En el aniversario 135º de la Encíclica Rerum novarum de León XIII, León XIV publica Magnifica humanitas, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial; una encíclica que brota del corazón del magisterio social de la Iglesia y que pretende, en diálogo y continuidad con él, leer e interpretar con lucidez los desafíos del presente, especialmente aquella res novae de nuestro tiempo: el avance de la técnica, cuya novedad es su poder e omnipotencia, donde las nuevas tecnologías “se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo” (n.4).

Compartimos a continuación los puntos centrales de la encíclica, a través de una adaptación del artículo de Isabella Piro, publicado en Vatican News el 25 de mayo de 2026, mismo día en que se publicó la nueva encíclica que había sido firmada el 15 del mismo mes.

Dividida en cinco capítulos, Magnifica humanitas parte de una premisa: la tecnología no es una “fuerza antagónica respecto a la persona” (n.4), ni “un mal en sí misma” (n.9). Sin embargo, “no es neutra, porque asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza”. De ahí el llamamiento del Papa a no solo adoptar instrumentos normativos, sino a “preguntarnos con realismo quién detenta hoy ese poder y hacia qué fines lo orienta”. Así, invita a “edificar una ciudad centrada en el bien común” (n.11) y a “permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor” (n.15).

En la introducción el Papa nos presenta dos imágenes bíblicas, la de la construcción de la torre de Babel (cf. Gn 11,1-9) y la reconstrucción de los muros de Jerusalén (cf. Ne 2-6). La empresa de la torre de Babel era construir una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección, pero con un engaño: “es una obra concebida sin referencia a Dios, sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización” (n.7). “Babel revela así el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia, sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios”. La reconstrucción de los muros de Jerusalén, en cambio, nos muestran la imagen de una ciudad que renace “no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes. Es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras” (n.8).

Por eso, afirma el Papa, “la primera elección no es entre un ‘sí’ o un ‘no’ a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna” (n-9).

Edificar una ciudad centrada en el bien común, exige cuatro cosas: edificarla sobre la roca de la relación con Dios (n.11), aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad (n.12), asumir la corresponsabilidad (n.13) y tener un lenguaje evangélico, claro y franco, que abra caminos (n.14).

Capítulo primero. Un pensamiento dinámico fiel al evangelio

En el primer capítulo la encíclica recorre el camino a través del cual la Doctrina Social de la Iglesia ha ido tomando forma en el Magisterio reciente de los Papas y del Concilio Vaticano II. Para ello primero se detiene en la forma en que la Iglesia habita la historia y se relaciona con el mundo, afirmando la autonomía de las realidades terrenas, en diálogo con las ciencias humanas y con una actitud de apertura, donde no se busca ocupar puestos de poder o predominancia cultural en la sociedad, sino “iniciar procesos de bien y dejar que maduren. […] Esta actitud de apertura a la verdad, única y a la vez multifacética, expresa en lo más profundo la catolicidad de la Iglesia, que abarca a toda la familia humana y, al mismo tiempo, vive inmersa en las condiciones concretas de los pueblos y las culturas” (n.26).

De esta forma, la Doctrina Social de la Iglesia no se presenta como “un manual de principios y normas que aplicar” sino “un camino de discernimiento comunitario. Nace del encuentro entre la verdad eterna del Evangelio y las preguntas de la historia, se deja interpelar por los signos de los tiempos; se nutre de la contribución de las ciencias, las culturas y las experiencias humanas” (n.27).

León XIV recuerda algunas líneas esenciales del desarrollo del Magisterio social de la Iglesia, para situarse en continuidad con una rica tradición que hunde sus raíces en la Sagrada Escritura, en los Padres de la Iglesia y en las elaboraciones teológicas y jurídicas de la Edad Media y la Edad Moderna, permitiendo interpretar las distintas situaciones históricas y desafíos de la humanidad. Así, la Doctrina Social de la Iglesia se presenta como

el resultado de un proceso paciente, en el que cada Pontífice —junto con el Concilio Vaticano II— ha aportado una contribución original a la luz de los “nuevos asuntos” de su tiempo. Cada uno, asumiendo los retos de su época e interpretando los cambios históricos a la luz del Evangelio, ha puesto de relieve diferentes aspectos de un patrimonio único: la dignidad de la persona, el valor del trabajo, el destino universal de los bienes, la solidaridad y la subsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz y la fraternidad (n.45).

