Justificación epistémica de la fe cristiana.

* Artículo parte del especial "A cinco años de Ratisbona" publicado en Humanitas 64.


Si se compara la lección de Benedicto XVI del 12 de septiembre de 2006, en la Universidad de Ratisbona, con el discurso que habría debido pronunciar en la Universidad de Roma “La Sapienza” en el 2007 y con numerosas otras intervenciones suyas desde el inicio de su pontificado, se constata que el actual Pontífice ha advertido como prioridad de su ministerio la reivindicación del fundamento racional de la fe cristiana. Este proyecto doctrinal, que por otra parte confirma un aspecto no secundario del magisterio de Juan Pablo II [1], interesa ad intra a la Iglesia misma, en cuanto pretende refrenar la dirección fideísta de gran parte del pensamiento católico; pero se dirige también ad extra, a los no creyentes, que razonan de acuerdo con los esquemas conceptuales de esa cultura escolástica que se cerró al anuncio cristiano, ya sea porque concede la exclusividad de la racionalidad a las ciencias positivas o porque ha perdido toda esperanza de que alguna verdad sea alcanzable. Todos aquellos que se interesan en el reforzamiento y la propagación de la fe cristiana deberían estar de acuerdo en reconocer que hoy como nunca la pastoral debe saber destacar la racionalidad del cristianismo, lo cual implica también el cotejo crítico –comprometedor, a veces insidioso, pero siempre fecundo– con la razón filosófica y científica del propio tiempo.

Es preciso considerar que todos los temas teológicos vinculados con la revelación y la fe implican la clara conciencia de la estructura lógica básica que hace posible, por parte de un ente racional como es el hombre, la apertura al evento salvador de la revelación divina, entendida ésta como Palabra de Dios que interpela a todos los hombres y a cada uno pide una libre respuesta de fe.

Consideremos también que semejante estructura lógica básica no puede comprenderse debidamente sino a la luz de la reflexión filosófica, es decir, de la lógica epistémica, y más específicamente de la lógica alética. Es preciso tener cuidado, sin embargo, de no confundir el instrumento científico de la indagación, que es precisamente la filosofía, con el objeto de la investigación misma, que no es la racionalidad científica propia de la filosofía, sino la racionalidad esencial que es patrimonio común de la conciencia humana, aquella que la filosofía moderna denomina “sentido común” [2], mientras el magisterio eclesiástico prefiere hablar de “filosofía implícita” [3].

Los antecedentes en la reflexión teológica de Ratzinger

La necesidad teológica de reconocer la compatibilidad de la fe cristiana con las exigencias de la razón filosófica es una convicción que Joseph Ratzinger tuvo desde joven. Esto se puede documentar recordando su lectio magistralis en la Universidad de Bonn, cuando fue nombrado Profesor ordinario de Teología Fundamental: era el día 24 de junio de 1959, y el Profesor Ratzinger, de treinta y dos años, iniciaba entonces un intenso recorrido académico que lo llevará a enseñar también en Münster (desde 1963), luego en Tubinga (desde 1966) y por último en Ratisbona (desde 1969). Eligió como tema El Dios de la fe y el Dios de los filósofos [4]. Se trata del tema que ya lo apasionaba durante los estudios en Munich y que posteriormente nunca dejó de profundizar: “Las interrogantes planteadas en ese momento –escribió– siguieron siendo hasta hoy, por así decir, el hilo conductor de mi pensamiento” [5].

También en el 2006, en la Universidad de Ratisbona, el Papa Benedicto XVI quiso retomar expresamente este discurso suyo juvenil. Se trata por tanto de un documento especialmente significativo, ya que ahí se pueden advertir los fundamentos filosóficos de la enseñanza del actual Pontífice sobre la fe. En la prolusión de Bonn, de hecho, Joseph Ratzinger partía de Pascal y su famosa distinción entre “el Dios de los filósofos” y “el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob”, entre el Dios que habla al hombre y el Dios de Descartes, que Pascal considera “vago”, en cuanto postulado por un sistema racionalista únicamente para garantizar su plenitud formal, y también “inútil”, porque a los hombres les interesa el conocimiento del verdadero Dios, que se revela en Jesucristo como Amor y misericordia. El joven docente no pretende en todo caso seguir a Pascal en conformidad con la habitual (y arbitraria) interpretación fideísta: él no acepta relegar la religión a la esfera del sentimiento ni situar la fe cristiana fuera de la racionalidad.

