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Entrevista al cardenal Rodríguez Madariaga

¡Gracias por Humanitas! ¡Sigan adelante!

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Entrevista realizada por JAIME ANTÚNEZ y BERNARDITA CUBILLOS

cardenal madariaga

El arzobispo de Tegucigalpa, Honduras, cardenal Óscar Andrés Rodríguez Madariaga, sacerdote salesiano, visitó en septiembre de 2016 Santiago para exponer sobre la encíclica Laudato si’ de Papa Francisco en el marco del III Congreso de Doctrina Social de la Iglesia organizado por la Pastoral de la PUC.

Su figura, internacionalmente conocida por los diez años que presidió Caritas Internacional, ha sido puesta de relieve en los medios durante los años del actual pontificado, por su condición de coordinador de la comisión de ocho cardenales que asesoran al Papa Francisco en la reforma de la Curia romana. Su cercanía con revista Humanitas data ya de un cierto tiempo, por lo que de forma muy natural se entabla y desarrolla una conversación con sus editores.

 

—Varios medios han difundido desde el comienzo del pontificado del Papa Francisco una sensación de disenso con sus antecesores. El tiempo ha ido demostrando que eso no era para nada así, pero yo quisiera hoy, a estas alturas del pontificado, preguntarle ¿qué puede usted decir que ve en Francisco, por una parte de Juan Pablo II y, por otra de Benedicto XVI?

—En primer lugar, una gran devoción a Juan Pablo II y a Benedicto. El Papa Francisco es un Pontífice que viene de una Iglesia Latinoamericana, pero en la que han tenido profundo impacto tanto San Juan Pablo II como el Papa Benedicto. Este, sobre todo en la Conferencia de Aparecida, cuando justamente el cardenal Bergoglio era el jefe de la Comisión de Redacción. No nos olvidemos que el discurso inaugural de Benedicto XVI ha sido clave para muchos aspectos del documento de Aparecida. Y luego, no nos olvidemos que fue San Juan Pablo II el que hizo cardenal a Jorge Bergoglio. De tal manera que tenía una relación personal muy bella, y así la ha tenido con los dos Papas.

Actualmente, el Papa Benedicto se siente muy confortado y muy sostenido por el Papa Francisco, que le profesa un respeto y un cariño muy grande. No creo que haya ningún disenso, al contrario.

El punto es que Francisco es un Pastor por excelencia y entonces tiene la sabiduría de traducir en gestos muchas encíclicas. De hecho, un amigo luterano de Alemania me escribió a los pocos meses de pontificado del Papa Francisco y me dijo: “te felicito por las encíclicas”. Yo le respondí: “qué raro, si él [el Papa Francisco] no ha publicado una encíclica”. Mi amigo me dijo entonces: “Te equivocas. Él hace las encíclicas de los gestos y estos son precisamente los que ponen en práctica la enseñanza del Magisterio”.

 

—Usted Sr. cardenal es el presidente del Consejo Asesor del Papa Francisco para la reforma de la Curia. También sobre esta materia, de suyo delicada, se han propalado informaciones que crean una atmósfera equívoca, como si estuviésemos por ejemplo frente a una especie de Asamblea constituyente. Esa sensación ha ido con el tiempo disminuyendo, pero quisiera pedirle que se refiera al espíritu que guía al Papa Francisco en esta misión que se ha impuesto. Y si, tal como usted expresaba, no hay mucho de esta reforma que él va realizando también por la vía de los gestos, de las palabras, incluso por vías que no son parte del Magisterio oficial, por ejemplo, a través de las homilías de Santa Marta, que han causado tanto impacto.

