En las siguientes líneas, queremos someter a la atención del lector la posibilidad de que el comportamiento de Juan en la Última Cena enciende una luz muy sugerente sobre lo que realmente significa entrar en el Corazón de Cristo, escuchar sus latidos y estar sumergidos en su amor. 

El amor a la verdad es indudablemente una de las columnas que sustentan la vida humana en su relación social. El culto de la mentira, su empleo como expediente para salir de apuros, como excusa o como instrumento para escalar posiciones o conseguir ventajas, tiene el funesto resultado de destruir la confianza y de privar de valor a la palabra que es y debería ser siempre un vehículo de comunicación creíble y confiable. 

No parece ciertamente poco difundida la devoción a San José, ya que en el mundo existen más de setenta catedrales –digo catedrales y no puramente iglesias parroquiales o capillas– dedicadas al Esposo virginal de María. No podemos, por tanto, no acoger la invitación de Santa Teresa de Ávila: «Por mi gran experiencia de los favores que obtiene de Dios San José, quisiera convencer a todos de ser devotos de él».

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Desde sus muchos años de experiencia en el Instituto Católico de Migración de la Conferencia Episcopal de Chile (INCAMI) y en la actualidad como editor del periódico Presenza, Nello Gargiulo ha mirado de cerca al mundo migratorio latinoamericano. En esta columna, vuelve sobre esta realidad intentando ampliar la perspectiva del problema y proponiendo miradas y acciones.
El desafío de ofrecer una educación integral a lo largo del territorio compromete a diferentes actores sociales, estatales y también religiosos: la formación no requiere solo de infraestructura, logística y recursos, es necesario relevar la dimensión valórica y su rol en la cohesión social.
A principios de enero, muchas personas y familias abrieron las puertas de sus casas —a veces, por primera vez en años— para compartir y conversar con 1.450 jóvenes universitarios desplegados desde la región de Coquimbo hasta la región de Aysén. La Pastoral de la Pontificia Universidad Católica de Chile organizó estas misiones y trabajos con una sola motivación: compartir la esperanza de Cristo resucitado, generar vínculos, y apoyar en demandas concretas en territorios con escasos recursos y presencia pastoral.
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