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- Carlos Cousiño
El trabajo no puede juzgarse por el valor de sus productos, sino por el hecho de que su sujeto es una persona ontológicamente necesitada y no obstante llamada a la plenitud del bien.
La complejidad que presenta la actual sociedad funcional tiende a ocultar las dimensiones de carácter humano y social de la economía. Al parecer, sólo la economía es sensible a las consideraciones económicas y ningún otro lenguaje es capaz de “conmoverla”. De esto se infiere que aun cuando a menudo se interroga a la economía sobre aspectos vinculados con la justicia de las decisiones económicas, como, por ejemplo, el hecho de que ciertos sectores sociales paguen cruelmente el precio de una reforma económica o el hecho de que la actual falta de ahorro constituya una hipoteca en relación con el destino de las generaciones futuras, estas interrogantes se consideran expresiones de buenos deseos, ajenos al ámbito económico, y por lo tanto no pueden dar mayor profundidad a la naturaleza de la actividad económica y su relación con las características fundamentales de la condición humana. Asimismo, estas críticas hechas al ordenamiento económico en nombre de la justicia suelen presentar el problema de plantear relaciones entre fenómenos de dimensiones y grados de complejidad sumamente heterogéneos, de tal manera que existe el riesgo de suscitar respuestas que sólo consideren algunos de los niveles en cuestión.
Para plantear la relación entre la economía, los derechos humanos y el cristianismo, es preciso enfocar el rostro social de la economía y los presupuestos antropológicos en los cuales se basa. Esto permitirá poner en evidencia el núcleo esencial de la experiencia cultural en la cual dicha relación adquiere un carácter realmente visible. Como señaló el Santo Padre en la encíclica Centesimus annu, “no es posible comprender al hombre partiendo unilateralmente del sector de la economía ni es posible definirlo puramente basándose en el hecho de que forma parte de una clase. El hombre se comprende en forma más concluyente al situarse en el marco de la esfera cultural, considerando el lenguaje, la historia y las posiciones que adopta ante los hechos fundamentales de la existencia, como son el nacer, el amar, el trabajar y el morir [1]. De estos cuatro “acontecimientos fundamentales de la existencia”, la economía normalmente desconoce o censura tres -nace, amar y morir- y concibe el principio de intercambio y reciprocidad entre las personas a partir de la existencia de los sujetos activos en el trabajo. Basándose en el mismo presupuesto, también la tradición sociológica ha definido la reciprocidad social con la fórmula dar-recibir-volver a dar [2]. Con todo, si evitamos esta reducción y consideramos el hecho de que todo hombre nace, muere e incluso ama, sería posible considerar que la reciprocidad efectivamente establecida se articula más bien en un círculo definido por los términos recibir-dar-recibir.
Ciertamente, la vida económicamente “activa” de la persona coincide con el trabajo. Sin embargo, esto no significa que con anterioridad a ese momento no exista vida económica. El hombre se inserta pasivamente en la economía desde el momento mismo de su gestación. Esa pasividad se caracteriza por su capacidad de recibir. El ser humano recibe la vida de otros y no de sí mismo, y junto con ella las condiciones materiales para su desarrollo. También recibe la cultura, es decir, la lengua, los criterios de verdad y juicio, las categoría para percibir lo real y asimilar la tradición histórica, la capacidad para reconocer las aptitudes y las oportunidades en sí mismo y en relación con los demás, la protección y el amor que le permiten desarrollar su autoestima e identidad de sujeto. Algunos de estos bienes no se expresan cuantitativamente y aparentemente carecen de valor económico, pero no es así. Si un individuo no los recibe durante la infancia en el ámbito familiar, debería recibirlos, a cambio de un pago, en la escuela o las complejas instancias de la educación institucionalizada. Es similar la condición en que se encuentra el hombre al final de su vida, sin fuerzas para trabajar, con la fragilidad de la vejez, con destrezas profesionales aprendidas en el pasado y superadas por el progreso tecnológico, expuesto en mayor medida a enfermedades crónicas y a la incapacidad. La vida real del hombre se ubica en un ciclo económico en el cual comienza y termina recibiendo. Esta pasividad económica no carece de valor y ciertamente tiene enorme importancia en la problemática de las economías actuales y en la crisis del llamado “estados del bienestar”.
