En la cumbre del cerro Los Piques, con vistas al valle de Santiago, se alza la iglesia de la abadía de la Santísima Trinidad de Las Condes, una de las obras arquitectónicas más importantes de Santiago, declarada Monumento Histórico Nacional en 1981. Muy cerca de ahí, en un pequeño cementerio de monjes, reposan hoy los restos del padre Gabriel Guarda, quien fuera, junto con Martín Correa, su proyector. Ambos miembros de la comunidad asumieron el diseño del templo, pese a su juventud e inexperiencia.

Las tres vocaciones de Guarda

Gabriel Guarda fue monje benedictino, historiador y arquitecto, tres vocaciones que se unen en armonía en su persona. Como arquitecto, como historiador y como monje se esmeró en ordenar el espacio y concederle belleza a imitación del Creador. Sus investigaciones siempre se vieron motivadas por la historia de la arquitectura y el urbanismo, a la vez que su vida religiosa iluminaba su interpretación de aquellos temas, los que solían relacionarse específicamente con la historia eclesiástica.

Fernando Guarda Geywitz nació en 1928 en Valdivia. Sus estudios secundarios los realizó en el Internado Nacional Barros Arana, pero nunca olvidó su ciudad natal, a la que volvía todos los años y cuya preservación lo desvelaba. “iQué imposible resulta dejarla, a la que bella, como pocas, se muestra esquiva e ingrata! El que ha mirado allí, por primera vez, el mundo; el que allí tiene huesos de muchos abuelos, se resiste al rompimiento”.[1]

Historia de Valdivia: 1552-1952 fue uno de sus libros más relevantes, una obra monumental publicada en 1953 basada en un acervo documental abundantísimo que Guarda recopiló desde sus más precoces investiga- ciones en la sala Medina de la Biblioteca Nacional, donde recurría como escolar a estudiar sobre la historia de la ciudad. “Mi afición por la historia nació por una predisposición. Nací en Valdivia y me interesó saber un poco la historia de esa ciudad. La historia se inscribe en un deseo de informarse, de conocer las cosas”. Su primer escrito fue un artículo de prensa a los catorce años, donde alegaba contra un proyecto de restauración de las fortificaciones de Valdivia.

Guarda realizó sus estudios universitarios en la escuela de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile hasta recibir su título de arquitecto en 1958. Quince días después entró a la orden benedictina, pero volvería a su Alma mater como docente a partir de los años 70, donde enseñó Historia de la Iglesia en la Facultad de Teología e Historia Urbana en la escuela de Arquitectura.

En sus seis años como estudiante de arquitectura, Guarda experimentó “un auténtico cambio de vida”, tal como lo afirmó en su discurso al recibir el grado de Doctor Scientiae Honoris Causa por la misma Universidad, en 1999. Este cambio de vida estaría marcado por su participación en la Acción Católica Universitaria, las Conferencias de San Vicente y su contacto con monseñor Carlos Casanueva, quien fuera rector en esos años. También por entonces conoció a Jaime Eyzaguirre, en el monasterio Benedictino de Las Condes durante las misas dominicales. De Eyzaguirre recibió su formación como historiador, quien lo llevó a desarrollar aspectos impor- tantes de la historia de la Iglesia en Chile y América, entre otros temas. Además de Eyzaguirre, recibió guía de Guillermo Feliú Cruz y Eugenio Pereira Salas. En el campo de la arquitectura, en cambio, su gran maestro fue Joaquín Toesca.

Su primer contacto con los benedictinos comenzó cuando como estudiante escuchaba los cantos gregoria- nos de la orden en el Teatro Municipal. Tiempo después, comenzó a asistir periódicamente a la misa del monasterio de la orden y a relacionarse con los monjes, lo que lo llevó a que, una vez titulado de arquitecto, ingresara a la orden. Desde ese entonces su eje de vida fue la imitación de San Benito. Se ordenó sacerdote en 1968, cambiando su nombre de Fernando a Gabriel. Ya sacerdote realizó en España estudios de especialización en historia, de cuyos archivos recogió excelente material para redactar algunas investigaciones sobre urbanismo imperial.

Abadía de la Santísima Trinidad de Las Condes

Como arquitecto, Gabriel Guarda se involucró en la restauración de varias obras patrimoniales, como las centenarias Casas de Mendoza en la zona de Rengo. Un edificio del siglo XVIII que gracias a su perseverancia se convirtió en un hermoso monasterio de religiosas benedictinas.