—En primer lugar, no es la primera reforma. A lo largo de la historia y en la historia reciente tuvimos la reforma del Papa San Pío X, a quien le tocó adaptar la Iglesia que venía de Estados Pontificios a una Curia Vaticana muy reducida y muy pequeña. Después tuvimos la reforma del Papa Pablo VI, después del Vaticano II; luego vino la reforma de San Juan Pablo II en 1989. ¿Por qué esta reforma [la actual]? Porque en las reuniones pre-Cónclave se dijo muy claramente: “Esto no puede seguir así. No es posible que un consejo de gobierno tenga treinta ministros”. ¿Por qué? Porque es muy difícil para el Papa reunir un consejo de ministros, y a veces lo hacía [solo] una vez al año. Entonces nos dimos cuenta —y esto se habló y fue general— que era necesario reformar.

En segundo lugar, se habló de lo siguiente: muchas veces el Papa no recibe toda la información. A veces esa información puede venir filtrada por una nunciatura o por una Secretaría de Estado. De tal manera que muchos propusieron que sería bueno que el Papa tuviese también otro tipo de información, a través de un grupo de cardenales, por ejemplo, de cada continente. El cardenal Bergoglio estaba en el pre-Cónclave, y eso lo escuchó. De tal manera que fue una de sus primeras decisiones. A mí me llamó por teléfono el día 16 de marzo, tres días después de elegido. Me dijo: “¿Qué vas a hacer el domingo próximo?”. Le respondí: “Santidad, lo que usted me diga”. “Vente después del Ángelus para que comamos juntos”. Y ahí, lo primero que me dijo fue: “Voy a hacer un consejo de cardenales con este, este, este… ¿Te animas a coordinarlo?”. Le respondí: “Santidad, si usted me lo pide tengo que hacerlo”. Estábamos en el principio del pontificado. ¿Para qué ello? Para hacer una Curia más ágil y al servicio del Papa y de los obispos. Es decir, una visión completamente nueva. Antes se pensaba: aquí está el Papa [grafica con los gestos indicando la figura del Papa en la cabeza], bajo él la Secretaría de Estado y bajo ella los obispos. El modelo ahora es el Papa a la cabeza y en un nivel paralelo la Secretaría de Estado y los obispos, en servicio mutuo, todos con ese criterio. Ha sido este el criterio primordial de la reforma. Empezamos pronto. Entre abril de 2013 y octubre de 2013, que fue nuestra primera sesión plenaria, todos los cardenales nombrados nos dedicamos a recoger información, la mayor posible, de parte de todas las bases, de parte de todos los obispos. Esta información fue la que llevamos a la primera sesión. Yo, ¡pobre de mí!, hasta me atreví a redactar una nueva constitución… Y cuando llegamos nos dice el Papa: “tengo un problema que debe ser el primero que vamos a tratar, la reforma de la economía”. Fue aquello un inicio no siempre fácil, pero después nos dimos cuenta de que era absolutamente necesario. ¿Por qué? Porque no había la conveniente organización. Había muchos estamentos que actuaban cada cual por su cuenta y era muy difícil coordinarlos. Por eso salían algunas voces un poco disonantes. Esto nos ocupó las primeras tres sesiones plenarias: en octubre, en diciembre y en febrero, hasta que se creó la Secretaría de Economía. Y así todo fue entrando en una organización mucho mejor. Se realizó la reforma del IOR (Istituto per le Opere Religiose), la entrada en vigor del asociar el Vaticano a todas las normas de la Unión Europea, incluso el control de inversiones etc., todo enmarcándose en una organización mucho mejor. Y así seguimos.

cardenal madariaga 01 

—En su encíclica Laudato si' —que ha sido el tema del Congreso de Doctrina Social al que usted ha asistido en la UC— el Papa Francisco dedica un capítulo entero de la primera parte a describir el daño material que configura una crisis ecológica. Con todo, su constatación es que predomina en el mundo la dinámica de un estado de cosas contracultural, profundamente dañino al bien común, difícil de evadir, en el que la política es dominada por la economía, y esta a su vez, por la tecnocracia (LS 189). ¿No estamos en presencia de una encíclica antropológica?

