El amor a la verdad es indudablemente una de las columnas que sustentan la vida humana en su relación social. El culto de la mentira, su empleo como expediente para salir de apuros, como excusa o como instrumento para escalar posiciones o conseguir ventajas, tiene el funesto resultado de destruir la confianza y de privar de valor a la palabra que es y debería ser siempre un vehículo de comunicación creíble y confiable. 

Tomo como punto de partida la afirmación de Jesús cuando dice que «la verdad os hará libres» (Jn 8, 32). El sentido de esta breve sentencia es doble. Por una parte estigmatiza toda forma de falsedad, puesto que la mentira es esclavizante y demoledora. Por otra, no podemos olvidar que Jesús mismo es la Verdad, como Él mismo lo afirma «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6). Se trata, pues, de la verdad moral que es garantía necesaria para la convivencia humana y, más profundamente todavía, de la verdad ontológica, de la identidad de cada ser que debe necesariamente reflejarse en su actuar.

Consideraciones metafísicas

La Verdad es un atributo esencial del ser y la metafísica aristotélico- tomista la califica de «concepto trascendental», es decir, como una cualidad que se identifica con el ser: todo ser por serlo y en la medida en que lo es, es verdadero. La Verdad, percibida por la inteligencia, es la correcta percepción de la naturaleza de un ser, de su genuinidad, de lo que lo hace ser lo que es y ser conocido como tal.

La inteligencia humana, dotada de la capacidad de conocer lo que tiene entidad, se adecúa a la realidad del ser, es decir, recibe la impronta de lo que conoce y queda, por así decirlo, marcada por lo que ha llegado a conocer. Es tarea de la inteligencia escudriñar los vastos territorios del ser y descubrir su contenido, su relación con los demás seres y los imperativos que imponen cuando, por un motivo u otro, el ser inteligente debe asumir una opción libre con respecto a su entorno y a lo que estima apetecible. No es el hombre quien crea la verdad de las cosas: su tarea es adentrarse en la naturaleza de lo que lo rodea, extasiarse ante la bondad y la belleza del ser, e incorporar la relación con lo existente a su propio acervo conceptual y valórico.

Hay, sin duda, terrenos en los que el hombre puede y debe ejercitar una cierta «creatividad»: puede construir sistemas, realizar estructuras físicas e incluso modificar el curso de realidades de la naturaleza. Pero esa «creatividad» no es absoluta porque, para ser legítima, debe respetar el sentido que tienen los seres existentes y debe someter sus realizaciones a los imperativos de su propia naturaleza, a las exigencias éticas de lo humano que son parte ineludible de la «verdad esencial» de cada persona.

Reconocer que todo lo existente tiene una naturaleza y una «verdad» es aceptar que el arbitrio humano no es ilimitado, que nuestro propio ser no se explica por sí mismo, como tampoco se explican por sí mismos los demás seres, y que, en consecuencia, nuestra verdadera libertad no puede ejercitarse en forma tal que haga caso omiso de la verdad de nuestro ser y del de los demás.

En el campo del derecho, la verdad del ser es la base del reconocimiento de la existencia del «derecho natural», anterior y superior a las expresiones del derecho positivo, las que por necesidad intrínseca no pueden contradecir los postulados del derecho natural, so pena de carecer de validez. Contradecirlos sería, pues, un atentado contra la verdad y una incursión ilegítima en lo que ya no es expresión de la verdad, sino de falencia, de distorsión e incluso de violencia al ser.

Conviene aquí precisar que el concepto justo de libertad no consiste en afirmar que es la capacidad de realizar lo que se quiera, sino en ejercitar las opciones apropiadas con vistas a la consecución de una finalidad correcta y en consonancia con la naturaleza humana, esencialmente destinada a la verdad y al bien. Elegir algo que no es correcto, porque no es coherente con la verdad intrínseca del ser, no es propiamente un ejercicio de la libertad, sino una deficiencia en tal ejercicio, algo que violenta la verdad del ser humano que debe dirigirse hacia el bien, el que jamás se obtiene contradiciendo la propia naturaleza.

El amor sincero por la verdad no es sólo una actitud moral, sino que es coherencia con el ser, con la realidad. Y si Santa Teresa de Ávila dijo que «la humildad es la verdad», lo que quiso expresar fue que el hombre humilde es el que acepta con gozo la verdad ínsita en los seres y sabe situarse frente a las cosas y a los acontecimientos respetando lo que cada cual es, en el mejor sentido de la palabra.

La verdad es liberadora porque preserva a quien la posee del engañoso afán de sobreestimarse, o, al contrario, de infravalorar la propia realidad. La búsqueda de la verdad es un ejercicio que conduce a la sabiduría, es decir, al juicio exacto y justo sobre objetos, acontecimientos y valores. Consiguientemente la verdad es el fundamento de la justicia, ya que «dar a cada cual lo que es suyo», según la célebre expresión de Ulpiano, supone conocer lo que cada cual es, lo que su naturaleza exige y, en consecuencia, lo que le es debido no como un acto de liberalidad gratuita, sino como reconocimiento eficaz de lo que le corresponde. Reconocer lo que es debido a otro no es un empobrecimiento o un desmedro de lo nuestro, ya que no podemos considerar como propio lo que en justicia y en verdad corresponde al otro. Es por esto que la verdad y la justicia están indisolublemente vinculadas, a tal punto que no pueden subsistir la una sin la otra y bien se puede afirmar que cada una forma parte esencial de la otra.

