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- Ricardo Moreno
13 de abril de 2017
Papa Francisco, Santa Misa Crismal
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena noticia a los pobres, me ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos» (Lc 4, 18). El Señor, Ungido por el Espíritu, lleva la Buena Noticia a los pobres. Todo lo que Jesús anuncia, y también nosotros, sacerdotes, es Buena Noticia. Alegre con la alegría evangélica: de quien ha sido ungido en sus pecados con el aceite del perdón y ungido en su carisma con el aceite de la misión, para ungir a los demás. Y, al igual que Jesús, el sacerdote hace alegre al anuncio con toda su persona. Cuando predica la homilía, —breve en lo posible— lo hace con la alegría que traspasa el corazón de su gente con la Palabra con la que el Señor lo traspasó a él en su oración. Como todo discípulo misionero, el sacerdote hace alegre el anuncio con todo su ser. Y, por otra parte, son precisamente los detalles más pequeños —todos lo hemos experimentado— los que mejor contienen y comunican la alegría: el detalle del que da un pasito más y hace que la misericordia se desborde en la tierra de nadie. El detalle del que se anima a concretar y pone día y hora al encuentro. El detalle del que deja que le usen su tiempo con mansa disponibilidad…
La Buena Noticia puede parecer una expresión más, entre otras, para decir «Evangelio»: como buena nueva o feliz anuncio. Sin embargo, contiene algo que cohesiona en sí todo lo demás: la alegría del Evangelio. Cohesiona todo porque es alegre en sí mismo.
La Buena Noticia es la perla preciosa del Evangelio. No es un objeto, es una misión. Lo sabe el que experimenta «la dulce y confortadora alegría de anunciar» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 10).
La Buena Noticia nace de la Unción. La primera, la «gran unción sacerdotal» de Jesús, es la que hizo el Espíritu Santo en el seno de María.
En aquellos días, la feliz noticia de la Anunciación hizo cantar el Magníficat a la Madre Virgen, llenó de santo silencio el corazón de José, su esposo, e hizo saltar de gozo a Juan en el seno de su madre Isabel.
Hoy, Jesús regresa a Nazaret, y la alegría del Espíritu renueva la Unción en la pequeña sinagoga del pueblo: el Espíritu se posa y se derrama sobre él ungiéndolo con oleo de alegría (cf. Sal 45,8).
La Buena Noticia. Una sola Palabra —Evangelio— que en el acto de ser anunciado se vuelve alegre y misericordiosa verdad.
Que nadie intente separar estas tres gracias del Evangelio: su Verdad —no negociable—, su Misericordia —incondicional con todos los pecadores— y su Alegría —íntima e inclusiva—. Verdad, misericordia y alegría: las tres juntas.
Nunca la verdad de la Buena Noticia podrá ser sólo una verdad abstracta, de esas que no terminan de encarnarse en la vida de las personas porque se sienten más cómodas en la letra impresa de los libros.
Nunca la misericordia de la Buena Noticia podrá ser una falsa conmiseración, que deja al pecador en su miseria porque no le da la mano para ponerse en pie y no lo acompaña a dar un paso adelante en su compromiso.
Nunca podrá ser triste o neutro el Anuncio, porque es expresión de una alegría enteramente personal: «La alegría de un Padre que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 237). La alegría de Jesús al ver que los pobres son evangelizados y que los pequeños salen a evangelizar (cf. ibíd., 5).
Las alegrías del Evangelio —lo digo ahora en plural, porque son muchas y variadas, según el Espíritu tiene a bien comunicar en cada época, a cada persona en cada cultura particular— son alegrías especiales. Vienen en odres nuevos, esos de los que habla el Señor para expresar la novedad de su mensaje. Les comparto, queridos sacerdotes, queridos hermanos, tres íconos de odres nuevos en los que la Buena Noticia se conserva bien ―es necesario conservarla―, no se avinagra y se vierte abundantemente.
Un ícono de la Buena Noticia es el de las tinajas de piedra de las bodas de Caná (cf. Jn 2,6). En un detalle, espejan bien ese Odre perfecto que es —Ella misma, toda entera— Nuestra Señora, la Virgen María. Dice el Evangelio que «las llenaron hasta el borde» (Jn 2,7). Imagino yo que algún sirviente habrá mirado a María para ver si así ya era suficiente y habrá sido un gesto suyo el que los llevó a echar un balde más. María es el odre nuevo de la plenitud contagiosa. Queridos hermanos, sin la Virgen no podemos llevar adelante nuestro sacerdocio. «Ella es la esclavita del Padre que se estremece en la alabanza» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 286), Nuestra Señora de la prontitud, la que apenas ha concebido en su seno inmaculado al Verbo de vida, sale a visitar y a servir a su prima Isabel. Su plenitud contagiosa nos permite superar la tentación del miedo: ese no animarnos a ser llenados hasta el borde, y mucho más aún, esa pusilanimidad de no salir a contagiar de gozo a los demás. Nada de eso: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (Ibíd., 1)
El segundo ícono de la Buena Noticia que deseo compartir con vosotros es aquella vasija que —con su cucharón de madera—, al pleno sol del mediodía, portaba sobre su cabeza la Samaritana. Refleja bien una cuestión esencial: la de la concreción. El Señor —que es la Fuente de Agua viva— no tenía «con qué» sacar agua para beber unos sorbos. Y la Samaritana sacó agua de su vasija con el cucharón y sació la sed del Señor. Y la sació más con la confesión de sus pecados concretos. Agitando el odre de esa alma samaritana, desbordante de misericordia, el Espíritu Santo se derramó en todos los paisanos de aquel pequeño pueblo, que invitaron al Señor a hospedarse entre ellos.