Sin embargo, su más importante realización arquitectónica y de la que más se enorgullecía es la iglesia de la abadía de la Santísima Trinidad de Las Condes, que se levantó entre 1962 y 1964 y fue declarada Monumento Nacional el 9 de abril de 1981.

La iglesia fue desarrollada a partir de una configuración moderna de volúmenes simples, con prismas, especialmente cubos y paralelepípedos como figuras principales, que se asocian entre sí a través de sus lados y vértices. Dos cubos de luz unidos por sus vértices conforman el espacio principal. Uno contiene el altar y el otro configura el espacio donde se ubican los fieles. Un cubo remata la obra a modo de campanario, el cual proyecta la sombra de este conforme va transcurriendo el día. El templo casi no cuenta con decoración, remitiéndose su diseño al juego de luz natural que traza su arquitectura. “La luz tiene un significado especial en nuestra fe cristiana. Se trataba de crear un espacio de oración y celebración de los misterios cristianos que la liturgia desarrolla. Espacio que no deseábamos abierto al exterior, a pesar del paisaje, sino vuelto hacia el interior, buscando  un recogimiento”, explicó en una entrevista el hermano Martín Correa, coautor de la obra.

Dentro de sus muros de hormigón blanqueados, transcurrieron los días del padre Guarda, donde combinaba sus múltiples actividades con la jornada monástica, marcada por la liturgia de las horas. “Resulta muy bien. Son siete veces al día en que hay que interrumpir todo para ir a rezar a la iglesia. Eso nos arma el día”.[2] Así, se levantaba a las 4:20 de la mañana a rezar los maitines y culminaba su jornada a las 10  de  la noche. Fue prior y abad del monasterio. Al morir tenía el título de abad emérito.

Premio Nacional

Tras treinta y cuatro años de ininterrumpida tarea de investigación, redacción y publicación, Guarda fue reconocido con el Premio Nacional de Historia en 1984. Veinte años antes, en 1964, ya había recibido el honor de integrar la Academia Chilena de la Historia, cuyo discurso de incorporación versó sobre Santo Tomás de Aquino y las fuentes del urbanismo indiano.

Al recibir el galardón, Guarda sintió que este significaba una especie de detención en el camino: “esto del premio es que de repente ve el conjunto de lo que ha hecho y también de lo que falta”.[3] “Estoy viviendo una especie de síntesis que tiene alguna analogía con la muerte. Para los funerales se hace una síntesis; la gente se manifiesta. Yo estoy viviendo una especie de necrología en vida”.[4]

Además de sus distinciones, entre las que destaca el Premio Nacional de Historia en 1984, el Premio Bicentenario (2003), el Premio Conservación de Monumentos Nacionales (2004) y el Premio Ensamble de Arquitectura en 2016, Gabriel Guarda fue autor de una vasta bibliografía de  cerca  de 400 artículos y más de 40 libros sobre historia y arquitectura. Entre sus obras se cuentan Historia de Valdivia, Los laicos en la cristianización de América, Joaquín Toesca y Flandes indiano.

Una de sus últimas obras fue “La Edad Media en Chile”, sobre la historia de la Iglesia chilena entre 1541 y 1826. Fruto de 40 años de investigación, el historiador la consideraba su trabajo “de más largo aliento. Sentía el deber de abordar en plenitud este tema. Ojalá lo lean los religiosos y religiosas, sus historias están tratadas tal como son, con glorias y defectos”.[5]

Humanitas se gestó al alero del Monasterio Benedictino y le debe mucho a la persona de Gabriel Guarda; su sabiduría y profundas convicciones han quedado plasmadas en muchos artículos publicados en esta revista.


Principales artículos del padre Gabriel Guarda en Humanitas:

  • A 30 años de la visita de san Juan Pablo II a Chile. Enseñanza de una visita. Humanitas nº 6, 1997.
  • Recordando a Jaime Eyzaguirre. Humanitas nº 12, 1998.
  • La nueva Catedral de Valdivia. Humanitas nº 13, 1999.
  • Construcción de Iglesias: la inspiración superada. Humanitas nº 17, 2000.
  • Juan Pablo II y el patrimonio cultural de la Iglesia. Humanitas nº 31, 2003.
  • Templo y ciudad. Humanitas nº 40, 2005.
  • La figura del misionero. Humanitas nº 57, 2010.
  • Migraciones y Rutas del Barroco, Humanitas nº 71, 2013.