Aporte cristiano
Sin embargo, la sociedad siempre ha tenido dificultades para admitir este hecho tan evidente desde el punto de vista antropológico. El mundo antiguo ubicó la economía preferentemente en el ámbito privado, donde se satisfacen las necesidades. En este marco no se manifestaba la libertad humana, ya que sólo podía ser patrimonio de hombres sin necesidades. Así, la economía era la actividad de los esclavos. La polis, en cambio, era el espacio de los hombre libres, en el cual no podían participar los individuos determinados por la necesidad. Análogamente, el ciclo de reciprocidad de las sociedades primitivas estaba determinado por la lógica de la posición y el “señorío”. Todo lo dado generaba una obligación de restitución, vinculada al deseo de romper la dependencia generada por el hecho de haber recibido algo. Lo recibido permanecía sujeto a una especie de hipoteca a favor del donante, que debía resolverse cuanto antes para recuperar la libertad. Podemos decir entonces que las economías primitivas constituían el ciclo de la reciprocidad danto prioridad al dar, con un círculo definido por la secuencia dar-recibir-volver a dar.
La superación de estas dos formas de definición social de la reciprocidad fue claramente un aporte histórico de la cultura cristiana, que rescató al mismo tiempo lo mejor de ambas. Por una parte, contribuye decididamente a la superación de la economía esclavista, no sólo mediante la introducción en la historia del criterio y la experiencia de la libertad de todos los hombres, sino también quebrando el vínculo entre la esclavitud y el trabajo, convirtiéndose este último en una actividad personal y social, interpretada en el horizonte de la humanización y el desarrollo de la libertad interior y no en el contexto de la reproducción material de la vida. Por otra parte, el cristianismo rompe el momento de la dependencia del círculo de la reciprocidad introduciendo la práctica de la caridad, el precepto del amor al prójimo como a uno mismo y la obligación de la limosna para el pobre. En el cristianismo, recibir no es un acto que crea un vínculo de dependencia entre quien recibe y el donante, ya que el don es siempre en primera instancia divino y hunde sus raíces en el amor, que busca una relación libre y personalizada. Por el contrario, quien puede dar es aquel que se ve en conciencia obligado a hacerlo si quiere ser “a imagen y semejanza” de Aquel que amó primeramente y del cual deriva todo bien.
Por consiguiente, podemos afirmar que la economía que estructura la cultura cristiana es humana, ya que considera la condición de criatura del hombre y como tal es una economía de la indigencia. La fragilidad ontológica del hombre que pasa de la nada a la existencia, no por obra de sí mismo sino de su Creador, constituye el dato esencial para la organización de la reciprocidad social. Esto no contradice el principio operativo fundamental que organiza la economía, el principio de la escasez de los bienes, pero le otorga una dimensión distinta, de la cual se desprenden datos importantes para el enfoque del trabajo y la actividad económica. El valor atribuido a la escasez de un bien está precedido por la hipótesis de la existencia de otros bienes más importantes, que pueden considerarse “materias primas” para la elaboración del bien que falta, y en definitiva este valor no es fruto de una actividad humana que pueda medirse con el mismo principio de la escasez, sino de la gratuidad originaria del Creador, que da la vida a los hombres y somete la creación a su administración y cuidado. La indigencia original del hombre otorga a su trabajo el carácter de actividad necesaria para su sustento, es decir, para vencer la escasez, pero además le produce la sensación de particular existencialmente, mediante ese trabajo, en un círculo de reciprocidad que se abre y se cierra en el recibir. El trabajo, como nos ha enseñado el Santo Padre en la encíclica Laborem excercens, no puede juzgarse únicamente por el valor de sus productos, sino también y más que nada por el hecho de que el sujeto del mismo es una persona, ontológicamente indigente y no obstante llamada a la plenitud de la libertad y el amor. La producción o el aporte no es jamás el primer acto: éste viene inscrito en el círculo más amplio que surge del obrar de Dios y constituye al hombre como un ser que recibe y se pone a disposición de la obra en actitud de agradecimiento y alabanza.