El culto de la verdad es condición imprescindible de la convivencia social porque permite la confianza recíproca y elimina la perspectiva de «vencer» al otro aun por medios ilegítimos, ya que para cada cual lo verdaderamente importante es dejarse vencer por la verdad.

Como es natural, cada realidad puede ser considerada desde diversos puntos de vista que no son necesariamente contradictorios, sino frecuentemente complementarios. Un acercamiento leal a la verdad incluye el interés por colocarse en las diversas perspectivas que sumándolas conceptualmente permiten apreciar el conjunto de la realidad cuya verdad se intenta aprehender. Limitarse a un solo ángulo de percepción significa correr el riesgo de tener una visión parcial y, por lo mismo, incompleta y distorsionada de la realidad. De ahí la importancia del diálogo sapiencial que permite el intercambio de puntos de vista con la intención de completar la propia percepción, corregirla e incluso descubrir que puede ser, aun involuntariamente, errónea. Con lo anterior no se quiere afirmar que la verdad sea inalcanzable, o a tal punto relativa, que sea imposible tener conceptos de valor absoluto. El hecho de situarse en perspectivas diversas y de reconocer su complementariedad es precisamente el camino para que el conocimiento pueda ser más sólido y menos condicionado por percepciones unilaterales o incompletas. Aquí está el fundamento prudencial de los colegios o consejos que complementan y condicionan el ejercicio decisional de las autoridades unipersonales.

En la búsqueda de la verdad no es realista imaginar que podamos «partir de cero», sino que es preciso aceptar, con gozo y gratitud, todo el acervo que hemos recibido de quienes nos han precedido. Como es natural, el legado de conocimientos que nos ha sido transmitido puede y debe recibir complementos y correcciones, pero sería insensato rechazar a priori todas las adquisiciones conceptuales de las generaciones precedentes. Incluso aquello que nos pudiera parecer superado, no es raro que contenga elementos valederos, aunque incluidos en un invólucro que pudiera parecer obsoleto. La mirada hacia las adquisiciones del pasado no puede carecer de sentido crítico, pero debe evitar la soberbia intelectual que se expresa en un rechazo acrítico. La verdadera sabiduría es connaturalmente humilde y receptiva por lo mismo que sabe que depende de una realidad que ella no ha creado, sino a la cual debe adecuarse. La tentación de rechazar o prescindir de lo que nuestros mayores adquirieron o comprendieron constituye una actitud muy nociva que denota autosuficiencia y que, por lo mismo, hace correr el grave riesgo de errar. Las obras de cualquier tipo que suelen denominarse «clásicas» corresponden, en general, a realizaciones o percepciones que conservan un contenido permanentemente valedero porque quienes fueron sus autores lograron un acercamiento a lo que, a través de múltiples variaciones, conserva a través de los tiempos y de las circunstancias una calidad objetivamente válida al menos en sus elementos esenciales.

Hoy día el amor a la verdad es acechado por un formidable enemigo que es el relativismo. Esta posición ideológica consiste en vaciar las afirmaciones o negaciones de su contenido absoluto y en reconocer como verdadero aquello que corresponde a una preferencia estadística o a un comportamiento socialmente aceptado por la mayoría e incluso por una minoría. En nombre del relativismo se establecen normas reñidas con la naturaleza humana, se legalizan conductas inmorales y se reclama tolerancia para actitudes incorrectas. En realidad, establecido el postulado de que no hay puntos absolutos de referencia para aquilatar las acciones y comportamientos, es imposible establecer criterios universalmente válidos y las conductas más aberrantes reclaman «respeto» y «legitimidad» so pena de incurrir en lo que se llama «discriminación» y que puede conducir a temibles tiranías. Sería una ingenuidad si, al hablar de la verdad, no se tuviera en consideración la posibilidad y la realidad del error, es decir, de una deformación de la realidad en la mente de quien trata de percibirla.

El error no siempre es imputable a malicia o a mala voluntad, pero también puede ser el fruto de la pereza o de la falta de diligencia en la búsqueda de la verdad. Puede ser la consecuencia de haber adoptado una metodología inapropiada para lograr una percepción correcta, como si, en el campo de la técnica, se utilizara un instrumento de un calibre, longitud o dureza no aptos para el objeto que se persigue. La verificación y la revisión permanente del método son elementos indispensables para acceder correctamente a la verdad.

También puede inducir a error la unilateralidad, o sea, la simplificación indebida y artificial que prescinde de las múltiples facetas de la realidad, por sencilla que ella pueda aparecer a primera vista. La convicción de que toda realidad es más compleja de lo que pareciera o se quisiera, es una actitud de prudencia y de humildad intelectual que impone cautela para no sacar conclusiones apresuradas que pueden reflejar sólo parcialmente la realidad y ser, por lo tanto, un reflejo incompleto y no plenamente verdadero de lo que se pretende conocer.