Así, recorre el pensamiento de sus predecesores, desde Pío XII —el primero en emplear la expresión ‘Doctrina Social de la Iglesia’ en la exhortación apostólica Menti nostrae de 1950— hasta el Papa Francisco. Se detiene especialmente en la Rerum novarum de León XIII (1891), definida como “hito en la evolución del magisterio social”, cuyo centro fue la dignidad del trabajo y del trabajador. Luego destaca también la Quadragesimo año de Pío XI, que amplía su mirada a la configuración general del orden económico y político; las contribuciones de Pío XII en el contexto de la Segunda Guerra Mundial y los años de reconstrucción; los aportes en los años del Concilio Vaticano II, con Pacem in Terris, Gaudium et spes y la declaración Dignitatis humanae, de Juan XXIII, y la Populorum progressio y Octagesima adveniens de Pablo VI. Luego recorre los aportes de los últimos papas, de Juan Pablo II con la Laborem exercens, Sollicitudo rei sociales, Centesimus annus; de Benedicto XVI en la Caritas in veritate, y Francisco, con Evangelii gaudium, Laudato si’ y Fratelli tutti.

Segundo capítulo. Fundamentos y principios de la Doctrina Social de la Iglesia

En el segundo capítulo, el Papa enumera los Fundamentos y principios de la Doctrina social de la Iglesia: entre los primeros, incluye la dignidad de la persona, creada a imagen y semejanza de Dios. Es necesario recordarlo, ya que “la presión de nuevas ideologías y de determinados intereses muy poderosos” puede reducir a la persona a “un recurso que se usa y se explota” o a “lo que realiza o produce” (n.51). Por el contrario, “la dignidad fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada” (n.53). Un segundo fundamento de la Doctrina Social de la Iglesia es la inviolabilidad de los derechos humanos, entre los cuales el primero es el derecho a la vida “desde la concepción hasta su final natural”: a este respecto, León XIV define el aborto provocado, el asesinato de inocentes y la eutanasia como “decisiones gravemente ilícitas” (n.55). El tercer fundamento es el reconocimiento de los derechos de las minorías, con especial atención a las mujeres: en su favor, el Pontífice pide “decisiones concretas” en las leyes, en el trabajo, en la educación, en las responsabilidades sociales y políticas, para que sean verdaderamente escuchadas y valoradas (n.57).

En cuanto a los principios de la DSI, la encíclica señala cinco: el primero es el bien común, “forma social de la dignidad reconocida a cada uno” (n.59). En un punto el Papa es particularmente firme: “la promoción del bien común nunca puede separarse del respeto al derecho de los pueblos a existir, a custodiar su propia identidad y a contribuir con su propia originalidad a la familia de las naciones”. En consecuencia, “cualquier intento o proyecto de eliminar o someter una nación es gravemente inmoral y, por lo tanto, inaceptable” (n.64).

El segundo principio se refiere a la destinación universal de los bienes: aquí y en otros puntos de la encíclica, León XIV insiste en la necesidad de que los conocimientos y las tecnologías no se concentren en manos de unos pocos, alimentando la brecha entre los incluidos y los excluidos de la revolución digital (n.67). De ello se derivan el tercer y el cuarto principio, a saber, la subsidiariedad (n.68) —que exige superar el paternalismo y el asistencialismo en favor de la corresponsabilidad— y la solidaridad (n.73), “principio y virtud” que se opone a la indiferencia y tiene en cuenta a los pueblos y a las generaciones futuras.

El quinto principio señalado por el Papa es la justicia social: en la era digital, debe garantizar a todos un acceso equitativo a las oportunidades, proteger a los más frágiles, combatir el odio y la desinformación, someter a control público el uso de los datos y las tecnologías, “de modo que el criterio no sea solo el lucro, sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos” (n.80). León XIV señala en los migrantes, los refugiados y los desplazados un “exámen decisivo” en este ámbito: la forma en que la sociedad los trata demuestra “si la idea de justicia está guiada por el miedo o por la fraternidad”. De ahí el llamamiento tanto a custodiar “el derecho a la esperanza” de quienes se ven obligados a partir, garantizándoles vías seguras y legales, una acogida digna y la integración; como a promover “el derecho a quedarse” de cada uno en su propia tierra en paz y seguridad, abordando “las causas profundas” de las migraciones (n.81).

