Es de Elena, la anciana madre del emperador Constantino, el mérito de la Invención de la Santa Cruz, es decir, del hallazgo del madero donde el Hijo de Dios fue crucificado. Y a ella se le debe la construcción en Roma de la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, donde se conservan las reliquias de la pasión de Jesús.

Hace dos años fallece Eugenio Ionesco, universalmente considerado, con Samuel Beckett y otros, creador del "teatro del absurdo". En lo que a él respecta, prefería, sin embargo, hablar de "teatro de la Ausencia", pues dicha definición especifica el verdadero sentido de su obra: ser testigo de la ausencia de Dios y de su consecuencia en el significado de la realidad y de la palabra. Analizando el último volumen de su diario, "La búsqueda intermitente", el artículo describe el lento y sufrido camino a la fe en Jesucristo del escritor rumano-francés. En realidad, acercarse a Ionesco para reír de sus salidas hilarantes y de su fantasía surrealista significa traicionarlo. Pues él es, sobre todo, un buscador del absoluto y un testigo de aquella Ausencia que paraliza la mente y enfría el alma. 

El disparo a repetición del aparato fotográfico y la fabricación, en 1889, por Eastman y Edison, del film, una película fotográfica elástica que se podía enrollar en bobinas, hicieron posible el invento del cinematográfico.

En las estrechas calles del centro de Roma, caminando por los antiguos barrios populares, en cada calle, en cada plaza, casi en cada rincón encontramos imágenes sagradas a menudo circundadas de baldaquinos y candelas. Los romanos las llaman "madonelle". 

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El presente artículo corresponde a la traducción al español de la tercera parte de la conferencia titulada "C'è un volto femminile della cura?", disponible en Marcheselli, Maurizio (ed.); "Cos'è l'essere umano da necessitare cura?" (cf. Sal 8,5). Atti del Convegno annuale della Facoltà Teologica dell'Emilia Romagna, 15-16 marzo 2022. Bologna, 2023. Agradecemos tanto a la autora como a la Universidad Emilia Romagna por permitir esta publicación.
Depositarios de un acervo espiritual riquísimo, el del Santo Obispo de Hipona, y de una historia que hunde sus raíces en la Colonia, los agustinos de Chile son una presencia viva en la Iglesia, y hoy, como ayer, las profundas y paternales orientaciones que el Santo Padre León XIV les transmitiera siendo Prior General de la Orden tienen plena vigencia como hoja de ruta.
En el contexto chileno, marcado por el miedo a la delincuencia y la demanda de dureza punitiva, apelar a la clemencia puede operar como una virtud política que no plantea proteger al delincuente, sino cuidar a la misma justicia, preservándola de derivar en crueldad institucional e impidiendo que el castigo se transforme en un fin en sí mismo.
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