La experiencia histórica del encuentro entre fe cristiana y filosofía griega

En el discurso en la Universidad de Ratisbona, Benedicto XVI, en apoyo de su planteamiento fundamental, que es la racionalidad del cristianismo, vuelve a la vexata quaestio de la asimilación de la filosofía griega por parte del cristianismo de los primeros siglos. Sin dar demasiado peso al falso problema de una necesaria “deshelenización” del cristianismo, el Papa interpreta el dato histórico como nueva prueba de que el cristianismo siempre tuvo conciencia de su propia naturaleza racional. Confirmando una vez más su estimación sin reservas de las opciones culturales adoptadas por las primeras generaciones de cristianos, el Papa Ratzinger quiere hacer comprender que la experiencia histórica confirma la orientación doctrinal y pastoral que él quiere dar a la Iglesia de hoy. La Iglesia de hecho siempre ha tenido conciencia de tener que anunciar la verdad a hombres que están en busca de la verdad. Eso significa en realidad que la verdad revelada por Dios no se opone y más bien presupone la verdad alcanzada por el hombre: si ésta es posible gracias a los recursos racionales con los cuales Dios ha abastecido al hombre creado “a su imagen y semejanza”, aquella es posible gracias a la intervención de Dios en la historia para la redención del hombre y su incorporación a Cristo. Se trata, en ambos casos, de verdad: si bien el modo de alcanzarla es distinto (en el caso de la verdad conquistada por el hombre es la experiencia y el razonamiento, mientras en el caso de la verdad de Dios es el testimonio), no es diferente la facultad que la adquiere, la razón. Si desde hace siglos se habla de “razón” para indicar de manera exclusiva la verdad conquistada por el hombre y de “fe” para señalar de manera exclusiva la verdad revelada por Dios, Benedicto XVI quiso superar los numerosos equívocos de un lenguaje ya inevitable, pero inadecuado, hablando de “racionalidad humana abierta a la luz del Logos divino y a su perfecta revelación que es Jesucristo”.

Perspectivas para la catequesis y la evangelización

No son éstas, ciertamente, cuestiones secundarias ni de hecho ajenas a la pastoral; son, por el contrario, las convicciones que hoy pueden otorgar eficacia tanto a la catequesis como a la evangelización, y me parece que precisamente es éste el criterio que debemos desprender de las enseñanzas y el ejemplo de Benedicto XVI. Comprender en su valor pastoral estas enseñanzas suyas y este ejemplo que nos da servirá para hacernos revisar la fe que profesamos y debemos propagar, redescubriendo en términos actuales cuál es en su verdad la Palabra de Dios y cuál es en su verdad la respuesta de fe que Dios espera de todo aquel que sea interpelado por su Palabra [6].

De Benedicto XVI podemos entonces obtener este fundamental criterio pastoral: que una adecuada presentación de la racionalidad de la fe constituye el requisito esencial de la predicación cristiana, no sólo entre los intelectuales, sino en todo ambiente social; no sólo en la obra de evangelización, o sea, de diálogo con los “no creyentes”, a los cuales es preciso comunicar el Evangelio de tal manera que resulte comprensible y creíble [7], sino también en la catequesis a las diversas categorías de fieles, porque es preciso consolidar la fe cristiana de tantas personas que no pueden experimentar el influjo de una cultura secularizada perjudicialmente hostil a la fe cristiana, precisamente porque no comprende sus razones [8].

Podemos por último señalar que en las enseñanzas de Benedicto XVI sobre la racionalidad del cristianismo son dos los aspectos que en mayor medida llaman a la reflexión al pensamiento creyente: 1) en positivo, los argumentos teológicos a favor de una consideración de la fe cristiana como capaz de plena justificación epistémica [9], de donde surge la necesidad de un cotejo crítico con las proposiciones de la filosofía y la ciencia; 2) en negativo, la crítica del fideísmo en todas sus formas, no sin haber tomado las debidas distancias también con el racionalismo. Procuraré indicar, por partes, pero sucintamente, los temas de esta reflexión. La justificación epistémica del cristianismo debe entenderse en dos sentidos distintos, pero vinculados entre sí: ante todo con referencia a los enunciados de verdad contenidos en la revelación divina (fides quae creditur), pero luego también con referencia al acto de fe, es decir, del asentimiento ante la verdad revelada por parte de quienes han conocido y acogido libremente el Evangelio en la Iglesia de Cristo (fides qua creditur). En ambos sentidos, este aspecto esencial del cristianismo interesa de manera especial a Benedicto XVI, el cual, con agudeza de teólogo, pero sobre todo con sensibilidad de Pastor, ha advertido claramente, desde antes de la elevación al Trono de Pedro, la necesidad de insertar el discurso sobre las razones intrínsecas del acto de fe en la revelación en un discurso más amplio sobre la necesaria búsqueda de la verdad por parte de todos los hombres [10]. De este modo, la reivindicación de la racionalidad de la fe está vinculada de manera absolutamente coherente con la plena aceptación de la instancia moderna de la racionalidad como esencia constitutiva de la naturaleza humana y como fundamento de la dignidad de todos los hombres y de su libertad de conciencia.