La encíclica también profundiza en la noción de desarrollo humano integral, “horizonte en el cual se han de leer las transformaciones de nuestro tiempo, incluyendo las de la revolución digital” (n.85). Con desarrollo humano integral se refiere a “un proceso en el cual el crecimiento de las personas y de los pueblos abarca todas las dimensiones de la existencia y abre el futuro también a las generaciones venideras” (n.82), el cual no se reduce a lo económico, sino que “promueve la calidad de vida en sus dimensiones espirituales, culturales, morales y relacionales, en el respeto a la Casa común, a la diversidad de los pueblos y a sus modos de vivir” (n.83). Esta idea encuentra hoy su verificación en la “ecología integral”.

El Papa entiende que los cinco principios mencionados están dirigidos no solo a la sociedad, sino también a la Iglesia, llamada a “un examen de conciencia”: el Papa exhorta a “sanear las relaciones y las estructuras eclesiales de aquellas distorsiones que generan desigualdades, falta de claridad y atropellos”. La invitación es a escuchar a las “víctimas de abusos espirituales, económicos, institucionales, sexuales, de poder y de conciencia”, ya que ello “forma parte integrante de un camino de justicia, que comprende el reconocimiento del daño, la reparación justa y la prevención” (n.89).

Tercer capítulo. Técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA

El tercer capítulo entra en el meollo del tema de la inteligencia artificial. León XIV advierte contra el “paradigma tecnocrático” ya denunciado por Francisco y por el cual toda elección viene dictada exclusivamente por parámetros de eficiencia y beneficio (n.92). Por el contrario, la tecnología más potente no es necesariamente la mejor: la IA puede imitar y simular al hombre, pero no posee conciencia moral, empatía, capacidad afectiva, relacional ni espiritual. Por lo tanto, es necesario abordar la IA con sobriedad y vigilancia, manteniendo la claridad sobre las responsabilidades de todas sus etapas (accountability) y apostando por políticas y marcos jurídicos adecuados, una supervisión independiente y la educación de los usuarios. Sobre todo, se necesita un código ético sometido a criterios de justicia social compartida, porque “no sirve una IA más moral si esa moral la deciden unos pocos” (n.107). Sin dejar de lado el impacto ambiental de las nuevas tecnologías, que requieren grandes cantidades de energía y agua, afectando a las emisiones de dióxido de carbono y dañando la Creación (n.101).

Hay que “desarmar la IA” para sustraerla de la lógica de la competencia militar, económica y cognitiva; para romper la equivalencia entre poder técnico y derecho a gobernar; para sustraerla de los monopolios e impedir que domine al ser humano. Esta tarea es ética, técnica y ecológica porque la IA “ya es el entorno en el que estamos inmersos y el poder con el que debemos contar” (n.110). Se dedica un amplio espacio a la crítica del transhumanismo y del poshumanismo, que interpretan el progreso como la superación de los límites de lo humano. En cambio, el límite no es un defecto que haya que eliminar, sino una dimensión constitutiva de la persona, porque “el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite” (n.118), reconociendo en la fragilidad y en la finitud lugares en los que maduran la relación, el cuidado y la apertura a Dios y al otro.

Hay mucho en juego: hacer crecer la técnica eliminando los límites de lo humano significa, de hecho, hacer retroceder el corazón. Magnífica y, sin embargo, herida, la humanidad “no debe ser sustituida ni superada”. La tecnología puede aliviar sus sufrimientos y abrirle nuevas posibilidades, pero no debe negarla en lo que le es propio: “la capacidad de relación y de amor” (n.126). Ante la IA, la verdadera alternativa no está entre el entusiasmo y el miedo, sino entre dos formas de construir el progreso: al servicio de la persona y de los pueblos o de las lógicas de poder (n.129). Una elección que nos concierne a todos: “la construcción de Babel o la de Jerusalén”, las dos “ciudades” del hombre y de Dios señaladas también por san Agustín (n.130), comienza por cada uno. “Como en toda la historia humana, también hoy estos dos amores luchan en nuestro corazón por el predominio” (n.130).