—¡Claro que sí! La encíclica no la podemos reducir —como muchos piensan- equivocadamente— al aspecto del clima, del cambio climático. No. Es una encíclica profundamente humanista. ¿Por qué? El Papa nos lo dice: la culminación de la creación es el ser humano. Y el ser humano es el protagonista. No es el ambiente como tal o la creación como tal. Acordémonos de que incluso algún pensador católico puede caer en el problema del panteísmo cuando está divinizando lo ecológico y cuando la ecología se vuelve ecologismo, es decir una ideología. No. El Papa Francisco centra todo su planteamiento en el hombre como criatura de Dios, y en la creación como obra de Dios para el mutuo servicio del ser humano, de la humanidad. Por eso la encíclica es profundamente humanista. Y por eso quien la lee con un criterio puramente ecologista, lo que va a lograr es, tal vez, profundizar el capítulo segundo y olvidar el contexto que es muy amplio y muy rico.

 

—En uno de los actos realizados durante la conmemoración de los 20 años de la revista Humanitas, el año 2015, el ex Presidente Ricardo Lagos pronunció en el Salón de Honor de esta Universidad una conferencia sobre Laudato si’. Él la comparó, para nuestro siglo, con lo que fue Rerum novarum de León XIII para el siglo XX. ¿Le parece una comparación adecuada sobre la que quisiera ahondar y comentar?

—Sí. Yo estoy de acuerdo. Porque se trata del primer documento del Magisterio a nivel de una encíclica que trata en profundidad estos temas. Ha habido muchas alusiones en alocuciones de los Pontífices. Ya Pablo VI habló de esto. No digamos Juan Pablo II, que trató mucho el tema. Pero una encíclica como tal, es la primera vez. Yo estoy de acuerdo con el Presidente Lagos, a quien aprecio mucho. Tuve ocasión de estar con él en Honduras cuando hizo una visita y compartimos bastante tiempo y me parece muy acertada su comparación. Esta encíclica es también una Rerum novarum para mí.

 

—Parecería que la Rerum novarum tampoco es una encíclica esencialmente económica, sino antropológica, como lo es Laudato si’. Solo que los códigos y el problema de fondo al que atienden es distinto. La primera a las consecuencias de la Revolución Industrial. La actual, al mundo tecnologizado que nace después de las dos guerras mundiales, en el que se abre un escenario de problemas humanos muy hondos.

—Claro, exactamente. En mi discurso [del congreso] yo trataba este punto que usted me menciona. Laudato si’ es profundamente antropológica. Pero en un contexto que ha cambiado tanto. Fíjese, por ejemplo, que en los ocho años que presidí Caritas Internacional me tocó ir a algunas Cumbres del Clima: COP19 y COP20. COP 21, el año pasado en París, no me tocó, y felizmente ya fue algo muy distinto. Esta, en efecto, es la primera de estas reuniones de nivel mundial en la cual una encíclica ha tenido un influjo, y además, enorme. Es la primera cumbre en la cual estuvo presente un Secretario de Estado. Es la primera Cumbre en la cual la voz del Vaticano fue escuchada y tenida en cuenta. En las anteriores COP —estuve en la de Durham por ejemplo— yo pregunté en Secretaría de Estado: ¿quién es el delegado del Vaticano? Ni se sabía. Después mandaron al nuncio de Kenia, que estuvo un día y se fue. Cuando eran discusiones relevantes. Diez días pasamos en esas cumbres, pero para mí eran tiempo perdido, porque mientras las grandes potencias —China, Estados Unidos-— no se pusieran de acuerdo en firmar compromisos concretos, no se lograba nada. Ahora se logró y se logró en gran parte por Laudato si’, por la influencia del Papa Francisco. Algo muy grande… grandísimo.


—Usted, Sr. cardenal, en su carta de saludo por los XX años de esta revista afirmó que HUMANITAS “no es sólo una revista sino también toda una institución en sí misma dotada de una óptima cualificación y realiza una misión insustituible en Hispanoamérica” ¿En qué sentido afirma usted que Humanitas es una institución así de indispensable en Latinoamérica? Claro, Humanitas ha tenido presencia en Hispanoamérica como revista, como congresos, etc. Pero ¿en qué sentido ve usted el carácter indispensable de Humanitas?

