Nota: Editorial con ocasión, de la Exhort. Ap. Evangelii gaudium (noviembre 2013)


La exhortación apostólica Evangelii gaudium es notable por muchos aspectos: su serena alegría, su equilibrio, su eclesiología del pueblo de Dios, la iniciativa permanente del Espíritu de Dios que nos anticipa. Pero en este breve comentario quisiera concentrarme en la eclesiología del pueblo Dios que, a mi parecer, recupera muy hondamente la doctrina de Lumen gentium en nuestra época.

Después de haber destacado el principio de la primacía de la gracia, señala el Papa Francisco: “Esta salvación, que realiza Dios y anuncia gozosamente la Iglesia, es para todos, y Dios ha gestado un camino para unirse a cada uno de los seres humanos de todos los tiempos. Ha elegido convocarlos como pueblo y no como seres aislados. Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas. Dios nos atrae teniendo en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que supone la vida en una comunidad humana” (n.113).

Estamos acostumbrados a escuchar en ambientes pastoralistas del protagonismo de los agentes pastorales, como también de las “pastorales especializadas”. Se cae fácilmente después en la visión de la evangelización como la ejecución de una estrategia pastoral que debe tener indicadores de logro, medibles y cuantificables. Con ello, se pone inevitablemente en el centro el protagonismo de la acción humana gestionada desde el plan pastoral. Pero nos advierte el Papa: “Jesús no dice a los Apóstoles que formen un grupo exclusivo, un grupo de élite. Jesús dice: «Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos» (Mt 28,19). San Pablo afirma que en el Pueblo de Dios, en la Iglesia, «no hay ni judío ni griego [...] porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3,28).(ibíd.). Y agrega: “Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad”. (n.114) Y también: “Este Pueblo de Dios se encarna en los pueblos de la tierra, cada uno de los cuales tiene su cultura propia” (n.115), lo que recuerda las afirmaciones de Juan Pablo II en su memorable discurso ante la UNESCO.

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Así, no contrapone la acción del Espíritu a la dinámica sociológica natural de la transmisión de la cultura entre las generaciones, dándole a la evangelización un alcance verdaderamente universal. Reconoce que cada pueblo tiene su particular estilo de convivencia, desde el cual identifica cuáles son sus necesidades y prioridades. La riqueza y dignidad de las culturas son un indicio cierto de las huellas del Espíritu de Dios en el corazón humano, incluso cuando la persona está alejada de la Iglesia, busca a Dios sin encontrarlo todavía o no tiene conciencia de que lo ha anticipado y alcanzado.

El Papa no es ingenuo y ha llamado la atención precedentemente sobre el riesgo de caer en la “mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia; en buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal” (n.93). Pero este no es el núcleo de las culturas humanas, sino la deformación de la experiencia religiosa, que él compara con el fariseísmo.

Por ello, como buen latinoamericano, contrapone esta mundanidad espiritual con la religiosidad popular que brota de la encarnación de la fe cristiana en una cultura popular que tiene rostros y devociones concretas y genera vínculos de humanidad para una convivencia fraterna. A su vez, concibe la fraternidad como fundamento y camino para la paz, como tituló su mensaje para la tradicional jornada mundial del 1 de enero.

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Lo que personalmente encontré más notable de esta visión fue su afirmación de que cuando se ha inculturado el Evangelio, cuando se ha vuelto fermento de humanidad, la propia transmisión intergeneracional de la cultura es una forma de evangelización, aun en el caso que las personas que lo hacen no tengan conciencia de pertenecer a la Iglesia (n. 68). También los cristianos tienen que encontrar las huellas de la presencia de Dios en los vacíos, en los desiertos, en las miserias morales, en las “llagas de Cristo”, como las denomina contemplando al crucificado.

Esto lo lleva a plantear “el gusto espiritual de ser pueblo”. Señala, al respecto: “La Palabra de Dios también nos invita a reconocer que somos pueblo: «Vosotros, que en otro tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios» (1 Pe 2,10). Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús, pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo. Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos todo su amor que nos dignifica y nos sostiene, pero allí mismo, si no somos ciegos, empezamos a percibir que esa mirada de Jesús se amplía y se dirige llena de cariño y de ardor hacia todo su pueblo” (n. 268). Pero se trata siempre de rostros humanos concretos que tienen identidad, historia, simbolismos culturales compartidos en la familia, en el trabajo, en la ciudad, en los medios de comunicación.

