El Papa busca lo que llama una "ampliación de la razón". En tiempos nihilistas, Benedicto XVI retorna al logocentrismo.

 

* Artículo parte del especial "A cinco años de Ratisbona" publicado en Humanitas 64.


El Papa enuncia desde el principio de su lección magistral en la universidad de Ratisbona la respuesta a la cuestión que en ella plantea: “No actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios”. Dicho de otra manera: solo en la medida en que el hombre actúe desde sí mismo estará en concordancia con la naturaleza de Dios. ¿En qué se funda el Papa para hacer tan vigorosa afirmación? En dos textos decisivos de la Biblia, uno del Antiguo Testamento y otro del Nuevo Testamento. El Génesis, el primero de los libros de la Biblia, se inicia con las palabras “En el principio creó Dios el cielo y la tierra” (I,1). Y el Evangelio de San Juan se inicia, a su vez, con las palabras “En el principio existía el Logos y el Logos estaba en Dios” (I,1). La concordancia es visible y particularmente significativa. El Dios Creador es el Logos, es la palabra de Dios, de la que el hombre es imagen. El Dios Creador es el mismo Verbo de Dios hecho carne en la persona de Cristo. Y en Él está la figura humana esencial. El fundamento de la tesis del Papa sobre la relación entre la fe y la razón radica, pues, en esa relación entre Dios Creador y Verbo de Dios como el puente que enlaza el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, el Génesis y el Evangelio de San Juan, la naturaleza de Dios y la naturaleza humana. El Papa pregunta entonces: la correlación entre la razón del hombre y la naturaleza de Dios en virtud de la cual un actuar irracional fuera contrario tanto a la naturaleza de Dios como a la del hombre ¿es fruto, acaso, del pensamiento griego o tiene valor en sí mismo y con independencia de aquel? A esta pregunta que él se hace el Papa responde de manera neta: ha sido San Juan quien dio la respuesta conclusiva sobre el concepto bíblico de Dios. Por consiguiente, no ha sido algo así como una casualidad histórica el encuentro del mensaje bíblico con el pensamiento griego que condujo a decir: “En el principio existía el Logos”.

Esta tesis del Papa me parece estupenda y atrevida. Creo que ella abre un camino que es al que Benedicto XVI invita hoy a los cristianos. Pero voy más allá: invita a todos los hombres porque habla acerca del hombre mismo, en nombre de todos, pues. Permítanme tratar de justificar el sentido de lo que afirmo en la lectura de las palabras del Papa. Califique de atrevida su afirmación porque ciertamente él sabe muy bien que al decirla se expone a que se le llame tributario de Santo Tomás de Aquino, por ende, de Aristóteles y del simple logocentrismo griego. Pero esto no debiera hacerse en tiempos que proclaman la eliminación de la metafísica, como han dicho los positivistas de Viena, o de superación de la metafísica, como ha dicho Heidegger. En tiempos nihilistas, por otra parte, carentes de centro o en los que el centro sería nada, nihil, ¿cómo puede pretender el Papa retornar a un logocentrismo? Se expone, además, a que se le impute un pensar meramente europeo en un mundo global en el que, contra toda unidad espiritual, reina un pluralismo relativista de corte puramente político. Se expone, en fin, a que se le impute querer rescatar la verdad contra los sofistas, una vez más después de Sócrates y Platón, pero después que toda la filosofía habría caído con la muerte de Dios, según el juicio de Nietzsche. Difícilmente alguien sabe mejor que el Papa por qué él está dispuesto a exponerse a todas estas críticas. Sencillamente porque son nuestro pan ideológico de cada día en el mundo actual y porque es ahí justamente donde la verdad ha de clavar su bandera. ¿No ha sido el sello de la Iglesia desde su fundación, y aun la suerte de quien la fundó, recibir todo eso y muchísimo más justo por decir lo que dijeron, por decir algo que era nuevo y navegar contra corriente? La comprensión del pobre en el planteo de la cuestión social; la comprensión del amor en el planteo de la moral sexual, ¿no han sido navegaciones contra corriente que ha debido emprender la Iglesia por lo menos en los dos últimos siglos? Reinstaurar el valor de la razón al interior de la fe es la atrevida empresa de Benedicto XVI que se atreve a ella, valga la redundancia si es que la hay, como lo hiciera San Anselmo en el inicio de la más esplendorosa teología cristiana bajo el lema fides quaerens intellectum.

Pero este atrevimiento del Papa Benedicto XVI al proclamar la relación viva entre Fe y Razón adquiere una dimensión especial, que es seguramente la más grave, cuando denuncia lo ocurrido a la verdad de la fe y la inteligencia, al interior del propio cristianismo que, en definitiva, ha puesto en pugna al hombre con la verdad, al hombre consigo mismo.

El Papa se sirve de una vigorosa metáfora para describir ese proceso que vendría ya desde la crisis de la teología medieval que gesta el nominalismo y que se proyecta en el mundo moderno. El Papa habla de tres oleadas, trayendo a nuestra mente catástrofes de la naturaleza. Habla de una deshelenización del cristianismo que marca la ruptura de la fe con la inteligencia filosófica. Pero cuando dice que no fue una casualidad el encuentro originario de la fe con el pensamiento griego lo que está diciendo, pienso, es algo de gran alcance. Está concediendo a la historia humana un peso y una significación que si bien están inscritos ya en la Encarnación de Cristo y en su Pasión bajo Poncio Pilatos, como reza el Credo, pero en la forma como el Papa lo propone lleva a concebir que la historia de la salvación se prolonga a todo lo largo de la historia del hombre y se gesta a la par de ella. Sobre esta base el Papa no sólo justifica la helenización del cristianismo, sino puede afirmar que “el cristianismo desarrolla su huella históricamente decisiva en Europa”, tanto como su origen se halla en el Oriente. El proceso de asimilación de un pensamiento por la verdad cristiana no es, entonces, un azar, una casualidad, algo de lo cual puede deshacerse y borrar a voluntad. Es algo real, vivo, histórico que pertenece tanto a la naturaleza de Dios como a la del hombre.

El acercamiento entre el mensaje bíblico y el pensamiento griego se produce ya en el episodio de la zarza ardiente que se lee en el Éxodo. El nombre del Dios bíblico se escucha en las palabras Yo Soy. Estas palabras diferencian al Dios de la Biblia de otros dioses. Le apartan del mito y de la idolatría. El Papa ve aquí una íntima analogía con el intento de Sócrates de vencer y superar al mito. Inclusive lo llama una “ilustración” que rompe con divinidades que no son sino obra de las manos del hombre, como dice el Salmo 115. En la literatura sapiencial tardía se dará ese acercamiento, ese recíproco contacto entre la Biblia y la filosofía de los griegos.


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