Tanto el Papa como el Presidente de los Estados Unidos buscan un nuevo tipo de relación con el Islam, y que este tema en particular los conduce gradualmente a divisar y proyectar, como requisito para la solución de este problema en particular, una reconfiguración espiritual y temporal muy amplia del mundo en su generalidad.

Con un intervalo de un mes, entre mayo y junio de 2009, Benedicto XVI se dirigió a Tierra Santa en peregrinaje, y luego Barack Obama llevó a cabo un viaje político al Cercano Oriente. Mi propósito aquí es comparar sus discursos [1] desde el punto de vista de la filosofía moral política.

Todos esos discursos están vinculados de alguna manera con el problema de la guerra y la paz, sobre todo las condiciones culturales y espirituales de la paz. Ambos abren perspectivas distintas, pero cruzadas, sobre una recomposición de conjunto del paisaje espiritual y temporal.

Todo se ha dicho sobre estas dos personalidades, salvo tal vez en qué medida su paralelo es iluminador para enfrentar nuestras opciones humanas colectivas más importantes.

1. La nueva partida

El 8 de mayo, al dirigirse a la prensa en el avión que lo conduce al Oriente, Benedicto XVI habla de un momento de esperanza, esperanza de una nueva partida, de un impulso renovado en el camino de la paz.

El 4 de junio, en el exordio de su discurso [2], el Presidente Obama declara a su vez: “I have come here to Cairo to seek a new beginning”. En su peroración, vuelve sobre esta idea declarando: “Tenemos el poder para hacer existir el mundo que buscamos, pero únicamente si tenemos el valor de emprender una nueva partida (to make a new beginning)”, teniendo presente –precisa él– lo escrito en el Corán, el Talmud y el Evangelio (citados en este orden). Barack Obama cita especialmente: “Bienaventurados los artesanos de la paz, ellos serán llamados hijos de Dios”.

He aquí dos viajeros que comparten muchas cosas: la idea de una nueva partida por emprenderse hoy; una meta hacia la cual conviene lanzarse nuevamente: la paz; la conciencia de que esta meta le concierne a toda la humanidad, no siendo la paz universal un ensueño, sino, de nuevo, como en la época de Dante, un concepto y un principio indispensables en toda política sensata; cierta esperanza razonable de alcanzar esa meta; por último, ambos consideran la necesidad de referirse, para hacer esto, a lo mejor de las tradiciones religiosas. Para el Papa, se trata además de apoyarse en el poder de la oración, la formación de las conciencias y el uso de la razón [3]. Más concretamente, en el tema del conflicto israelí-palestino, ambos concuerdan en la idea de la solución de los dos Estados, posible mediante la confianza. Ellos no ocultan las dificultades del caso.

2. Dos géneros literarios y dos mensajes a los medios de difusión

Un buen paralelo siempre comienza por señalar las asimetrías. Un dirigente político no habla como jefe espiritual, y viceversa. Cada uno tiene sus finalidades, y sus declaraciones no reflejan los mismos métodos de pensamiento ni un mismo género literario; pero incluso antes de comparar los contenidos de los discursos, lo que impresiona es su diferencia en cuanto al mensaje entregado a los medios.

El discurso público está condicionado hoy día por el medio en el cual se da a conocer: los medios de comunicación masiva.

La gran fuerza del Papa y al mismo tiempo su inevitable desventaja consiste en no hacer a este sistema sino un mínimo de concesiones puramente de forma. Sintetizándolo todo en una palabra, el Papa razona, pero dentro del espacio en el cual se expresa ya no opera el razonamiento. El Papa delibera en un mundo que reacciona. Homo sapiens, más que homo loquax, quiere permitir a la verdad afirmarse en vez de afirmar opiniones arbitrarias. Le gusta mucho la lengua de los símbolos y poco la comunicación mediante la imagen. Responsable y humano, estima que no todo debe ser transparente, sin duda para no exponer a cristianos o judíos a las persecuciones; pero no se permite hacer ni siquiera el más mínimo retoque a la verdad.