Cuarto capítulo. Custodiar lo humano en la transformación. Verdad, trabajo, libertad

En el cuarto capítulo la encíclica considera la verdad como un bien común y un elemento esencial de la democracia. En el entorno digital, la verdad debe plasmarse en una “ecología de la comunicación” para que la cultura generada por la web no se convierta en un instrumento de “homologación y dominio”, sino en un espacio de maduración para la “libertad interior y el pensamiento crítico” (nn.136-137). El Papa señala algunos instrumentos: transparencia en los criterios de selección de contenidos, protección de los datos personales, un periodismo serio basado en la argumentación y la verificación, una nueva conciencia en el uso “correcto y crítico” de la IA, la integración de los conocimientos. También se exige a la Iglesia una comunicación transparente y leal, sobre todo en los casos de injusticias y abusos. Es fundamental, en la encíclica, el llamamiento a una alianza educativa renovada para que en los jóvenes no se apague “el deseo de hacer preguntas” a causa de máquinas perfectas que hacen parecer inútil el pensamiento humano. “Debemos educarnos en el ayuno de la IA” (n.140), subraya León XIV, eliminando las desigualdades en el acceso a la educación y apostando por la escuela como lugar donde se aprende a “buscar y amar la verdad” (n.143) y se enseña lo que lo digital no puede dar: “tiempo compartido para aprender y relaciones fiables” (n.147).

En la “cuarta revolución industrial” que representa la transición digital, el Papa destaca la importancia de proteger la dignidad y el valor del trabajo: “Las nuevas formas de trabajar no son necesariamente mejores”, explica, ya que la tecnología puede descalificar a los trabajadores, relegarlos a funciones marginales y someterlos a una vigilancia automatizada (n.150). Por el contrario, es necesario diseñar sistemas centrados en la persona y no solo en el rendimiento, porque la tecnología puede sin duda liberar al hombre de tareas pesadas o repetitivas, pero no debe conducir en absoluto al desempleo en nombre de la reducción de costes y el aumento de los beneficios. En un escenario en el que se perfilan mayores niveles de pobreza y desigualdad, provocados por sistemas automatizados que han sustituido al hombre, el Santo Padre aboga también por una renovación de las organizaciones sindicales (n. 155).

La transformación digital debe gestionarse de antemano mediante criterios sociales estables, formación accesible y continua para los trabajadores y responsabilidad empresarial. El Papa señala, además, la necesidad de superar el PIB como parámetro del grado de desarrollo de un país, apostando en su lugar por la dignidad del trabajo, la prosperidad compartida, la reducción de las desigualdades y la protección del medio ambiente. La financiación por la financiación es, de hecho, diferente de la financiación para el desarrollo (nn.159-160). Y, siguiendo la estela de San Pablo VI, se subraya la interdependencia entre paz y desarrollo, abogando por una cooperación internacional capaz de definir estrategias comunes “sobre todo en favor de los países y los grupos más vulnerables”, porque la prosperidad contribuye a la paz “solo si es generalizada, inclusiva y sostenible” (n.163).

En la encíclica destaca, además, la referencia a la familia, fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer: es “bien social primario”, “célula fundamental e insustituible de toda organización comunitaria” (n.165) que debe apoyarse también mediante políticas laborales que favorezcan la estabilidad y ritmos humanos, de modo que se garantice el justo equilibrio de vida y se proteja esa “capacidad de construir el futuro” que hace generativa a la sociedad.

Por último, el tema de la libertad humana, que hay que proteger contra la dependencia y la mercantilización: en una época en la que las plataformas digitales están diseñadas para acaparar el tiempo de los usuarios y explotar sus fragilidades, es urgente reforzar la libertad interior de cada uno y hacer frente al riesgo del control social derivado de la recopilación masiva de datos y del uso de sistemas algorítmicos. Perfilar, predecir y orientar los comportamientos es, de hecho, “un poder nuevo” (n.171) que corre el riesgo de discriminar a los más débiles. El Papa deplora, en particular, la “arquitectura de la visibilidad” que premia y amplifica solo lo que es visible, moldeando opiniones y generando conformismo.

La IA genera nuevas formas de esclavitud, como la de los “cuerpos marcados, mutilados, consumidos” (n.173) de quienes trabajan en la extracción de las “tierras raras” necesarias para la tecnología. Por ello, la lucha contra las nuevas formas de esclavitud es otra “prueba decisiva para el discernimiento ético” de la transformación digital. A este respecto, León XIV subraya que “la Iglesia renueva su firme condena contra toda forma de esclavitud, trata y mercantilización de las personas” y reitera que no reaccionar o tolerar estas “graves violaciones de la dignidad humana” significa, de hecho, “hacerse cómplice” (n.174). Al mismo tiempo, el Papa pide “sinceramente perdón” por el retraso con el que la Iglesia, en el pasado, condenó “el flagelo de la esclavitud”. La encíclica se refiere también a las “nuevas tierras raras del poder”, es decir, la información vital —por ejemplo, sobre salud y demografía— utilizada para orientar las estrategias económicas. Se trata, explica el Papa, de una faceta inédita del colonialismo que se apropia de los datos y transforma las vidas personales en información explotable, convirtiendo el entorno digital en un “espacio de depredación” (nn.178-179).

