El hombre contemporáneo se debate entre tensiones y temores que envilecen y destruyen su humanidad. Cristo quiere hacerse presente en medio de estas necesidades y parece que hoy, más que nunca, se requiere dar culto a la misericordia divina implorando a Dios que salve a la humanidad pecadora. Sólo nos manda que le amemos y si le amamos también volveremos nuestro corazón hacia el prójimo para amarle como Él nos ha amado. Y en esto consiste el amor, en que Él nos amó primero.

Hace cincuenta años el Papa Pío XII publicó la encíclica Haurietis aquas dedicada al culto al Sagrado Corazón de Jesús. La encíclica de Pío XII salió en un momento teológico complejo y sirvió para contrarrestar difundidas opiniones que consideraban superada la devoción al Corazón de Cristo por entenderla «menos adaptada, por no decir nociva, a las necesidades espirituales de la Iglesia y de la humanidad en la hora presente [1]». El Papa Benedicto XVI en carta al Prepósito General de la Compañía de Jesús (ver recuadro en pág. 471) ha recordado la actualidad de aquel documento y señalado que «sigue en pie la tarea siempre actual de los cristianos de continuar profundizando en su relación con el Corazón de Jesús para reavivar en sí mismos la fe en el amor salvífico de Dios, acogiéndolo cada vez mejor en su propia vida» [2].

Las dificultades con las que se enfrentó Pío XII y que llevaron a la publicación de la encíclica pueden reducirse a las siguientes: a) algunos consideraban el culto al Sagrado Corazón como una devoción más, equiparable con otras formas de devoción y que cada cual podría practicar o no, según le agradare; b) otros lo consideraban de poca utilidad para la acción apostólica y difusión de la doctrina social católica; c) otros señalan que es una devoción sentimental que no sirve para la renovación de la fe y las costumbres cristianas; d) otros finalmente consideran que es una devoción pasiva que no produce frutos externos y por tanto más bien empobrecería que reanimaría la espiritualidad moderna. Pío XII no deja de advertir la plena oposición entre estas opiniones y la doctrina de sus predecesores y después de examinar los fundamentos bíblicos así como la historia de la devoción al Sagrado Corazón concluye que en el «Corazón de nuestro Salvador (...) podemos considerar no sólo el símbolo, sino también, en cierto modo, la síntesis de todo el misterio de nuestra Redención» [3].

El Magisterio Pontificio hasta nuestros días ha seguido insistiendo en la necesidad y bondad del culto al Sagrado Corazón, así como en su urgencia para el tiempo presente. El mismo Papa Benedicto XVI en el documento antes citado dice: «La contemplación del ‘costado traspasado por la lanza’, en la que resplandece la voluntad sin confines de salvación por parte de Dios, no puede ser considerada por tanto como una forma pasajera de culto o de devoción: la adoración del amor de Dios, que ha encontrado en el símbolo del ‘corazón traspasado’ su expresión histórico-devocional, sigue siendo imprescindible para una relación viva con Dios» [4].

Propter nos homines

Desde los inicios de la predicación apostólica, la Iglesia ha tenido que enfrentarse a las herejías que rechazaban que Cristo es verdaderamente el Emmanuel, «Dios con nosotros». El orgullo del hombre pecador no quiere aceptar que Dios haya puesto su morada entre nosotros (cf Jn 1, 14) y quiera recorrer el camino de los hombres asumiendo completamente lo nuestro menos el pecado. La soberbia humana no parece querer admitir a Dios cerca del hombre, próximo a él, acompañándole en su existencia cotidiana. Sin embargo es este hombre, el hombre pecador y vuelto sobre sí, incapacitado para amar y que sólo obra el mal (cf Sal 14, 12), aquel para quien se hizo hombre el Hijo de Dios.

Por nosotros los hombres y por nuestra salvación. La verdad que profesamos en el Credo nos enseña que el Verbo asume la humanidad para salvarnos reconciliándonos con Dios. «Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10). Dios es Amor, y al amor divino le corresponde comunicar bondad; no es por Él, sino para que nosotros, los hijos de Adán, conociésemos el amor de Dios y pudiésemos participar de la naturaleza divina que se ha hecho hombre.

