En septiembre el destacado filósofo y académico publicó un nuevo volumen de la serie que está desarrollando para editorial MAME. Se trata de “Pour surmonter la crise de l'éducation”, y se centra, por supuesto, en el análisis del fondo social, cultural y político que subyace a la crisis. Presentamos extractos de la introducción al libro*.

Resolver la crisis de la Educación

El objetivo de estas meditaciones pragmáticas es contribuir a resolver la crisis de la educación que alcanza a todos los países occidentales. Esta crisis se extiende incluso más allá de Occidente, pues el humanismo no es tan solo una elección, sino un destino. Para bien o para mal, y a pesar de la pérdida relativa de poder de Occidente, a pesar del rechazo de que es objeto, el mundo entero es el que parece en vías de inexorable occidentalización cultural –en el sentido de que el humanismo occidental lo penetra todo, a menudo en sus formas más paradojalmente inhumanas y juzgadas así también por numerosas personas de Occidente. Esa occidentalización parece inseparable de la modernización, arrastrada por la difusión de técnicas y el progreso de la individualización, hechos que no son neutrales, mas que sugieren una visión del hombre y de la vida.

Por el mismo hecho de que hay una crisis de la educación, el acuerdo respecto al hecho es casi unánime en Occidente y, sin embargo, no hay acuerdo ni sobre el análisis ni sobre la definición de esa crisis, ni sobre su medida y explicación. Ensayemos comprender la razón de este acuerdo y de ese desacuerdo.

Para poder hablar de crisis de la educación, es necesario haber definido un conjunto de objetivos educacionales y llegar a mostrar que un número creciente de esos objetivos no son alcanzados, o ya no lo son, y esto cada vez más, por razones estructurales que determinan una evolución negativamente durable.

Así pues, por lo que respecta al acuerdo sobre el hecho de la crisis, las informaciones confiables de que disponemos permiten afirmar con toda seguridad que en Occidente, desde hace décadas, una proporción creciente de alumnos termina el sistema educativo sin haber adquirido un cierto número de competencias elementales, como no sea leer, escribir o calcular, lo cual no sucedía antes. Por lo que respecta a los saberes y competencias intelectuales más complejos, la medición es más difícil. De todos modos, no se escapa a la conclusión de que una élite, y también una clase de técnicos, llegan a obtener un buen nivel científico y técnico sin, por otra parte, dejar de sumar carencias en humanidades y en cultura general, sobre todo entre los segundos (los técnicos); siendo que a la vez, al lado de todo ello, el nivel de la masa baja dramáticamente, lo que constituye un factor de su proletarización, la de aquel segmento que debía constituir la clase media y la base social de la democracia. Para más, el número de actos de violencia cometidos al interior de los establecimientos escolares realmente no deja de aumentar. Esta violencia, sumada a la trampa y a los tráficos de todo género son las manifestaciones más visibles del fracaso de la educación moral y cívica. Este fracaso de la formación tanto intelectual como moral oscurece las perspectivas profesionales de la juventud, demasiado sacrificada en Occidente al sistema económico dominante; esta ausencia de futuro reacciona de vuelta negativamente sobre el ambiente educativo, a tal punto que el clima en los establecimientos educacionales llega a ser deletéreo. La situación en su conjunto es verdaderamente catastrófica, llena de un aburrimiento mortal, desatención, de una habladuría constante, de dejar hacer, de carencia de cuidado y de degradaciones, sin hablar del irrespeto, la vulgaridad, los insultos, la indisciplina, la pereza y la pre-delincuencia.

Para comprender, por otra parte, el desacuerdo sobre el análisis y la explicación, basta recordar que la posición de un conjunto completo de objetivos educacionales equivale a la afirmación de una idea del Hombre y de la sociedad humana (de la nación, de uniones entre Estados y del género humano). Para ponerse de acuerdo sobre la crisis, será necesario entonces estar de acuerdo acerca del Hombre, su bien y su futuro. Más aún, los diversos objetivos educacionales son difícilmente separables los unos de los otros y definibles de forma neutra u “objetiva” al margen de la idea dominante del conjunto. No todos son fácilmente medibles. Por último, lo que sucede en los establecimientos de enseñanza depende de la evolución del conjunto de la sociedad. De allí la duda que suscitan a menudo las baterías de pruebas y de encuestas o clasificaciones que se realizan.

