¿Es la Universidad el lugar apropiado para promover la unidad del saber?

Sumario:

  • La respuesta a las preguntas más fundamentales requiere abordarse en su maravillosa complejidad, sin reducir un punto de vista a otro ni realizar simplificaciones. Los problemas actuales del hombre, de la sociedad y del sentido son siempre problemas multidimensionales, a pesar de que se traten, a menudo, en parcelas disciplinarias incomunicadas. ¿Es la Universidad el lugar apropiado para promover la unidad del saber? ¿Qué significa la interdisciplina? Sobre esto reflexiona el filósofo Jorge Peña en su discurso pronunciado en el Encuentro Iberoamericano de Academias de Ciencias Morales y Políticas que se desarrolló durante el 7 y 8 de junio en Buenos Aires.

 “Ninguna época acumuló tantos y tan ricos conocimientos sobre el hombre como la nuestra. Ninguna época consiguió ofrecer un saber acerca del hombre tan penetrante. Ninguna época logró que este saber fuera tan rápida y cómodamente accesible. Ninguna época, no obstante, supo menos qué sea el hombre. A ningún tiempo se le presentó el hombre como un ser tan misterioso”.

Con esta cita de Martin Heidegger, Jorge Peña Vial comenzó su exposición en el Encuentro Iberoamericano de Academias de Ciencias Morales y Políticas desarrollado el pasado 7 y 8 de junio en Buenos Aires. A continuación, Humanitas reproduce una adaptación de su discurso.


El hombre sigue siendo “ese desconocido”, y hoy más por mala ciencia que por ignorancia. De ahí la paradoja: cuanto más conocemos, menos comprendemos el ser humano. Como dijera Heidegger, hay que “cuestionar, hacer saltar en pedazos el encajonamiento de las ciencias en disciplinas separadas”.

El hombre, verdadero microcosmos, es una realidad compleja que anuda y contiene en sí todas las dimensiones de la realidad (física, química, biológica, psíquica, espiritual, cultural). La palabra complejidad deriva de complexus, lo que está tejido junto, es decir, es un tejido de constituyentes heterogéneos inseparablemente asociados. Debemos reconocer que el sistema universitario no está preparando a los estudiantes para afrontar la complejidad del hombre y de la realidad. ¿A qué se debe esta carencia fundamental? Al predominio de métodos simplificadores de pensamiento. El “paradigma de la simplificación”, como lo ha denominado el sociólogo Edgar Morin, conduce a la disyunción, al reduccionismo y la abstracción. En virtud de lo primero el pensamiento pone en disyunción realidades inseparables sin poder considerar su vínculo, separa realidades que están intrínsecamente unidas. Es así como nuestra atmósfera cultural está atravesada por disyunciones clamorosas que nos impiden tener una visión integradora y verdadera de lo real: res cogitans-res extensa, cuerpo-alma, hechos-valores, naturaleza-cultura, individuo-sociedad, cerebro-mente, fe-razón, gracia-libertad, sujeto-objeto. Pero la verdad, de maravillosa complejidad, el misterio, nunca del todo esclarecido, radica justamente en la conjunción, en la y: cuerpo y alma, naturaleza y cultura, hechos y valores, lo privado y lo público, cerebro y mente. Entreverados, íntimamente asociados, muchas veces indiscernibles en la unidad de lo real, recíprocamente requeridos. Todo indica una acción recíproca, un efecto mutuo, una causalidad circular.

Pero la gran disyunción que reina sobre la cultura occidental desde el siglo XVII remite el cuerpo y el cerebro al reino de la ciencia, sometiéndolo a las leyes deterministas y mecanicistas de la materia, mientras que el espíritu, refugiado en el reino de la filosofía y de las humanidades, vivió en la inmaterialidad, la creatividad, la libertad. Se estudia lo mismo (supongamos las sensaciones), pero uno en el edificio de las ciencias, donde se estudia “el cuerpo”, se hablará de afectores, efectores, transmisión al cerebro vía médula espinal, y el otro, en el edificio de Humanidades, donde se estudia el alma, se hablará de la riqueza cualitativa del color azul, que sugiere tranquilidad; el rojo, vitalidad, etc. Aunque se estudie lo mismo, se trata de dos mundos separados y en sus respectivos edificios. Sí, es necesario distinguir (cuerpo y alma, naturaleza y cultura, cerebro y mente, hechos y valores, lo privado y lo público), pero sin separar; es necesario unir, pero sin confundir. Porque en la realidad no hay nada que solo sea corpóreo sino que siempre está atravesado por significaciones espirituales, y viceversa; nada exclusivamente biológico ni psicológico ni natural ni cultural. Es imposible describir puramente “hechos” sin que no se nos cuelen valoraciones. Nuevamente lo decimos: la verdad está en la Y. Es necesario tomar los dos extremos separados por la conjunción, e impedir, manteniendo esa tensa unidad, que se separen: naturaleza y cultura, sujeto y objeto, cuerpo y alma, fe y razón, Cristo es Dios y hombre, etc. Si se enfatiza uno de los dos extremos, inevitablemente se incurre en el error: materialismos, espiritualismos, naturalismos, culturalismos, racionalismos, fideísmos… Es que la verdad tiene una delicada estructura arquitectónica. Esto me recuerda la famosa frase, creo que se atribuye a Chesterton, de que el error no es más que una verdad que se ha vuelto loca; una verdad que se torna totalitaria se desorbita, y sale del fino entramado en la que encuentra su lugar y sentido junto con las otras verdades.

El sistema universitario, la configuración actual de las disciplinas, no forma adecuadamente ni se dispone de un instrumental adecuado para apreciar la complejidad de lo real, tanto más cuando hay algunos que se empeñan en levantar acta de defunción respecto de la metafísica. Y cuando se quiere evitar la disyunción y se intenta asociarlas e integrarlas, no raramente se incurre en la otra manifestación de la simplificación: el reduccionismo. Este consiste en la explicación de lo más complejo a partir de lo menos complejo: normalmente se reduce lo biológico a lo físico-químico y lo antropológico a lo biológico. Abundan las explicaciones genealógicas tendientes a explicar lo superior por lo inferior: es la llamada explicación ab inferiore, en la que lo espiritual se explica o, mejor, se reduce a lo psicológico, y lo psicológico a su vez a lo biológico. Así el amor provendría de la sublimación de la libido, cuando no “porque me subió la bilirrubina”. Los saberes llamados superiores —la ciencia, el arte, la religión— serían epifenómenos explicados desde la “hermenéutica de la sospecha”: en el ámbito psicológico por Freud, en el social por Marx y en el moral por Nietzsche.

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Foto de portada: Omar Faúndez


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