«Lo que no ha sido asumido no ha sido redimido». Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre; «Jesucristo posee dos naturalezas, la divina y la humana, no confundidas, sino unidas en la única Persona del Hijo de Dios» [5]. Igual que el Padre en cuanto a la divinidad, igual a nosotros en cuanto a la humanidad; un solo Cristo Dios y hombre mediador entre el hombre y Dios. «Si no tomó el Verbo la sustancia de la carne, ni se ha hecho hombre, ni es hijo del hombre. Es inútil su descenso en el seno de María; es falso que llorase por Lázaro; ni tampoco brotó de su costado herido la sangre y el agua» [6]. En virtud de la Encarnación Redentora el Hijo de Dios vivió entre nosotros, trabajó con manos de hombre, se fatigó, lloró y nos amó con corazón de hombre, con un amor sensible y racional. «Todo en la humanidad de Jesucristo debe ser atribuido a la persona divina como a su propio sujeto» [7]; el Corazón de Cristo es así el Corazón del Verbo eterno que ha querido amarnos con un corazón humano para que nosotros pudiéramos conocer y experimentar el amor que Dios nos tiene. «Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: ‘El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí’ (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano. Por esta razón, el sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf. Jn 19, 34), «es considerado como el principal indicador y símbolo... del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres’ (Pío XII, enc. Haurietis aquas: DS 3924; cf DS 3812)» (CEC 478).

El culto a Dios, exigencia de la caridad

El Catecismo de la Iglesia Católica establece una significativa relación entre la religión y la caridad: «La virtud de la caridad nos lleva a dar a Dios lo que en toda justicia le debemos en cuanto creaturas. La virtud de la religión nos dispone a esa actitud» (CEC 2095). La religión es una virtud por la que tributamos a Dios el culto que le es debido en razón de su dignidad y excelencia singular. Dios es el Señor, y nosotros somos creaturas; por una razón de justicia debemos dar a Dios un culto en el que reconozcamos su majestad y soberanía sobre nuestra existencia y en consecuencia lo alabemos, reverenciemos y obedezcamos su ley. «Este deber, por tanto, es un acto de justicia, pero no es una justicia plenaria: nosotros no podemos dar a Dios nunca todo lo que se le debe. Nunca podemos alabar a Dios bastante, ni servirle con demasiada obediencia, ni ser demasiado reverentes con Él. Pero debemos hacerlo y, por tanto, aunque podemos ser más plenamente justos con los hombres, nuestros semejantes, que con Dios, que excede toda nuestra justicia, no obstante esta justicia para con Dios es lo primero obligatorio para el hombre como creatura» [8].

La virtud de la religión es la suprema entre las virtudes morales, pues como señala Santo Tomás, entre todas ellas es «la que más se acerca al fin, pues realiza todo lo que directa e inmediatamente atañe al honor de Dios» [9]. Sin embargo la virtud de la religión es inferior a las virtudes teologales pues no tiene por objeto a Dios, sino el culto que se le ofrece: «Rendir a Dios el culto debido es tan sólo hacer en honra suya ciertos actos que le dan honor, como la ofrenda de sacrificios y otros similares. Vemos, pues, que en la virtud de la religión se habla de Dios no como materia y objeto, sino como fin. Por tanto la religión no es virtud teologal, que tiene por objeto el último fin, sino moral, que versa sobre los medios» [10]. Las virtudes teologales se refieren directamente a Dios y por consiguiente son superiores a la misma virtud de la religión. La plenitud y perfección última del hombre elevado por Dios al orden sobrenatural no puede consistir entonces sólo en el servicio y reverencia de su dignidad y excelencia, sino en la caridad a la que toda justicia se ordena. Movidos por caridad podemos ser llevados a dar a Dios de modo perfectísimo lo que en justicia le debemos.