El error fundamental de la percepción habitual de la economía moderna es el hecho de creer que se encuentra ante una economía de la autonomía humana, lo cual no es un dato económico sino un presupuesto ideológico desmentido por los hechos más elementales de la realidad. De este modo se procura ocultar el carácter indigente del hombre construyendo una ideología de acuerdo con la cual las necesidades humanas pueden superarse mediante el genio tecnológico y la ilimitada creatividad del trabajo del hombre. En este sentido, esta ideología relega nuevamente el trabajo al ámbito de la superación de las necesidades, como ocurre en las sociedades tradicionales, reintroduciendo la fórmula arcaica de la reciprocidad y ubicando el momento del “dar” en el origen del intercambio, aun cuando en la actualidad éste opera con la protección jurídica del contrato. Por este motivo, no es extraña la aparición de nuevas formas de esclavitud, especialmente entre quienes por diversas circunstancias sólo pueden realizar trabajos manuales y no tienen acceso al uso de las tecnologías que permiten aumentar la productividad del trabajo. Los trabajadores manuales están condenados, en el mejor de los casos, a reproducir sus precarias condiciones de supervivencia. Por el contrario, quien dispone de la más alta tecnología podrá desarrollar una productividad que lo libere de la supervivencia como problema cotidiano.
Dependencia originaria
Sin embargo, esta ideología económica de la autonomía del hombre ante sus necesidades es ajena a la experiencia económica propiamente tal del ser humano. Presupone que el hombre nace económicamente activo y ahorra lo necesario para su jubilación; pero todos sabemos que nadie puede trabajar ni ahorrar para nacer. Se oculta de este modo el vínculo evidente de gratuidad y solidaridad entre las generaciones, que hace posible sostener la pasividad originaria de toda persona. Esta crítica es lo que permite afirmar el principio de la autonomía. Sin embargo, basta poner en evidencia la dependencia originaria para comprender que la autonomía debe entenderse a partir de un círculo de reciprocidad más amplio, basado en la solidaridad proveniente de la conciencia de una existencia recibida gratuitamente, que se proyecta en las generaciones futuras también como amor y gratuidad. Desde el punto de vista empírico, lo único cierto es el hecho de que el hombre nace indigente y no vive los últimos años de gracias al ahorro acumulado, sino gracias al trabajo solidario de las otras generaciones.
Así, la economía, los derechos humanos y el cristianismo se articulan a partir de una comprensión realista de la indigencia humana. Ésta da sentido a una visión del trabajo no puramente como un factor instrumental y determinado por la satisfacción privada de las propias necesidades, sino como expresión de la búsqueda y realización de la libertad personal en el contexto de una obra común solidaria, situada en un círculo de reciprocidad activado por el recibir, que reconoce la capacidad de iniciativa y la gratuidad del amor. Por este motivo, cuando la Iglesia interroga a la economía moderna, destacando situaciones injustas de personas o grupos socialmente no favorecidos o excluidos, no lo hace a partir de un “moralismo de los principios”, que reprocha a los hombres o a las sociedades la incoherencia con ideales genéricos y abstractos, sino a partir del núcleo más elemental de la experiencia humana, verificable por todos en la propia vida y en la vida de la familia y la sociedad.
El llamado a la solidaridad se interpreta normalmente con criterios moralistas porque, partiendo de las ideologías citadas, se considera un llamado a mejorar las relaciones de trabajo entre los sujetos económicamente “activos”, los cuales suelen estructurar sus relaciones económicas en términos de “competencia”. Con la ilusión de la autonomía, comúnmente se afirma que la responsabilidad vinculada con la propia situación económica y la satisfacción de las propias necesidades le corresponde únicamente a cada sujeto. El carácter restrictivo de semejante visión desaparece, en cambio, si se considera el hecho de que la Iglesia nos llama a reconocer la indigencia originaria de cada hombre como dato antropológico esencial para dar fundamento tanto al derecho de recibir como al la obligación de dar. De este modo, la economía e ubica en el lugar que le corresponde en el conjunto de la totalidad de factores que dan forma a la existencia humana.
NOTAS
[1] Centesimus annus 24.
[2] Ver M. MAUSS, Ensayo sobre el Don. Forma y razón del intercambio en las sociedades arcaics, en Sociología y Antropología, Madrid, Tecnos, 1971.
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- Gonzalo Larios Mengotti
Federico Ozanam (1813-1853) forma parte de una destacada juventud intelectual, católica, romántica y de profunda actividad social y política. Su vida está marcada por la fe, que recibe del testimonio vital de sus padres, y que despliega, primero, como estudiante universitario en la fundación de la trascendente Sociedad de San Vicente de Paul y, más tarde, como catedrático de literatura en La Sorbonne, a través de sus escritos históricos y literarios, siempre destinados a mostrar la obra civilizadora del cristianismo.