Pero el error puede ser, además, la consecuencia del prejuicio intelectual, es decir, de dar por cierta y segura una conclusión anticipándose a las necesarias comprobaciones tendientes a descartar la posibilidad de errar. Si bien es cierto que no puede ignorarse el papel de la intuición, no es menos cierto que quien cree poseer una intuición tiene la obligación de honestidad intelectual de verificarla y controlarla.

Y puede ser también que el error provenga de una actitud pasional que, por motivos ajenos al amor a la verdad y por razones de tipo volitivo o de conveniencia, da por cierto lo que nos conviene que sea como deseamos, sin purificar la adhesión de lo que la hace esclava de intereses y, por lo mismo, no verdaderamente libre. Diversos ejercicios ayudan a prevenir el peligro de caer en errores.

Desde luego la serenidad de juicio y renuncia al apresuramiento. Enseguida, el diálogo con personas competentes en la materia. También la aplicación de una metodología correcta, eventualmente sometida a modificaciones y controles. El acceso al pensamiento de personas que han estudiado el mismo tema con perspectivas diferentes, aunque pudieran ser no del todo exactas, puede estimular el deseo de considerar aspectos que no habíamos tenido suficientemente en cuenta o que quizás ni siquiera habíamos considerado.

En todo caso es indudable que puede haber, en la comisión de errores, elementos más o menos relevantes de responsabilidad moral, sobre todo cuando ha intervenido la pereza, la desidia y la ausencia del necesario sentido de autocrítica.

Quien comete un error merece, no obstante, respeto, lo que no significa renunciar a la crítica expresada en forma apropiada. Suponemos en quien yerra una rectitud moral, lo que no significa en modo alguno que tengamos la obligación de adherir al error, de aceptarlo, de minimizarlo o de ignorar sus posibles consecuencias negativas. El respeto debido a quien yerra no es, pues, equivalente a respetar el error mismo, el cual, en la misma medida que contradice la verdad, pertenece al campo de lo indeseable y nocivo. Sin embargo conviene tener presente que en todo error hay un vestigio de verdad, algún aspecto rescatable que puede servir para enriquecer la percepción de la verdad. Con frecuencia los errores provienen de la acentuación unilateral y exclusiva de algún aspecto de la realidad, desequilibrio que conduce a una distorsión que atenta contra la unidad del ser, de su verdad y radical bondad.

Si los errores en materias científicas son ciertamente de lamentar y si el esfuerzo de los hombres procura corregirlos y superarlos, los errores en materia moral, es decir, en lo que atañe al comportamiento humano en lo que toca a su «deber ser», a lo que es intrínsecamente coherente o incoherente con su propia naturaleza y con su relación con los demás hombres, con su dignidad, sus derechos y sus deberes, esos errores revisten una importancia muy grande porque inciden en las opciones a través de las cuales el hombre respeta o menosprecia su propia verdad, su naturaleza y, consiguientemente, su definitiva finalidad.

Desde el momento en que un hombre duda acerca de la corrección de sus comportamientos morales, desde ese mismo momento ese hombre se encuentra bajo el imperativo de clarificar sus criterios morales para, eventualmente, corregirlos y perfeccionarlos. Buscar la verdad en materia moral y ajustar a ella la propia conducta es hacer homenaje a la verdad del propio ser y respetar la propia naturaleza, creada para el bien.

Cuando alguien se da cuenta de que ha cometido un error, y que ese error puede ser nocivo para otras personas, tiene la obligación de reconocerlo y de procurar reparar el daño que a través de él pudiera haber causado. Reconocer un error es un acto de homenaje a la verdad y es también una actitud de noble humildad. Puesto que no somos Dios, ¿qué tiene de extraño que podamos equivocarnos? Pero reconocer la propia equivocación es un acto de altura moral y de genuina libertad. Empecinarse en el error es signo de mezquindad, de vanidad y de menosprecio de la verdad. El amor a la verdad en todas sus formas encuentra un formidable enemigo en el relativismo que consiste, como ya se dijo, en negar la existencia de verdades absolutas y por lo tanto siempre y en toda hipótesis válidas, y en sustituirlas por puntos de referencia cambiantes según las circunstancias, las conveniencias, el vaivén de las mayorías que no son necesariamente criterio de verdad. No es raro que el relativismo haga más fácil presa en quienes no creen en la existencia de Dios o que, consecuencialmente, no aceptan la existencia del «derecho natural» o de la «naturaleza» de las cosas cuyo origen está en Dios y que constituye la fuente del comportamiento moral. El relativismo ético busca apoyo en la técnica estadística y de sus resultados para –en forma ilegítima– pasar de la comprobación de lo que sucede al establecimiento de lo que debe estimarse que pueda suceder correctamente. El relativismo es bastante vecino al positivismo, en el sentido de que la norma no proviene de la naturaleza de las cosas, sino de su accionar, aunque éste no sea coherente con la naturaleza y sea fruto de un mal uso de la libertad. La ley positiva viene, entonces, a sancionar o a legitimar unos resultados estadísticos y, lo que es peor, a imponer la obligatoriedad de su normativa aun a quienes tienen convicciones fundadas en la «verdad» de las cosas y, en primer lugar, del ser humano. Aparentemente el relativismo se presenta como una postura libertaria, aunque en realidad engendra tiranía y arbitrariedad. En numerosas ocasiones el Papa Benedicto XVI se ha referido en forma muy severa y crítica al relativismo, denunciándolo como una de las grandes amenazas que se ciernen hoy día sobre la fe cristiana. Muy vinculado al relativismo está la categoría de lo que se califica como «políticamente correcto» y que con frecuencia constituye un eufemismo para no reconocer lo que es «moralmente incorrecto» y, por lo mismo, inaceptable.