Esta crisis no comenzó ayer (cf. Hannah Arendt, La crisis de la cultura). No es tampoco en absoluto sin precedentes. No es, sin embargo, posible eludirla viendo en ella un aspecto de la crisis de las democracias, o un hecho normal de las sociedades humanistas, donde “existir” significaría por definición “estar en crisis”, pues muy otra es la crisis normal, aquella relativa pero fecunda inestabilidad proveniente siempre de la importancia concedida al juicio personal y a la libertad otorgada a las iniciativas, distinta de la crisis patológica, donde el organismo viviente o social, se encuentra suspendido entre la vida y la muerte.

La filosofía tiene algo que decir sobre esta crisis, que se enraíza sobre todo en la historia moderna y posmoderna de la cultura humanista occidental. Es la razón por la cual, sin tomar perspectiva respecto de esta cultura, tenemos dificultad en medir la gravedad de la crisis, incluso sintiendo bien que la crisis está allí.

Las causas de la crisis residen obligadamente, en parte, en las elecciones pedagógicas, pero solamente en parte. Son consecuencia de la aplicación de una ideología, y más ampliamente de una cultura, que impactan también a la familia y a toda la sociedad. Las carencias imputadas a la escuela básica deberían en gran parte serlo a las familias: conformándose a las normas de la ideología posmoderna estas procuran poco a los niños la primerísima educación de calidad, base indispensable de todo el resto. En cuanto a los adolescentes, un ambiente de pensamiento relativista bastante banal y el acceso a Internet o a los medios pueden darles la impresión de saber y tener todo inmediatamente, cada uno su cultura propia sin necesidad de hacer esfuerzo o prestar atención. ¿Para qué pues va a servir la escuela? Dicho de otra manera, el activismo de las poblaciones, carente de una nueva síntesis cultural apropiada, se traduce en los pueblos en una crisis mayor de identidad. La educación pareciera no servir para mucho, si su función era transmitir la cultura común. ¿No estamos en una donde se mezcla cualquier cosa con la nada? En tal situación no demandará más trabajo… En fin, la educación universitaria es ya una actividad cívica, social, idealista, que se debe inscribir (inconsciente, pero necesariamente) en una unidad y un impulso colectivos. En Occidente, estos se han debilitado fuertemente por la ruptura del pacto social, los progresos abismales de la desigualdad, la democracia política carente de efectividad, la cesantía y la ausencia de perspectivas económicas para la juventud.

Dificultad en salir de debates caricaturescos

¿A quién o a qué imputar semejante fiasco? Necesariamente (al menos en parte) a las preferencias pedagógicas dominantes durante las dos últimas generaciones. Hay también en torno a ellas una viva discusión. Por un lado, los partidarios ideológicos de la liberación del niño: “Al niño le gusta moverse: lo obligamos a mantenerse inmóvil… Le gusta hablar: lo constreñimos al silencio… Querría entusiasmarse: le inventamos castigos”. Por otro, los “conservadores” denuncian la falta de sentido común y el dogmatismo de las ideologías. “He aquí, concluye Philippe Meurieu, el debate educacional estancado –¡congelado por largo tiempo! – en una confrontación entre la educación tradicional y la nueva escuela, que nadie ni nada parece poder superar”. […]

Ir más allá del conflicto entre humanismos educativos modernos y posmodernos

Hay un simplismo en el debate y la explicación más profunda se encuentra en el ámbito cultural. La dificultad de la síntesis entre pedagogías “tradicionales” y “modernas” estriba en el hecho de que el problema está mal formulado. Pues, lo que se llama “escuela nueva”, por oposición a “escuela tradicional”, es más bien la escuela posmoderna materializada después de 1968, pero soñada desde mucho antes, en oposición a la escuela moderna de la Ilustración. La dificultad arranca, más profundamente, de la naturaleza de las ideologías y de las primeras nociones de la cultura humanista moderna, luego posmoderna. Es a través del análisis de sus fundamentos que podemos alcanzar una definición genética y precisa de esos términos “moderno” y “posmoderno”. A la espera de ello, los utilizaremos para distinguir dos conjuntos de estructuras de hechos culturales.

