La solución no supone así una regresión en el terreno de los adelantos científicos y técnicos. Pues si bien es efectivo que el avance material de la civilización moderna ha sido impregnado por un creciente reduccionismo en el plano moral y religioso hay que recordar siempre que los cimientos del progreso científico moderno y contemporáneo tienen su punto de apoyo en culturas relacionadas con el ámbito de la trascendencia, particularmente en la síntesis desarrollada por la civilización cristiana europea. Por ello mismo no sería tan sólo deseable sino que también razonable, en el marco de lo expuesto, postular hoy la recuperación de la unidad espiritual de la cultura.

No habrá una reforma de la educación mientras los particulares no comprendan que la educación es, en primer término, problema de ellos en cuanto a su condición de padres. No deben delegar sus responsabilidades a los docentes ni al Estado. 

La muerte de la universidad en nuestro siglo, de la cual dan testimonio todos los países industrialmente avanzados, es por una parte el rechazo del modelo cristiano-medieval, y por otra del modelo laico-religioso o humboldtiano del siglo pasado. 

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El desafío de ofrecer una educación integral a lo largo del territorio compromete a diferentes actores sociales, estatales y también religiosos: la formación no requiere solo de infraestructura, logística y recursos, es necesario relevar la dimensión valórica y su rol en la cohesión social.
A principios de enero, muchas personas y familias abrieron las puertas de sus casas —a veces, por primera vez en años— para compartir y conversar con 1.450 jóvenes universitarios desplegados desde la región de Coquimbo hasta la región de Aysén. La Pastoral de la Pontificia Universidad Católica de Chile organizó estas misiones y trabajos con una sola motivación: compartir la esperanza de Cristo resucitado, generar vínculos, y apoyar en demandas concretas en territorios con escasos recursos y presencia pastoral.
En esta nueva columna, Nello Gargiulo reflexiona sobre la necesidad de abordar la problemática migratoria involucrando a todos los actores sociales y estatales que pueden aportar en la materia, ya sea por su trabajo directo con la realidad de los extranjeros avecindados en Chile, o por el rol formativo, fiscalizador o financiero que realizan en miras al desarrollo del país. El ejemplo de lo realizado por monseñor Scalabrini hace un par de siglos, puede iluminar las decisiones de hoy.
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