Estas afirmaciones y las anteriores pueden suscitar sorpresa e incluso rechazo. Creo, por mi parte, que son coherentes con una visión metafísica de la realidad y que expresan el más profundo respeto del ser que es de por sí dotado de unidad, de verdad, de bondad y de belleza, cuatro conceptos que son entre sí interdependientes y comunicantes, como una especie de osmosis ontológica. Naturalmente no puedo sino respetar a quien no piense así, pero tengo derecho y razones para pensar que el relativismo es profundamente inhumano y que su aplicación hace, por una parte, imposible el diálogo, y por otra abre a esquemas de organización social atentatorios a la dignidad del hombre. Diría que el hombre es para la verdad, que la verdad da al hombre su verdadera imagen y que no pertenece al arbitrio humano crear una «verdad» a su medida, como si fuera un dios en miniatura, sino reconocerla y adherir a ella.

A la luz de la fe católica

La fe católica bebe sus certezas en la Palabra de Dios inspirada por el Espíritu Santo y comprendidas por la Iglesia, que con la asistencia de ese mismo Espíritu, nos transmite el contenido y los alcances de las Sagradas Escrituras. Bajo esta luz continúo las presentes reflexiones.

Para la fe católica la existencia del demonio y su actividad nefasta son datos fuera de discusión. Dicho con toda simplicidad, el demonio existe y actúa. Esta afirmación está contenida en la Biblia, ha sido afirmada por nuestro Señor Jesucristo, y forma parte de la enseñanza del magisterio de la Iglesia, expresada muy recientemente en el Catecismo de la Iglesia Católica (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 391ss; 538ss; 1086; 1237; 1673; 1707s; 2482; 2851).

Jesucristo, nuestro Señor, que se define a sí mismo como «la Verdad» (Jn 14, 6) da al demonio el calificativo de «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 45), como si el ser demoníaco tuviera su expresión preferente en el engaño, en la falsedad y en el rechazo de la verdad. Si, como lo dice Jesús, , «la verdad nos hace libres» (Jn 8, 32), porque nadie es más libre que quien abraza el bien, quien sucumbe a las insidias del mal llega a ser, como lo dice el Evangelio, un esclavo de Satanás (Jn 8, 34), aherrojado por las cadenas de la mentira que es una distorsión del ser, violencia al bien, ruptura de la armonía y quiebre de la unidad.

Atendiendo al origen de la condición diabólica, veremos que su rebelión consistió en un colosal rechazo de la verdad: «non serviam», no serviré, no me humillaré, no reconoceré al Hijo de Dios en su estado de encarnación, como superior a mí y como debiéndole honor, sumisión y adoración, luego de haber asumido una naturaleza humana en todo semejante a la nuestra, menos en el pecado (Hb 4, 16). Es decir, la pretensión insensata de no estar sujeto a Dios y de negarse a reconocer los caminos de Dios, distantes de los nuestros como el cielo dista de la tierra (Is 55, 8s), caminos de pobreza, de humildad y de obediencia. Esta rebelión movida por una absurda soberbia fue un colosal atentado contra la verdad, contra la suprema verdad de Dios, creador de todo cuanto existe y acreedor, por lo tanto, a la adoración de todos los seres dotados de inteligencia. Es como si Satanás hubiera querido arrebatar para sí la condición divina y una total autonomía con respecto a Dios que ninguna creatura puede pretender porque viene a ser la negación de la propia condición creatural, esencialmente ordenada a Dios y que sólo en Él, en su conocimiento, en su adoración, en su amor y en su obediencia puede alcanzar su plenitud y, por lo mismo, su verdad.

