos de todas las categorías para nombrarlas.

En este sentido, la tarea de los teólogos y de las teólogas no consiste únicamente en responder a las preguntas que la Iglesia ya sabe formular. Consiste también en ayudar a la Iglesia a descubrir preguntas mejores. Preguntas que permitan reconocer con mayor claridad la novedad del Evangelio en nuestro tiempo.

Quisiera terminar dejando abiertas precisamente algunas de esas preguntas, con el deseo de que puedan introducir el diálogo que seguirá a esta conferencia. Si la sinodalidad consiste realmente en aprender a escuchar juntos al Espíritu Santo, entonces:

¿Qué voces siguen siendo poco escuchadas en nuestras Iglesias?

¿Cómo puede la autoridad convertirse en un espacio que haga crecer la voz y la participación de los demás?

¿Qué ministerios aún no sabemos nombrar porque todavía no hemos aprendido a reconocer los dones que el Espíritu ya está suscitando?

¿Estamos realmente dispuestos a dejarnos enseñar por quienes durante mucho tiempo han permanecido en los márgenes de la vida eclesial?

Y quisiera concluir con una última pregunta, que resume, de algún modo, toda mi reflexión de esta mañana.

¿Y si el debate sobre los ministerios femeninos fuera, en realidad, una oportunidad para que toda la Iglesia reflexione sobre cómo reconoce los dones, ejerce la autoridad y acoge los ministerios que el Espíritu sigue suscitando para la misión?

Muchas gracias.

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