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- M. Loreto Tagle Pereira
A través de su conversación con Humanitas, la creadora y directora de EWTN cuenta cómo guiada de la mano de Dios desde el inicio de sus actividades comunicativas y casi sin proyecto previo, hoy alcanza con su cadena a 80 millones de televidentes en todo el mundo. Su objetivo de hacer llegar la “buena nueva” a todos los rincones del planeta no altera la vida de religiosa contemplativa de quien ha sido llamada por Juan Pablo II “apóstol de las comunicaciones”.
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- Giuseppe Ferrari
El presente es el primero de una serie de artículos que tratarán el creciente y preocupante fenómeno de las prácticas relacionadas con el culto de las sectas satánicas, bajo diversos aspectos: fenomenológico, antropológico, psicológico, jurídico, doctrinal y pastoral. Los artículos han sido preparados con la colaboración del “Grupo de Investigación e Información sobre las Sectas” de Bolonia (Italia), mientras que la reflexión doctrinal es de monseñor Angelo Scola, por encargo de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
En la sociedad actual está asumiendo una inesperada dimensión la adhesión a sectas satánicas, la participación en los ritos introducidos por éstas, la invocación de seres demoníacos, el culto personal y solitario del demonio, y la afirmación de ideas provenientes del ambiente satanista.
Antes de ilustrar en grandes líneas el complejo fenómeno del satanismo contemporáneo, es oportuno intentar una definición del mismo. Esto se puede hacer de modo, por decirlo así, general, como también en particular, es decir, con específica y exclusiva referencia a aspectos singulares: teológicos, antropológicos, psicológicos, jurídicos y sociológicos. Si centramos la atención en una definición de tipo general, podemos afirmar que hablamos de satanismo cuando nos referimos a personas, grupos o movimientos que, de forma aislada o más o menos estructurada y organizada, practican algún tipo de culto (por ejemplo: adoración, veneración, evocación) del ser que en la Biblia se indica con los nombres de demonio, diablo o Satanás. En general, tal entidad es considerada por los satanistas como ser o fuerza metafísica; o como misterioso elemento innato en el ser humano; o energía natural desconocida, que se evoca bajo diversos nombres propios (por ejemplo: Lucifer) a través de particulares prácticas rituales.
Las sectas satánicas
Los grupos y los movimientos satánicos son, sin duda, muy diversos. Algunos están relacionados entre sí, otros no; ciertos grupos son desconocidos hasta para las mismas personas que frecuentan el ambiente satanista. Hay sectas cuya existencias es efímera o casi virtual; otras con el tiempo dejan de actuar o en algún caso continúan en forma oculta; algunas actúan públicamente, otras de modo secreto. Por otra parte, casi todas sufren cismas con mucha frecuencia, es decir, que un grupo se divide en uno o más troncos, los cuales a su vez se separan en otras ramas y así sucesivamente.
En Estados Unidos se encuentra, sin duda, la mayor concentración de grupos satánicos que podríamos definir como conocidos, es decir, que actúan más o menos abiertamente; y es también en ese país donde podemos encontrar las mayores referencias bibliográficas sobre el satanismo contemporáneo. Entre los grupos conocidos que han surgido en Estados Unidos y están todavía en actividad encontramos: Chrch of Satan, Temple of Set, Order of the Black Ram, Werewolf Order, Worldwide Chruch of Satanic Liberation, Church of War. Entre aquellos que después de algunos años parece que han dejado de actuar encontramos: Church of Satanic Brotherhood, Brotherhood of the Ram, Our Lady of Endor Coven, The Satanic Orthodox Church of Nethilum Rite, The Satanic Church; existen además, organizaciones sobre las cuales es difícil establecer si ha cesado o no su actividad, como, por ejemplo, la denominada Ordo Templi Santanis, cuyos escritos tienen cierta difusión a través de Internet.