La narración bíblica de la tentación de los primeros padres en el paraíso se sitúa en los albores de la humanidad (cf. Gn 3, 1-19). El demonio se les presenta insidiosamente y les miente dando al precepto de Dios una extensión que no tenía. Enseguida vuelve a mentir y les presenta a Dios como egoísta y deseoso de no compartir su felicidad y señorío, asegurándoles, con una tercera mentira, que de la desobediencia no sólo no les provendría mal alguno, sino que adquirirían una calidad divina, haciéndose árbitros del bien y del mal, gozando de una autonomía completa que les permitiría actuar sin referencia alguna a Dios. En este episodio, basilar para la historia de la humanidad, queda de manifiesto y en forma que me atrevería a calificar de «programática» la que va a ser la tónica permanente de la acción diabólica: la mentira, el engaño, la falsedad, el trastocamiento de la realidad, la presentación del mal como si fuera en realidad un bien y del bien como si, en definitiva, fuera un daño. A lo largo de toda la historia de la humanidad ésta va a ser la permanente estrategia del Maligno: la confusión de los valores, lo apetecible del mal bajo alguna faceta que se presenta como bien y la falsa promesa de plenitud fundada sobre la posesión de algo efímero, aparente y reñido con la verdad del ser humano. El relato bíblico ilustra cómo de ese primer pecado no surgió ni la plenitud humana, ni la felicidad, sino la perturbación, la desconfianza y el dolor. Pienso que la descripción bíblica del primer pecado de los hombres tiene valor paradigmático para todas las tentaciones y pecados que vendrán después, porque en todos ellos se sucumbe a las apariencias, en lugar de reconocer la verdad, se cifran esperanzas ilusorias, se busca la felicidad donde no está ni puede estar, y se acarrean consecuencias negativas y autodestructoras.

En la vida terrenal de Jesús, y precisamente en los comienzos de su actividad pública, se sitúa el episodio de las tentaciones a que fue sometido por parte del demonio (cf. Mt 4, 1-11; Mc 1, 12s; Lc 4, 1-13). En las tentaciones, sobre todo en la segunda, aparece de manifiesto la actitud de mentiroso del tentador. En efecto, Satanás le muestra a Jesús los reinos de este mundo y le asegura que son dominio suyo. Una primera falsedad, porque todo lo que existe está, por título de creación, bajo la soberanía de Dios. No es pensable que Satanás haya querido afirmar que las realidades mundanas están bajo su poder en la medida en que el pecado reina en ellas, ya que no es ésa la lógica de su proposición. Luego viene una segunda mentira esencial: el ofrecimiento a Jesús de darle el señorío sobre el mundo, a condición de que se postre ante el tentador y lo adore, o sea, que lo reconozca como superior a él y que le tribute un homenaje que es debido sólo a Dios. Aquí estamos en presencia de un trastorno colosal de la realidad más profunda: la pretensión de absoluta autonomía y de poseer una categoría de ser que es propia de Dios y radicalmente incomunicable. Jesús rechazó la tentación diciendo a Satanás que sólo a Dios se debe adoración y que sólo a Él se debe servir y obedecer (Mt 4, 10; Lc 4, 8).

Es interesante notar que el apóstol Pedro, elegido por Jesús para ser cabeza del colegio apostólico, sufrió al menos en dos oportunidades graves asechanzas de Satanás. En la primera de ellas, ante el anuncio de Jesús de que más adelante debería caer en manos de sus enemigos y sufrir incluso la muerte, el apóstol se rebela y le dice a su Maestro que tal cosa no puede suceder. Jesús lo reprende severamente y lo llama «satanás», reprochándolo por pensar con categorías humanas y en disconformidad con los criterios de Dios (cf Mt 16, 23). Efectivamente, en los designios amorosos y misteriosos del Padre, la salvación de la humanidad se realizaría a través de la muerte sacrificial de Jesús en el Calvario y ese hecho que según los parámetros humanos aparece como una derrota y un fracaso, sería en verdad el triunfo de la gracia, de la verdad y de la vida. En realidad, Pedro había sucumbido a un engaño y no había acogido la verdad, aun cuando ella provenía de la boca de quien es la Verdad misma, Jesús, y como esa verdad se refería a un hecho que constituye el centro absoluto del designio salvador de Dios, bien merecía un severo reproche y un durísimo calificativo. Pedro aún no comprendía que «Cristo crucificado es el poder y la sabiduría de Dios» ( 1 Cor 1, 24).

En la segunda ocasión, Pedro es «zarandeado» por Satanás. Ante la inminencia de la Pasión de Jesús, el apóstol, no sin cierta presunción, declara que está dispuesto a compartir su suerte y que no lo abandonará aunque los demás lo dejen solo. Jesús le anuncia que renegará de Él antes de que el gallo haya cantado dos veces. La obra de Satanás consistió en que el miedo fuera suficiente para desdecirse, para faltar a su palabra, mentir diciendo que no conocía a Jesús y mantenerse muy lejos de compartir su ignominia. También aquí estuvo de por medio el alejamiento de la verdad en un momento ya muy próximo al sacrificio de Jesús en el Calvario. Pedro, luego de una mirada de Jesús, recapacitó, lloró, prometió amor y fidelidad y, ahora convertido, compartió finalmente la suerte de Jesús (cf. Mt 26, 69-75; Mc 14, 66-72; Lc 22, 55-62; Jn 18, 17.25-27).

En el Evangelio de San Juan hay una polémica de Jesús con los judíos (cf. Jn 8, 12-41) y en ese duro intercambio de reproches, el demonio ocupa un lugar importante. Es allí donde Jesús lo llama «padre de la mentira» y allí lo califica también de «homicida desde el principio» aludiendo a su instigación al primer pecado que trajo como retribución la muerte. Allí también se habla de la esclavitud a que se somete quien peca, haciendo mal uso de la libertad y cayendo en las redes del Maligno, que son radicalmente falsedad. El reproche de Jesús a sus adversarios era, fundamentalmente, su renuencia a reconocer la verdad y a Él mismo como suprema Verdad y es por eso que los señala como hijos del maligno, del que siempre se opone a la verdad y se esfuerza por inducir a los hombres a rechazarla.

