Byung-Chul Han
Herder
Barcelona, 2024
141 págs.


Al concluir el Año Jubilar dedicado a la esperanza, resulta especialmente iluminador el breve ensayo El espíritu de la esperanza de Byung-Chul Han. En esta obra, el autor realiza un aterrizaje conceptual y filosófico de una noción frecuentemente banalizada por el discurso motivacional o reducida a optimismo psicológico. Han devuelve a la esperanza su densidad, su espesor temporal y su potencia crítica frente a un diagnóstico que resulta recurrente en sus obras, esto es, la cultura dominada por el cálculo, la previsión y el rendimiento.

Aunque el libro no está dedicado explícitamente a la esperanza cristiana, el lector creyente reconoce en sus páginas intuiciones profundamente afines a la tradición teológica. Muchos de sus planteamientos dialogan con la encíclica Spe salvi, de Benedicto XVI, publicada el año 2007 y dedicada a la esperanza como virtud teologal. En ella el Papa le da una fundamentación bíblica a la esperanza y recoge su tradición eclesial.

Si bien el ensayo de Han puede resultar a ratos desordenado, repetitivo y carente de un hilo argumentativo, algunas cuestiones fundamentales sobre la esperanza pueden desprenderse de su lectura. En primer lugar, su temporalidad. La esperanza está anclada en un futuro lejano, en el horizonte del "todavía no"; se basa en algo que no se conoce y no se puede predecir. Por lo mismo, la esperanza escapa al cálculo o la planificación, es espera, como sucede en el embarazo, de lo desconocido. La esperanza "agranda el alma", dirá Han, "para que acoja cosas grandes". La esperanza cristiana es quizás la forma más perfecta de confianza, puesto que tiene su sede en la trascendencia, en la promesa de la vida eterna, de lo nuevo, de lo más perfecto, en el Juicio del Dios que es amor. Y puesto que la esperanza está anclada en aquello que no se conoce, no fuerza nada, no busca ningún resultado concreto, sino que nos hace estar atentos a lo venidero.

Una segunda cuestión que puede decirse de la esperanza es su espíritu activo. Como afirma Han, la esperanza nos pone en camino, al contrario del miedo, que paraliza. La esperanza no es una espera pasiva, sino que busca, y transforma, empuja procesos, está en la base de toda revolución que sueña con un mundo distinto. Por lo mismo, la esperanza es motor de la acción. "Las personas pueden actuar porque pueden esperar. No se puede comenzar sin esperanza. El espíritu de la esperanza inspira para actuar. Infunde una pasión por lo nuevo" (p. 64), como diría Benedicto XVI en Spe salvi, "quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva" (n. 2).

En tercer lugar, la esperanza, a diferencia del optimismo, es realista. Según la bula del Papa Francisco Spes non confundit, para San Pablo, "la tribulación y el sufrimiento son las condiciones propias de los que anuncian el Evangelio en contextos de incomprensión y de persecución" (n. 4). La esperanza es consciente del sufrimiento y, por lo mismo, sale en búsqueda de lo nuevo y lo distinto, nos hace perseverar "a pesar de" todos los males, porfiando incluso contra el desastre absoluto (cfr. p. 71). El optimismo, en cambio, se conforma y carece de negatividad. Es por esta razón que, como afirma Spes non confundit, la esperanza permite cultivar la paciencia: "La paciencia, que también es fruto del Espíritu Santo, mantiene viva la esperanza y la consolida como virtud y estilo de vida" (n. 4).

Un último punto relevante de la esperanza es la comunidad. El sujeto de la esperanza es siempre un nosotros. En Spe salvi, Benedicto XVI argumenta que la esperanza cristiana no puede ser individualista, pues se funda en una realidad –Dios mismo– que implica una comunión con otros y un horizonte que trasciende a cada sujeto aislado. La esperanza cristiana solo se comprende plenamente cuando se sitúa en un sujeto plural: la comunidad de fe que camina, peregrina y espera un futuro compartido.

Francisco, en Spes non confundit afirmaba que la esperanza puede verse en los anhelos y esperanzas de los hombres de hoy, transformándolos en signos vivos de ella. Signos de esperanza fueron los millones de peregrinos que, a lo largo del año, atravesaron las puertas santas. Los migrantes que se ponen en camino, esperando un puerto seguro, una nueva vida, una presencia de consolación. Los presos, que son un recordatorio tangible de la necesidad de misericordia y redención, y en su peregrinaje en Roma portaron consigo aquel "esplendor de lo nuevo". Los enfermos, los trabajadores, las familias, los jóvenes, los pobres, los sacerdotes y consagrados, todos compartieron este año la esperanza, a pesar de la guerra y de los numerosos dolores por los que atraviesa la humanidad, pues donde el futuro pareciera clausurarse, la esperanza cristiana insiste en mantenerlo abierto.

Un bellísimo signo de esperanza fue también León XIV al asomarse al balcón de San Pedro, pastor todavía desconocido para la gran mayoría de los cristianos; sin embargo, ya portador de lo venidero.


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