La relación con la ley y la justicia se hace especialmente ardua para el hombre contemporáneo. El temor a la autoridad y las tensiones dramáticas entre ley y libertad planteadas erróneamente por algunas filosofías o corrientes de pensamiento han hecho olvidar en la vida cristiana algunas verdades fundamentales. Con el pretexto de vivir en el amor de Dios se ha despreciado la autoridad, el cumplimiento de la Ley Santa ha parecido moralismo o hipocresía, el pecado ha dejado de ser visto como ofensa a Dios y el culto eucarístico ha perdido su dimensión sacrificial para ser considerado únicamente como una fiesta. Detrás de aquellas filosofía está la sospecha de Dios como aniquilador del hombre, como usurpador de nuestra libertad, como guardián cósmico y celoso que imposibilitaba nuestro progreso, que nos pide cosas para quitarnos y disminuirnos. La ley de Dios es entonces una carga para los hombres, y las naciones piden sacudirse el yugo de Cristo: «¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos conspiran en vano? Los reyes de la tierra se sublevan, los príncipes a una se alían en contra de Yahvé y su Ungido: ‘Rompamos sus cadenas, sacudámonos sus riendas’» (Sal 2, 1-3). La presión del ambiente y la sospecha circundante hace que incluso entre los cristianos parece tener caridad quien disminuye las exigencias de la justicia para con Dios y disculpa el cumplimiento de los mandamientos. Sin embargo quienes proceden así no están mirando a la Cruz de nuestro Redentor y a su costado traspasado [11].

Santo Tomás precisa que «el honor y reverencia tributados a Dios no son en su provecho, sino en el nuestro, por ser Él la plenitud de la gloria, a quien nada puede añadir la creatura» [12]. Dios sólo quiere regalar, entregar sus dones al hombre para bien del hombre y pide no ser rechazado: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap. 3, 20). Pero el bien del hombre está en Dios y por eso el primero y más importante de los mandamientos es amar a Dios sobre todas las cosas, pues «Dios es todo el bien del hombre». Y Dios se ha hecho hombre para adoptarnos como hijos, para comunicarnos el bien de su vida divina, «para rescatar al esclavo» y no para constituir esclavos. Sin embargo la recepción del bien divino que el Señor quiere comunicar exige la obediencia a su Ley: «¿Qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?...Si quieres entrar en la vida guarda los mandamientos» (Mt. 19, 17); y los mandamientos los guardaremos porque le amamos, «pues el amor a Dios consiste en guardar sus mandamientos» (1 Jn 5, 3); y le amamos porque Él nos ha amado primero y por amor nos ha mandado que le amemos y nos ha dado el poder hacerlo. «La doctrina del Reino del Corazón de Cristo ilumina precisamente la conducencia de la sumisión y obediencia a la Ley a la recepción del bien difundido. La idea agustiniana según la cual Dios no busca su gloria sino para nuestro beneficio, ya que es a nosotros y no a Él a quienes aprovecha el conocerle y alabarle, puede hacer comprender que Dios ha puesto, por decirlo así, su poder creador y la soberana eficacia de su providencia, y la suma autoridad del gobierno y de la legislación divina del universo, al servicio del amor que alienta su designio liberal y gratuito de comunicación de su vida y felicidad a sus creaturas» [13]. Dios no legisla sobre nosotros para someternos a su dominio despótico y obtener beneficios de nuestra servidumbre –al modo de los dioses sumerios que reclutaban esclavos entre los hijos de los hombres para construir los canales de regadío–, sino para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

El culto al Sagrado Corazón, síntesis de toda la religión y la norma más perfecta de la vida cristiana

El Papa Pío XII en la respuesta polémica a los que objetaban que la devoción al Sagrado Corazón era una devoción más, que cada cual podía acoger o no a su arbitrio, recogía las palabras de su predecesor Pío XI en la encíclica Misserentísimus redemptor: «¿No están acaso contenidos en esta forma de devoción el compendio de toda la religión y aun la norma de vida más perfecta, puesto que constituye el medio más suave de encaminar las almas al profundo conocimiento de Cristo Señor nuestro y el medio más eficaz que las mueve a amarle con más ardor y a imitarle con mayor fidelidad y eficacia?» [14].