Otro grupo satanista que ha tenido cierta notoriedad, también después de la observación que como participante ha hecho el sociólogo americano William Sims Baindridge, es The Process Church of the Final Judgement, surgido en 1965 en Inglaterra y difundido en algunos países, sobre todo en Estados Unidos antes de su escisión en dos grupo diversos; actualmente The Process se ha extinguido. En Inglaterra se ha detectado también la presencia de otras dos organizaciones satánicas conocidas: Order of the Nine Angles y Dark Lily; mientras en Nueva Zelanda actúa el grupo Ordo Sinistra Vivendi, anteriormente denominado Order of the Left Hand Path. En Italia, entre las sectas satánicas de las que se sabe algo, porque de un modo u otro han llegado a la notoriedad de la crónica, podemos citar: Bambini di Satana, Chiesa di Satana di Filippo Scerba, Chiesa Luciferiana di Efrem Del Gatto, Impero Satanico della Luce degli Inferi o Seguaci del Maestro Loitan.
Existen también grupos que no se presentan como satánicos y que, por ejemplo, afirman que practican ritos paganos para entrar en armonía con las fuerzas ocultas de la naturaleza, pero en realidad ponen de manifiesto aspectos que permiten su ubicación dentro del multiforme mundo del satanismo.
Los ritos, los símbolos y las prácticas satánicas
Los ritos introducidos por cada secta se basan, muchas veces, en modificaciones aportadas a ritos preexistentes. De todos modos, en líneas generales se puede decir que los ritos satánicos sirven a los fines del celebrante y son un conjunto de gestos y de palabras orientados a provocar un cambio de las situaciones o acontecimientos que se considera que no se pueden obtener a través de medios o instrumentos comunes. Cuando por medio de tales ritos se pretende mandar una maldición o realizar algún hechizo, por ejemplo, con respecto a una persona concreta, se piensa que el mejor momento será por la noche, en un particular período de tiempo en el cual la persona está dormida (por ejemplo, dos horas antes de despertar); éste es uno de los motivos por los cuales los ritos satánicos comienzan, en general, en las horas nocturnas; mientras que la elección de lugares precisos para realizarlos, dentro o fuera de la ciudad, probablemente dependen de la posibilidad de organizar todo con cierta reserva y, en algunos casos, de la presencia en dicho lugar de cementerios o de iglesias desconsagradas. No se puede excluir que durante los ritos satánicos algunos grupos lleguen a perpetrar actos de escarnio o profanación de cadáveres, violencias físicas incluso sobre menores y hasta homicidios rituales.
La agrupación en la cual se inspiran algunas sectas satánicas más recientes es la Church of Satan, fundada en Estados Unidos en 1966 por Anton Szandor Le Vey. El símbolo de esta secta es el llamado sello de Baphomet, o sea, la cabeza de un chivo dentro de un pentáculo invertido (estrella de cinco puntas boca abajo), inscrito en un círculo, con cinco letras hebreas en el extremo de cada punta y todo esto, a su vez, encerrado en otro círculo. La Vey es autor de tres libros, que constituyen un punto de referencia para el mundo satánico contemporáneo: The Satanic Bible, Complete Witch, The Satanic Rituals. En este último se encuentran diversos ritos oficiados en latín, inglés, francés y alemán.
El rito principal de todo grupo satanista, es decir, la misa negra, ha sido descrito por la Vey tanto e The Satanic Bible como en The Satanic Rituals. Los diversos grupos satánicos introducen modificaciones respecto al rito aplicado por La Vey, quien lo ha establecido siguiendo el modelo de las más antiguas misas negras europeas, y que se inspira, entre otros, en los escritos del poeta francés Charles Baudelaire (1821-1867) y del escritor Charles Georges Huysmans (1848-1907).
El rito es oficiado por un celebrante, un diácono y un subdiácono; como instrumentos se usan algunos cirios, un pentáculo invertido, un cáliz lleno de vino o de licor, una campanilla, una espada, un aspersorio o falo, y un crucifijo invertido; también se usa una Hostia auténticamente consagrada. El altar de la misa negra es una mujer desnuda y los participantes llevan vestidos negros con capucha. El rito imita, más o menos, el de la misa católica con las oraciones recitadas en latín, inglés y francés. Naturalmente, en lugar de invocar el nombre de Dios se invoca el de Satanás; se invocan nombres de diversos demonios; se recita el “Padre Nuestro” en sentido contrario y negativo (padre nuestro que está en el infierno); se lanzan invectivas contra Jesucristo, y la Hostia es profanada de varias maneras (utilizándola en prácticas sexuales, pisoteándola repetidamente con odio).