Los medios de difusión masiva están hoy en rápida evolución y su business model no tiene las promesas de la eternidad. Sin embargo, siguen teniendo un rol inmenso en la sociedad. Vendedores de espacio-tiempo para los anunciadores de publicidad, les ofrecen cerebros receptivos gracias al atractivo de un espectáculo en el cual se mezclan la información y la diversión, no sin contaminación entre ambas. Dejan pasar la información factual, brevemente resumida, la expresión vigorosa de la opinión subjetiva y el “testimonio”, tomado en el sentido de “manifestación de emoción”. Filtran el resto, es decir, el hombre en cuanto hombre. Es la ley de hierro de la economía mediática. Es también su problema ético.

La inadaptación del magisterio a este funcionamiento reductor constituye para la fe católica un motivo paradojal de credibilidad. No se trata de un gran profesor volando a demasiada altura para su público. El Papa sabe hablar a los sencillos, a los jóvenes, y conmoverlos; pero les habla en un instante que dura y se hace más profundo en la eternidad. Los medios de difusión son hoy día una máquina para producir un corte entre el tiempo y la eternidad y entre lo actual y el Acto puro. Al rechazar la sumisión de la razón a esta sinrazón, el Papa preserva las posibilidades de los medios de difusión mejores. Preserva el porvenir de la democracia, un régimen confiable únicamente si el debate público conserva su seriedad. Preserva la fe, pero también la credibilidad de la fe, para espíritus críticos, amigos de una sociedad libre digna de semejante nombre.

El Presidente Obama ha comprendido todo sobre el funcionamiento de los medios de comunicación masiva. Junto con hacer en este ámbito todas las concesiones requeridas con miras a la conquista y la conservación del poder, trasciende esto en parte con fuerza de pensamiento y visión, con un lenguaje a menudo rico y articulado, y sobre todo una excepcional facultad de contacto. Así, cuando escuchamos o leemos uno de sus discursos, es preciso analizar una combinación resultante de un compromiso entre la lógica de la razón y la de los medios de comunicación masiva. Él quiere sobrevivir, y no se puede decir que eso no le guste, pero tampoco es un comunicador cínico. Es preciso saber descifrar. De ahí derivan las incertidumbres de toda interpretación, en particular la nuestra.

3. Dos mensajes al prójimo, dos raigambres, dos tradiciones

La impresión de conjunto, al retomar en una lectura el discurso del Presidente Obama, es inicialmente de una innovación sin duda importante, político-estratégica y filosófica, adecuada para modificar el conjunto de equilibrios del mundo, y enseguida de una persona que vive en la cultura estadounidense y en cierta medida la vuelve a crear. Como político, esta arraigado ciertamente en la gran tradición política de los Estados Unidos.

El Presidente Obama, en calidad de hombre de paz, viene a buscar un nuevo contacto con un mundo muy distinto, del cual ha estudiado los elementos fundamentales y cuyos requerimientos considera metódicamente. Procura emocionar y conducir a la acción, pero no da la impresión de tratar de entrar profundamente en el alma de otro pueblo para conocerla. Suscita una intensa fusión emotiva. ¿Pero qué queda de eso después? Considera seriamente la dimensión cultural y espiritual de los problemas, pero es muy difícil penetrar en el misterio personal de este hombre. Posee una enorme capacidad de captar globalmente los problemas, y da la impresión de estar a la vez satisfecho e insatisfecho en cuanto a la perfecta instalación de su propia cultura a nivel universal, sin estar en condiciones de explicarse a sí mismo la forma precisa de ese estado de satisfacción-insatisfacción.

Da también la impresión de encontrarse tan inmediatamente con el otro que casi bastaría con ese contacto, dado el carácter sumamente empático con el cual lo aborda, mientras Benedicto XVI, tal como Juan Pablo II y –digámoslo– como Jesús, da la impresión inicialmente de querer encontrarse con el otro para conocerlo: conocerlo por conocerlo a él, con el único fin de estar unido con él conociéndolo en su ser. “Jesús puso en él su mirada y lo amó”.