Un odre nuevo con esta concreción inclusiva nos lo regaló el Señor en el alma samaritana que fue Madre Teresa. Él llamó y le dijo: «Tengo sed», «pequeña mía, ven, llévame a los agujeros de los pobres. Ven, sé mi luz. No puedo ir solo. No me conocen, y por eso no me quieren. Llévame hasta ellos». Y ella, comenzando por uno concreto, con su sonrisa y su modo de tocar con las manos las heridas, llevó la Buena Noticia a todos. El modo de tocar las heridas con las manos: las caricias sacerdotales a los enfermos, a los desesperados. El sacerdote hombre de la ternura. Concreción y ternura.
El tercer ícono de la Buena Noticia es el Odre inmenso del Corazón traspasado del Señor: integridad mansa —humilde y pobre— que atrae a todos hacia sí. De él tenemos que aprender que anunciar una gran alegría a los muy pobres no puede hacerse sino de modo respetuoso y humilde hasta la humillación. Concreta, tierna y humilde: así la evangelización será alegre. No puede ser presuntuosa la evangelización. No puede ser rígida la integridad de la verdad, porque la verdad se ha hecho carne, se ha hecho ternura, se ha hecho niño, se ha hecho hombre, se ha hecho pecado en cruz (cf. 2 Co 5,21). El Espíritu anuncia y enseña «toda la verdad» (Jn 16,13) y no teme hacerla beber a sorbos. El Espíritu nos dice en cada momento lo que tenemos que decir a nuestros adversarios (cf. Mt 10,19) e ilumina el pasito adelante que podemos dar en ese momento. Esta mansa integridad da alegría a los pobres, reanima a los pecadores, hace respirar a los oprimidos por el demonio.
Queridos sacerdotes, que contemplando y bebiendo de estos tres odres nuevos, la Buena Noticia tenga en nosotros la plenitud contagiosa que transmite con todo su ser nuestra Señora, la concreción inclusiva del anuncio de la Samaritana, y la integridad mansa con que el Espíritu brota y se derrama, incansablemente, del Corazón traspasado de Jesús nuestro Señor.
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- Ricardo Moreno
Homilía del Papa Francisco en Domingo de Ramos

Esta celebración tiene como un doble sabor, dulce y amargo, es alegre y dolorosa, porque en ella celebramos la entrada del Señor en Jerusalén, aclamado por sus discípulos como rey, al mismo tiempo que se proclama solemnemente el relato del evangelio sobre su pasión. Por eso nuestro corazón siente ese doloroso contraste y experimenta en cierta medida lo que Jesús sintió en su corazón en ese día, el día en que se regocijó con sus amigos y lloró sobre Jerusalén.
Desde hace 32 años la dimensión gozosa de este domingo se ha enriquecido con la fiesta de los jóvenes: La Jornada Mundial de la Juventud, que este año se celebra en ámbito diocesano, pero que en esta plaza vivirá dentro de poco un momento intenso, de horizontes abiertos, cuando los jóvenes de Cracovia entreguen la Cruz a los jóvenes de Panamá.
El Evangelio que se ha proclamado antes de la procesión (cf. Mt 21,1-11) describe a Jesús bajando del monte de los Olivos montado en una borrica, que nadie había montado nunca; se hace hincapié en el entusiasmo de los discípulos, que acompañan al Maestro con aclamaciones festivas; y podemos imaginarnos con razón cómo los muchachos y jóvenes de la ciudad se dejaron contagiar de este ambiente, uniéndose al cortejo con sus gritos. Jesús mismo ve en esta alegre bienvenida una fuerza irresistible querida por Dios, y a los fariseos escandalizados les responde: «Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,40).
Pero este Jesús, que justamente según las Escrituras entra de esa manera en la Ciudad Santa, no es un iluso que siembra falsas ilusiones, un profeta «new age», un vendedor de humo, todo lo contrario: es un Mesías bien definido, con la fisonomía concreta del siervo, el siervo de Dios y del hombre que va a la pasión; es el gran Paciente del dolor humano.
Así, al mismo tiempo que también nosotros festejamos a nuestro Rey, pensamos en el sufrimiento que él tendrá que sufrir en esta Semana. Pensamos en las calumnias, los ultrajes, los engaños, las traiciones, el abandono, el juicio inicuo, los golpes, los azotes, la corona de espinas... y en definitiva al via crucis, hasta la crucifixión.
Él lo dijo claramente a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16,24). Él nunca prometió honores y triunfos. Los Evangelios son muy claros. Siempre advirtió a sus amigos que el camino era ese, y que la victoria final pasaría a través de la pasión y de la cruz. Y lo mismo vale para nosotros. Para seguir fielmente a Jesús, pedimos la gracia de hacerlo no de palabra sino con los hechos, y de llevar nuestra cruz con paciencia, de no rechazarla, ni deshacerse de ella, sino que, mirándolo a él, aceptémosla y llevémosla día a día.
Y este Jesús, que acepta que lo aclamen aun sabiendo que le espera el «crucifige», no nos pide que lo contemplemos sólo en los cuadros o en las fotografías, o incluso en los vídeos que circulan por la red. No. Él está presente en muchos de nuestros hermanos y hermanas que hoy, hoy sufren como él, sufren a causa de un trabajo esclavo, sufren por los dramas familiares, por las enfermedades... Sufren a causa de la guerra y el terrorismo, por culpa de los intereses que mueven las armas y dañan con ellas. Hombres y mujeres engañados, pisoteados en su dignidad, descartados.... Jesús está en ellos, en cada uno de ellos, y con ese rostro desfigurado, con esa voz rota pide que se le mire, que se le reconozca, que se le ame.
No es otro Jesús: es el mismo que entró en Jerusalén en medio de un ondear de ramos de palmas y de olivos. Es el mismo que fue clavado en la cruz y murió entre dos malhechores. No tenemos otro Señor fuera de él: Jesús, humilde Rey de justicia, de misericordia y de paz.