Por este motivo, Benedicto XVI, en perfecta continuidad con el magisterio de su antecesor, quiso reivindicar en la catequesis y en la evangelización la plena racionalidad de la fe, evitando siempre el equívoco de hablar de una “lógica de la fe” como algo distinto a la lógica como tal. En efecto, si se tiene presente que en general la lógica epistémica (que es la lógica relativa al asentimiento ante cualquier hipótesis que se presente como una verdad) exige que el sujeto tenga clara conciencia de los motivos por los cuales personalmente “considera verdadera” una aseveración, es preciso admitir que la “lógica de la fe” no es sino la inevitable aplicación de la lógica epistémica al caso particular del acto de fe.

Por consiguiente, si la “lógica de la fe” fuese algo distinto a la lógica qua talis, ya no sería en absoluto una “lógica”, y de este modo ya no se podría reivindicar en el cristianismo una racionalidad en sentido propio. Precisamente por esto Benedicto XVI, considerando el magisterio eclesiástico de los últimos dos siglos (desde la constitución dogmática Dei Filius del Concilio Vaticano I hasta la Encíclica Fides et ratio), ha insistido en el rechazo al fideísmo en todas sus formas. Él bien sabe que las razones para creer (la credibilidad del mensaje cristiano y sobre todo la credibilidad de Cristo mismo, “el Testigo digno de fe”) son razones válidas (tanto en la conciencia del creyente en particular como en la obra de evangelización que compete a toda la Iglesia) únicamente si se entienden y presentan no como “imperativos categóricos” meramente formales, ni como un “deber creer” infundado, sino precisamente como razones, o sea, como argumentos capaces de interpelar a la racionalidad propia de la criatura humana.

Esta racionalidad no se entiende, ciertamente, en sentido reductivo, y de hecho Benedicto XVI, denunciando los límites de un racionalismo arbitrario que reduce la razón a la comprensión conceptual, a la función demostrativa o a la comprobación empírica, siempre ha procurado mostrar cómo la racionalidad está constituida también por la experiencia vital, por percepciones de los valores, por comunicación del saber, por una criba de los testimonios históricos, por el arraigo en una tradición reconocida: una racionalidad en suma no exclusiva, sino inclusiva (comprehensive rationality), y no obstante eso, más bien precisamente por este motivo, una racionalidad auténtica [11]. Precisamente por esto Benedicto XVI ha podido vincular fácilmente la reivindicación de la racionalidad del cristianismo con la recuperación de las verdades de orden “natural”, sobre todo aquellas vinculadas con el orden moral (que fundamenta el necesario consenso sobre los principios de la ley natural) y con la búsqueda de Dios (que fundamenta el derecho de toda persona y todo pueblo a la libertad religiosa).

Estas verdades sobre la naturaleza humana, si bien están necesariamente presentes en la conciencia de todos los hombres, corren hoy riesgo de ser ofuscadas por la presión de las ideologías relativistas, y proceden debidamente los Pastores cuando se esmeran por replantearlas y por ilustrar sus razones, incluso mediante una sabia aplicación de la doctrina social de la Iglesia a las circunstancias concretas del momento. Con todo, es preciso decir claramente a todos (creyentes y no creyentes) que ésta no es una operación de tipo político –casi como si la Iglesia quisiera imponer “su” moral a una sociedad secularizada, en un Estado celoso de su “laicidad”– sino una irrenunciable exigencia pastoral: en realidad, sólo reincorporando en la conciencia común las normas de la moral natural, la Iglesia puede esperar que la inteligencia de los hombres de nuestro tiempo se abra a las verdades sobrenaturales. Si “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen a la conciencia de la verdad”, la Iglesia debe esmerarse, hoy como siempre, por que todos los hombres –cada uno con sus intereses y su nivel de cultura– perciban la racionalidad del cristianismo, comprendan que la “verdad revelada” no contradice, sino presupone y perfecciona la verdad de la recta razón en cuanto a la dignidad de la persona humana, el derecho a la tutela social de la vida y la responsabilidad de cada uno en relación con los demás para la edificación de una sociedad justa. Es precisamente por esto –para evitar por tanto que la doctrina social cristiana se considere una especie de “injerencia” indebida de la Iglesia en la vida de la sociedad civil– que a Benedicto XVI le interesa acercar el término “laicidad” (término ético, jurídico y político en el centro del debate contemporáneo) a la expresión “ley natural” (que es propiamente filosófica en el sentido que sólo en un contexto filosófico puede tener sentido y adecuada justificación).