Barack Obama quiere seducir –y lo logra– mediante la proyección de una evidente superioridad de vida y éxito. Sin embargo, aun cuando su intención es todo menos arrogante, no estoy seguro de que su estilo de presentación sea lo más apropiado para producir un efecto profundo de largo plazo. Más allá de la simpatía que despierta y la curiosidad de la cual es objeto, y considerando la altura y la profundidad de sus objetivos, conmovería realmente al otro si, como Benedicto XVI, se diera tiempo para sentarse con él en el oasis de la meditación profunda. Por este motivo, creo que entre otros conmueve sobre todo a quienes, al mirarlo, experimentan el gusto de desear ser como él y soñar como él quiere hacerlos soñar.

A diferencia de su antecesor, que carecía totalmente de perspectiva en relación con su cultura política, el Presidente Obama, en El Cairo, con discreción, fija una mirada más reflexiva sobre Estados Unidos y la democracia. La prudencia siempre relativiza, y la verdadera prudencia procede sin relativismo. Por ejemplo, él insiste en la promoción de la democracia en el mundo, pero agregando que ésta debe estar en condiciones de dar espacio a la diversidad de contextos históricos y culturales. Afirma el valor general del régimen democrático, junto con precisar que no se limita a llevar a cabo elecciones y que precisamente mediante el respeto de cada contexto cultural hay que permitir a cada pueblo determinar su propia práctica de la democracia. Al profundizar en estos elementos tan valiosos, desembocaríamos en los temas tratados de tan buen grado por Benedicto XVI cuando evoca estos problemas. Es indispensable esa perspectiva crítica en relación con la libertad y la democracia, ya que la renovación de la ciudad libre pasa por una crítica que vuelva a enraizar la libertad dentro de una razón renovada.

Literariamente, el estilo de este discurso es más común que el de la toma de posesión, por ejemplo. Percibimos detrás de él esa tradición que comienza con los Federalist Papers [4], donde se unen y equilibran el sentido común y la experiencia, el realismo maquiavélico, el humanismo clásico de la Política de Aristóteles, el idealismo político moderado de Locke y Montesquieu, y una atención aguda a los problemas económicos. Se siente siempre la misma fe en la misión de una patria fuera de lo común.

El Papa, por su parte, está arraigado en una tradición que trasciende las culturas políticas y manifiesta una gran atención centrada en las personas y comunidades ante las cuales se expresa, procurando penetrar en lo esencial de su vida. En dos milenios, la Iglesia ha conocido numerosos regímenes, casi todos necesarios en cierta medida, todos mortales y destinados a ser algún día sometidos a la ley de las revoluciones.

Sin afirmar un puro relativismo político, la Iglesia, sobrenaturalmente segura de su perpetuidad, sabe que “el rostro del mundo cambia”, y Roma sobre todo se atiene a lo esencial: la regla de justicia y el respeto por el bien común, siendo lo restante medios. Un régimen de libertad política tiene validez sobre todo cuando la libertad permanece enraizada en una razón referida al bien y a lo verdadero, y ninguna forma de régimen constituye por sí misma una panacea que preserva contra las iniquidades provenientes de una concepción arbitraria de la libertad. Lo importante es el respeto objetivo de los derechos objetivos de todas las personas reales y todas las comunidades reales.

El Papa, como hemos dicho, aguza totalmente el entendimiento para entrar profundamente en el alma de los demás, escuchando su lenguaje, hasta hacer suyos y vivir él mismo como propios los verdaderos valores universales del prójimo. Toma las religiones religiosamente. No las considera en primer lugar en relación con el orden público, la concordia cívica, la dulzura de vivir juntos respetándose o la curiosidad del exilio espiritual, sino como caminos mediante los cuales algunas personas procuran ir hacia Dios, caminos para contemplar a partir de Dios. El primer interrogante no es “¿Qué debemos pensar de las religiones o en la religión para hacer una buena democracia?”, porque si esta pregunta fuese demasiado predominante, nuestra religión sería la democracia. Ahora bien, ¿es una buena democracia aquella que se convierte en una religión?