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- Magdalena Palacios
Su nombre real: Andrés García Acosta. Se le conoce como “Fray Andresito” (1800-1853). Lo llaman en diminutivo, trasparentando que derramaba inocencia, que conservaba todas aquellas virtudes que admiramos de los niños. Andresito: un apodo y hombre pequeño, que pareciera haber pedido permiso para existir. Incluso hoy hay quienes lo confunden con el fraile peruano San Martín de Porres, el “santo de la escoba”; sin embargo, la historia de Fray Andresito tiene colores distintos, toma de la misma fuente de la Belleza, pero de manera única.
Su vida comenzó el día 10 de enero del año 1800 en la isla de Fuerteventura, perteneciente al archipiélago de las Islas Canarias, en España. Hijo de Gabriel García y Agustina de Acosta, fue bautizado como Andrés Antonio María de los Dolores, niño de ojos oscuros, profundos y cabello moreno. Una fisonomía que poco dejaba ver acerca de su tarea en este mundo. Su tierra era notablemente árida: la escasez de agua era un tema constante. Cuando Andrés estuvo en la edad de ayudar con las responsabilidades familiares, le encomendaron la misión de ser pastor de cabras. Y como si fuese una labor especialmente querida por Dios, él ocupaba los viajes buscando agua y pasto para sus animales, rezando y apacentando su ganado al son de cánticos a la Santísima Virgen. Cuando ya se apagaba el día, disfrutaba enseñando la doctrina católica a los niños de la isla. Su rutina era apacible. Había nacido ahí y eso le bastaba porque tenía a Dios. Era, como habría dicho Shakespeare, un rey de espacio infinito:
Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito.
(Hamlet, William Shakespeare)
Un hombre ínsula que estaba destinado a ser puente entre islas y continentes, entre pobres y ricos. Seguro podía hasta parecer un monarca prodigioso con su bastón para guiar cabras, palo especial de entre 2,5 a 4 metros que se usa en Fuerteventura hasta el día de hoy para sortear terrenos escarpados, poder escalar y así practicar lo que llaman “el salto del pastor”, brinco que por momentos parece hacer “volar” a sus usuarios. Murieron sus padres, se casaron hermanos y en la isla las cosas no andaban nada bien: había sequía, mucha hambre, poca comida y escasez de trabajo. La política migratoria promovida por las repúblicas de América y España seguramente motivó a Andrés a poner sus ojos en el nuevo continente. Partió de Fuerteventura a mediados de 1832 junto a uno de sus hermanos, Eugenio. El viaje en barco fue tortuoso: las tempestades y encontrones con marineros absolutamente embrutecidos fueron la tónica. Pese a los malos ratos, Andrés García llegó al puerto de Montevideo, Uruguay, el 11 de diciembre de 1832 en la goleta Flor del Río. Por esos tiempos había sido elegido primer presidente constitucional de la nueva república el general Fructuoso Rivera. Andrés ejerció como labrador y pasaba el tiempo en casa de conocidos, según escribía en una carta del 15 de mayo de 1834. Existía en Montevideo cierta presencia franciscana a la que estaba habituado, pues en Fuerteventura también había tenido contacto con ellos. Aprendió ya a amar la pobreza y saberse necesitado, de la mano de los franciscanos, en su terruño, anticipándose al verso que escribiría el “donado García” (que era como firmaba sus cartas y versos) en Chile:
Buen ejemplo nos ha dado/el que no cabe en el cielo que se ha humillado hasta el suelo/ de pastores celebrado.
Acercándose a esta orden fue como conoció en Montevideo al español Fr. Felipe Echenagussia OFM, quien se transformaría en su confesor, director espiritual y amigo. El que sería llamado “Fray Andresito” ingresó en 1836 al convento franciscano como laico, Hermano Donado, destinado por el Guardián Fr. Hipólito Soler a ejercer el oficio de recolector o limosnero.
En la orden franciscana existen los “Donados”, que sin profesar ni hacer votos, son laicos libres de permanecer en la casa común. Se ocupan de menesteres humildes, visten el hábito y siguen las prácticas regulares de la comunidad: como los rezos en común y la obediencia a los superiores. Pese a ejercer de manera positiva su trabajo en Montevideo, Andrés fue expulsado por el Guardián del convento. Bajo este panorama, tuvo que ganarse el pan como obrero de la construcción y, luego, como vendedor de objetos de piedad. Su vocación le hizo pedir su reingreso al mismo Guardián que lo había echado. Tuvo éxito, pero Dios le preparaba nuevo destino. En diciembre de 1838, cuando Andrés era portero y limosnero del convento, el Gobierno de Fructuoso Rivera declaró extinguida la Orden y decretó que dicho convento de San Francisco pasara a ser sede de una futura universidad. Fue así como Andrés volvió un tiempo a sus ocupaciones de obrero y vendedor, hasta que su confesor, Fr. Felipe, le contó que, en Chile, se había restablecido la antigua Recoleta de San Francisco, y lo invitó a dirigirse a ella, lo que Andrés aceptó acompañado de su padre espiritual. El 10 de julio de 1839 llegaron al convento de la Recoleta Franciscana de Santiago. La comunidad estaba compuesta por el Padre Guardián, que era el único sacerdote, dos seminaristas, un hermano lego y un donado. Andrés fue destinado a la cocina: lavar los platos y barrer; labores que aseguran desempeñaba con humildad, dedicación y alegría. Luego, cuando lo nombraron hermano limosnero, su día a día era este: se levantaba a las cuatro de la mañana para ayudar en la primera misa; comulgaba diariamente y, luego, hacía su oración de acción de gracias. A las siete de la mañana salía a pedir limosna, recorriendo las calles de Santiago por los pavimentos de gruesas piedras de río. Rogaba limosnas para el convento a casas por el camino, las pedía también en sufragio de las Ánimas del Purgatorio, para la propagación de la Fe y la devoción a Nuestra Señora de la Cabeza, advocación que se puede admirar todavía hoy en la Recoleta Franciscana. Su actitud para con todos era paciente, afable y modesta. Era cosa común verlo dando consejos.