Entre las Luces (Ilustración) modernas y posmodernas existe una continuidad, en cuanto a que el valor primero es la libertad como autonomía radical, es decir, una “libertad” que consiste en determinarse sobre el fundamento de una razón nacida en la olla de la “duda” y produciendo sus propias normas, universales (modernas) o individuales-relativas (posmodernas). Igualmente, las unas y las otras son optimistas en cuanto a la perfectibilidad del Hombre a través de la educación. Por su parte, el humanismo no se reduce a esas versiones moderna o posmoderna, y todo humanismo admite (de modo diverso) la libertad de la voluntad y la bondad fundamental de nuestra naturaleza humana, ambas comprendidas, curiosamente, cuando rechazamos esta última noción.

No obstante, hay también entre ellas discontinuidad en cuanto a que la autonomía moderna es, en términos kantianos, “práctica” (obtenida por la obediencia de la conciencia al imperativo categórico de la ley moral universal racional), mientras que la autonomía posmoderna es por el contrario “patológica” (alcanzada gracias a una liberación respecto de esa misma ley moral enervante).

Los modernos, si bien fundamentalmente individualistas y liberales, tienen una pedagogía exigente y autoritaria, pues creen poder constatar que el hombre es naturalmente salvaje, prejuiciado, supersticioso, hijo de la pasión, servil a los determinismos. Se representan al Hombre naciendo en el mal y en la inhumanidad de la cual emerge gracias a la educación, que lo salva. Si bien no creen en el pecado original, creen sin embargo en un equivalente funcional de este, que en su interpretación más pesimista tiene un origen luterano o jansenista. En dos palabras, naturaleza/Razón, naturaleza/libertad, se oponen radicalmente: existe un dualismo radical. Nuestra naturaleza es caída, animal, esclava; la Razón nos levanta, nos espiritualiza, nos libera. O bien: el Hombre es perfectible, pues es razonable, pero es necesario una lucha ruda, una disciplina tanto social, como intelectual y moral. Este dualismo práctico neurotiza.

Los posmodernos tienen, por el contrario, una pedagogía libertaria, pues se definen principalmente por el rechazo a ese dualismo y a esa disciplina, menos por razón que por una reacción instintiva, cuya función podría ser calificada como psicoterapéutica.

Entre los dos partidos, la posición de Rousseau es especial y podría decirse sintética. Niega todo pecado original y es optimista sobre la naturaleza, pero reconoce el mal, explicándolo no por la naturaleza sino por la sociedad. Toda sociedad no “jacobina” sería corruptora de la naturaleza y, de este modo, la política despótica y la pedagogía autoritaria constituyen a sus ojos un equivalente funcional del pecado original, comprendido en su versión pesimista. La Revolución jacobina aporta pues una salvación. De ahí la división, al interior de las pedagogías posmodernas, más allá de su común liberalismo pedagógico, entre partidarios y adversarios del jacobinismo político. De allí un interés continuo por Rousseau de todos los que buscan una síntesis entre el realismo autoritario “hobbesiano” de los modernos y el idealismo libertario (calificado equivocadamente de “roussoniano”) de los posmodernos. Una razonable síntesis entre autoridad y libertad es de todas formas indispensable para una educación de valor en una sociedad humanista durable. Desgraciadamente, tal síntesis es imposible en Occidente sin un profundo cambio cultural, pues el dualismo que impide la síntesis se halla enraizado en el primer principio de los métodos moderno y posmoderno, lo que sucede con la “duda”.