En su peroración, Barack Obama, habiendo considerado las inmensas esperanzas del universo humano, se eleva a las verdaderas respuestas, que son teologales, y afirma: “Los pueblos pueden vivir en paz. Sabemos que así es la visión de Dios. Es nuestra misión en la tierra”. Un espíritu con claridad se pregunta cómo puede saber el Presidente de los Estados Unidos cuál es la visión de Dios. Se le responde que indudablemente mediante la Escritura, que acaba de citar. ¿Pero cómo puede referirse a la Escritura sino mediante la fe? Y nos encontramos sumidos en un interrogante, que es sin duda el primer fruto de este enigmático y sorprendente discurso.

La fe proporciona respuestas, pero sobre todo interroga. Sólo hay respuesta para quien entra en la pregunta. Y si somos pregunta, y en pregunta, debemos recogernos en nosotros mismos. Entonces las respuestas encuentran sus preguntas. ¿Cómo hacer para compartir la visión de Dios? ¿Para cumplir nuestra misión en la tierra? ¿Qué significa hacer la paz? ¿Cómo conocer a Dios? ¿Y cómo quiere Dios dar Se a conocer? ¿Cómo debemos vivir, personal y comunitariamente, si deseamos realmente estar unidos con Él y no sólo imaginar esa unión con Él? ¿Cuál es su Ley? ¿Respetamos su Ley? [5] Es Dios quien sabe. ¿Quién puede saber, si Él no lo revela? ¿Pero cómo revela? ¿Y de qué maneras? ¿Y cómo saber si revela? La creencia presupone la verdad; la verdad se da en la pregunta. Benedicto XVI es Papa de las certezas porque es Papa de las preguntas.

4. Libertad y razón. La paradoja de Kissinger

Un Estado que lleva, aun cuando sólo sea en parte, la carga del liderazgo global, debe ser a la vez fuerte y justo. Quienes son responsables y se preocupan de la justicia para toda la unidad humana tienen el deber de elevarse a lo universal. Por eso resulta interesante el cotejo de la política del líder global y el pensamiento del jefe católico.

Al no elevarse a lo esencial, lo supuestamente universal se transforma en medio de dominación por parte de un grupo en particular. De aquí se desprende probablemente la paradoja de Kissinger, que es preciso comprender y analizar.

Henry Kissinger escribe, en el segundo capítulo de su libro titulado Diplomacy, [6] que Estados Unidos, a comienzos del siglo XX, tenía una opción entre la política realista e imperial de Theodore Roosevelt y la política idealista de Woodrow Wilson, y habría descubierto empíricamente que únicamente con la política de Wilson podía alcanzar los objetivos de Theodore Roosevelt… Esta curiosa paradoja, no desprovista de cinismo, se encontraba tal vez en el fondo de este pensamiento de Thomas Jefferson, citado por Barack Obama: “The less we use power, the greater it will be”.

Kissinger se contenta con poner de manifiesto esta ley, sin tratar de profundizar filosóficamente en ella. Adversarios de los Estados Unidos, formados en la sospecha marxista, se apresurarían a hablar de maquiavelismo y alteración “ideológica”. Agregarían que el Presidente Obama, en El Cairo, adapta el imperialismo a una época nueva, rehaciendo su maquillaje democrático e idealista. La realidad me parece ser más profunda. Su justa comprensión es crucial para el bien común universal, ya que condiciona la confianza del mundo en el líder, y por tanto condiciona también la posibilidad misma del liderazgo.