Las creencias satánicas
Las creencias satánicas pueden variar de uno a otro grupo. Por ejemplo, hay quien ve en Satanás un ser más o menos simbólico, expresión, al mismo tiempo, de la transgresión y del racionalismo; y en los ritos, una especie de psicodrama brutal que tiene por finalidad liberar al fiel de los condicionamientos religiosos, morales y culturales que provienen de su ambiente. Algunos satanistas que se reconocen en esta descripción afirman que el Satanismo es una religión de la carne. Para el satanista la felicidad se debe encontrar aquí y ahora. No existe el cielo para ir después de la muerte y tampoco el infierno de fuego como castigo para el pecador. En cambio, hay quien ve en Satanás un ser real, príncipe de las tinieblas, al cual es posible dirigirse mediante rituales mágicos para obtener favores de diverso género. Y también quien ve en Satanás, particularmente en Lucifer, una figura positiva que se opone a la acción de Dios de la tradición judeo-cristiana, considerada negativa.
En general, es difícil dar una definición unívoca de las creencias a las que se refiere una determinada secta satánica. Por ejemplo, el satanismo introducido por La Vey, en algunos aspectos ve el mal como fuerza vital e impersonal, objeto de un culto -a través de rituales precisos- por medio del cual se pueden dominar las facultades destructivas propias de tal fuerza; por otro lado, resulta claro que La Vey, en algunos ritos -aunque en clave metafórica- se dirige al demonio como un ser personal, creando, por lo tanto, la ambigüedad de fondo, que es típica del ambiente satanista. Se puede notar una ulterior contradicción en quien practica los absurdos rituales de la Church of Satan, en los cuales hay una precisa y virulenta contraposición al Evangelio, a la Iglesia y a su liturgia: si una persona no cree ni en Satanás, ni en Dios, ni en la Iglesia, ni en el Sacrificio eucarístico, no se ve por qué se deba empeñar tan fanáticamente en las misas negras.
La aproximación al ambiente del satanismo
Algunos de los caminos por los cuales es más fácil entrar en contacto con un grupo satanista son: la frecuentación de ambientes esotéricos, mágicos y ocultistas hasta llegar a habituarse a las ideas y prácticas de los mismos, y al deseo de ir más allá para experimentar nuevas vías de conocimiento; la participación en reuniones espiritistas para la evocación de seres particulares, en las cuales no es difícil que se llegue a la invocación de espíritus demoníacos y donde se puede encontrar a quien participa también en ritos satánicos; el recurso a los magos para afrontar problemas de diverso género que, como muchas veces se prolongan en el tiempo, se trata de solucionar hasta con el recurso a la llamada magia negra, la cual casi inevitablemente introduce en el mundo de los ritos satánicos llevados a cabo por individuos o grupos más o menos organizados; la atracción idolátrica que se manifiesta con respecto a ciertos cantantes y grupos de música rock, a los cuales se permite -mediante el mensaje de sus canciones- blasfemar e invitar al suicidio, al homicidio, a la violencia, a la perversión sexual, al uso de droga, a la necrofilia y a la implicación en el satanismo.
Los motivos que llevan a la práctica de ritos satánicos son muy diversos y entre éstos podemos encontrar: la convicción de obtener ventajas materiales de diverso tipo, incluso con perjuicio para otras personas; la voluntad de “contestar” a la sociedad de modo excéntrico y transgresivo; una morbosa atracción hacia lo que es pavoroso y horrendo, tal vez dictada por el deseo inconsciente de exorcizar los propios miedos; la respuesta violenta a traumas, a veces sufridos en la infancia; la adquisición de poderes particulares que se cree que pueden obtenerse por medio de conocimientos ocultos y por la participación en determinados ritos; la satisfacción de desviaciones sexuales a través de experiencias inusuales, que tienen como base algo de oscuro y ritual.
Diversos problemas de la sociedad contemporánea contribuyen ciertamente, a hacer que el terreno para la siembra satánica sea más fértil, y entre éstos encontramos: la soledad del individuo dentro de la masa impersonal y amorfa; el impacto con ambientes que denigran al cristianismo o que en su propia visión tratan de diluirlo; la disgregación de la familia a causa del debilitamiento o de la pérdida de la fe en Dios, único que puede darle amor, armonía y unidad.