—En primer lugar, porque hoy día lo que falta es pensamiento. ¡Qué pocas personas piensan hoy día! Hoy día la gente no cree que es importante pensar. Porque hay otros que piensan por ellos, y muchas veces son los medios, movidos por otro tipo de intereses. Ese es el primer elemento: es necesario el pensamiento.

En segundo lugar, porque vivimos en un mundo que se deshumaniza. Y entonces, ya desde el título de Humanitas es un proyecto que no pasa nunca de moda ni va a pasar. Aun cuando la sociedad tecnocrática de hoy día quiera minimizar la humanidad. Al revés, pues, hay que humanizar la cultura, hay que humanizar la economía, hay que humanizar la política, hay que humanizar la familia, hay que humanizar la sexualidad. Es decir, esta tarea de trabajar por el humanismo cristiano es una tarea inconclusa. No se puede pensar que después de 20 años de reflexión y de profundizar, esté cumplida esa tarea. Tienen que seguir adelante y yo pienso que eso es lo que hace falta. Cuando recibo una revista, lo primero que digo es: ¡Gracias, Señor, porque esto existe! Dios le bendiga. A mí me encanta [el proyecto de Humanitas] y yo les digo: ¡Gracias por Humanitas! ¡Y sigan adelante!

encabezado el don de la vocacion presbiteral

En el documento titulado “El Don de la vocación presbiteral. Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis” (PDF), la Congregación para el Clero de la Santa Sede determinó una serie de normativas sobre la formación de sacerdotes católicos. El Secretario para los Seminarios de esta Congregación, Mons. Jorge Carlos Patrón Wong, compartió con ACI Prensa 4 claves para entender este importante documento.

El documento del Vaticano, publicado el 8 de diciembre de 2016, reemplaza al publicado en 1985.

 

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Mons. Jorge Carlos Patrón Wong junto a seminaristas venezolanos. Foto: Twitter / @arzobispojorge.

 

Entre otros artículos claves, El Don de la vocación presbiteral “en coherencia con el Magisterio” determinó que “la Iglesia, respetando profundamente a las personas en cuestión, no puede admitir al Seminario y a las Órdenes Sagradas a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la así llamada cultura gay”.

Estas personas, indicó la normativa del Vaticano, “se encuentran, efectivamente, en una situación que obstaculiza gravemente una correcta relación con hombres y mujeres. De ningún modo pueden ignorarse las consecuencias negativas que se pueden derivar de la Ordenación de personas con tendencias homosexuales profundamente arraigadas”.

A continuación, las 4 claves de Mons. Jorge Carlos Patrón Wong para comprender “El Don de la vocación presbiteral”:

1. Las diferencias con el texto de 1985 y acentos del nuevo documento

Mons. Patrón Wong explica que “la Iglesia es una institución antiquísima”, por lo que “en la formación de sus ministros existe la continuidad y la novedad”. “Los documentos que rigen la formación ponen algunos acentos, intentando responder a la realidad actual y tratando de incorporar algunas experiencias positivas de la formación y las conclusiones de las ciencias humanas”, señala.

Para el Prelado, “una primera diferencia es que se subraya aún más la formación integral. Se trata de formar a todo el hombre, de modo que los seminaristas puedan conseguir una maduración equilibrada en diversos aspectos de su vida y de su futuro ministerio, partiendo siempre de la formación de la persona, es decir, del corazón, de lo profundo, de la interioridad”.

Además, indica, esta normativa “pone un acento particular sobre el discernimiento vocacional, recomendando que se haga continuamente durante el proceso formativo, de modo que los seminaristas lleguen a la ordenación sacerdotal más libres y más capaces de hacer, a su vez, un verdadero discernimiento pastoral”.