El gran asunto no es por lo tanto multiplicar encuestas en terreno sobre colegios en ruina, o intentar evaluaciones con pulidos detalles sobre métodos pedagógicos, ni tampoco militar para vaciar millones de pesos provenientes de impuestos en ese tonel sin fondo. Para salir de la crisis se necesita reformar nuestra cultura humanista. Su clave de bóveda es desde hace dos o tres siglos la idea de una libertad autonómica radical. Una nueva síntesis humanista debe reemplazar esa libertad por la philia - la ren (buenos sentimientos hacia los demás), dirían en China. Se trata también de reemplazar una razón de la duda por una razón de preguntas y de confianza metódica.

Un tal cambio presupone la reapertura de un horizonte para la juventud, el restablecimiento de un régimen mixto, que podríamos también llamar “democracia durable”, la propuesta de un nuevo “centro de justicia”, y más en general la renovación de las instituciones de una sociedad libre, de la familia, de la economía, de la política.

La philia es la palabra griega que traducimos generalmente por “amistad” pero cuyo sentido es más amplio: designa toda relación humana natural y positiva hacia un amigo (philos) pudiendo ser un miembro de una pareja, de una familia (en su sentido más extenso), un vecino, un colega, un correligionario, un compatriota, o simplemente uno de nuestros semejantes. Para ser breves, dejamos para otro momento las relaciones de la philia con el ágape y con el eros (cap. XVIII).

La philia asumiendo la libertad sin reducirse a ella y provisionando también el bien que falta a la libertad, sustituye entonces a la “libertad” individualista de la “duda”, como nudo de la síntesis humanista. Se hace así posible materializar una mejor educación humanista.