Quinto capítulo. La cultura del poder y la civilización del amor

En el quinto y último capítulo, la encíclica dirige su mirada hacia la guerra: “La revolución digital está modificando la gramática de los conflictos” y, sin un enfoque ético, las decisiones sobre la vida y la muerte de las personas serán cada vez más impersonales, considerándose el recurso a la fuerza como una “opción inmediata y viable” (nn.182-183) . En la base de todo hay una “cultura del poder” que normaliza la guerra y la rehabilita como “instrumento de política internacional”, favoreciendo el rearme. Sobre la opinión pública, que en el pasado veía la beligerancia solo como extrema ratio, hoy pesan también las narrativas mediáticas polarizantes, así como “una preocupante pérdida de memoria histórica” que nos priva de una visión a largo plazo (n.191). En consecuencia, hoy la paz ya no se entiende como una tarea que hay que asumir, sino como un intervalo precario entre conflictos. Por ello, León XIV reitera que —sin perjuicio del derecho a la legítima defensa en su sentido más estricto— es necesario superar la teoría de la “guerra justa”, promoviendo más bien el diálogo, la diplomacia y el perdón (n.192).

El Papa no deja de lamentar el crecimiento de la industria bélica, la carrera armamentística nuclear y la aparición de nuevos actores armados —entre ellos los yihadistas— que pretenden perpetuar los conflictos como fuente de poder y de ingresos. Es contundente, además, la advertencia contra el uso de armas relacionadas con la IA, ya que “no existe ningún algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable”; es más: la tecnología “no libera al conflicto de su intrínseca inhumanidad: sólo puede hacerlo más rápido e impersonal, bajando el umbral del recurso a la violencia y transformando la defensa en previsión operativa, con las víctimas reducidas a datos. Así, nos acostumbra a la idea de que la violencia sea inevitable y sólo deba optimizarse” (n.198). Por lo tanto, se necesitan restricciones éticas rigurosas, compartidas a nivel internacional, basadas en la responsabilidad personal y en la protección de los civiles, porque “toda tecnología que facilite atacar sin ver el rostro del otro rebaja el umbral moral del conflicto” (n.199).

La cultura del poder surge también de la crisis del multilateralismo y del surgimiento de un “multipolarismo desordenado y conflictivo” en el que prevalece la desconfianza hacia el otro (n.201). La fuerza del derecho se sustituye por el derecho del más fuerte; las lógicas del poder prevalecen sobre la construcción de la paz, relegada a un segundo plano, y las instituciones creadas para custodiar el destino común de los pueblos se encuentran ahora debilitadas, sin que se reconozca su autoridad moral. A este respecto, el Papa auspicia para la ONU y para el sistema político internacional “reformas profundas” que superen la actual crisis de valores en favor del verdadero bien común (n.226).

Hoy, prosigue la encíclica, se libran guerras “híbridas” que abarcan los ámbitos económico, financiero e informático, aprovechando la desinformación y el miedo para influir en la opinión pública y presentar el aumento del gasto militar como la “única respuesta” a un futuro incierto. Pero todo esto no es más que un “falso realismo”, una irresponsable Realpolitik que siembra en las conciencias y en las culturas la resignación ante una guerra ineludible y califica la paz de utopía (nn.204-205). Sin excluir que, para algunos, el conflicto armado podría ser un instrumento de “gestión cínica” de las dificultades, así como una forma de desviar la atención de los problemas internos (n.208).