Muchas veces recibió insultos y burlas. Andrés regresaba al convento a la puesta del sol y en la noche rezaba con la comunidad, fabricaba remedios caseros, ungüentos confeccionados por él mismo y elaboraba escapularios, los que se pueden ver hoy en el Museo de la Recoleta Franciscana. Todos los días esperaba una buena acogida y así llenar de alguna manera su hucha y canasto de limosnero. Muchas veces logró su objetivo, pero otras solo recibió maltrato. Habiéndose hecho fama y conocido en el ambiente santiaguino, lo comenzaron a estimar ricos y pobres. Entre sus amigos estuvieron la familia del magnate de la época Francisco Ignacio Ossa, propietario de una de las minas más poderosas de Chile en aquellos años, Chañarcillo. Se dice que el hermano donado sanó a este personaje de una grave enfermedad. Habría dejado tres días sus sandalias bajo la cama de su amigo y caminó descalzo esas jornadas por Santiago haciendo su habitual rutina. Al cabo de los tres días fue a ver al Sr. Ossa y se encontró con la alegría de verlo recuperado. Destaca también su amistad con la familia del presidente Manuel Bulnes, especialmente con su esposa Enriqueta Pinto.


En su tarea de Hermano Donado lo impulsó siempre su devoción por Santa Filomena, de quien fue apasionado promotor en Chile; incluso tomó el nombre de Filomeno. En 1850 pagó al arquitecto Fermín Vivaceta la cantidad de 448 pesos y 4 reales por la construcción del Altar a Sta. Filomena. Encargó a Europa ornamentos para la Iglesia y mandó a hacer a Francia hermosas vestimentas religiosas para la santa bordadas a mano con incrustaciones de piedras preciosas, confeccionadas en raso, además de un par de pesados y valiosos candelabros con la imagen de Filomena grabada en ellos. Los fondos que recolectó Fray Andresito fueron además claves para construir la iglesia actual de la Recoleta Franciscana. Junto a su labor iba esparciendo consejos, ayuda y caridad entre los más desposeídos del antiguo barrio La Chimba, hoy Recoleta, dejando una profunda huella. Era un hombre de acción: en 1850 fundó, junto a Fray Francisco Pacheco, la primera asociación obrera: “Hermandad del Sagrado Corazón”. Rezaban habitualmente el Via Crucis, decían oraciones y finalizaban con una reflexión del Hermano Donado. Dentro de la Hermandad se ayudaban en todas sus necesidades espirituales y materiales. Pasados unos años, la Hermandad poseía en Santiago 17 capillas, escuelas y diversos talleres, con 4.000 socios y 3.000 socias; posteriormente se extendió a Maipú, Rancagua y Valparaíso. Se podría decir que en este sentido fue un antecedente de San Alberto Hurtado, pero Fray Andresito se involucraba no tanto con la indigencia, que fue el caso del jesuita chileno, sino más bien con el obrero que ganaba un sueldo que no le alcanzaba para vivir y le imposibilitaba llevar a cabo un proyecto familiar. Además, visitaba frecuentemente la cárcel de Santiago y el hospital. Llevaba medicinas, preparadas por él mismo, a los enfermos en sus casas y visitaba a los moribundos. Muchos solicitaban su intercesión en la oración por necesidades de diversa índole. Los domingos repartía pan y frutas a los pobres. Por la tarde invitaba a la gente al cementerio para rezar el Via Crucis o el rosario por las Ánimas.
La expresión “Alabado sea Dios” lo identificó siempre, incluso cuando enfermó grave. Los primeros días de enero de 1853, Fr. Andrés fue a casa del Dr. Vicente Padin llevando, de regalo, un bastón que solía usar, argumentando que ya no lo necesitaría más. También visitó a su amigo Francisco Ignacio Ossa, solicitándole mandar decir misas por su alma. El hermano enfermero del convento se percató de la gravedad de su estado de salud y le procuró medicinas. Cuando los médicos lo visitaron solo pudieron constatar que “la enfermedad era de muerte”. El Dr. Fontecilla le diagnosticó una pulmonía y, en su presencia, se le practicó una sangría como un medio para aliviar la fiebre. El día 12, Andrés pidió a Fr. Pacheco, que lo acompañaba, que no se preocupara y fuera a descansar porque el viernes moriría. El jueves 13 los médicos aconsejaron sacramentarlo y así se hizo. Andrés solicitó al Guardián un hábito para cubrir su cadáver y una sepultura, lo que le fue otorgado, y luego emitió la profesión solemne. A las 21 hrs., Andrés le dijo a Fr. Pacheco: “Moriré mañana a las ocho”. Y así fue: falleció el 14 de enero de 1853 a las ocho de la mañana. Sus restos fueron expuestos en el coro del Convento, donde fue visitado por una multitud de todas las condiciones sociales. La sangría que le fue practicada durante su pulmonía fue guardada y dicha sangre no coaguló. Actualmente se guarda en la Recoleta Franciscana.