Vale la pena mostrar al respecto que las expresiones icásticas que más a menudo reaparecen en las intervenciones doctrinales del Cardenal Ratzinger inicialmente y luego en el magisterio de Benedicto XVI –como, por ejemplo, la “dictadura del relativismo” y la “canonización del relativismo” [12] – no pueden entenderse sino por lo que son: expresiones de carácter filosófico que sirven para referir el anuncio de fe y la catequesis sobre los misterios sobrenaturales a sus premisas epistémicas, entre las cuales se encuentran precisamente los principios de la recta razón natural, no sólo los de orden metafísico, sino también los de orden moral. Benedicto XVI recurre a estas expresiones sintéticas e icásticas, convencido de que sirven para mantener y desarrollar el diálogo pastoral con esa cultura que hoy goza de una posición dominante en los ambientes científicos y académicos y que orienta decididamente, mediante la divulgación llevada a cabo por los mass media, la cultura de masas. Esta cultura, que en nuestros días se puede considerar “globalizada” en sentido secularista, manifiesta cada vez más una actitud escéptica hacia los valores religiosos. Sabiendo que en todo caso la conciencia de los individuos nunca es totalmente sorda ante los llamados de la verdad sobre el mundo, el alma y Dios (las certezas que Kant considera meros “postulados” y en cambio tienen el valor fundacional que Vico atribuye al “sentido común”), Benedicto XVI se dirige a la conciencia de cada persona y a sus convicciones de fondo, con la mediación de los filósofos hoy más escuchados, o incluso a pesar de que se cierren al diálogo. Porque el background o terreno de encuentro, o sea –en términos estrictamente lógicos–, las premisas del diálogo están en la razón natural.

Catequesis y evangelización están unidas en esta búsqueda de las premisas comunicantes y comunicables: comunicantes en cuanto ya están presentes y operando en la conciencia de todos los hombres, y constituyen esa sabiduría natural, esa “filosofía implícita” que la filosofía “explícita”, es decir, la sabiduría que se expresa en forma de ciencia sistemática, capaz de autojustificación, debería asumir como punto de partida y por consiguiente formalizar (lo cual no siempre ocurre), y luego comunicables en cuanto la referencia a estas premisas permite el entendimiento y el consenso, o sea, precisamente la comunicación entre personas y culturas o sistemas de pensamiento.