Dios movido por amor nos exige darle culto para provecho nuestro, pero habiéndonos elevado al orden sobrenatural y mostrado eficazmente que nos ama quiere que le demos culto no sólo por ser Señor y soberano, sino también y precisamente porque nos ama. Por la fe «hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4, 16) ; Cristo nos ha amado hasta la muerte y una muerte de cruz, derramando hasta la última gota de su sangre por cada uno de los pecadores, y dejándose traspasar en su Corazón. Nuestro deber de alabanza y reconocimiento a Dios adquiere a la luz de la fe un nuevo título que hace más suave y confiado nuestro deber de darle culto: hemos de darle culto porque en su infinita misericordia nos ha amado. Esta verdad está en el centro del Evangelio, pero es principalmente a partir del carisma profético de Santa Margarita María de Alacoque y San Claudio de la Colombiere como se ha hecho más presente en el pueblo cristiano recibiendo el apoyo y aprobación decidida de los Romanos Pontífices. «Efectivamente, el Señor en su Providencia quiso que en el umbral de los tiempos modernos, en el siglo XVII, partiese de Paray-le-Monial un poderoso impulso a favor de la devoción al Corazón de Cristo, bajo las formas indicadas en las revelaciones indicadas por Santa Margarita María; sin embargo, los elementos esenciales de esta devoción pertenecen de manera permanente a la espiritualidad propia de la Iglesia a lo largo de toda la historia. Pues desde el principio la Iglesia ha dirigido su mirada hacia el Corazón de Cristo traspasado en la cruz, del cual brotó sangre y agua, símbolo de los sacramentos que constituyen la Iglesia. Y, en el Corazón del verbo encarnado, los Padres de Oriente y Occidente cristianos han visto el comienzo de toda la obra de nuestra salvación, fruto del amor del Divino Redentor del que este Corazón traspasado es un símbolo particularmente expresivo» [15].

Por un deber de justicia tenemos que someternos a Dios y obedecer su Ley, pero por la fe, al manifestársenos el amor que Dios nos tiene, tenemos que confiar en que todo lo dispone para que lleguemos a tener amistad con Él. Al descubrir por la fe el amor que su Corazón abierto tiene por causa de nuestros pecados y debilidades, queremos entonces darle culto por su infinita misericordia y nos disponemos suavemente a cumplir todo lo que nos pide. La correspondencia al amor divino que nos pide –como bien nuestro– alabarle y darle culto no puede ser otra que el amor y consiguientemente una más perfecta obediencia y disposición para querer su Ley, cumplir sus mandatos, acoger su palabra y realizar de modo más perfecto nuestros actos de culto. Ningún temor a caer en un servilismo o a perder nuestros atributos y libertad, sino abandono confiado en el amor divinizante del Corazón de Cristo.

«Y en verdad que si debidamente se ponderan los argumentos en que se funda el culto tributado al Corazón herido de Jesús, todos verán claramente cómo aquí no se trata de una forma cualquiera de piedad que sea lícito posponer a otras o tenerla en menos, sino de una práctica religiosa muy apta para conseguir la perfección cristiana. Si la devoción según el tradicional concepto teológico, formulado por el Doctor Angélico no es sino la pronta voluntad de dedicarse a todo cuanto con el servicio de Dios se relaciona, ¿puede haber servicio divino más debido y más necesario, al mismo tiempo que más noble y dulce, que el rendido a su amor? Y ¿qué servicio cabe pensar más grato y afecto a Dios que el homenaje tributado a la caridad divina y que se hace por amor, desde el momento en que todo servicio voluntario en cierto modo es un don, y cuando el amor constituye el don primero, por el que nos son dados todos los dones gratuitos? Es digna, pues, de sumo honor aquella forma de culto por la cual el hombre se dispone a honrar y amar en sumo grado a Dios y a consagrarse con mayor facilidad y prontitud al servicio de la divina caridad; y ello tanto más cuanto que nuestro Redentor mismo se dignó proponerla y recomendarla al pueblo cristiano, y los Sumos Pontífices la han confirmado con memorables documentos y la han enaltecido con grandes alabanzas. Y así, quien tuviere en poco este insigne beneficio que Jesucristo ha dado a su Iglesia, procedería en forma temeraria y perniciosa, y aun ofendería al mismo Dios.» (Pío XII, Haurietis aquas, n. 30).