“También se pone atención al acompañamiento, haciendo ver la necesidad de que a lo largo del proceso formativo se cultiven profundas relaciones de confianza y transparencia entre los formadores y los seminaristas, para que efectivamente los puedan ayudar”.

Adicionalmente, este documento “hace ver la importancia de la comunidad educativa del Seminario. La formación se realiza siempre en el ámbito de la comunidad cristiana y, en el caso del Seminario, de una comunidad educativa constituida por todas las personas que colaboran en ella: sacerdotes formadores, profesores, empleados, personal administrativo”.

2. Proceso de formación para los candidatos al sacerdocio

Mons. Patrón Wong destaca que esta nueva normativa “insiste mucho en el concepto clásico de la gradualidad. Esto significa que los valores de la vocación sacerdotal se aprenden poco a poco, en un proceso de maduración que lleva un tiempo largo”.

“Se trata de formar a un hombre, que debe tener bien cimentada su identidad cristiana, para después facilitar la configuración con Cristo Siervo, Pastor, Sacerdote y Cabeza. Todo un proceso complejo que exige una cuidadosa formación”, precisa.

En este proceso de formación, indica, “se proponen cuatro etapas, que ya se ponían en práctica en la mayor parte de los Seminarios: la etapa propedéutica o introductoria, la etapa discipular o filosófica, la etapa configurativa o teológica y la etapa de pastoral o de síntesis vocacional”.

3. Inculturación

El Secretario para los Seminarios destaca que “a lo largo de su historia, la Iglesia se ha hecho parte de muy diversas culturas: nació hebrea, se hizo griega y latina; y luego, balcánica, polaca, hispana, gálica; y más adelante africana, asiática, americana”. Para la Iglesia, explica, “la inculturación es una regla de vida. Jamás destruye las culturas, sino que intenta que en cada una de ellas se haga presente la persona de Jesús y se encarne el mensaje del Evangelio”.

“La Iglesia toma con mucha seriedad las distintas culturas y aún más cuando son poco respetadas. Por eso valora las vocaciones indígenas y procura ofrecerles una formación adecuada. Además, porque las personas que hablan las lenguas indígenas son cristianos y tienen derecho a pastores que evangelicen su cultura”, subraya.

4. Los Seminarios Menores

Para Mons. Patrón Wong, “el Seminario Menor es una hermosa institución”, pues “ofrece a los adolescentes una formación juvenil humana y cristiana”.

“Pablo VI decía que eran lugares de trabajo, de oración y de familia, semejantes a la familia de Nazaret. Muchísimos adolescentes necesitarían una experiencia similar para conseguir una maduración integral”.

El Prelado precisa que “el Seminario Menor no es una casa de formación presbiteral. Más bien prepara a los adolescentes para que, llegado el momento, puedan tener la experiencia vocacional suficiente para que, si Dios quiere, puedan elegir la vida sacerdotal. Se trata de una formación previa, o remota”.

Esta formación, añade, “también se encuentra, en alguna medida, en la pastoral juvenil, los colegios católicos, los grupos juveniles y los movimientos eclesiales”, pues “la Iglesia está presente de muchas maneras entre los adolescentes, para ayudarles en su crecimiento humano, espiritual, intelectual y apostólico”.

La Palabra es un don. El otro es un don

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor. Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 enero 2016).

La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia. En concreto, quisiera centrarme aquí en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16,19-31). Dejémonos guiar por este relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión.

1. El otro es un don

La parábola comienza presentando a los dos personajes principales, pero el pobre es el que viene descrito con más detalle: él se encuentra en una situación desesperada y no tiene fuerza ni para levantarse, está echado a la puerta del rico y come las migajas que caen de su mesa, tiene llagas por todo el cuerpo y los perros vienen a lamérselas (cf. vv. 20-21). El cuadro es sombrío, y el hombre degradado y humillado.

