Este 19 de marzo, se recuerda a un personaje que no pronuncia ni una sola palabra en la Biblia. Sin embargo, sus actitudes nos dejan ver que cumplió muy bien su misión como padre adoptivo y esposo protector. Además, “su silencio persistente no contempla quejas, sino gestos concretos de confianza”, como enfatiza S.S. Francisco en la carta apostólica “Patris Corde” (PC) publicada el 8 de diciembre de 2020.

El Papa estableció el año de san José que se extenderá hasta el 8 de diciembre de 2021 con motivo de los 150 años de que Pío IX hubiese declarado a este santo como patrono de la Iglesia Universal.

Foto de portada: “Vi a Jesús ayudando a sus padres en todas las formas posibles, y también en las calles, y donde se presentaba una oportunidad servía con alegría y gran disposición ayudando a todos. Le ayudaba a su padre adoptivo en su oficio y se dedicaba a la oración y la contemplación” Beata Ana Catalina Emmerich. ©John OreMen

Es una bellísima paradoja ver que, aunque no conozcamos sus palabras él fue el primer evangelizador al presentar a Cristo recién nacido ante los pastores de Belén. Y en diversas ocasiones nos da un gran ejemplo de resiliencia que se vio probada de muchas maneras.

En este artículo me detendré en algunos pasajes de la Biblia en los que san José está presente. Ellos demuestran que su presencia silente fue poderosa, ya que Dios le encargó la gran tarea y responsabilidad de cuidar de Él mismo, cuando decidió venir a la tierra y nacer como cualquier niño que tiene necesidad de unos padres.

José un hombre justo

La primera cita del Evangelio en la que aparece san José en acción (después de ser mencionado en la genealogía de Jesús) es cuando él, estando desposado con María aún sin vivir juntos, se da cuenta de que ella está embarazada (Crf. Mt 1, 18-25). Mateo explica: “su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto” (Mt 1, 19). Las mujeres adúlteras recibían el castigo de morir apedreadas. José sabía que, por ley, le correspondía denunciar a María (Cfr. Lev 20, 10). Quizás su actitud fue de desconcierto pues conocía a su prometida, sabía cuáles eran sus virtudes y por ello primó en él la prudencia y la caridad pues con su silencio quiso proteger la vida de María y del hijo que esperaba. Algunos autores dicen que él sabía que la Virgen esperaba un hijo del Espíritu Santo y que decidió alejarse de ella por sentirse indigno: “Por ello, humillándose ante tan portentoso e inefable suceso quiso apartarte como cuando Pedro se humilló ante el Señor diciendo, «Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador»” [1].

Con respecto a la prudencia de José el papa Francisco nos dice: “Hoy, en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María. Y, en su duda de cómo hacer lo mejor, Dios lo ayudó a optar iluminando su juicio” [2].

Independientemente de lo que habría pensado José, su reacción nos da una lección: “Muchas veces ocurren hechos en nuestra vida cuyo significado no entendemos. Nuestra primera reacción es a menudo de decepción y rebelión. José deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontece y, por más misterioso que le parezca, lo acoge, asume la responsabilidad y se reconcilia con su propia historia” (PC). Y Dios, quien por medio del Ángel le da a María la noticia de la concepción virginal de Jesús, también se encarga de las consecuencias que esto trae. Y lo hace cuando se aparece a José diciéndole: “No temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 20-21) José hizo lo que le dijo el ángel. Confió en sus palabras, tomó a María como esposa y aceptó la misión de ser padre adoptivo de Jesús. En este punto destacamos las virtudes de la prudencia y también la obediencia de José. La suya es una actitud ejemplar que nos invita a “acoger a los demás, sin exclusiones, tal como son, con preferencia por los débiles, porque Dios elige lo que es débil” (PC).

José asume y celebra la paternidad de Jesús

Del evangelio de Mateo pasamos al de Lucas. El segundo pasaje es aquel que narra el viaje de María y José a Belén donde finalmente María da a luz a Jesús (Cf Lc 2, 1-20). José debía empadronarse en Belén, por ser de la casta del Rey David. Pero Jesús nació en este pueblo distante a nueve kilómetros de Jerusalén. ¡Cuán grande habrá sido la angustia de José al no encontrar un sitio digno donde pudiera nacer su hijo! Él, sabiendo que María esperaba al Mesías, debió haber buscado en muchos lugares, al menos con las condiciones mínimas. “El cielo intervino confiando en la valentía creadora de este hombre, que cuando llegó a Belén y no encontró un lugar donde María pudiera dar a luz, se instaló en un establo y lo arregló hasta convertirlo en un lugar lo más acogedor posible para el Hijo de Dios que venía al mundo”(PC) Y es en Belén donde José se convierte en testigo de este alumbramiento, de la llegada del Rey de Reyes ¡Cuál habrá sido su estupor al presenciar tan grande milagro!

San Lucas continúa narrando este acontecimiento con la llegada de los pastores al portal de Belén, luego de que recibieran el anuncio de parte de los ángeles, la gran noticia del nacimiento de Jesús. José se convierte en el anfitrión de esta gran fiesta, en el portador de esta feliz noticia. Empezaban pues los primeros días en los que José ejercía su tarea de padre terrenal de Jesús.