* Traducción desde el francés por Jaime Eduardo Antúnez Soza

Últimas Publicaciones

"Les ruego y les pido de todo corazón: ¡Den marcha atrás!" , le habría escrito León XIV al superior general de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, en una carta en la que también le advirtió que "desgarrar la túnica inconsútil (sin costuras) de Cristo es un pecado de extrema gravedad" 1 . Hagamos un breve recuento de esta controversia que abrió el obispo francés Marcel Lefebvre (1905-1991) hace ya más de cincuenta años. Se dice que Pablo VI no autorizó la misa tridentina solicitada por Lefebvre por temor a contravenir el Concilio Vaticano II en momentos en que se estaba recién desplegando. Luego, bajo el pontificado de Juan Pablo II, se produjeron las primeras ordenaciones episcopales (1988) que obligaron a la excomunión de cuatro obispos lefebvristas (dos de los cuales asistieron a la reciente ceremonia masiva en Écône, Suiza). El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, estuvo a punto de conseguir un acuerdo que autorizaba la misa en latín y reconocía los sacramentos impartidos por los sacerdotes de la Fraternidad, pero Lefebvre no se avino a firmar el preámbulo doctrinal que reconocía la autoridad del Concilio. La controversia en torno al canon 25 de "Lumen gentium" fue el verdadero escollo: Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo 2 . Lefebvre nunca reconoció el carácter inspirado y por ende autoritativo de la reforma conciliar. El cardenal Ratzinger (luego Benedicto XVI) siempre adoptó una actitud abierta y comprensiva hacia el tradicionalismo católico, tanto por razones políticas (evitar la radicalización de los sectores conservadores) cuanto por razones teológicas. En su alocución a los obispos de Chile, pronunciada con ocasión de su visita al país en 1988 3 , Ratzinger se preguntaba por el desafío que representaba monseñor Lefebvre. A su juicio, el lefebvrismo encuentra tres puntos de apoyo en las fisuras abiertas tras el Concilio. El primero es la pérdida del sentido de lo sagrado en la liturgia y la tendencia a identificar el verdadero culto exclusivamente con el amor fraterno, desplazando el centro de gravedad desde la consagración eucarística hacia la vida en comunidad y la oración común. El segundo es la interpretación del Concilio como una ruptura con la Tradición, en lugar de comprenderlo "como parte de la entera y única Tradición". Progresistas y conservadores coinciden en que el Concilio rompió con la Tradición, unos para celebrarla, otros para lamentarla, pero una interpretación justa del Concilio debería basarse en una hermenéutica delicada y precisa de la ruptura y de la continuidad. El Concilio no alteró ni un ápice la sustancia de la Fe ni la fidelidad a la Iglesia santa, pero tampoco es una mera reiteración de lo dicho. El tercero es el debilitamiento de la convicción acerca de la unicidad de la verdad, que termina por erosionar el impulso misionero al considerar a todas las religiones igualmente verdaderas. En "Summorum pontificum" (2007), Benedicto XVI declaró que la misa tridentina nunca había sido abolida y concedió a cualquier sacerdote la posibilidad de celebrarla sin necesidad de autorización episcopal. Al mismo tiempo, levantó las excomuniones de los obispos rebeldes en un esfuerzo por relajar las tensiones litúrgicas (y tal vez como una manera de detener el crecimiento sostenido de la Fraternidad en esos años). Con motivo del Año de la Misericordia (2015), el Papa Francisco concedió a los sacerdotes de la Fraternidad la facultad de absolver de manera válida y lícita los pecados (primero de forma excepcional y luego indefinidamente), y posteriormente reconoció también la validez sacramental de los matrimonios que efectuaran. Pero en Traditionis custodes (2021) restringió severamente la misa tridentina, prohibió que se hicieran en las iglesias parroquiales o que pudieran celebrarlas sacerdotes recién ordenados, y exigió que los obispos las autorizaran en lugares y con los oficiantes permitidos 4 . Durante este año, la Fraternidad ha vuelto a ordenar cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio, bajo pretexto de que son indispensables para la orden sacerdotal. La respuesta vaticana ha sido la más severa: excomunión "latae sententiae" (ya pronunciada, es decir, que no requiere juicio previo) para los obispos implicados, ilicitud de los sacramentos impartidos por sacerdotes de la orden e invalidez en el caso de los sacramentos de penitencia y matrimonio, y excomunión simple para los fieles que adhieran (no para quienes asistan a una misa tridentina, pero que en su fuero interno permanezcan adheridos a la autoridad pontifical). La Fraternidad se define como una orden sacerdotal. "El fin de la Fraternidad es el sacerdocio y todo lo que se relacione con él y únicamente lo que le concierne, es decir, tal como Nuestro Señor Jesucristo lo quiso cuando dijo: 'Haced esto en memoria mía'" 5 . La defensa del estatuto y las prerrogativas sacerdotales y la concentración casi exclusiva en el culto eucarístico han sido desde el comienzo su motivación principal. La Fraternidad cuenta con un buen número de sacerdotes (733) y de seminaristas (264) y en los últimos cincuenta años este número ha crecido sostenidamente a pesar de las intervenciones papales, sea en severidad o benevolencia. Sorprende el carácter marcadamente europeo de la Fraternidad, pues un tercio de sus sacerdotes son franceses, y con suizos y alemanes se hace la mitad, aunque también se advierte un buen reclutamiento norteamericano (sobre