Trees van Montfoort 

Miño y Dávila Editores 

Barcelona/Buenos Aires, 2025 

336 págs. 

Este libro de Trees van Montfoort aborda un tema de máxima proyección teológica: la crisis ecológica global. Ningún otro asunto parece reclamar con tanta urgencia la atención del pensamiento teológico actual. La publicación coincide con un tiempo en que la amenaza medioambiental pone en riesgo la continuidad de la vida humana y de numerosas especies. Desde la extinción de los grandes saurios, hace 66 millones de años, la vida en la Tierra no había enfrentado un peligro comparable. 

La autora plantea su propósito con una pregunta sencilla y a la vez profundamente interpeladora: “¿Cómo puede el estudio de la teología combatir el cambio climático?”. El libro se inscribe así en el esfuerzo por integrar la reflexión teológica con los desafíos concretos de nuestro tiempo. 

Desde la óptica de la teología católica latinoamericana, uno de los tópicos centrales de esta obra resulta especialmente significativo. Montfoort, al igual que otros autores contemporáneos, reconoce que el cristianismo ha tenido alguna responsabilidad teórica en la manera en que los seres humanos hemos habitado el planeta y contribuido a su degradación. El giro antropocéntrico de la modernidad ha dado lugar a una relación de dominio con el resto de la creación, y la teología cristiana –en no pocas ocasiones– ha justificado o, al menos, tolerado esta postura. 

Estamos en el Antropoceno: la era en que tomamos conciencia, como especie, de ser responsables de la situación medioambiental en la que nos encontramos. El Papa Francisco ha apelado a una conversión (Laudato si’ y Laudate Deum), pero algo así está lejos de asegurar nada. 

Por cierto, ha de reconocerse que el cristianismo, al centrarse en el hombre Jesús, ha podido facilitar un dominio humano sobre el planeta perjudicial para los demás seres vivos (animales, plantas, etc.) e inertes (ríos, mares, etc.). El cristianismo es una religión que ofrece salvación al ser humano mediante un ser humano. “Cur Deus homo?”, se preguntaba san Anselmo en el siglo XI. Su respuesta: Dios se hizo hombre para satisfacer su honor herido por el pecado humano, un honor que garantizaba el orden del mundo y la felicidad del hombre. Esta interpretación fue predominante durante siglos. La teología griega del primer milenio ofreció una lectura distinta: más que enfocarse en lo que el ser humano debía hacer para su salvación, subrayaba la iniciativa de Dios, que, mediante su Hijo, incorporaba a los seres humanos –y a la creación entera– en su vida divina. 

En el siglo XX, la teología respondió a esta pregunta en clave moderna: Dios, humanización del ser humano, tomando como modelo a Jesús y su predicación del Reino de Dios a los pobres y a todo tipo de oprimidos. A su vez, las teologías de la liberación –negras, feministas, indígenas– han interpretado la Encarnación como una intervención de Dios en favor de colectivos sufrientes, víctimas de la injusticia moderna. 

Hoy, en el tercer milenio, vuelve la pregunta: Cur Deus homo? La respuesta debe situarse en continuidad con estas perspectivas, pero también abrirse a nuevas necesidades u opresiones. Como lo indica el Papa Francisco, urge responder al “clamor de los pobres y al clamor de la tierra”. En la perspectiva latinoamericana, la Tierra misma es hoy “el pobre”. Los pobres siguen siendo las primeras víctimas de una crisis, pero, en esta ocasión, el deterioro ambiental nos alcanza a todos. La novedad es que, por primera vez, toda la humanidad comienza a sobrevivir. 

La teología, entonces, debe recuperar el lugar que la Biblia y los Padres griegos asignaron al ser humano en la creación. Asimismo, es necesario reconocer que no se podrá prescindir de la ciencia y de la técnica para salvar el planeta. Si aún es posible revertir el daño ecológico y evitar una catástrofe mayor, será en parte gracias a ellas. La misión de los cristianos y cristianas es emplearlas al servicio de un mundo que no es mera res extensa –como pensó Descartes–, sino creación y lugar donde también habita el Creador. 

Este libro aporta elementos para una reflexión teológica atenta al presente. Contribuye a pensar caminos de salida para una humanidad que, hoy por hoy, se encuentra amenazada en su raíz. 

 

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