Tal fue la fama de santidad con la que vivió y murió Fray Andresito que en 1893 se inició la causa de canonización. El 8 de julio del presente año, el Santo Padre Francisco ha autorizado a la Congregación de las Causas de los Santos para promulgar el decreto que aprueba las virtudes heroicas de Fray Andresito, con lo que pasa a ser llamado “Venerable”. Esto significa que el Papa reconoce en sus virtudes un modo de vivir el Evangelio de manera extraordinaria. Fray Manuel Alvarado, vicepostulador de la causa, asevera que ahora están en la espera de un milagro para poder presentar a Roma. Es importante dar a conocer la vida y obra del que profesó como lego, por lo que se está llevando a cabo la preproducción de un largometraje de animación destinado a toda la familia a cargo del productor chileno Mario Gutiérrez. Por mientras la comunidad franciscana invita a rezar por la pronta canonización de Fray Andresito y a encomendarse en las necesidades. Y el mismo Venerable deja como deseo a Chile en uno de sus versos:
Que haya un gobierno feliz, / que no se encienda la zaña, que todos teman a Dios:/ pidamos por nuestras almas, y guardemos las virtudes/ de la fe y de la esperanza y la caridad también/ que es la que todo lo allana.
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- Ricardo Moreno
6 de abril de 2017
Con motivo del 90 cumpleaños del Papa emérito, Benedicto XVI, revista HUMANITAS comparte algunas publicaciones destacadas sobre él:
➤ HUMANITAS 70: "Benedicto XVI, El Papa de la Modernidad", por Jaime Antúnez Aldunate, director de Revista HUMANITAS. Seguir leyendo.
Carta de Benedicto XVI a HUMANITAS
Leer carta en papel digital, publicada en revista HUMANITAS 71.
Editorial HUMANITAS 71: "Benedicto XVI y Revista "HUMANITAS"
En sus dieciocho años de existencia, revista “Humanitas” ha recibido muchas palabras de reconocimiento y aliento, de gran significado tanto por lo que se dijo en ellas como por quién las dijo. Sus páginas se han visto asimismo ilustradas por colaboraciones de primera importancia, debiendo mencionarse entre estas los textos de quienes serían más tarde sucesores de Pedro, como ha sido el caso del Cardenal Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco (cfr. Humanitas 70, abril 2013), y antes, del Cardenal Joseph Ratzinger, luego Benedicto XVI (cfr. Humanitas - número especial, mayo 2005).
Ninguna de esas palabras puede entre tanto compararse, en la importancia y significado que para esta revista suponen, con las que escribe el Papa emérito, Benedicto XVI, en carta fechada el 9 de julio pasado y reproducida al inicio de esta edición. En sí misma, dicha carta constituye, ciertamente, el más alto y honroso reconocimiento que se haya hecho de esta tarea de inculturación del Evangelio, de connotación principalmente editorial –creada y desarrollada en el contexto propio de la Pontificia Universidad Católica de Chile–, que es revista “Huma-nitas”. La agradecemos al Papa emérito con humildad y desde el fondo de nuestros corazones. Hay, sin embargo, en esas líneas todavía más. Benedicto XVI habla, en efecto, de un vínculo creado a partir del acompañamiento de su obra, intelectual y magisterial, que se prolonga ya por 25 años, es decir, más tiempo que la propia existencia de revista “Humanitas”. Como lo hemos puesto más de una vez por escrito (cfr. Editorial Humanitas 63, julio 2012), la communio de personas de distintas naciones y continentes que constituyen el cuerpo de colaboradores de “Humanitas” se conoce desde antes que esta revista iniciara su recorrido, se vincula orgánicamente al eco de la proclama ¡no ten-gáis miedo! de Juan Pablo II y, en la iluminación de su camino, nada tuvo tanta gravitación como la continua y luminosa enseñanza de Joseph Ratzinger. Queda así con ello, veraz e inequívocamente, señalado el origen y desarrollo de “Humanitas”. Saber además –a través de palabras escritas de puño y letra por el mismo Papa emérito– que él ahora recoge consigo este legado al tiempo del silencio al que se ha retirado, bendiciendo y permaneciendo interiormente cercano a nuestro trabajo, apunta, por su parte, a lo que esencialmente se debe esperar del futuro de “Humanitas”.
Juan de Dios Vial Correa, ex Rector de la Pontificia Universidad Católica de Chile
Jaime Antúnez Aldunate, Director Revista HUMANITAS
Artículos destacados
➤ HUMANITAS 72: "¿Qué es el hombre?". Conferencia del profesor Dr. Joseph Ratzinger. Leer en papel digital.
➤ HUMANITAS 70: "El Concilio frente al pensamiento moderno", por Joseph Frings y Joseph Ratzinger. Leer en papel digital.
➤ HUMANITAS 59: "Bajo que aspecto se presentará la Iglesia en el año 2000", por Joseph Ratzinger. Leer en papel digital.
➤ HUMANITAS 70: "Conferencia en Nueva York: Del Concilio Vaticano II al Año de la Fe 2012-2013. En el pensamiento de Joseph Ratzinger", por Jaime Antúnez Aldunate, director de Revista HUMANITAS. Leer en papel digital.
Ediciones destacadas
➤ Especial de HUMANITAS Habemus Papam (2005).
➤ HUMANITAS 50: Benedicto XVI recibe a HUMANITAS (2008).
➤ HUMANITAS 58: Quinto aniversario del pontificado de Benedicto XVI (2010).
➤ HUMANITAS 70: Especial sobre la renuncia de Benedicto XVI al pontificado.
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| Especial Habemus Papam | Humanitas 50 | Humanitas 58 |
Intervención del cardenal Kurt Koch
Ofrecemos a nuestros lectores la intervención “Una sinfonia di amore e verità nella libertà. Joseph Ratzinger/Benedetto XVI testimone grato della fede pasquale”, pronunciada el 6 de Abril en Roma por el cardenal Kurt Koch, Presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, en ocasión del evento promovido por la Fundación con el objeto de celebrar los 90 años del Papa emèrito.
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- Ricardo Moreno
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Las "últimas conversaciones" de Benedicto XVI
Por Federico Lombardi, S.J.