El cristiano está llamado a responder a esta cultura del poder construyendo “la civilización del amor”: la gracia, de hecho, no elimina el conflicto como por arte de magia, sino que genera “una resistencia activa al mal y una sorprendente creatividad en el bien” (n.211). Cada uno, en su ámbito de acción, está llamado a elegir entre alimentar la lógica de la fuerza o custodiar la paz, frenando la deshumanización con pequeños actos de fidelidad y tenacidad. El Papa señala cinco “vías de responsabilidad”: desarmar las palabras diciendo la verdad; construir la paz en la justicia; asumir la mirada de las víctimas tomando posición, porque hay conflictos en los que “no es justo permanecer neutrales”. Los ataques contra civiles, hospitales e infraestructuras hieren a la propia humanidad y no pueden quedar relegados al ámbito del análisis abstracto. Por el contrario, hay que dar voz a las víctimas para “tomar verdadera conciencia del abismo de maldad que encierra” la guerra y toda violencia (n.217). Y aún más: el Papa exhorta a cultivar “un sano realismo” que busque vías de paz viables con hechos, no solo con palabras.

Por último, relanzar el diálogo pasando de una cultura del poder a una cultura de la negociación. También es decisivo “el diálogo entre las religiones”, portador de un mensaje de paz. “Quien utiliza el nombre de Dios para legitimar el terrorismo, la violencia o la guerra, traiciona su rostro —advierte León XIV—: luchar en nombre de la religión significa, en realidad, golpear a la propia religión” (n.223). Por su parte, la diplomacia de la Santa Sede utiliza “el principio evangélico de la misericordia” como criterio concreto de la acción política. De ahí deriva la exhortación a la oración, porque la paz proviene ante todo de Dios (nn.227-228).

La magnífica humanidad

Al concluir la carta el Papa invita a los fieles a “contemplar en el rostro del Hijo una magnífica humanidad que también ilumina la época de la IA” (n.233). El misterio de la encarnación nos abre a un camino que no nos empuja hacia la superación de los límites y a elevarnos por encima de los demás, sino que nos muestra a “el Dios vivo que desciende a nuestra historia para liberarnos de toda esclavitud, asume nuestra debilidad y la transforma en lugar de salvación. No hay un momento ni una condición humana que no sea digno de Dios” (n.232). El texto propone una espiritualidad eucarística basada en la comunión y la solidaridad. La Eucaristía une a los creyentes y los impulsa hacia la justicia y el cuidado de los más vulnerables.

“En este escenario es importante custodiar un corazón que ama la verdad, que desea lo justo más que los contenidos de mayor atractivo, que busca la sabiduría más que el impacto inmediato. La verdad que no debemos perder es la de Dios y la del ser humano, tal como Cristo nos la ha revelado” (n.237).

Son cuatro los llamados que resuenan como gritos cuyo eco espera ser escuchado: ser fieles a la verdad, resistiendo la manipulación algorítmica y el individualismo técnico; invertir en educación, especialmente para acompañar a niños y jóvenes en el uso responsable de la tecnología; cuidar las relaciones humanas, defendiendo la cercanía, la ternura y la comunidad frente a la fragmentación digital, y amar la justicia y la paz, denunciando los sistemas tecnológicos que generan explotación y desigualdad.

La conclusión termina con María y el Magníficat como modelo de esperanza cristiana. María enseña a mirar la historia desde los pequeños y los pobres, confiando en la acción de Dios incluso en medio de la crisis. “Con la misma fe de María, convirtámonos en tejedores de esperanza en nuestro mundo, compartiendo lo que somos y lo que tenemos, para que la presencia de Jesús crezca entre nosotros y su Reino tome forma” (n.245).

Magnifica humanitas se presenta entonces como una invitación a vivir las nuevas tecnologías a la luz del Evangelio, siguiendo “un itinerario de vida cristiana sobrio y exigente” (n.229), para que, incluso en la era de la IA, todos puedan dar testimonio de “la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios” (n.245).


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El presente artículo corresponde a la traducción al español de la tercera parte de la conferencia titulada "C'è un volto femminile della cura?", disponible en Marcheselli, Maurizio (ed.); "Cos'è l'essere umano da necessitare cura?" (cf. Sal 8,5). Atti del Convegno annuale della Facoltà Teologica dell'Emilia Romagna, 15-16 marzo 2022. Bologna, 2023. Agradecemos tanto a la autora como a la Universidad Emilia Romagna por permitir esta publicación.
Depositarios de un acervo espiritual riquísimo, el del Santo Obispo de Hipona, y de una historia que hunde sus raíces en la Colonia, los agustinos de Chile son una presencia viva en la Iglesia, y hoy, como ayer, las profundas y paternales orientaciones que el Santo Padre León XIV les transmitiera siendo Prior General de la Orden tienen plena vigencia como hoja de ruta.
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