Concluyo destacando que una de las novedades de esta exhortación apostólica es la plena recuperación del papel del pueblo de Dios en medio de los pueblos de la tierra y que la evangelización tiene por objeto abrazarlos fraternalmente a todos ellos, creciendo en medio de ellos, respetando sus culturas y su libertad, alentando su búsqueda de la verdad y reconociendo el don de la misericordia.

Nota: Editorial con ocasión de la encíclica Lumen Fidei (junio de 2013)


Lumen Fidei, la encíclica del Papa Francisco, no es una estrella fugaz, sino el pleno cumplimiento, el final diseño, de una genial constelación teológica que cubre el cielo de nuestro tiempo. La obra de Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, los tres últimos pontífices de la Iglesia Católica, vista desde un trasfondo en el que se divisan Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, hasta hoy.

El centro de esta figura es, sin duda, la persona de Cristo y su Gracia, que viene a los hombres a través de las virtudes llamadas teologales –Fe, Esperanza, Caridad– en el encuentro del hombre con Dios. Mediante estas virtudes la Palabra de Dios eleva el espíritu y el corazón del hombre.

Fe y razón, Esperanza que salva, Dios es Caridad, las encíclicas de los anteriores pontífices en cuyos títulos aparecen esas palabras, hablaron ya de esas tres virtudes. Benedicto XVI, en un gesto genial, clausuró su pontificado e inició el de Francisco en un tiempo al que proclamó el Año de la Fe. Lumen Fidei es su culminación.

Me parece ver aquí una teología viva, el discurso viviente que la fe toma en el cristianismo. El encuentro fundamental del hombre con Dios. Quizá lo primero y sorprendente sea la metáfora dominante en este texto: la luz. No es nada casual o retórico. La fundamental religiosidad del hombre, cabe recordar, se ha reconocido a sí misma tantas veces en la maravillosa figura de la luz del sol que ilumina la existencia humana con el poderoso ritmo del día y de la noche. No es casual, pues, la alusión en el párrafo 1 de la encíclica al Sol Invictus. Ella invita a mirar desde el fondo primario de la religiosidad del ser humano, en la que el propio paganismo pudiera reconocerse, profesada ya por egipcios, caldeos o indoeuropeos —por todos los pueblos, probablemente— e ilustrada por monumentos como las Pirámides, el Partenón o Machu-Picchu. Inclusive cabe recordar que también en la República de Platón, el Bien está representado por el sol y su influjo en el Universo. La fe cristiana, parece advertirnos la metáfora de la luz, tiene que ver con esta dimensión profunda y originaria de la realidad del Universo, con un subsuelo histórico de universal vigencia antropológica, por oscuro que sea todavía su contenido esencial.

La Fe estuvo presente, por supuesto, en la encíclica Fides et Ratio de Juan Pablo II, en los tiempos en los que el cardenal Ratzinger —Benedicto XVI— era prefecto de la Congregación de la Fe. En ese notable texto, sin embargo, predomina más bien la Ratio: Esa encíclica fue un llamado a la inteligencia humana a abrirse a la Palabra de Dios desde el fondo mismo de su constitución, por ende, desde la metafísica. Hoy Lumen Fidei, el texto de Francisco, recupera la visión original de Benedicto XVI, la exalta y difunde.

La mano de Francisco está explícita en el pasaje inicial de esta encíclica. Ahí encara la principal objeción contemporánea a lo que la fe pueda significar. La Fe sería anacrónica; un comportamiento de antiguas sociedades de las que el hombre adulto de hoy “ufano de su razón” estaría liberado. Por cierto, esa objeción destila el progresismo positivista que animara ya a la Ilustración en el siglo XVIII, cuyos ecos todavía resuenan. La encíclica, por así decir, está más al día y apunta más bien a Nietzsche, a la “autónoma inseguridad”, de la que habla en la carta a su hermana Isabel, que trae el párrafo 2 de la encíclica. En esa “autonomía” seguramente subyacen la voluntad de dominio y el nihilismo.

La Fe, responde Francisco, no es un salto al vacío, no es un sentimiento ciego, no es una luz subjetiva. Es una luz objetiva y común, que ilumina no instantes fugaces de la vida humana, sino la existencia humana en su totalidad. Es el don de Dios, la virtud sobrenatural que el Espíritu de Dios infunde en el hombre. Su palabra encarnada en la figura humana de Jesucristo con quien el hombre se encuentra real e históricamente.