La explicación de la paradoja de Kissinger, cuando no se atribuye ni al azar ni a cálculos demasiado inteligentes para poder funcionar, es propia de la operación profunda de la intuición filosófica en los espíritus.

En el avión que lo lleva a Israel y Palestina, Benedicto XVI declara que para hacer la paz quiere hablar de razón, pero la razón de la cual habla no es la de la filosofía de las Luces. Y señala que “la creencia religiosa presupone la verdad. Alguien que cree busca la verdad y vive de ella” [7]. No es aquel que afirma arbitrariamente una opinión por él fabricada. El Papa dice también, en el mismo discurso, que “la verdad hace posible un consenso y permite un debate público racional, honesto y sólido” [8]. Y no lo contrario, como si no existiese una realidad y el consenso fuese en cada instante una creación del mundo para una asamblea de dioses. De este modo, la razón “abre en definitiva el camino de la paz”, ya que si es realista, refiriéndose a un bien común fuera del alcance del poder, permite al lenguaje tener un sentido firme, y por consiguiente, en cierto modo como la estabilidad de las monedas, facilita la confianza más allá de las manipulaciones y una ampliación del debate con participación de todos los que tienen contacto con lo real. A esta razón se refiere Benedicto XVI cuando habla de “desarrollar con miras al bien el vasto potencial de la razón humana” [9].

Arriesgo aquí un breve comentario. La filosofía de las Luces se basa enteramente en la “duda” cartesiana. Ahora bien, Descartes escribió en su 1ª Meditación: “Nunca podría ser suficiente mi concesión a la desconfianza”. La “duda” no es el poder humano de interrogación radical, en sí mismo excelente. La “duda” es aquello en lo cual se convierte este poder de interrogación una vez dominado por la desconfianza atávica del ser humano. El hombre teme a los otros seres humanos, a Dios, y a la naturaleza, en el fondo porque no la cree buena y percibe claramente que es preciso ver en ella una obra de Dios, y piensa que Dios, que no es muy bueno, también debe temer a los hombres.

Cuando la razón está enraizada de este modo en la “duda”, la idea de la libertad está teñida por todo aquello que semejante razón incorpora de guerra y enemistad. La libertad fatalmente se encuentra en profunda solidaridad con el deseo de poder o la necesidad ansiosa de asegurarse absolutamente mediante una dominación no compartida. La ciudad ya no puede ser un vínculo de philia, prefiriéndose en cambio una máquina aseguradora, basada en automatismos que únicamente recurren al interés personal. Ciertamente, el Leviatán puede ser civilizado, el “Príncipe domado” [10], pero el derecho ya no es sino la guerra fría, la paz de la guerra bloqueada, retrasada, derivada, sublimada. Únicamente la confianza natural en la bondad de la vida, el sentido de la amistad o el acto de fe, en respuesta a la manifestación objetiva de la bondad del Revelador, pueden superar esta desconfianza atávica y renovar la razón y la libertad.

Cuando entonces el hombre “moderno”, para vivir libre, confía en una razón de “duda”, se establece una contradicción insuperable entre –primero– su intención general de libertad benévola, recta y racional (que es la mayoría de las veces innegable y proviene de la noble orientación de la razón natural), y –segundo– un conjunto de métodos o prácticas que bloquean la libertad al margen de la amistad. En ese momento, una necesidad inconsciente de dominación trastrueca la invocación y la lógica de la libertad, y luego un temor secreto prohíbe la confianza y contradice el deseo de libertad benévola. Por este motivo, la historia del pacifismo de las Luces tiene un carácter de noble impotencia, y esta fatalidad sin duda recaerá también sobre los grandes proyectos del Presidente Obama.

Los llamados a la confianza no pueden desarmar la desconfianza, o podrían incluso inspirar una desconfianza aún mayor mientras no se extirpe de la razón misma la raíz de la desconfianza. Y es por eso que Dios emprendió su obra de salvación del género humano pidiendo a un hombre llamado Abrahán otorgarle su fe. Y la fe no puede tener fe en un sistema en el cual sería superada por una razón sin fe, ya que en ese caso la razón tampoco puede ya tener fe en sí misma sin reducir el ego a confiar únicamente en sí mismo, lo cual constituye todo el problema.