Notas

[1] Ver Juan Pablo II, Enc. Fides et ratio, 14 de septiembre de 1998. Sobre las enseñanzas teológicas y las orientaciones pastorales contenidas en este importante documento pontificio, ver los ensayos recopilados en el volumen de Antonio Livi y Giuseppe Lorizio (edd). “Il desiderio di conoscere la verità. Filosofia e teologia a cinque anni da “Fides et ratio”, Lateran University Press, Ciudad del Vaticano.
[2] Ver a propósito Antonio Livi, Filosofía del senso comune. Logica della scienza e della fede, Ares, Milán, 1990; id., Verità del pensiero. Fondamenti di logica aletica, Lateran University Press, Ciudad del Vaticano, 2002; id., Senso comune e logica epistemica, Casa editrice Leonardo da Vinci, Roma, 2005; id., Metafisica e senso comune, Casa editrice Leonardo da Vinci, Roma, 2007.
[3] Ver Juan Pablo II, Enc. Fides et ratio, 14 de septiembre de 1998, n. 14. Para un examen filosófico de esta noción, ver: Antonio Livi, “El sentido común en la encíclica Fides et ratio”, en Tópicos, 19 (2000), pp. 123-130; Ralph McInerny, “Implicit Philosophy”, en Tópicos, 19 (2000), pp. 155-169; Antonio Livi, “Juan Pablo II y la ‘filosofía implícita’ (Fides et ratio § 14)”, en Aquinas, 47 (2004), pp. 153-171.
[4] Ver Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Der Gott des Glaubens und der Gott der Philosophen. Ein Beitrag zum Problem der theologia naturalis, ed. Heino Sonnemanns, Johannes Verlag, Leutesdorf, 20052; trad. it.: Il Dio della fede e il Dio dei filosofi, Marcianum Press, Venecia, 2007. Los años de enseñanza académica son fecundos en publicaciones: un lugar especial ocupan la recopilación de clases universitarias con el título Einführung in das Christentum, publicada en 1968, y la antología de ensayos Dogma e Rivelazione, editada en 1973. Luego publicará Rapporto sulla fede (1985), y once años después Il sale della terra.
[5] Joseph Ratzinger, Il Dio della fede e il Dio dei filosofi, ed. cit., p. 7. Estas palabras están extractadas del prefacio que Ratzinger escribió para la última edición alemana del libro, un año antes de ser elegido Papa.
[6] Ver Antonio Livi, L’annuncio della fede e la “retta ragione”. Prospettive della pastorale alla luce della “Fides et ratio”, en Graziano Borgonovo y Krzysztof Charamsa (edd.), Percorsi di formazione sacerdotale, vol. I: Perché si generi la “Forma Christi”, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano, 2005, pp. 33-61; id., “Le ragioni cristiane del credere e i paradossi della polemica neopagana”, en Sacerdos, septiembre-octubre de 2007, pp. 30-33.
[7] Ver las orientaciones y recomendaciones pastorales del Papa Pablo VI (ver Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, (8 de diciembre de 1975), y más recientemente de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ver Nota doctrinal sobre algunos aspectos de la evangelización, 3 de diciembre de 2007).
[8] Ver Antonio Livi, Humanismo, cultura y evangelización, en Lucas Mateo Seco (ed.), La formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales, Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona, 1990, pp. 811-824.
[9] Sobre la justificación epistémica, ver: William P. Alston, Epistemic Justification. Essays in the Theory of Knowledge, Cornell University Press, Ithaca, 1989; Antonio Livi, Il principio di coerenza. Senso comune e logica epistemica, Armando, Roma, 1997; Robert Swinburne, Epistemic Justification, Cistendon Press, Oxford, 2001; Laurence Bonjour-Ernest Sosa, Epistemic Justification Internalism vs. Externalism. Foundations vs. Virtues, Blackwell, Oxford, 2004.
[10] En una de las Audiencias generales de los miércoles, dedicadas a la figura y a la doctrina de San Agustín, Benedicto XVI insistió en este punto adhiriendo a las enseñanzas de su antecesor, no sólo en lo vinculado en general con el “deseo de conocer la verdad” (ver Juan Pablo II, Enc. Fides et ratio), sino también en relación explícita con el obispo de Hipona: «En la conclusión de la carta apostólica Augustinium Hipponensem, Juan Pablo II quiso preguntar al mismo santo qué tiene que decir a los hombres de hoy, y responde ante todo con las palabras que Agustín confió en una carta dictada poco después de su conversión: “Me parece que es preciso conducir nuevamente a los hombres a la esperanza de encontrar la verdad” (Epistulae, 1, 1)» (Benedicto XVI, Discurso sobre San Agustín, maestro de la relación entre fe y razón, 30 de enero de 2008).
[11] Sé muy bien que esta expresión es a menudo empleada por teólogos de conocida fama y segura ortodoxia; pero con todo siempre viene a ser –más allá de las ciertamente apreciables intenciones dialécticas– una expresión carente de significado en un contexto teológico, es decir, en un contexto en el cual no se puede despojar a la profesión de la fe cristiana de la dimensión veraz, y respecto a la verdad, la lógica es una sola, en el sentido que sus reglas se aplican de manera unívoca a todos los campos del saber. Si alguien quisiera sostener lo contrario, terminaría por teorizar el irracionalismo, que en teología es sinónimo de fideísmo.
[12] Ver Benedicto XVI, Discorso ai membri della Curia e della Prelatura Romana per la presentazione degli auguri natalizi, 22 de diciembre de 2005, AAS 98 (2006), p. 50: “Si la libertad religiosa se considera expresión de la incapacidad del hombre de encontrar la verdad y por consiguiente se convierte en canonización del relativismo, entonces, por necesidad social e histórica, es elevada de manera impropia a nivel metafísico y así es despojada de su verdadero sentido, a raíz de lo cual no puede ser aceptada por aquel que cree que el hombre es capaz de conocer la verdad de Dios y sobre la base de la dignidad interior de la verdad está ligado a dicho conocimiento”.

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