Cristián Sahli Lecaros, con la colaboración de Alexandrine de La Taille y Alejandra Fuentes

NOHO Books

Chile, 2024

260 págs.


“La verdadera amistad se graba en el alma y en la historia de las personas”.
Juan Luis Correa G.

¿Fue un “santo de la puerta del lado”, como decía el Papa Francisco, o simplemente un genio de la amistad?

José Manuel Guzmán, sacerdote del Opus Dei, alumno de los colegios Saint George y Tabancura, estudiante universitario del Pedagógico, profesor y subdirector del colegio Tabancura, misionero en Nigeria, murió a los 62 años de un ataque al corazón. Sus muchos amigos le pidieron a Cristián Sahli que escribiera una semblanza de su vida, con la colaboración de dos historiadoras. Entrevistaron a 130 personas, 92 en Chile y 38 en Nigeria. El resultado es este libro, la historia del “Chino” Guzmán.

Hijo de una familia tradicional con padres cariñosos y cinco hermanos, José Manuel entró a primera preparatoria al colegio Saint George y dos años más tarde al recién fundado colegio Tabancura.

En el colegio fue buen estudiante, un alumno normal, muy concentrado para estudiar, y desarrolló esa capacidad de ser un genio para hacerse amigos. Tenía un talento especial: descollaba en el fútbol y su falta de visión en el ojo derecho por un accidente infantil no le impedía hacer los mejores goles.

En su adolescencia comenzó a asistir a un club del Opus Dei y a los 16 años pensó que tenía vocación para ser Numerario.

A Sylvia, su madre, le pareció mal esta idea. Pensaba que “el Chino” tenía que crecer, ir a la universidad y después pensar en una posible vocación. Mientras tanto, tenía que ir a fiestas, salir con las amigas de sus hermanas, con sus primas, pololear. Fue la primera, y quizás la única discrepancia familiar.

Vinieron tiempos duros para la familia. Sylvia tuvo un accidente de auto y falleció. Arturo, el hijo mayor, que ya estaba casado, murió de cáncer un año después.

José Manuel acusó estos golpes, porque era una persona muy sensible, pero creció en su fe. Había ingresado al Pedagógico y se apasionó por la ciencia de la enseñanza, para la cual tenía una habilidad notable. Se inició como profesor del Departamento de Ciencias Naturales, y llegó a ser subdirector del colegio Tabancura.

Hay ejemplos innumerables, casi monótonos, de José Manuel procurando sacar adelante a un alumno, conversando con quien parecía un caso perdido, mejorando con cariño a un grupo del curso que parecía imposible. Además, siempre arrastraba a Dios, a Jesús. Sin cerrazón. Decía: “Yo encuentro que el Opus Dei es lo mejor que existe, pero también hay otros caminos dentro de la Iglesia”.

Le propusieron ordenarse sacerdote y aceptó con gusto, siendo muy serio en sus estudios. Su tesis versó sobre el diaconado. A su vuelta a Chile amplió su campo apostólico, participó en labores sociales en San Bernardo, Puente Alto y la Pintana, fue capellán del colegio Huelén.

Vino entonces la pregunta inesperada: “¿Quisieras ir a trabajar sacerdotalmente a Nigeria?”. Respondió inmediatamente que sí.

A mediados del 2000 José Manuel tomó el avión hacia África. Nigeria es un país de África Occidental, cuyo idioma oficial es el inglés, pero donde se hablan 500 lenguas. Con 222 millones de habitantes, ha tenido una historia accidentada y actualmente hay varios focos de conflicto interno. En cuanto a religión, hay cristianos de diversas confesiones en el sur, y musulmanes en el norte. Una pequeña parte de la población practica religiones indígenas. Dos miembros del Opus Dei habían llegado al país en 1965 y diez años después se trasladaron allí varias personas para comenzar una labor estable. Ya contaban con casas y labores y el panorama apostólico que se le presentaba a Father Joe (nuevo nombre del Chino) era inmenso.

En cartas a su familia les contaba que estaba muy contento, que ya estaba confesando, que dar su primera meditación le costó mucho y que iban a instalar un nuevo colegio. Tomaba diariamente su tableta contra la malaria y procuraba conocer el país. Les explica todas las costumbres, las comidas.

Confesaba a mucha gente, se hizo amigo de las autoridades de un Seminario vecino y llegó a tener un grupo de seminaristas a los que formaba con cariño. Era una persona curiosa. Cuando estaba de vacaciones se conseguía a algún nativo nigeriano para pasear por los pequeños pueblos y conocer cómo vivía la gente, entrar a sus casas, preguntarles.

Viajó varias veces a Chile, lo pasaba muy bien en su país, pero siempre quería regresar a Nigeria porque había tanto que hacer. En estos viajes se veía con su familia y con sus amigos, aprovechaba para pedir dinero con cierta frescura… cosas para el altar, un candelabro, un cáliz.

En Nigeria desarrolló una gran intuición para adivinar el estado de ánimo de las personas. Decía en la confesión: “algo pasa en su corazón, hermana mía…”. Conoció a varios obispos africanos y lo invitaron a una conferencia sobre la vida y los valores familiares. De allí surgió la idea de hacer un Catecismo sobre el tema. Father Joe fue su principal redactor, se consiguió la plata para publicarlo y lo difundió. Sus amigos de Nigeria dicen que fue literalmente un trabajo “de chino” en que José Manuel estaba constantemente preguntando el significado de una palabra, de una expresión.

En 2019, trabajando en Nigeria, vino la gran prueba de su vida. Un accidente cerebrovascular lo dejó sin poder hablar, con lagunas mentales de orientación y otras dificultades. Lloró al verse impedido, pero fue un enfermo muy participativo que cooperó mucho en su recuperación.

Un año después estaba casi totalmente repuesto, pudo dar meditaciones y celebrar Misa. Decidieron que viajara a Chile, también por razones médicas. Cuando estaba listo para regresar a África, vino la epidemia del coronavirus que retrasó el viaje. En agosto de 2020, cuando todo parecía marchar de acuerdo con sus planes, listo para volver a Nigeria, murió repentinamente de un infarto al corazón.

Una vida sencilla que dejó una profunda huella en cientos de personas. Algunas dicen haber obtenido favores por su intercesión.

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