Es preciso además, por otra parte, que la “fe” sepa unirse con la razón en forma metódicamente confiada, sin identificarla con la lógica de la “duda”. Cuando la razón es presa de la desconfianza y la enemistad, se opone a una fe de confianza y caridad, y la fe entonces se arroja fuera de la “razón”. Efectivamente, la fe se percata muy bien de que ya no es viable, en estas condiciones, salvo en el elemento del sentimiento, y adquiere aversión a lo que llama la “razón”. Se lanza al fideísmo y critica la “metafísica”. En resumen, sin razón “recta”, o bien la fe se pudre, adoptando sin crítica modos de pensamiento racionalmente criticables y que para ella son espiritualmente letales, o bien la fe se endurece, identificándose con una desconfianza arisca ante la razón, el cuestionamiento, la libertad en general y todo lo vinculado con esto.

Al igual que la mayoría de los estadounidenses, el Presidente Obama ama sinceramente la libertad para él, su familia, su país y todos los seres humanos. Encarna la felicidad estadounidense de existir en la libertad y realizar su sueño. Su retórica liberal es más o menos tan irresistible como seductora es su personalidad, pero…

Pero mientras la libertad se comprende como prolongación de una razón que no puede creer, la invocación de la libertad siempre va acompañada por un deseo de poder, del cual es a la vez el ardid y la legitimación, y por consiguiente el socio desconfiado traduce necesariamente: mientras más lo escuchemos hablar de la libertad, mayor poder tendrá sobre nosotros. Barack Obama está en el nivel de una reflexión leal sobre la paradoja de Kissinger. Él, que se atreve también a evocar en este discurso la idea de un mundo sin armas nucleares, no está desprovisto de esa inteligencia realista que sabe qué humildad se requiere para escrutar en la profundidad (“humbled before the task”, como ya dijo el día de su investidura). Tal vez por el hecho de provenir en parte de otro lugar, siente que sin una ampliación de las bases filosóficas del concepto de libertad, los avances de la democracia se reducirán a una monocultura de americanización, que incluso en lo mejor que tiene no siempre es conveniente para todos. Ahora bien, ¿en qué reside precisamente esta estrechez de las bases, que convendría ampliar? En una interpretación demasiado exclusivamente iluminista de los fundamentos de los Estados Unidos de América.

Es ahí donde la enseñanza de Benedicto XVI puede aparecer entre las más iluminadoras. Como a menudo los hechos son más elocuentes que las palabras, él coloca la primera piedra de una universidad cristiana, en Madaba, en Jordania. En oposición, si se quiere, con la filosofía de las Luces, Benedicto no desea la muerte de las Luces en mayor medida que los cristianos de la Antigüedad, perseguidos durante tanto tiempo por el mundo grecorromano, no desearon la muerte de su cultura clásica. Por el contrario, la preservaron y prolongaron. También es preciso salvar los valores del cuestionamiento vivo del espíritu crítico, de la ciudad libre, de la cultura lógica, el aspecto serio de la razón. “Quien busca, encuentra”. Por consiguiente “no encuentra quien no busca”. Y “Tú no me buscarías si no me hubieses ya encontrado”, dice Jesús a Blaise Pascal.

Aquí no se trata nuevamente de catolicismo, sino puramente de recta razón, requerida para esta confianza que constituye la paz. Con todo, esta confianza en la razón y el realismo de la razón (que no constituye ni la verdad ni el ser, sino que los busca y los ve), supone el reconocimiento del valor de la actitud de fe, de la amistad verdadera y el amor, cuya experiencia feliz es también fundadora para el pensamiento, especialmente en el seno de la familia.

