Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuando con nuestra catequesis sobre el tema del celo apostólico y la pasión por el anuncio del Evangelio, nos ocupamos hoy de santa CatalinaTekakwitha, la primera mujer nativa de norteamericana canonizada. Nacida hacia el año 1656 en un pueblo del norte del estado de Nueva York, era hija de un jefe mohawk no bautizado y de una madre algonquina cristiana, que enseñó a Catalina a rezar y a cantar himnos a Dios. A muchos de nosotros también nos presentaron al Señor por primera vez en entornos familiares, especialmente nuestras madres y abuelas. Así comienza la evangelización y, de hecho, no debemos olvidar que la fe siempre es transmitida en este dialecto por las madres, por las abuelas. La fe debe transmitirse en dialecto, y nosotros la recibimos en dialecto de madres y abuelas.La evangelización suele comenzar así: con pequeños y sencillos gestos, como que los padres ayuden a sus hijos a aprender a hablar con Dios en la oración y les hablen de su amor grande y misericordioso. Y los cimientos de la fe para Catalina, y a menudo también para nosotros, se pusieron así. La recibió de su madre en dialecto, el dialecto de la fe.

Cuando Catalina tenía cuatro años, una grave epidemia de viruela azotó a su pueblo. Murieron sus padres y su hermano pequeño, y Catalina quedó con cicatrices en la cara y problemas de visión. A partir de entonces, Catalina tuvo que enfrentarse a muchas dificultades: las físicas por los efectos de la viruela, ciertamente, pero también las incomprensiones, persecuciones e incluso amenazas de muerte que sufrió tras su Bautismo el Domingo de Pascua de 1676. Todo esto hizo que Catalina sintiera un gran amor por la Cruz, signo definitivo del amor de Cristo, que se entregó hasta el final por nosotros. En efecto, dar testimonio del Evangelio no consiste sólo en lo que es agradable; también hay que saber llevar las cruces de cada día con paciencia, confianza y esperanza. Paciencia ante las dificultades, ante las cruces: la paciencia es una gran virtud cristiana. Quien no tiene paciencia no es un buen cristiano. Paciencia para tolerar: tolerar a los demás, que a veces molestan o causan dificultades. La vida de Catalina Tekakwitha nos muestra que todo desafío puede superarse si abrimos nuestro corazón a Jesús, que nos concede la gracia que necesitamos. Paciencia y un corazón abierto a Jesús: ésta es la receta para vivir bien.

Tras ser bautizada, Catalina se vio obligada a refugiarse entre los mohawks en la misión jesuita cercana a la ciudad de Montreal. Allí asistía a Misa todas las mañanas, dedicaba tiempo a la adoración ante el Santísimo Sacramento, rezaba el Rosario y llevaba una vida de penitencia. Estas prácticas espirituales impresionaban a todos en la Misión; reconocían en Catalina una santidad que atraía porque brotaba de su profundo amor a Dios. Esto es propio de la santidad: atraer. Dios nos llama a través de la atracción; nos llama con este deseo de estar cerca de nosotros y uno siente esta atracción divina. Al mismo tiempo, enseñó a rezar a los niños de la Misión; y a través del cumplimiento constante de sus responsabilidades, incluido el cuidado de enfermos y ancianos, ofreció un ejemplo de servicio humilde y amoroso a Dios y al prójimo. La fe es siempre servicio expresado. La fe no es maquillarse, maquillar el alma; no, es servir.

Aunque la animaron a casarse, Catalina prefirió dedicar su vida a Cristo. Incapaz de entrar en la vida consagrada, hizo voto de virginidad perpetua el 25 de marzo de 1679. Esta elección suya revela otro aspecto del celo apostólico que tenía: la entrega total al Señor. Por supuesto, no todos están llamados a hacer el mismo voto que Catalina, pero todo cristiano está llamado a entregarse cada día con un corazón indiviso a la vocación y a la misión que Dios le ha confiado, sirviendo a Dios y al prójimo con espíritu de caridad.

Queridos hermanos y hermanas, la vida de Catalina es una prueba más de que el celo apostólico implica tanto la unión con Jesús, alimentada por la oración y los sacramentos, como el deseo de difundir la belleza del mensaje cristiano mediante la fidelidad a la propia vocación. Las últimas palabras de Catalina son muy hermosas. Antes de morir, dijo: "Jesús, te amo".

Que también nosotros, como santa Catalina Tekakwitha, saquemos fuerzas del Señor y aprendamos a hacer las cosas ordinarias de modo extraordinario, creciendo cada día en la fe, la caridad y el testimonio celoso de Cristo.

No lo olvidemos: Cada uno de nosotros está llamado a la santidad, a la santidad cotidiana, a la santidad de la vida cristiana común. Cada uno de nosotros tiene esta llamada: avanzamos por este camino. El Señor no nos fallará.


 Fuente: Vaticano

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