Notas

1 Eyzaguirre, Jaime; “Discurso de recepción del académico de número D. Gabriel Guarda”. Boletín de la Academia Chilena de la Historia, Año XXXII, nº 72, año 1965.
2 Elena Irarrázabal Sánchez, El Mercurio, sábado 24 de octubre de 2020.
3 Un Hombre multifacético: padre Gabriel Guarda, 1984 en: http://www.memoria- chilena.gob.cl/602/w3-article-80889.html
4 En entrevista a Ercilla.

 

Últimas Publicaciones

El cardenal Mario Grech, Secretario General para el Sínodo de los Obispos, ha definido el proceso sinodal que atraviesa la Iglesia como un tiempo para hablar. El cardenal cita el Eclesiastés 3,7, donde se escribe que existe un tiempo para hablar y otro para callar, y señala que ambos tiempos se requieren mutuamente. “El discurso sin silencio se convierte fácilmente en palabras huecas. El silencio sin palabras puede conducir fácilmente a un estado de apatía e irresponsabilidad” [1] . Muchas veces la Iglesia ha caído en este desbalance, ha permanecido en silencio cuando ha debido hablar (especialmente cuando ha sido testigo de injusticias que clamaban al cielo) o, viceversa, ha hablado demasiado cuando convenía guardar silencio. En su homilía el cardenal Grech llama la atención, sin embargo, sobre los tiempos propicios para hablar y callar, no hacia afuera, sino dentro de la propia Iglesia. 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Nuestras controversias no tienen ningún potencial cismático y versan casi todas respecto de la relación de la Iglesia con el mundo y con el grado de adecuación a los cambios culturales que cruzan las sociedades modernas. No se trata de desmerecer la importancia de las divisiones que tenemos entre manos, pero tampoco de exagerarlas. Hablar no significa decir cualquier cosa, sino concurrir en una intelección común de la verdad, es hablar con otros que provienen de experiencias distintas y tienen otros puntos de vista, en procura de encontrar un entendimiento. Demasiadas veces se identifica la religión con el fanatismo y la intransigencia, es decir, la incapacidad de diálogo que se disfraza de convicciones e intransables por todos lados. Hablar significa abrir la puerta a quienes no saben nada, pero tienen la lámpara de la fe prendida. Ya no en su homilía, sino en su conferencia en el simposio de Oxford, el cardenal Grech mira las cosas desde el otro lado y define el proceso sinodal como una Iglesia que escucha. Para que alguien hable verdaderamente, debe haber otro que permanece en silencio y escucha. En el momento actual es la autoridad la que escucha el talante profético del “sensus fidei” para luego discernir y actuar. El dogma de la Inmaculada Concepción de María tiene la fama de ser el colmo de la autoridad pontifical, pero en realidad fue la coronación de un sentir popular que se había conformado y madurado durante siglos. El proceso sinodal depende casi enteramente de la capacidad de estimular la capacidad de que todos hablen, con ponderación y humildad, pero que se diga lo que muchos tienen que decir, con franqueza y sinceridad de corazón. Ojalá ninguna autoridad religiosa menosprecie lo que digan sus fieles bajo pretexto de que no saben o no están suficientemente enterados. Tampoco que diga que no le importan las encuestas, que detesta las redes sociales o que ya no ve televisión, que son también maneras de escuchar. La tarea de una autoridad, dice Grech, es discernir aquello que escucha, no dejar de hacerlo. Lo mismo debe suceder con los propios fieles, entre los cuales el deber de escucharse mutuamente debe prevalecer, así como evitar situarse al menos de un modo permanente en grupos o comunidades cerradas con experiencias parecidas y opiniones afines, y sobre todo dejar hablar a todo el mundo. San Benito exigía que sus monjes se reunieran periódicamente y exhortaba a que en la asamblea se dejara hablar a los jóvenes, a los novicios que tenían menos experiencia y pocos años en el monasterio y que a menudo eran desplazados por los ancianos. Tiempo para hablar, dice el cardenal Grech, tiempo también para escuchar lo que otros tienen que decir. 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