La escena resulta aún más dramática si consideramos que el pobre se llama Lázaro: un nombre repleto de promesas, que significa literalmente «Dios ayuda». Este no es un personaje anónimo, tiene rasgos precisos y se presenta como alguien con una historia personal. Mientras que para el rico es como si fuera invisible, para nosotros es alguien conocido y casi familiar, tiene un rostro; y, como tal, es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano (cf. Homilía, 8 enero 2016).

Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida. La primera invitación que nos hace esta parábola es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido. La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo. Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil. Pero para hacer esto hay que tomar en serio también lo que el Evangelio nos revela acerca del hombre rico.

2. El pecado nos ciega

La parábola es despiadada al mostrar las contradicciones en las que se encuentra el rico (cf. v. 19). Este personaje, al contrario que el pobre Lázaro, no tiene un nombre, se le califica sólo como «rico». Su opulencia se manifiesta en la ropa que viste, de un lujo exagerado. La púrpura, en efecto, era muy valiosa, más que la plata y el oro, y por eso estaba reservada a las divinidades (cf. Jr 10,9) y a los reyes (cf. Jc 8,26). La tela era de un lino especial que contribuía a dar al aspecto un carácter casi sagrado. Por tanto, la riqueza de este hombre es excesiva, también porque la exhibía de manera habitual todos los días: «Banqueteaba espléndidamente cada día» (v. 19). En él se vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia (cf. Homilía, 20 septiembre 2013).

El apóstol Pablo dice que «la codicia es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Esta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos. El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico (cf. Exh. ap. Evangelii gaudium, 55). En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz.

La parábola nos muestra cómo la codicia del rico lo hace vanidoso. Su personalidad se desarrolla en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que él se puede permitir. Pero la apariencia esconde un vacío interior. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia (cf. ibíd., 62).

El peldaño más bajo de esta decadencia moral es la soberbia. El hombre rico se viste como si fuera un rey, simula las maneras de un dios, olvidando que es simplemente un mortal. Para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo, y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación.

Cuando miramos a este personaje, se entiende por qué el Evangelio condena con tanta claridad el amor al dinero: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).

3. La Palabra es un don

El Evangelio del rico y el pobre Lázaro nos ayuda a prepararnos bien para la Pascua que se acerca. La liturgia del Miércoles de Ceniza nos invita a vivir una experiencia semejante a la que el rico ha vivido de manera muy dramática. El sacerdote, mientras impone la ceniza en la cabeza, dice las siguientes palabras: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». El rico y el pobre, en efecto, mueren, y la parte principal de la parábola se desarrolla en el más allá. Los dos personajes descubren de repente que «sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él» (1 Tm 6,7).

También nuestra mirada se dirige al más allá, donde el rico mantiene un diálogo con Abraham, al que llama «padre» (Lc 16,24.27), demostrando que pertenece al pueblo de Dios. Este aspecto hace que su vida sea todavía más contradictoria, ya que hasta ahora no se había dicho nada de su relación con Dios. En efecto, en su vida no había lugar para Dios, siendo él mismo su único dios.

El rico sólo reconoce a Lázaro en medio de los tormentos de la otra vida, y quiere que sea el pobre quien le alivie su sufrimiento con un poco de agua. Los gestos que se piden a Lázaro son semejantes a los que el rico hubiera tenido que hacer y nunca realizó. Abraham, sin embargo, le explica: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces» (v. 25). En el más allá se restablece una cierta equidad y los males de la vida se equilibran con los bienes.

La parábola se prolonga, y de esta manera su mensaje se dirige a todos los cristianos. En efecto, el rico, cuyos hermanos todavía viven, pide a Abraham que les envíe a Lázaro para advertirles; pero Abraham le responde: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen» (v. 29). Y, frente a la objeción del rico, añade: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto» (v. 31).

De esta manera se descubre el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo. La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor ―que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del Tentador― nos muestra el camino a seguir. Que el Espíritu Santo nos guíe a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados. Animo a todos los fieles a que manifiesten también esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana. Oremos unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua.

Vaticano, 18 de octubre de 2016
Fiesta de san Lucas Evangelista.

Francisco

 


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