Es de Elena, la anciana madre del emperador Constantino, el mérito de la Invención de la Santa Cruz, es decir, del hallazgo del madero donde el Hijo de Dios fue crucificado. Y a ella se le debe la construcción en Roma de la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, donde se conservan las reliquias de la pasión de Jesús.

Hace dos años fallece Eugenio Ionesco, universalmente considerado, con Samuel Beckett y otros, creador del "teatro del absurdo". En lo que a él respecta, prefería, sin embargo, hablar de "teatro de la Ausencia", pues dicha definición especifica el verdadero sentido de su obra: ser testigo de la ausencia de Dios y de su consecuencia en el significado de la realidad y de la palabra. Analizando el último volumen de su diario, "La búsqueda intermitente", el artículo describe el lento y sufrido camino a la fe en Jesucristo del escritor rumano-francés. En realidad, acercarse a Ionesco para reír de sus salidas hilarantes y de su fantasía surrealista significa traicionarlo. Pues él es, sobre todo, un buscador del absoluto y un testigo de aquella Ausencia que paraliza la mente y enfría el alma. 

El disparo a repetición del aparato fotográfico y la fabricación, en 1889, por Eastman y Edison, del film, una película fotográfica elástica que se podía enrollar en bobinas, hicieron posible el invento del cinematográfico.

En las estrechas calles del centro de Roma, caminando por los antiguos barrios populares, en cada calle, en cada plaza, casi en cada rincón encontramos imágenes sagradas a menudo circundadas de baldaquinos y candelas. Los romanos las llaman "madonelle". 

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Desde sus muchos años de experiencia en el Instituto Católico de Migración de la Conferencia Episcopal de Chile (INCAMI) y en la actualidad como editor del periódico Presenza, Nello Gargiulo ha mirado de cerca al mundo migratorio latinoamericano. En esta columna, vuelve sobre esta realidad intentando ampliar la perspectiva del problema y proponiendo miradas y acciones.
El desafío de ofrecer una educación integral a lo largo del territorio compromete a diferentes actores sociales, estatales y también religiosos: la formación no requiere solo de infraestructura, logística y recursos, es necesario relevar la dimensión valórica y su rol en la cohesión social.
A principios de enero, muchas personas y familias abrieron las puertas de sus casas —a veces, por primera vez en años— para compartir y conversar con 1.450 jóvenes universitarios desplegados desde la región de Coquimbo hasta la región de Aysén. La Pastoral de la Pontificia Universidad Católica de Chile organizó estas misiones y trabajos con una sola motivación: compartir la esperanza de Cristo resucitado, generar vínculos, y apoyar en demandas concretas en territorios con escasos recursos y presencia pastoral.
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