Hoy celebramos a san Juan Bosco. El día de su ordenación, su madre, una mujer humilde, campesina, que no había estudiado en la facultad de teología, le dijo: “Hoy comenzarás a sufrir”. Quería señalar una realidad y también llamar la atención, porque si el hijo no hubiese pasado sufrimiento, quería decir que algo no iba bien. Es la profecía de una madre, una mujer sencilla pero con el corazón lleno de espíritu. Para un sacerdote el sufrimiento es señal de que la cosa va bien, pero no porque “haga el faquir” sino por lo que hizo don Bosco que tuvo el valor de mirar la realidad con ojos de hombre y con ojos de Dios. Vio en aquella época masónica, de come-curas, de aristocracia cerrada, donde los pobres eran realmente pobresel descarte, vio en la calle a esos jóvenes y dijo: “¡No puede ser!”.

Miró con los ojos de hombre, un hombre que es hermano y padre a la vez, y dijo: “¡No, esto no puede ser! Estos jóvenes quizá acaben con don Cafasso*, en la horca… no, no puede ser”, y se conmovió como hombre, y como hombre empezó a pensar modos de hacer crecer a los jóvenes, hacerlos madurar. Modos humanos. Y luego tuvo el valor de mirar con los ojos de Dios e ir a Dios a decirle: “Pero, hazme ver esto… esto es una injusticia… qué hago con esto… Tú has creado a esta gente para una plenitud y están en una auténtica tragedia”. Y así, mirando la realidad con amor de padre –padre y maestro, dice la liturgia de hoy– y mirando a Dios con ojos de mendicante que pide algo de luz, comenzó a salir adelante. Por eso, el sacerdote debe tener esos dos polos: mirar la realidad con ojos de hombre y con ojos de Dios. Y eso significa pasar mucho tiempo delante del sagrario. Mirar así le hizo ver el camino, porque no fue solo con el Catecismo y el Crucifijo: “haced esto…”. Los jóvenes le habrían dicho: “Buenas noches, nos vemos mañana”. No: estuvo cerca de ellos, con la vivacidad de ellos. Les hizo jugar, les formó un grupo, como hermanos, fue, caminó con ellos, sintió con ellos, vio con ellos, lloró con ellos y así les sacó adelante. El sacerdote que mira humanamente a la gente, que siempre está a mano. Los sacerdotes no deben ser funcionarios o empleados que reciben, por ejemplo, de 3 a 5:30. Tenemos muchos y buenos funcionarios, que hacen su trabajo como lo deben hacer los funcionarios. Pero el cura no es un funcionario, no puede serlo. Si miras con ojos de hombre te llegará ese sentimiento, esa sabiduría de entender que son tus hijos, tus hermanos. Y luego, tener el valor de ir a luchar allí: el sacerdote es uno que lucha con Dios.

Siempre existe el riesgo de mirar demasiado lo humano y nada lo divino, o mucho lo divino y nada lo humano, pero si no nos arriesgamos, en la vida no haremos nada. Un padre se arriesga por su hijo, un hermano se arriesga por su hermano cuando hay amor. Esto ciertamente comporta sufrimiento, comienzan las persecuciones, el chismorreo: “ese cura está en la calle con esos chicos maleducados que con el balón me rompen el cristal de la ventana”.  

Hoy quisiera dar gracias a Dios por habernos dado a este hombre que desde niño empezó a trabajar, sabía lo que era ganarse el pan de cada día y sabía qué era la piedad, cuál era la auténtica verdad. Este hombre obtuvo de Dios un gran corazón de padre y de maestro. ¿Y cuál es la señal de que un cura va bien, mirando la realidad con los ojos de hombre y con los ojos de Dios? ¡La alegría! Cuando un cura no tiene alegría por dentro, que se pare enseguida y se pregunte porqué. Y la alegría de don Bosco es conocida: es el maestro de la alegría. Porque hacía gozar a los demás y gozaba él mismo. Y también sufría. Pidamos al Señor, por intercesión de don Bosco, hoy, la gracia de que nuestros curas sean alegres: gozosos porque tienen el verdadero sentido de mirar las cosas de la pastoral, del pueblo de Dios con ojos de hombre y con ojos de Dios.


Fuente: Almudi.org

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