Veremos en seguida que el ser humano necesita, pide ser educado, precisamente porque es “peregrino-mendigo de la beatitud”, en un peregrinaje que debe ser llevado a cabo por su libertad.

Si iba a cumplir en mi vida lo que le oí en cierta ocasión a un hombre muy sabio: Las vocaciones se reconocen por la paz que dejan en el corazón. Como abogado, aunque hubiese ganado dinero y adquirido prestigio, no habría tenido serenidad. Habría vivido, por el contrario, en profunda desazón y asomándome siempre a otros horizontes vocacionales. 

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Desde sus muchos años de experiencia en el Instituto Católico de Migración de la Conferencia Episcopal de Chile (INCAMI) y en la actualidad como editor del periódico Presenza, Nello Gargiulo ha mirado de cerca al mundo migratorio latinoamericano. En esta columna, vuelve sobre esta realidad intentando ampliar la perspectiva del problema y proponiendo miradas y acciones.
El desafío de ofrecer una educación integral a lo largo del territorio compromete a diferentes actores sociales, estatales y también religiosos: la formación no requiere solo de infraestructura, logística y recursos, es necesario relevar la dimensión valórica y su rol en la cohesión social.
A principios de enero, muchas personas y familias abrieron las puertas de sus casas —a veces, por primera vez en años— para compartir y conversar con 1.450 jóvenes universitarios desplegados desde la región de Coquimbo hasta la región de Aysén. La Pastoral de la Pontificia Universidad Católica de Chile organizó estas misiones y trabajos con una sola motivación: compartir la esperanza de Cristo resucitado, generar vínculos, y apoyar en demandas concretas en territorios con escasos recursos y presencia pastoral.
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