La evolución religiosa del Brasil de los últimos años muestra un panorama de cambios dramáticos que comienzan a ser explotados políticamente. Ambos extremos estuvieron interesados en que Dios participara en la elección presidencial. Pero la Conferencia Episcopal brasileña mantuvo la prescindencia y sensatez política sin dejar de mencionar los problemas más urgentes que debe resolver la política brasileña.

Las recientes elecciones en Brasil han puesto al descubierto una nueva importancia del clivaje religioso en la política latinoamericana. Se dice que Bolsonaro habría aprovechado muy eficazmente el voto evangélico que crece aceleradamente en su país. De origen católico y sin dejar de hacer algún guiño a esta condición, Bolsonaro habría sido rebautizado alguna vez por un pastor pentecostal y consagrado por el fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios, Edir Macedo (The Tablet, 1° de octubre de 2022). Por su parte, Lula ha sacado a relucir su condición de católico (o de cristiano) y su partido estuvo y sigue estando muy cercano al catolicismo de la teología de la liberación.

La evolución religiosa del Brasil de los últimos años muestra un panorama de cambios dramáticos que comienzan a ser explotados políticamente. La población católica ha descendido de 65% a 50% en apenas diez años (2010-2020), mientras que la población evangélica ha aumentado de 22% a 31% en igual período. El interés por construir un clivaje religioso en la política brasileña proviene de los dos extremos, evangélicos a ultranza y conservadores católicos que demonizan a la izquierda de Lula y la revisten de caracteres antirreligiosos y, viceversa, una ultraizquierda católica que sataniza a Bolsonaro. De hecho, las acusaciones cruzadas de que ambos candidatos habrían tenido algún trato con Satanás se volvieron virales en Brasil.

Ambos extremos estuvieron interesados en que Dios participara en la elección presidencial. Pero la Conferencia Episcopal brasileña mantuvo la prescindencia y sensatez política sin dejar de mencionar los problemas más urgentes que debe resolver la política brasileña: la desigualdad social, el deterioro del medio ambiente amazónico, la violencia y la creciente inseguridad en que viven las poblaciones en todo el país.

El éxito de este nuevo clivaje religioso es limitado, pero no debe pasarse por alto. La disputa por el voto evangélico se ha tornado crucial para ganar elecciones. Se calcula que alrededor de dos tercios de los votantes evangélicos lo hicieron por Bolsonaro, pero Lula reclama también una parte de este voto. A última hora, se pronunció más decididamente contra el aborto y moderó su agenda de género. Diversos especialistas han mostrado que comienza a construirse un “voto evangélico”, es decir, evangélicos que votan por evangélicos, y se ha indicado que la bancada evangélica en el parlamento brasileño aumentó en varias plazas en la última elección. Bolsonaro gobernó con al menos cinco ministros que pertenecen expresamente a distintas denominaciones evangélicas y hacen gala de su condición religiosa. La irrupción evangélica en la política ya era visible en varios países centroamericanos y se traslada poco a poco hacia Sudamérica comenzando por Brasil.

En América Latina, el clivaje religioso nunca fue importante en la política, sobre todo porque durante siglos hubo unanimidad católica. Las divisiones religiosas fueron tardías y nimias y se produjeron en la élite; por consiguiente, fueron electoralmente irrelevantes. A pesar de la aparición de partidos anticlericales, la Iglesia católica mantuvo su prescindencia política y ha renunciado a todo empeño por controlar políticamente a las masas. El catolicismo latinoamericano ha sido poco clerical en el sentido preciso que se dio a este término en medio de las querellas de la secularización. Ha habido siempre más anticlericalismo que clericalismo. En muchos países latinoamericanos se han elegido gobernantes no creyentes, algo que resultaría todavía inverosímil, por ejemplo, en Estados Unidos, donde el clivaje religioso ha sido siempre importante.

Muchos líderes evangélicos están dispuestos a cambiar las cosas y pretenden desempeñar un papel políticamente relevante, aunque la dispersión de organizaciones e iglesias juega muchas veces en contra de esta pretensión. Pero los evangélicos son más disciplinados política y religiosamente que los católicos y hacen más caso también a sus pastores. La tentación de que los católicos respondan de la misma manera y renuncien a su larga tradición de neutralidad electoral es considerable, sobre todo si se usa como pretexto la querella moral. No es bueno que los evangélicos se concentren en un solo lado, y peor aún sería que los religiosos se agrupen en un lado y los no religiosos en el otro. Sigue siendo saludable que se reconozca la necesaria y debida separación entre la política y la religión.

La Iglesia no es un partido político, sino misterio sacramental y comunidad de creyentes diversa y fraterna. La Teología de la Liberación pagó caro su esfuerzo por acercar demasiado la política y la religión en nombre de la justicia social. Una suerte de teología de la liberación al revés puede cometer el mismo error, esta vez en nombre de una agenda igualmente moralizante. El caso brasileño debe poner una alerta sobre estos riesgos de la vida eclesial. América Latina ha perdido su unanimidad religiosa; por esto mismo, la religión sea en el clivaje evangélico/católico o religioso/no religioso aparecerá con una fuerza inédita y serán muchos los que intentarán utilizarla política e incluso electoralmente. Es un buen momento, sin embargo, para cuidar y preservar la integridad y la pureza del mensaje y de la vocación propiamente religiosa.


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