LA PERLA PRINCIPAL ES EL CONMOVEDOR TESTIMONIO DE LA EXPERIENCIA ESPIRITUAL DEL ANCIANO PONTÍFICE EMÉRITO, QUIEN "SE ENCAMINA INTERIORMENTE HACIA EL ENCUENTRO CON EL ROSTRO DE DIOS" (P. 291). EN SUMA, BENEDICTO XVI HABLA SERENAMENTE SOBRE CÓMO ESTÁ VIVIENDO EN RECOGIMIENTO Y ORACIÓN EN LA ÚLTIMA ETAPA DE SU VIDA. (…)
El nuevo libro-entrevista de conversaciones de Benedicto XVI con Peter Seewald, en librería y en los quioscos en diversas lenguas a partir del 9 de septiembre de 2016, es ciertamente para muchos una sorpresa, pero bien podemos decir "una linda sorpresa". Dada la clara opción de Benedicto XVI de dedicarse a una vida retirada de oración y reflexión, tal vez no habríamos esperado ahora la publicación de una nueva larga conversación con un periodista. Una vez superado el asombro inicial, la lectura tranquila del texto nos ofrece algunas perlas preciosas y de gran significado, y otras útiles e interesantes. Las perlas más preciosas son, en nuestra opinión, dos, incluidas en la primera parte y en el capítulo final de la tercera parte del libro.

“En camino para llegar ante Dios”
La perla principal es el conmovedor testimonio de la experiencia espiritual del anciano Pontífice emérito, quien “se encamina interiormente hacia el encuentro con el rostro de Dios” (p. 291). En suma, Benedicto XVI habla serenamente sobre cómo está viviendo en recogimiento y oración en la última etapa de su vida. San Juan Pablo II nos entregó su precioso testimonio sobre cómo vivía en la fe la condición de grave sufrimiento a causa de la enfermedad. Benedicto XVI nos entrega el testimonio del hombre de Dios anciano, que se prepara para el encuentro con el Señor. Lo expresa en tonos humildes y humanos, reconociendo que la debilidad física le hace difícil permanecer siempre, como quisiera, en las “regiones superiores del espíritu” (p. 34). Nos habla de sus oraciones preferidas (un jesuita no puede no impresionarse ante el hecho de que, entre cuatro que cita, tres sean de santos jesuitas), de sus meditaciones, de su larga preparación de la homilía dominical para la celebración con su pequeña “familia”. Nos habla del gran misterio de Dios, nos habla de las grandes interrogantes que lo han acompañado en su vida espiritual y siguen acompañándolo, llegando tal vez a ser aún más grandes, como la presencia de tanto mal en el mundo.
Nos habla en particular de Jesucristo, verdadero eje central de su vida, al cual “ve directamente ante” sí “siempre grande y misterioso” y del hecho que “muchas frases de los evangelios las encuentro ahora, por su grandeza y su peso, más difíciles que antes”, y que “percibimos con mucha más fuerza la gravedad de las preguntas, la presión de la impiedad actual, la presión de la ausencia de fe, incluso muy dentro de la Iglesia (p. 37).
El anciano Pontífice vive el acercamiento a los umbrales del misterio “sin abandonar la certeza de fondo de la fe y permaneciendo, por así decir, inmerso en la misma”. “Uno se da cuenta de que tiene que ser humilde; de que cuando no comprende las palabras de la Escritura, debe esperar a que el Señor le abra el acceso a ellas” (p. 39).
Sabemos que Joseph Ratzinger se ha dedicado considerablemente en su reflexión teológica a la escatología, es decir, a las “cosas últimas”, y es hermoso constatar que ahora precisamente esa reflexión sigue acompañándolo también ante la perspectiva próxima del encuentro con Dios, señal evidente de que no era una reflexión formal y superficial. En todo caso, habla serenamente de la mirada a la vida pasada y del “peso de la culpa”, del pesar por no haber hecho lo suficiente por los demás, pero también de la confianza en el amor fiel de Dios, del hecho que en el momento del encuentro “le rogará ser indulgente con su insignificancia” y de la convicción de que en la vida eterna “se encontrará de verdad en casa” (p. 41).
Benedicto XVI vive en este tiempo “sencillamente en una meditación. Pensando una y otra vez que el fin se acerca. Intentando hacerme la idea y, sobre todo, manteniéndome presente a mí mismo. Lo importante no es que me lo represente, sino el hecho de vivir con la conciencia de que toda la vida se dirige hacia un encuentro” (p. 291). Y la última respuesta de la conversación termina así: “Cada vez he visto con mayor claridad que Dios mismo no solo es, por así decirlo, un gobernante poderoso y un poder lejano, sino que es amor y me ama; de ahí que la vida debe estar modelada por Él. Por esta fuerza que se llama amor” (p. 293).
Motivos y espíritu de la renuncia al pontificado
Además de esta perla fundamental —en nuestra opinión, el aspecto más importante del libro—, en otro nivel se aprecia la respuesta clara y serena de Benedicto XVI a todas las elucubraciones inmotivadas sobre los motivos de su renuncia, aclarando el espíritu y los motivos de la misma.
A decir verdad, para quienes estuviesen abiertos a comprender, las motivaciones se expresaban con bastante claridad en el texto mismo de la renuncia pronunciada por el Papa Benedicto el 11 de febrero de 2013; pero es cierto que a pesar de esto —a causa de la novedad del hecho mismo de la renuncia— surgieron posteriormente numerosas interrogantes e interpretaciones sobre “otras explicaciones”, ocultas o no confesadas, especialmente en la dirección de interpretar la renuncia como presentada ante las dificultades o desilusiones de la última etapa del pontificado o —lo que es peor— como consecuencia de oscuros complots o chantajes. Siempre hemos pensado que estas interpretaciones eran infundadas y a veces realmente fantasiosas, y por parte nuestra siempre lo hemos dicho desde el comienzo, pero evidentemente eso no era suficiente.
