Este 19 de marzo, se recuerda a un personaje que no pronuncia ni una sola palabra en la Biblia. Sin embargo, sus actitudes nos dejan ver que cumplió muy bien su misión como padre adoptivo y esposo protector. Además, “su silencio persistente no contempla quejas, sino gestos concretos de confianza”, como enfatiza S.S. Francisco en la carta apostólica “Patris Corde” (PC) publicada el 8 de diciembre de 2020.

El Papa estableció el año de san José que se extenderá hasta el 8 de diciembre de 2021 con motivo de los 150 años de que Pío IX hubiese declarado a este santo como patrono de la Iglesia Universal.

La  Comisión UC para el Análisis de la Crisis de la Iglesia Católica entregó su informe final en septiembre pasado, fruto de casi dos años de trabajo de análisis y comprensión de la crisis de los abusos por la que ha atravesado la Iglesia Católica en Chile [1].

En la cumbre del cerro Los Piques, con vistas al valle de Santiago, se alza la iglesia de la abadía de la Santísima Trinidad de Las Condes, una de las obras arquitectónicas más importantes de Santiago, declarada Monumento Histórico Nacional en 1981. Muy cerca de ahí, en un pequeño cementerio de monjes, reposan hoy los restos del padre Gabriel Guarda, quien fuera, junto con Martín Correa, su proyector. Ambos miembros de la comunidad asumieron el diseño del templo, pese a su juventud e inexperiencia.

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Desde sus muchos años de experiencia en el Instituto Católico de Migración de la Conferencia Episcopal de Chile (INCAMI) y en la actualidad como editor del periódico Presenza, Nello Gargiulo ha mirado de cerca al mundo migratorio latinoamericano. En esta columna, vuelve sobre esta realidad intentando ampliar la perspectiva del problema y proponiendo miradas y acciones.
El desafío de ofrecer una educación integral a lo largo del territorio compromete a diferentes actores sociales, estatales y también religiosos: la formación no requiere solo de infraestructura, logística y recursos, es necesario relevar la dimensión valórica y su rol en la cohesión social.
A principios de enero, muchas personas y familias abrieron las puertas de sus casas —a veces, por primera vez en años— para compartir y conversar con 1.450 jóvenes universitarios desplegados desde la región de Coquimbo hasta la región de Aysén. La Pastoral de la Pontificia Universidad Católica de Chile organizó estas misiones y trabajos con una sola motivación: compartir la esperanza de Cristo resucitado, generar vínculos, y apoyar en demandas concretas en territorios con escasos recursos y presencia pastoral.
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