Esa Palabra fue escuchada por Abraham, el más antiguo de los patriarcas de Israel, con quien se inician las religiones superiores desde el judaísmo al cristianismo y, más tarde, al Islam. Dios pide a Abraham que acoja su palabra, que le sea fiel. Y le hace la promesa de una vida nueva. En Cristo esa promesa se hace real, se cumple. Ser cristiano es el encuentro con Él. Toda vida humana, ciertamente, está marcada por encuentros que resultan decisivos, en uno u otro sentido; pertenecen a su destino. El encuentro con Dios es decisivo absolutamente: tiene lugar en la Fe y consagra la vida.

En el cristianismo estamos en presencia de lo que originariamente es un hecho histórico que perdura. Recogido en el testimonio de los que lo vivieron en primera aproximación, narrado en los libros de la Biblia y vivido a diario, como la luz del sol, por el cristiano. Así, una historia de milenios, que ha tenido y mantiene un sentido único profundo. Milenios de vida constituida y ordenada por una poderosa fuerza, por una verdad radical alojada en lo más íntimo de la conciencia singular de cada hombre que la vive. La fuerza que le hace ser humano. La vida del alma que nos hace ser Yo mismo y Tú mismo en una íntima comunión personal que, en última y fundamental instancia, es comunión con la persona de Cristo que nos reúne y en quien vivimos y somos. El mismo Dios hecho hombre, nacido de mujer, que asume la muerte para dar cumplimiento al designio del amor que es la vida en su plenitud. Si Cristo no ha resucitado, ese designio, nuestra Fe, sería vana, dijo San Pablo.

¿Por qué ha ocurrido todo esto? Sencillamente porque la gran creatura de Dios que es el hombre, en ejercicio de su libertad se rebela contra Él. Se niega al encuentro, no le reconoce. Alguien ha inducido al hombre a creer que él mismo es Dios, no quien le creara. En el Génesis está representado por la serpiente –encarnación del demonio– que lo sugiere a Eva, pero lo han repetido las grandes herejías, desde la de Arrio, en los primeros siglos de la era cristiana, hasta el materialismo novecentista de Feuerbach o Marx, si no del propio idealismo.

La consecuencia de esa demoníaca rebeldía, a la que el hombre pareciera estar naturalmente inclinado en una falsificación de su libertad, es el pecado. Y este, también naturalmente, acarreó al hombre su más lógica consecuencia, que es la muerte. Si el hombre no es creatura de Dios, si no hay en él ninguna plenitud posible, está naturalmente llamado a morir como cualquiera de los seres del mundo. Vana resulta, entonces, nuestra fe. Ya no es Fe. En su lugar habrá una idolatría cualquiera: el placer, el poder, el dinero, los más vulgares.

Inclusive podrán serlo el saber, la belleza, la armonía del universo, en tanto meros sustitutos en la ausencia de Dios.

El Dios que habla a Abraham es el Dios creador que, como dice San Pablo a los romanos, “llama a la existencia lo que no existe”. El Dios que habla a Moisés en el Sinaí le revela su nombre, pero el pueblo “no soporta el misterio del rostro oculto”. Prefiere adorar al ídolo “porque lo hemos hecho nosotros” un pretexto “para ponerse a sí mismo en el centro de la realidad” (LF.13)

Lumen Fidei destaca en la fe de Israel la figura del mediador. Lo fue Moisés. Lo será Juan el Bautista, lo fueron quienes estuvieron al pie de la Cruz, quienes llegaron al sepulcro vacío o estuvieron en la Última Cena; lo serán quienes recogen la buena nueva, los evangelistas. En fin, lo es la comunidad cristiana, la Iglesia. En la mediación hay una confianza en otro, hay una Fe que nos hace creer, que nos hace partícipes de su visión. Esta es, en el fondo, una manifestación del amor. Cristo es un mediador en quien vemos al Padre, a quién solo Él conocía.

La obra creadora de Dios, que el pecado quiebra, solo puede ser restaurada, salvada, por Dios mismo, por la misma fuerza creadora, ahora misericordiosa, de Dios que asume el trágico destino de la creatura a la que ha amado en sí misma: el hombre. Que asume inclusive su castigo, que es la muerte. La Fe abre nuevamente al hombre su vocación más alta. No lo abandona. La Fe lo reconocerá con misericordia. El amor todo lo puede.


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