Al respecto, motivado por las preguntas de Seewald, el mismo Benedicto, en primera persona, despeja la situación con claridad y decisión —de manera, esperamos, definitiva—, hablando del camino de discernimiento con el cual llegó ante Dios a la decisión, y de la serenidad con la cual, una vez tomada esta decisión, la comunicó y llevó a cabo sin incertidumbre alguna, y nunca se arrepintió de eso. Insiste en el hecho de que la decisión no fue tomada bajo la presión de dificultades apremiantes, sino precisamente cuando estas se habían superado substancialmente. “Pude renunciar porque el sosiego había vuelto a esta situación. No cedí a ninguna presión ni por incapacidad de manejar ya estas cosas” (p. 53).
Con todo, aparte de la respuesta a las interpretaciones infundadas, de las palabras de Benedicto se desprenden también con claridad y naturalidad las verdaderas motivaciones de la renuncia, que resultan ser absolutamente razonables y convincentes. En cierto sentido —permítasenos decirlo— la renuncia por parte del Papa, cuando se siente efectivamente H38 inadecuado para el ejercicio de su responsabilidad en el gobierno de la Iglesia a causa de la disminución de las fuerzas físicas y psíquicas, se manifiesta como necesaria y “normal”. “El Papa —responde Benedicto— tiene que hacer también cosas concretas, debe tener en mente una imagen global de la situación, debe saber qué prioridades hay que marcar, etc. (…) Aunque se diga que se puede prescindir algo de ello, aún quedan muchas cosas esenciales. Si se quiere desempeñar adecuadamente la tarea, está claro que cuando uno no tiene ya la capacidad suficiente, lo pertinente es —al menos para mí, otros pueden verlo de manera distinta— dejar libre la sede pontificia” (p. 49).
Aun cuando es evidentemente soberana la libertad de todo Papa al respecto, no se puede no constatar que la decisión de Benedicto ha ofrecido un modelo de discernimiento y ha abierto concretamente —¿podemos decir también en este caso “definitivamente”?— una posibilidad de elección más fácil de recorrer para todos sus sucesores, que a su vez reconozcan ante Dios la oportunidad en las condiciones existenciales e históricas concretas en que se encuentren.
Estos dos grandes argumentos sumamente importantes son los que en nuestra opinión justifican plenamente y hacen oportuna la publicación de este libro en vida de Benedicto.
Materiales para una biografía
Asímismo, en la segunda y tercera parte, la conversación se extiende en argumentos sumamente diversos sobre la totalidad de la vida de Joseph Ratzinger, desde la familia de origen hasta la totalidad del pontificado. Como explicó el mismo Seewald en una entrevista reciente, conviene observar que el libro surgió en realidad de ciertos coloquios concedidos al entrevistador por Benedicto XVI, tanto antes como después de la renuncia, en vista de una posible futura biografía, respondiendo por lo tanto con aclaraciones y profundizaciones a preguntas sobre situaciones, episodios y encuentros de especial interés en las diversas etapas de la larga vida y de la actividad de Ratzinger.
No sabemos si Seewald nos ofrecerá una verdadera biografía ni cuándo lo hará. Este libro no lo es en modo alguno. Sin embargo, con párrafos sintéticos de introducción en los diversos capítulos y con una oportuna formulación de las preguntas, Seewald ordena y contextualiza en rápida sucesión cronológica las respuestas de Benedicto. La claridad y la profundidad de muchas respuestas, así como su tono personal y su absoluta sinceridad, hacen cautivadora la lectura de una serie de informaciones y reflexiones que de otro modo serían fragmentarias.
Nos permitimos observar que efectivamente es posible comprender mejor el valor de estas partes del libro sobre la base de un conocimiento más completo y orgánico de la vida y la obra de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, es decir, precisamente de una biografía orgánica, a la cual se otorga con esta entrevista un enriquecimiento de testimonios y observaciones expresadas “en primera persona”, que es útil para entrar en mayor profundidad y más “en lo vivo” del conocimiento del biografiado. En este contexto, diríamos que es muy hermoso e interesante leer estas conversaciones sobre el fondo ofrecido por la imponente biografía de Ratzinger recién publicada por Elio Guerriero. En nuestra opinión, precisamente sobre este fondo amplio pueden presentar especial interés las páginas dedicadas a temas de mayor relevancia. Puede señalarse, por ejemplo, el tema del nazismo en la experiencia familiar y eclesial del joven Ratzinger o el clima cultural casi exaltante vivido por el joven profesor de teología en Bonn, en el contexto del renacimiento de Alemania después de la catástrofe de la guerra, o su aporte personal como experto en el Concilio Vaticano II, especialmente sobre el tema fundamental de la relación entre Escritura, Tradición y Magisterio, o su posición cada vez más crítica ante otros teólogos alemanes precisamente sobre la comprensión misma de la naturaleza y la función de la teología en relación con la fe de la Iglesia, o por último su estrecha y sumamente larga relación de cercanía y colaboración con el Papa Wojtyla.
Queremos presentar aquí únicamente dos ejemplos tomados de estas páginas.
Hablando de su creciente disentimiento con la orientación de otros teólogos (Küng, por ejemplo) en el curso del período en el cual era profesor en las facultades alemanas, Ratzinger lo explica sencillamente así: “Vi que la teología no era ya interpretación de la fe de la Iglesia Católica, sino que reflexionaba sobre sí misma, sobre cómo podía y debía ser. Como teólogo católico, para mí aquello no era conciliable con la teología” (p. 200).
A propósito de las relaciones con el Papa Wojtyla, es muy ameno el relato de lo que ocurre después de la publicación del polémico documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Dominus Iesus. Por cuanto Juan Pablo II, después de las críticas e insinuaciones sobre una diferencia de pensamiento entre el Papa y el Prefecto, quería manifestar de manera “inequívoca” su pleno apoyo al documento, pidió al cardenal prepararle un texto en ese sentido para pronunciar en el Angelus dominical. Ratzinger lo hizo, pero en forma muy “rebuscada”, de tal manera que al final todos dijeron: “Ah, también el Papa se ha distanciado del Cardenal” (p. 217).