Pienso que en todo tiempo los hombres se han visto confrontados tanto a la necesidad de esforzarse por conocer la verdad y adherir a ella, aunque sea a costa de sufrir inconvenientes que pueden llegar hasta la persecución, como el imperativo de descubrir el error que muchas veces se presenta con apariencias de verdad, puesto que el demonio tiene, como dice San Pablo, la capacidad de presentarse como ángel de luz (cf 2 Cor 11, 14).

Hay en el Antiguo Testamento un ejemplo heroico de amor a la verdad y conviene recordarlo, siquiera a grandes rasgos.

Estamos en el siglo II antes de Cristo. El anciano Eleazar estaba siendo forzado a comer alimentos prohibidos por la ley de Moisés. Ante su resistencia se le hicieron gravísimas amenazas de maltratos e incluso de muerte. Sus amigos, afligidos en extremo por el cruel destino que amenazaba al anciano, le propusieron hacer traer alimentos permitidos y que él los comiera, simulando que comía las viandas prohibidas que los enviados del rey Antíoco le instaban a servirse. El noble viejo rehusó de plano el engaño: «a nuestra edad no es digno fingir, no sea que muchos jóvenes creyendo que Eleazar, a sus noventa años, se ha pasado a las costumbres paganas, también ellos por mi simulación y por mi apego a este breve resto de vida, se desvíen por mi culpa y yo atraiga mancha y deshonor a mi vejez» (2 Mac 6, 24s). Así el santo anciano dio testimonio no sólo de su fidelidad religiosa, sino muy precisamente de la importancia de la verdad, y murió cruelmente torturado con tal de no mentir (cf. 2 Mac 6, 18-31).

En el Nuevo Testamento hay otro ejemplo magnífico de amor a la verdad: se trata de San Juan Bautista (cf. Mt 14, 3-12; Mc 6, 17-29; Lc 3, 19s).

El Precursor tuvo la valentía de decir al reyezuelo Herodes Antipas, hijo del otro Herodes, el de la matanza de los niños inocentes, que no le estaba permitido mantener una relación incestuosa con Herodías, la mujer de su hermano Filipo. Se lo dijo sin agresividad, pero con claridad y sin ambages. Herodes respetaba a Juan, y lo consideraba, con razón, como un hombre justo y santo, pero cedió ante la presión de su cuñada-amante y, hombre sin escrúpulos, hizo encarcelar a Juan en la prisión de Maqueronte. Peor todavía, cuando celebraba un banquete con ocasión de su cumpleaños, la hija de Herodías, Salomé, bailó ante el rey y los invitados. El reyezuelo quiso recompensar a la muchacha ofreciéndole un regalo desmesurado: hasta la mitad de su reino. Salomé se aconsejó con su madre y ésta le indicó que pidiera al rey la cabeza de Juan Bautista. Y el rey mandó decapitar al Precursor, temeroso de desairar a la muchacha y de aparecer ante los invitados como faltando a su palabra. De modo que respetó más una palabra irresponsable y en definitiva inicua, que la verdad evidente de que no era legítimo privar de la vida a quien no había cometido delito alguno. Juan Bautista murió degollado por haber tenido la audacia de decir la verdad, de decírsela a un tiranuelo sin escrúpulos, hijo de otro déspota, de desafiar a una mujer lujuriosa y de defender la santidad del matrimonio. Hubiera podido callar escudándose en la «prudencia», hubiera podido ser ambiguo y acomodaticio, pero prefirió dar, al precio de su sangre, un altísimo testimonio de intransable amor a la verdad. Lo seguiría, a lo largo de todos los siglos, la muchedumbre incontable de los mártires cristianos.

Ante nuestra realidad

En nuestra época no es ni menos urgente ni menos exigente la lucha por la verdad. También hoy día habrá que pagar muchas veces por ello un precio elevado. Lo han pagado los numerosos mártires del recién pasado siglo XX, muchos de ellos oficialmente reconocidos por la Iglesia como tales, y también, por cierto aquellos que han muerto por la fe en lo poco que ha corrido del siglo XXI.

Pero la mayor parte de los fieles católicos se ven amenazados por un tipo de distorsión de la verdad que no se presenta como violenta, sino que se ejercita a través de «cambios culturales», expresados en forma de lenguajes ambiguos o eufemísticos que desorientan a los desprevenidos y consiguen crear confusión entre el bien y el mal o por lo menos presentar el mal como no tan malo o como «mal menor», categoría seductora y tranquilizante para los postulados relativistas.

Me permitiré poner algunos ejemplos que ilustran lo que acabo de decir, muchos de ellos tomados de nuestra realidad nacional reciente.