todo por la vitalidad que está mostrando el seminario de Dillwyn). Su influencia en el continente latinoamericano es escasa, algunos argentinos (donde tienen el noviciado de La Reja), un pequeño priorato en Chile y casi nada más, porque una buena parte de los adherentes brasileños ha retornado a la comunión con el Papa. ¿Por qué el tradicionalismo católico no se asienta tan bien en suelo latinoamericano y los ecos de esta controversia nos parecen tan lejanos? Se pueden intentar varias explicaciones. La primera es que el catolicismo latinoamericano nunca fue profundamente tridentino. El tradicionalismo nace como la defensa específica de un catolicismo centrado en una liturgia solemne, el uso del latín, la exacerbación de la iglesia presbiteral, la teología escolástica y un sentido fuerte de la exclusividad institucional (fuera de la Iglesia no hay verdad ni salvación posible). Pero este modelo eclesiológico nunca penetró de manera homogénea en América Latina, donde el catolicismo ha sido más popular, mariano y devocional que doctrinal o institucional. Muy pocos han experimentado la misa —y menos aún en latín— como el centro de su identidad religiosa. El tradicionalismo europeo suele apoyarse en una memoria litúrgica muy poderosa que se remonta a la era de las catedrales y en el recuerdo vivo de un orden religioso perdido que los franceses han llamado la "civilización parroquial": la parroquia llena, las vocaciones abundantes y la escuela católica. Nada de esto hubo entre nosotros, salvo y apenas en las élites sociales. El tradicionalismo católico es marcadamente una religiosidad aristocrática incubada en colegios y universidades confesionales y en pequeños círculos intelectuales vinculados con el cultivo de las humanidades clásicas y de las ciencias jurídicas que conservan —como dice Yves Congar— una eclesiología dominada por una visión jurídica de la Iglesia como "societas inaequalis et hierarchica" 6 y que en cuanto "societas perfecta" se ofrece como modelo del conjunto de las relaciones sociales. La crítica del modernismo que está tomada de la famosa encíclica "Pascendi dominici gregis" de Pío X (1907) consiste en esto, en la incomodidad que despiertan las relaciones entre personas libres e iguales entre sí. Todo debe organizarse jerárquicamente, unos mandan y otros obedecen; de lo contrario, se cae en el desorden de la increencia y del pecado. Pío X escribió muchas veces que sin autoridad la fe se perdía irremediablemente, y algo de razón tiene, pero ¿cuál puede ser la calidad de una fe que no se ha elegido libremente? La controversia en torno a la libertad religiosa reconocida en el Concilio tiene este origen. Por otra parte, el tradicionalismo suele exigir mucho refinamiento cultural y, además de un sentido particular de la continuidad histórica, requiere una fuerte dosis de apreciación estética y una teología explícita concordante. También en este sentido es una religiosidad de élites. Debe considerarse asimismo que el tradicionalismo aparece como una religión de minorías intensivas en medio de un panorama amplio y profundo de secularización de masas. El tradicionalismo no suele prosperar donde el catolicismo todavía conserva una amplia presencia cultural y más bien florece cuando el catolicismo se ha vuelto una opción minoritaria y altamente reflexiva. Ser un católico tradicional implica una elección consciente, una identidad fuerte, en ocasiones agresivamente contracultural, y una práctica intensa que requiere tiempo y dedicación. Digamos, por último, que el catolicismo latinoamericano ha sido históricamente muy ultramontano, es decir, muy leal a la sede pontificia, un catolicismo conformista, decía Paul Johnson en su monumental "Historia del Cristianismo", que dedica apenas dos páginas a los quinientos años de catolicismo en América Latina como algo que no ha producido ninguna novedad de la que valga la pena escribir. Esta fidelidad papal se consolidó durante el siglo XIX y buena parte del XX y apenas ha vacilado en las últimas décadas. En suelo europeo, en cambio, ha existido una tradición intelectual y eclesial mucho más propensa a discutir, polemizar e incluso resistir decisiones romanas. El tradicionalismo necesita una élite religiosa, una memoria litúrgica y una disposición a resistir la autoridad eclesiástica. América Latina ha poseído algo de la primera, la segunda de forma débil y la tercera casi nunca. Notas [ 1 ] León XIV; Carta del Santo Padre al reverendo padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. 29 de junio de 2026. [ 2 ] Concilio Ecuménico Vaticano II; Constituciones, Decretos, Declaraciones . Edición promovida por la Conferencia Episcopal española. Biblioteca de Autores Cristianos, 2022, p. 54. [ 3 ] Ratzinger, Joseph; "Alocución a los obispos de Chile: unidad en la tradición de la fe". Humanitas, Cuaderno n°20, diciembre 2008. [ 4 ] García-Huidobro, Joaquín; " Traditionis custodes : Francisco ante una decisión difícil". Humanitas n°98, año XCVIII, 2021, pp. 638-647. [ 5 ] Estatutos de la FSSPX. [ 6 ] Congar, Yves-Marie; Le Concile de Vatican II . Les Éditions du Cerf, París, 1984.
A continuación presentamos un compilado de las diversas actividades realizadas por la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana UC entre mayo y julio de 2026.
Reflexiones del conversatorio "Desafíos de la IA", dentro del Seminario Comunicaciones e Iglesia que se realizó en la Pontificia Universidad Católica de Chile los días 27 y 28 de julio de 2026.
Revistas
Cuadernos
Reseñas
Suscripción
Palabra del Papa
Diario Financiero