La misión de las universidades católicas está definida por dos componentes que conforman su identidad: ser universidades y ser católicas. Ambas dimensiones deben desarrollarse de manera armónica, alimentándose mutuamente en un círculo virtuoso. Hoy, mantener la fidelidad a esta doble identidad representa un desafío que el autor busca identificar.

La permanente reflexión de la misión de las universidades católicas en nuestra sociedad es necesaria, con el objetivo de ver su presencia y aporte en la sociedad en que vivimos, acorde a los cambios que se nos presentan. El rector de la Pontificia Universidad Católica de Chile nos invita a revisitar la Constitución Apostólica de san Juan Pablo II Ex corde Ecclesiae, recorriendo su principal mensaje y dando líneas en torno a su vigencia y actualidad.

La docencia como una vocación, los desafíos de la educación en tiempos de pandemia y la fe como un elemento esencial y transversal fueron los temas que se abordaron en el Congreso de Educación Católica que se realizó los días 12 y 13 de octubre, y que estuvo organizado por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Su lema fue: “Educar es un acto de esperanza”.

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El desafío de ofrecer una educación integral a lo largo del territorio compromete a diferentes actores sociales, estatales y también religiosos: la formación no requiere solo de infraestructura, logística y recursos, es necesario relevar la dimensión valórica y su rol en la cohesión social.
A principios de enero, muchas personas y familias abrieron las puertas de sus casas —a veces, por primera vez en años— para compartir y conversar con 1.450 jóvenes universitarios desplegados desde la región de Coquimbo hasta la región de Aysén. La Pastoral de la Pontificia Universidad Católica de Chile organizó estas misiones y trabajos con una sola motivación: compartir la esperanza de Cristo resucitado, generar vínculos, y apoyar en demandas concretas en territorios con escasos recursos y presencia pastoral.
En esta nueva columna, Nello Gargiulo reflexiona sobre la necesidad de abordar la problemática migratoria involucrando a todos los actores sociales y estatales que pueden aportar en la materia, ya sea por su trabajo directo con la realidad de los extranjeros avecindados en Chile, o por el rol formativo, fiscalizador o financiero que realizan en miras al desarrollo del país. El ejemplo de lo realizado por monseñor Scalabrini hace un par de siglos, puede iluminar las decisiones de hoy.
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