Hay actitudes que, por así decirlo, “hacen el juego” al satanismo, porque más o menos conscientemente dan impulso a la difusión del mismo en la sociedad actual. La primera actitud es la de subestimar este fenómeno, considerándolo un hecho marginal, sin ninguna importancia o relevancia; una especie de juego de sociedad o de rol, cuya posible perversidad puede, de todos modos, ser socialmente tolerada.
Otra actitud, que podemos considerar como opuesta a la primera, es la sobrevaloración del fenómeno, que se considera excesivamente difundido, viendo en los grupos satánicos organizaciones que siempre y en todas partes se dedican a actividades criminales (aunque no se tenga fundados elementos para hablar de crímenes cometidos por tales grupos) capaces de incidir en la sociedad de modo fuertemente peligroso y desestabilizador, con las posibles consecuencias de crear reacciones de fobia satanista o de caza al satanista.
Una tercera actitud es la que se puede definir como fobia antisatanista, derivada de la difusión -casi como posición tomada- de una crítica excesiva y sistemática, algunas veces también infundada, a las organizaciones que se oponen al satanismo; se las ve como instituciones particularmente influyentes y en condiciones de inducir a conductas socialmente dañinas, aunque -o cuando- las mismas se colocan correctamente desde el punto de vista científico, cultural o religioso frente a ese fenómeno.
Consideraciones finales
Entre las diversas preguntas que muchos se hacen en relación con el problema del satanismo, está la que tiene por objeto la posibilidad de ver en él una acción explícita del maligno, por ejemplo, mediante la posesión diabólica de quien participa en ritos satánicos. Considero que tal acción explícita del maligno no consiste tanto en la manifestación de fenómenos preternaturales, cuanto en una exasperada aversión hacia Dios, Jesucristo, la Virgen María, la Iglesia y todas las cosas santas. Los posibles casos de posesión diabólica que se pueden encontrar entre quienes participan deliberadamente en actividades satánicas, se pueden considerar casos de tipo -por así decir- activo y no pasivo, que derivan del hecho de que son las mismas personas las que voluntariamente se ofrecen al demonio. De todos modos, el principal problema social, ético y cultural de la aceptación de las ideas y prácticas satanistas consiste en que con ello se llega a aproar una completa inversión de los valores: lo que objetivamente es equivocado, malo y moralmente desordenado, se asume como modelo justo y liberador para proponerlo a los demás; además, la asunción, típica del ambiente satánico, del lema crowleyano: Hacer lo que quieras será toda la ley, lleva inevitablemente al hombre a considerar que en realidad la propias libertad no termina donde comienza la de los demás. Para concluir, después, con la constatación de que el hombre que diviniza la materia, que se considera dios y así se sitúa en el lugar del Creador, inevitablemente va al encuentro de la amarga e inevitable realidad de la propia finitud y de la impotencia humana, sufriendo contragolpes que pueden arrastrarlo a serias consecuencias psicofísicas con caídas de tipo depresivo.
El satanismo muestra, sin duda, una fuerte carga emocional y de evasión hacia lo irracional, que en algunos aspectos es encubierta por una paradójica apariencia pseudorracional que se busca como justificación. El mal profundo que proviene de todo esto asume aspectos y motivaciones personales y oscuras; se concreta en los pecados personales y tiene como común denominador de los diversos ritos, símbolos, prácticas y creencias, la negación de la recta razón y una herida profunda a la integridad de la persona humana, cosa que se manifiesta en las aberraciones sexuales, en la sed de poder, en la búsqueda desmedida de dinero o de éxito, en un narcisismo exasperado; todos esos elementos alejan del amor a Dios y al prójimo, y de la búsqueda del verdadero bien personal y común.
En este mundo, en donde se tiene la impresión de que el mal -como quiera que se entienda- vence al bien, creo que es cada vez más urgente dirigir a todos la exhortación del Santo Padre: No tengáis miedo. Esta tranquilidad sólo puede surgir de la convicción de que la liberación del mal y la salvación pasan a través de la obra redentora de Jesucristo, único Salvador del hombre.
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- Jaime Antúnez A.
El parlamentario y catedrático español en visita a la Universidad Católica, planteó a Humanitas sus objeciones a la distinción que algunos pretenden hacer entre moral privada y moral pública. Pues el simple hecho de distinguir o de trazar una frontera respecto de lo que serían exigencias morales que se quieren relegar a lo privado y exigencias jurídicas que están vigentes en lo público, es ya una operación moral que exige un concepto del hombre y de la sociedad.



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