Ya está disponible en su versión online el tercer número del año 2021, que invita a sumergirnos en aquel llamado hecho por el Papa Francisco para toda la Iglesia en los años 2021-2023, reflexionar sobre la sinodalidad. A su vez contiene un panorama general de la Iglesia de Latinoamérica; una defensa a Pedro Claver, el santo de los esclavos; una reflexión sobre la causalidad y la casualidad en santo Tomás, y valiosos contenidos más.

 

En el centenario de la muerte de santa Teresa de Los Andes

Humanitas ha adherido ampliamente a la conmemoración del centenario de la muerte de santa Teresa de Los Andes (1900-1920) con la publicación de “Teresa de los Andes. Mística de Ojos Abiertos” (n°95), un texto preparado por la comunidad de sus hermanas del monasterio de Los Andes que ofrece luces –algunas inéditas– sobre la vida familiar de Teresa, y luego con “La categoría de víctima adorante en la espiritualidad de Teresa de Los Andes”, de fray Cristhian Ogueda, ocd. (n°96), que analiza las principales claves de la espiritualidad de la santa chilena.

En este número, publicamos en portada un ícono de Teresa pintado por sus hermanas del monasterio de Puerto Montt, junto al poema inspirado en este mismo ícono, escrito por las hermanas Carmelitas Descalzas de Auco. El poema de Auco va siguiendo al ícono de Puerto Montt en una suerte de diálogo de carmelitas a la distancia y debe ser leído en conjunto. “Sueño dibujado eres tú, Teresa, sobre el blanco lienzo cordillerano”. Y enseguida: “Púsote pigmentos de gran viveza, valles verdes, montes arrebolados, sendas floridas que otearon, Teresa, tus jacintos ojos recién pintados”. La figura de Teresa, alta y espigada de ojos claros y mirada dulce, aferrada a su crucifijo, expresa la manera como era y la evocan sus hermanas después de cien años. A su derecha, el ícono recuerda el Palomar del Espíritu Santo (de palomarcicos, el nombre con que Teresa de Ávila se refería a sus monasterios), el viejo monasterio de Los Andes donde vivió Teresa sus pocos meses de religiosa carmelita: “Señorial morada, rica en pobreza”, “donde el Esposo te escondió, Teresa”. A su izquierda se representa el actual santuario de Auco y la veneración que de inmediato suscitó Teresa tras su muerte: “Y al punto las compuertas se abrieron, ¡de tu templo manaron los torrentes!” y la multitud de los peregrinos que se acercan todavía hoy a su tumba: “Sedientos, acudieron a sus fuentes de Agua viva y eternidad bebieron”, que han convertido al santuario de Teresa en uno de los más concurridos del país. La amistad de Teresa con el cielo se representa en dos pequeñas figuras en el vértice superior del ícono, una que le tiende la mano divina y otra que la contempla admirada, puesto que “En todo el Cielo a una, se admiraban, de tal joven y ¡tan transfigurada!”, lo que recuerda –según dicen las hermanas en nota al pie– la transformación completa de la santa en Cristo, el ideal de la vida mística tal como la concebía san Juan de la Cruz. En el pie del ícono se reproduce una expresión de Teresa en alguna de sus cartas: “Dios es alegría infinita”, que sirve de lema para este fino retrato de la santa chilena.

En el artículo de las hermanas de Los Andes se relatan algunas tribulaciones y angustias de la vida familiar de Juanita, especialmente el abatimiento de su padre que termina por malograr su matrimonio. La familia Fernández es un motivo de preocupación y sufrimiento para Teresa, a diferencia de la familia Martin, en el caso de Teresa de Lisieux. Von Balthasar, en su precioso libro “Historia de una Misión”, dedicado a Teresita, encuentra una continuidad perfecta entre el estado familiar y religioso de la santa francesa. Teresita se santifica en su propia familia, “la escarcha del desengaño no cayó jamás sobre la ternura experimentada e intercambiada dentro de la familia”, escribe Von Balthasar, y el paso al estado religioso se hace sin inflexión alguna, lo que explica también el sentido de la misión teresiana orientado hacia el “pequeño camino” y el evangelio de la infancia espiritual. “Teresa conserva toda su vida una naturalidad sin reservas en la ingenua y pura manifestación del amor”. Teresa de Lisieux permanece como una niña. Teresa de Los Andes, en cambio, elabora el motivo tradicional del desposorio real con Cristo crucificado para entrar al convento, y no cesa de ofrecerse como ofrenda para el bienestar espiritual de los suyos, especialmente de su padre Miguel y de sus hermanos. Las mujeres de la familia habrán de ser, sin embargo, los puntales de su santidad: su madre Lucía, “mujer de carácter fuerte y piedad muy arraigada”, y Rebeca, que juega el mismo papel de Celine en Teresa de Lisieux, hermana confidente que también profesa como carmelita.

El padre Ogueda ha escrito uno de los mejores textos sobre la espiritualidad de Teresa de Los Andes, que proviene de su peculiar sentido del sufrimiento. “La integración del sufrimiento en la vida de una persona apunta a la madurez teologal de todo cristiano llamado a configurarse con Cristo”, dice el padre Ogueda. Existe un camino de maduración, sin embargo, en el sentido que Teresa atribuye al sufrimiento. En una personalidad especialmente suave y sensible, que no paraba de llorar cuando niña (y que probablemente exageraba en cierta medida los dolores familiares), Teresa descubre algo que pocas veces se hace: que puede ofrecer ese sufrimiento a Cristo y configurarse en Él como un símbolo del amor no correspondido que constituye propiamente el sentido del sacrificio de Cristo.

El motivo del amor no correspondido y el camino de ofrecerse como víctima de expiación por todos los agravios que sufre el Amor será un segundo eslabón en este camino de maduración teologal, lo que acerca a Teresa a la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús de Margarita María Alacoque, en cuya devoción –muy corriente en su época– fue seguramente formada por el Colegio del Sagrado Corazón de Santiago, donde hizo sus estudios y en cuya orden pensó alguna vez hacer su voto religioso.

La espiritualidad de Teresa de Los Andes alcanza un último desarrollo, sin embargo, en la decisión de entrar al Carmelo y sellar la unión íntima con Cristo que ofrece el retiro conventual en la que se entrega como víctima adorante, porque es la “adoración la que repara, no la reparación la que adora”. Teresa no abandona el motivo del sufrimiento ni su fina sensibilidad e impulso a ofrecerse como víctima, pero lo hace ya no para expiar nada, sino para “sumergirse en el seno del Dios inmutable” y gozar ya de la eternidad, “porque el tiempo no se siente aquí en el Carmen”, lo que le confiere según el padre Ogueda un sentido escatológico y no penitencial a su mística contemplativa.

Sirvan estas dos muestras de reflexión sobre la vida y espiritualidad de Teresa y el ícono y poema que ahora publicamos como un aporte sencillo que ha ofrecido nuestra revista al centenario de su muerte y un tributo a su sana memoria.

Eduardo Valenzuela Carvallo

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