Podrían recopilarse muchos otros fragmentos preciosos entre las páginas de estas conversaciones. Por ejemplo, las observaciones sobre cierto espíritu de contradicción que caracteriza desde su juventud la personalidad de Joseph Ratzinger “Está ahí, en efecto. El gusto por llevar la contraria, sí que es cierto” (p. 84), o el recuerdo feliz de los comienzos de su ministerio sacerdotal, cuando era capellán en Bogenhausen: “Ese año fue en verdad el tiempo más hermoso de mi vida” (p. 122). O la sintonía profunda y los encuentros con grandes espíritus de la Iglesia de nuestros tiempos, como Guardini, De Lubac, Von Balthasar… Se podría continuar mucho tiempo.
Balance de un pontificado y acogida del sucesor

Muchos se interesarán ciertamente en las respuestas que contribuyen a hacer un “balance” del pontificado por parte del mismo Papa Benedicto a partir de sus pautas. Ciertamente, esta es también una posibilidad inédita. Ofrecemos tan solo algunas ideas.
Llamado a destacar lo que “deseaba hacer” y lo que “no deseaba hacer” como Papa, Benedicto responde: “Para mí era importante volver a poner también en primer plano la Sagrada Escritura. Se quiera o no, yo era un hombre que procedía de la teología y sabía que mi punto fuerte, en caso de haberlo, es que anuncio positivamente la fe. En consonancia con ello, quería sobre todo enseñar desde la plenitud entera de la Sagrada Escritura y la tradición” (p. 236).
Benedicto vuelve a destacar varias veces el espíritu de su pontificado, reconociendo en cierto sentido su señal distintiva en el Año de la Fe: “Un nuevo estímulo para CRECER, una vida desde el centro, desde lo dinámico, redescubrir a Dios, redescubrirlo en Cristo, o sea, encontrar de nuevo la centralidad de la fe” (p. 281).
No cabe duda de que la gran obra sobre Jesús tiene un lugar central en el pontificado de Benedicto XVI. No se trataba del ejercicio del teólogo en el “tiempo libre” que le dejaba el servicio como Papa, sino su servicio más importante para la Iglesia, porque “si no conocemos ya a Jesús, la Iglesia está acabada. Y el peligro de que determinados tipos de exégesis nos lo destruyan y desgasten sin más de tanto hablar de él, es inmenso” (p. 253). Precisamente Seewald pone el título “El Papa de Jesús” a la tercera parte del libro. Una vez más, así como antes observamos la continuidad entre la reflexión teológica de Ratzinger sobre la escatología y su actual meditación sobre las realidades últimas, ahora queremos advertir con emoción la continuidad de su estudio sobre la persona de Jesús y su vivir hoy continuamente ante él, “siempre grande y misterioso” (p. 37), en la última etapa de su vida.
Es notable, comentando las dificultades y oposiciones encontradas en su pontificado, la observación por parte de Benedicto de que otros Papas de los tiempos modernos —en particular Pío IX y Benedicto XV— debieron soportar ataques mucho más violentos que él por haber querido evitar proféticamente asumir posiciones políticas o por haber condenado claramente la Primera Guerra Mundial como “inútil estrago” (p. 202 s.).
Seewald no ha perdido la oportunidad de plantear también ciertas preguntas a Benedicto a propósito de su sucesor. Él responde con sencillez que no esperaba la elección del cardenal Bergoglio, pero lo conmovió el hecho de que haya querido llamarlo por teléfono antes de salir a la logia de la Basílica, y “cuando vi cómo hablaba con Dios, por un lado, y con las personas, por otro, me alegré de veras y me sentí feliz” (p. 59).
No tiene dificultad alguna para advertir en Francisco rasgos diferentes de personalidad, de temperamento y de gobierno, como “el valor con que enfrenta los problemas y busca las soluciones” (p. 45); pero lo más importante es la cordial valoración positiva de la novedad que trae Francisco, primer Papa latinoamericano, a la Iglesia: “Significa que la Iglesia es móvil, dinámica y abierta, que en ella tienen lugar desarrollos nuevos. Que no está anquilosada en esquema alguno, sino que nos depara sin cesar sorpresas; que es portadora de una dinámica capaz de renovarla de continuo. Esto es bello y alentador: que también en nuestro tiempo ocurran cosas que nadie esperaba y muestran que la Iglesia está viva y llena de posibilidades inéditas” (p. 60).
Ratzinger, cardenal y Papa, ha sido siempre un hombre valeroso en sus amonestaciones, cuando era necesario, ante los riesgos y las desviaciones en la Iglesia, así como en la sociedad y en la cultura de nuestro tiempo; pero también ha sido siempre un hombre de sólida esperanza, capaz de mirar hacia adelante y reconocer las señales de la presencia activadora del Espíritu. “Desempeñé el ministerio petrino ocho años. En ese tiempo hubo muchas situaciones difíciles (…) pero en conjunto fue también un período de tiempo en el que numerosas personas reencontraron el camino hacia la fe y existió un gran movimiento positivo” (p. 287). En conclusión, la mirada que hace de su pontificado, con sus luces y sus límites, es humilde, lúcida y serena, como corresponde a quien “contando sus días” ha aprendido a mirar los eventos de este mundo con la “sabiduría del corazón” (ver Sal 90), y puede encomendar a Dios con confianza su vida y su obra. Entretanto, como nos recordaba el Papa Benedicto al terminar su última audiencia general del 27 de febrero de 2013: “Dios sigue guiando a su Iglesia”.








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