En nuestro país se aprobó, no hace mucho, una ley de divorcio, apoyada por un número consistente de personas que afirman ser católicos, pero que desoyeron e hicieron caso omiso de la palabra de sus legítimos Pastores. Esa normativa humana, en abierta contradicción con la ley de Dios, constituye un rechazo a la verdad de la institución matrimonial, unión perpetua, exclusiva e indisoluble. Es sorprendente comprobar que quienes introdujeron el divorcio en Chile no hayan modificado, al mismo tiempo, la definición de matrimonio que da el Código Civil, la que incluye explícitamente su calidad de indisoluble. Si todo matrimonio civil incluye ahora la posibilidad de su término por la vía del divorcio, es claro y lógico que ya no puede seguirse hablando de matrimonio como vínculo indisoluble. Esa flagrante contradicción muestra bien a las claras hasta dónde puede conducir la incoherencia con la verdad de las cosas y su sustitución por una norma arbitraria, fundamentada en conveniencias culturales, en argumentos estadísticos, o en lo que se estima «políticamente correcto», aunque sea moralmente inaceptable.

En algunas naciones el desconocimiento de la verdad ontológica del matrimonio ha llevado a autorizar, incluso bajo el nombre de «matrimonio», la unión entre personas del mismo sexo. No es necesario ser científico para saber que la aproximación genital de los sexos diferentes tiene relación intrínseca si bien no exclusiva con la procreación, aunque esta no siempre tenga lugar. Es claro que tal «legalización» es un atropello a la verdad ontológica y biológica de la diferencia de los sexos y de su natural finalidad.

Se ha ido introduciendo en el vocabulario usual la expresión «pareja», palabra extremadamente ambigua y cuyo contenido real varía desde una posible unión matrimonial legítima (tal vez en la minoría de los casos), pasando por una relación fornicaria, un concubinato, un adulterio e incluso la relación entre dos personas del mismo sexo. La expresión «pareja» constituye un esfuerzo hábil y sutil para eliminar cualquier connotación peyorativa a formas de unión que, objetivamente, son reprobables desde el punto de vista moral precisamente porque contradicen la naturaleza de la unión matrimonial entre el varón y la mujer.

La época en que vivimos ha visto la introducción del aborto como una acción que no merece ninguna pena y que, incluso, se presenta como algo jurídicamente legítimo llegándose hasta el extremo de inscribirla dentro del elenco de los «derechos» reproductivos, pertenecientes a los «derechos humanos» de toda mujer. Naturalmente también aquí se recurre a argumentos culturales, cambiando la expresión dura de «aborto», cuya connotación negativa es evidente, por la de «interrupción del embarazo», algo en apariencia tan inocuo (...) como interrumpir la corriente eléctrica o el flujo del agua por una acequia o una cañería. Contra todas las evidencias científicas que demuestran la formación de la estructura celular propia e individual a partir de la fecundación, se hacen malabarismos para distinguir entre «embrión» y «feto», entre «promesa humana» y «persona humana», y soslayar así la clara expresión del Concilio Vaticano II que califica el aborto como «crimen abominable» (Constitución Gaudium et spes, nn. 27 y 51). Es pasmoso ver cómo en sociedades que se muestran celosas defensoras de los «derechos humanos» se autoriza al mismo tiempo el aborto que no es otra cosa que un homicidio, y a cuyos autores la Iglesia aplica la gravísima pena de la excomunión automática (Código de Derecho Canónico, canon 1398). Lo que he dicho de las sociedades es también válido de personas que aceptan una injustificable y lúdica distinción entre los derechos de los seres humanos que ya han nacido y los de aquellos que están aún en el seno de sus madres. Como se ve, cuando el hombre no se somete a la verdad puede llegar a convertirse en un verdugo.

Sabemos que la existencia y propagación del SIDA constituye un gravísimo problema sanitario y una amenaza de muerte para millones de seres humanos. Es, pues, urgente encontrar los medios apropiados y legítimos para detener ese mal y para impedir su propagación. Pero cuando se hace una propaganda en la que las lecturas de los afiches presentan el ejercicio de la genitalidad como si fuera un «derecho» incondicionado, cuando la relación sexual extramatrimonial se presenta como algo ajeno a cualquier calificación moral, entonces nos encontramos ante una gravísima distorsión de la verdad, es decir de la naturaleza de la diferencia sexual y de la función primordial de las relaciones sexuales en el ámbito de la unión matrimonial.

El amor a la verdad es indudablemente una de las columnas que sustentan la vida humana en su relación social. El culto de la mentira, su empleo como expediente para salir de apuros, como excusa o como instrumento para escalar posiciones o conseguir ventajas, tiene el funesto resultado de destruir la confianza y de privar de valor a la palabra que es y debería ser siempre un vehículo de comunicación creíble y confiable. Las mentiras –aun aquellas mal llamadas «piadosas»–, las falsedades, las ambigüedades, las duplicidades, las hipocresías, las adulteraciones, el recurso a apariencias engañosas, la construcción de imágenes que inducen a error, el uso indebido de títulos o calificaciones, el disimulo para ocultar elementos que podrían condicionar una desventaja, las «medias verdades», los silencios culpables, y tantos otros comportamientos que no reflejan ni la verdad ni la transparencia, todo ello contribuye a dificultar e incluso a envenenar las relaciones humanas.