El deber de reparación al Corazón de Cristo

El amor de Dios manifestado en el Corazón traspasado no es correspondido; hemos sido injustos con el amor divino y le hemos ofendido. Las ofensas que de continuo hacemos al Señor al no aceptar el amor que nos salva exigen en justicia una reparación, hemos de pedir perdón. Dios nos creó para abundar sobre nosotros con la riqueza de los dones celestiales; el amor divino exige ser correspondido, pues es el amor de nuestro Padre y Señor, y somos injustos cuando no lo recibimos. Forma parte del culto al Corazón de Cristo el deber de reparar por nuestros pecados y por los de todos los hombres. Cristo murió en la cruz por todos nuestros pecados y satisfizo suficientemente al Padre por todos nuestros delitos; por la eficacia de su amor infinito, donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Sin embargo en su condescendencia misericordiosa quiso invitarnos a responder también a su amor reparando por los pecados. El amor del Corazón de Cristo es ofendido cuando el hombre no acepta los caminos de la salvación; entonces este corazón exige alguien que corresponda a su amor, que participe de su sufrimiento por los pecados del mundo, que quiera darle consuelo en su tribulación y angustia. En su bondad infinita el Señor no quiere sino tratarnos como amigos, y al amarnos con un Corazón sensible podemos sentir el dolor de Dios por nuestros males y aprender en esa fuente el verdadero sentido de la reparación. Ahora bien, toda la fuerza y el valor de la reparación dependen del único sacrificio de Cristo en la Cruz. Y al reparar por nuestros pecados y por los del mundo entero consolamos a Cristo porque acogemos el amor que nos ofrece. Si estamos unidos a este sacrificio mediante la participación en la santa Misa, nuestros trabajos, dolores e incomodidades cotidianos y la mortificación de nuestra carne para completar lo que falta a la Pasión de Cristo, sirven porque son realizados por amor, para dar consuelo al Corazón de Cristo pues las penas se alivian por la compañía de los amigos. «Más, ¿cómo semejantes ritos expiatorios podrían consolar a Cristo, que reina felizmente en los cielos? Claro está, respondemos, sirviéndonos de las palabras de San Agustín que caen muy bien en este lugar: dame un amante y entiende lo que digo» [16].

El hombre necesitado de misericordia

Dios quiere comunicar y manifestar su bondad infinita. Los caminos de la negación –por usar una terminología común en Karol Wojtyla– por los que parece desarrollarse la historia contemporánea han dejado al hombre en la más absoluta soledad y miseria; y parece que la miseria mayor del hombre es precisamente el desconocimiento de Dios. El hombre contemporáneo se debate entre tensiones y temores que envilecen y destruyen su humanidad. Cristo quiere hacerse presente en medio de estas necesidades y parece que hoy, más que nunca, se requiere dar culto a la misericordia divina implorando a Dios que salve a la humanidad pecadora. Sólo nos manda que le amemos y si le amamos también volveremos nuestro corazón hacia el prójimo para amarle como Él nos ha amado. Y en esto consiste el amor, en que Él nos amó primero.

Recurriendo al Corazón de Cristo se podrá encontrar alivio para nuestro tiempo y gozar, incluso en este mundo de los bienes de la ciudad celeste. Pío XII lo resume magníficamente en la Encíclica Haurietis aquas: «Finalmente, con el ardiente deseo de poner una firme muralla contra las impías maquinaciones de los enemigos de Dios y de la Iglesia, y también hacer que las familias y las naciones vuelvan a caminar por la senda del amor a Dios y al prójimo, no dudamos en proponer la devoción al sagrado Corazón de Jesús como escuela eficacísima de caridad divina; caridad divina, en la que se ha de fundar, como en el más sólido fundamento, aquel Reino de Dios que urge establecer en las almas de los individuos, de la sociedad familiar y de las naciones, como sabiamente advirtió nuestro mismo Predecesor: ‘El Reino de Jesucristo saca su fuerza y su hermosura de la caridad divina: su fundamento y su excelencia es amar santa y ordenadamente. De donde se sigue necesariamente: cumplir íntegramente los propios deberes, no violar los derechos ajenos, considerar los bienes naturales como inferiores a los sobrenaturales y anteponer el amor a Dios a todas las cosas» [17].