Una espada para María

Pasados los momentos de alegría en Belén llega también el momento de la prueba en la Presentación de Jesús en el templo (Lc 2, 21-39) cuando el anciano Simeón le dijo a María que una espada traspasaría su corazón. Muchos y muy agudos serían los momentos dolorosos en la vida de Jesús y de los cuales María sería testigo. Las palabras del anciano no iban dirigidas a José, sin embargo, él estuvo presente y esto nos hace preguntarnos:

¿Qué hombre quiere escuchar que su esposa e hijo sufrirán el ridículo y serán odiados? ¿Qué esposo no sufriría torturas de corazón sabiendo que su esposa será atravesada por una espada? (...) San José tuvo que haber ponderado también las palabras de Simeón en su corazón. Ningún hombre podría alejarse sin turbación después de escuchar las impactantes afirmaciones sobre su esposa e hijo. (...) Durante décadas San José llevó la dolorosa profecía de Simeón en su corazón, pero porque su amor es muy grande, su sufrimiento era interior, intenso y duradero. [3]

Simeón al dirigirse solo a María, está queriendo decir que San José no estaría presente en los momentos de fuerte dolor de su hijo, lo que seguro le causó un dolor aún más profundo al saber que María tendría que enfrentar sola muchos sufrimientos.

Prófugo de la violencia

Otra prueba que recibió san José y que narra el evangelio de san Mateo fue cuando un ángel se apareció para decirle que debía huir a Egipto porque el Rey Herodes buscaba a Jesús para matarle. Esto quería decir que tenían que dejar su tierra, su trabajo como carpintero, caminar unos 64 kilómetros en pleno sol del desierto para poder pasar de Belén a la frontera con Egipto y quizás seguir caminando mucho más allá y establecerse en algún pueblo donde pudieran encontrar un lugar para vivir, así como un trabajo digno. Significaba que María, José y Jesús tendrían que llegar como inmigrantes sin conocer el idioma, quizás sin amigos o personas conocidas a quiénes acudir. Estaban solos, en el destierro, despojados. Durante el viaje seguro hubo días tormentosos en los que habrán tenido miedo de ser descubiertos por los hombres de Herodes que tenían el encargo de matar a todos los niños menores de dos años. Sobre José pesaba pues la inmensa responsabilidad de tener bajo su cuidado a su querida esposa y al mismo Mesías. “La Sagrada Familia tuvo que afrontar problemas concretos como todas las demás familias, como muchos de nuestros hermanos y hermanas migrantes que incluso hoy arriesgan sus vidas forzados por las adversidades y el hambre”(PC). Y al morir Herodes, José recibió de nuevo el mensaje del ángel, esta vez para decirle que regresaría a Israel. Así se fueron a Nazaret, lugar que se convirtió en la patria chica adoptiva de Jesús.

La paciencia de José

Nada cuentan los evangelios después del retorno de Egipto. Este silencio se rompe cuando Cristo tiene doce años y luego continúa hasta sus treinta. El relato llamado “Pérdida y hallazgo de Jesús” (Cfr. Lc 2, 43-50) muestra varias pruebas por las que pasó José. La primera, cuando, después de celebrar la Pascua en Jerusalén, él junto con su esposa descubren, en plena caravana de regreso a Nazaret, que el pequeño Jesús no iba con ellos. José al ser la cabeza de familia, debió haber sentido el peso de la responsabilidad al percatarse de que Jesús no se había unido al grupo que regresaba a Nazaret. ¡Cuán honda habrá sido su angustia, confusión y, quizás, sentido de culpa! La pareja regresó para buscar a Jesús. Después de tres días, al encontrarlo en el templo, hablando con los doctores, María le dice: “Tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando” (Lc 2, 48) María refuerza en esta frase la figura paternal y protectora de José. Sin embargo, la respuesta de Jesús puede parecer desconcertante: “Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” (Lc 2, 49) Jesús se refería a su Padre celestial, quien moraba en el Templo. En ese momento se juntan la paternidad terrenal y protectora que ejerce José y la divina de su Padre Dios de quien el pequeño Jesús habló hasta dejar maravillados a doctores y letrados. Este pasaje también nos muestra la prefiguración de un dolor aún más grande: “Era una preparación para el Calvario. Recordando este evento María nuevamente habría encontrado fortaleza y consuelo en su dulce San José” (S. Juan Pablo II, exhortación apostólica Redemptoris custos).

Conclusión: José en la vida cotidiana de Jesús

Lucas culmina sus escritos sobre la infancia de Jesús con una sencilla frase: “Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc 2, 52). Aunque no habla explícitamente de José sí nos da pie para que podamos contemplar algunas escenas de la vida cotidiana de Jesús educado por su padre. “Vi a Jesús ayudando a sus padres en todas las formas posibles, y también en las calles, y donde se presentaba una oportunidad servía con alegría y gran disposición ayudando a todos. Le ayudaba a su padre adoptivo en su oficio y se dedicaba a la oración y la contemplación. Era un modelo para todos los niños de Nazaret” [4]. Sabemos que José era carpintero por oficio (Cfr. Mt 13, 55) y que le enseñó estas labores a Jesús para su propio sustento (Mc 6, 3)

Este breve recorrido por la vida de José nos muestra pues virtudes como la prudencia, la valentía, el asumir la propia misión con alegría. Como dijo el Papa Francisco: “Todos pueden encontrar en san José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad” (PC). 


Referencias:

[1] “Orígenes”, citado en Francis Filas, SJ.; Joseph: The Man Closest to Jesus. Daughters of St. Paul, Boston, MA, 1962, p.145-146.
[2] S.S. Francisco. Homilía, misa de beatificaciones. Villavicencio – Colombia 8 septiembre 2017.
[3] P. Donald Calloway; Consagración a San José, las maravillas de nuestro padre espiritual. Marian Press, Stockbridge, MA, 2020, p. 383.
[4] Beata Ana Catalina Emmerich; The Complete Visions of Anne Catherine Emmerich. Catholic Book Club, San Bernardino, CA, 2013, p. 127.

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