En la presencia de Dios las actitudes ajenas a la verdad resultan también una ofensa a la majestad divina porque atentan contra el derecho de todo ser humano a recibir de quien está enfrente una comunicación verídica y auténtica. La falta contra la verdad que se comete para con otra persona es una ofensa al Creador, que es, en su ser perfectísimo, la Verdad absoluta y sustancial.

Todos los seres humanos y por ende todos los cristianos nos vemos en la necesidad de sostener una lucha permanente, y a veces nada fácil, para vivir en la verdad. La fidelidad a ella puede costar en ocasiones un precio elevado y desventajas dolorosas, pero la recompensa será siempre grande: la verdadera libertad, la confianza y la confiabilidad, la íntima satisfacción de la coherencia, la respetabilidad. Decir siempre la verdad es, incluso, un buen negocio.

¡Qué lapidario suena el sobrio elogio de Jesús con respecto a Natanael, cuando lo calificó de un «israelita de verdad, en quien no había engaño»! (cf. Jn 1, 47).

¡Qué terrible cosa es que alguien pueda ser tildado de mentiroso, de falso, de medrar a costas del engaño! Tal persona no merece confianza y, quiéralo o no, irá quedando aislada y solitaria.

Conclusión

La justicia consiste en dar y reconocer a cada cual lo que es suyo y por derecho le corresponde. Y lo que cada ser humano necesita es, ante todo, poder acceder a la verdad y que nadie lo engañe en ninguna circunstancia ni bajo pretexto alguno.

«Desechando la mentira, hable con verdad cada cual con su prójimo, pues somos miembros los unos de los otros» (Ef 4, 25).

Para concluir, me parece oportuno hacer mención de un personaje cuyo nombre repetimos con frecuencia y que guarda relación con el tema de la verdad. Se trata de Poncio Pilato, procurador romano en Judea en el tiempo del juicio, condena y crucifixión de Jesús.

Es muy interesante, incluso desde el punto de vista procesal, leer el relato del proceso de Jesús ante Pilato (Jn 18, 28 - 19, 16); aquí sólo me referiré a una parte de él.

Jesús dice a Pilato: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Pilato, quizás encogiéndose de hombros y esbozando una sonrisa escéptica, le responde «¿Qué es la verdad?». El romano probablemente no creía en la verdad y quizás tampoco le interesaba conocerla, pero como Jesús había declarado que su reino no era terrenal, concluyó, correctamente, que no representaba ningún peligro para la soberanía del emperador, y por eso salió al balcón y explicó a los dirigentes judíos que exigían la muerte de Jesús, que no lo encontraba culpable de ningún delito. Pilato al menos tenía algún respeto por la justicia. Pero se enfrentó con un grupo vociferante y amenazante que podía acusarlo al César y tronchar su carrera funcionaria. Así es que se lavó las manos y condenó a muerte a Jesús. (...) Ante la verdad de la inocencia de Jesús y la otra «verdad» de las conveniencias personales y de granjearse la benevolencia de la dirigencia judía, Pilato se decidió: más valía condenar a muerte a un inocente que correr riesgos políticos. La «verdad» de las conveniencias se impuso a la verdad de la justicia. Pilato es un emblema de la preeminencia de lo que es «políticamente correcto» sobre la verdad y la justicia. Es atroz comprobar hasta qué punto lo que se considera «políticamente correcto» puede trastornar el juicio moral. Podemos preguntarnos por qué el Credo, siguiendo a los Evangelios, nombra explícitamente a Poncio Pilato. Sin duda porque es un parámetro histórico, pero pienso que el Espíritu Santo quiso que todas las generaciones cristianas tuvieran ante sus ojos las consecuencias de menospreciar la verdad y de posponerla a la consecución de ventajas. La actitud de Pilato hunde sus raíces en el «carrierismo», el escepticismo, la arbitrariedad, la soberbia del poder, la cobardía y la mediocridad. Pilato no era un hombre libre porque no amaba la verdad por sobre todas las cosas, y por eso llegó a ser un miserable esclavo de las circunstancias, «políticamente correcto».

Hay en el Nuevo Testamento, bajo la pluma del apóstol San Juan, tan marcado por el tema de la verdad, una frase durísima, tal vez la más dura de toda la Biblia: «sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno. Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al que es Veraz. Nosotros estamos en el Veraz (en el que es Verdadero), en su Hijo Jesucristo» (1 Jn 5, 19s). Me pregunto: ¿cómo se ejercita ese terrible poder del Maligno en el mundo de hoy, como en todas las épocas de la historia? Siempre y en todas partes a través de la mentira, de la falsedad y el engaño, y particularmente negando a Jesús la calidad de ser Verdad esencial, en su ser de Hijo de Dios encarnado en el seno de la Virgen María, Salvador y Redentor de todos los hombres, que nos arranca al poder del «padre de la mentira» para devolvernos a la situación magnífica de hijos de la Verdad y, por lo mismo, de hijos de Dios.

Termino repitiendo las palabras de Jesús: «La verdad os hará libres» (Jn 8, 32). Y agrego: no nos hagamos cómplices de la mentira, que es complicidad con Satanás y rechazo de Jesucristo.


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