El orden individual, familiar y social debe ser reinstaurado de tal manera que todo tenga a Cristo por Cabeza. Es una grave ofensa a Dios y una miseria para los pueblos el querer legislar de espaldas a Cristo y al Evangelio. Si algunas corrientes de pensamiento han querido presentar como un progreso la dirección de los asuntos humanos olvidando la piedad hacia Dios es necesario volver a insistir que es el amor de Cristo y su misericordia lo único que puede salvar al mundo. Sólo contemplando el Corazón de Cristo se puede conducir la cultura y la técnica hacia el bien del hombre y edificar la civilización del amor. Aquel día, cuando se vuelvan los ojos hacia el que traspasaron (Zac. 12, 10), se dará cumplimiento a toda justicia y sólo Yahvé será ensalzado (Is. 2, 17). «Junto al Corazón de Cristo, el corazón humano aprende a conocer el auténtico y único sentido de la vida y de su propio destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a permanecer alejado de ciertas perversiones del corazón, a unir el amor filial a Dios con el amor al prójimo. De este modo –y ésta es la verdadera reparación exigida por el Corazón del Salvador– sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia podrá edificarse la civilización del Corazón de Cristo» [18].


NOTAS 

[1] Pío XII, Haurietis aquas n.3
[2] Benedicto XVI, Carta al Prepósito General de la Compañía de Jesús, 15 de mayo de 2006
[3] Pío XII, Haurietis aquas, n.24.
[4] Benedicto XVI, Carta al Prepósito general de la Compañía de Jesús, 15 de mayo de 2006
[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n 481
[6] San Ireneo, Contra las herejías, III, 22, 12
[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n 468
[8] Francisco Canals V. «La devoción al Corazón de Jesús síntesis de la religión cristiana», Rev. Cristiandad, 1974, n.520.
[9] Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2 q. 81 art 6
[10] Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2 q. 81 art 5
[11] En este sentido parece muy interesante lo afirmado por Juan Pablo II en la encíclica Veritatis splendor: «María condivide nuestra condición humana pero con total trasparencia a la gracia de Dios. No habiendo conocido el pecado, está en condiciones de compadecerse de toda debilidad. Comprende al hombre pecador y lo ama con amor de Madre. Precisamente por esto se pone de parte de la verdad y condivide el peso de la Iglesia en el recordar constantemente a todos las exigencias morales. Por el mismo motivo, no acepta que el hombre pecador sea engañado por quien pretende amarlo justificando su pecado, pues sabe que, de este modo, se vaciaría de contenido el sacrificio de Cristo, su Hijo. Ninguna absolución, incluso la ofrecida por complacientes doctrinas filosóficas o teológicas, puede hacer verdaderamente feliz al hombre: sólo la Cruz y la gloria de Cristo resucitado pueden dar paz a su conciencia y salvación a su vida» (Juan Pablo II, Veritatis splendor, n.120).
[12] Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2 q. 81 art 7
[13] Francisco Canals V. «La consecratio mundi al Corazón de Jesús en el misterio de la economía divina», Rev. Cristiandad, 1978 n 572-573
[14] Pío XI, Miserentissimus Redemptor n.3
[15] Juan Pablo II, Carta al Prepósito General de la Compañía de Jesús, 5 de Octubre de 1986.
[16] Pío XI, Miserentissimus Redemptor n 10.
[17] Pío XII, Haurietis aquas n 36
[18] Juan Pablo II, Carta al Prepósito General de la Compañía de Jesús, 5 de octubre de 2006.

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