El Presidente Obama pide a sus interlocutores una mirada nueva a los Estados Unidos de América, un discernimiento; pero existe el temor de que esto fracase y “la guerra de Troya tenga lugar” si se permanece en la “duda” y sus Luces ahumadas sin reanimar la razón en forma vigorosa y total. Sin embargo, el Espíritu de fuego de la religión cristiana se reduciría Él mismo a la impotencia si los cristianos, acomodándose al mundo, es decir, en primer lugar, a su filosofía de “duda”, se permitieran concebir la fe a partir de la desconfianza o el amor a partir de una lógica que incorpore radicalmente la enemistad.

Si bien trasciende al Occidente, el cristianismo es lo que puede permitir al Islam ver el Occidente, no bajo el aspecto de una razón positivista y materialista o de un vago idealismo que diviniza al hombre, sino como el ámbito de una racionalidad realista, universalista, “abierta”, no como un desagüe, sino como la confianza metódica y reflexiva.

5. Sobre el consenso político entre filósofos y creyentes

El poder de los Estados Unidos de América se debe en primer lugar a esa sabiduría política que tiene en común con todas las repúblicas aristocráticas capaces de equidad sin oligarquía. Los estadounidenses llaman a eso democracia. No hago más que señalar este punto, cuyo desarrollo nos haría salirnos de nuestro tema. Me centro en la otra causa de la grandeza de los Estados Unidos de América, es decir, el compromiso histórico establecido entre filósofos y creyentes en la fundación de la república. Esto aseguró su unidad y luego su fuerza, a diferencia de lo que se produjo la mayoría de las veces en Europa.

En Estados Unidos de América, las Luces rechazaron durante mucho tiempo al “ateo estúpido” y al “libertino inmoral”. Los preceptos o el espíritu de la moral fueron durante mucho tiempo comunes para filósofos y creyentes. La religión, políticamente marginada, no fue socialmente destituida. Los creyentes no fueron víctimas de diminutio capitis. Es esto lo que en cambio permitió a los creyentes admitir el establecimiento de instituciones liberales, respetuosas de la moral y la religión, aun cuando estuvieran discretamente animadas por espíritus filosóficos a menudo desligados como tales de la creencia en la religión positiva. Esta aceptación fue facilitada por el hecho de que los creyentes estaban repartidos entre diversas denominaciones, todas las cuales, incluyendo el catolicismo, habían sufrido persecuciones, y ninguna podía pretender prevalecer ni convertirse en la religión del Estado de la Federación.

Este compromiso constituyó la unidad espiritual, la fuerza pacificada y el poder de Estados Unidos. Unido a condiciones geográficas y naturales ideales y a diversas decisiones, justas o menos justas, permitió su prosperidad y el desarrollo de su poder. Le evitó esa lucha intestina entre Dios y la libertad, que agotó las fuerzas de Europa y la entregó a tantas locuras. Este compromiso permitía la subsistencia, bajo la égida lejana de la razón iluminada, del sentido común y la experiencia, el espíritu práctico, la fe y la intuición, en suma, de numerosos principios de realismo, mientras Europa se encontraba más encorsetada por el positivismo y el idealismo, las ideologías, el materialismo.

Y sin embargo, durante la presidencia de Clinton y Bush II, prevalecía la impresión de que el compromiso histórico estadounidense estaba gravemente amenazado. El secularismo se radicalizaba, ateo en el fondo, self indulging, y como en Europa, tolerante en los discursos y las leyes, pero intolerante en las costumbres y la práctica social, si los cristianos ya no se contentan con administrar silenciosamente la eutanasia de su Iglesia. Por otra parte, había cristianos que tendían a doblar la cerviz y adaptarse al mundo o erguirse y confundir, en una misma reprobación, libertinaje y libertad.

El secularismo radical hace entonces su juego ante la religión desamparada, usando su influencia mediática para dividirla en dos cuerpos opuestos: por un lado, el modernismo dócil ante las Luces, que cuenta con todos sus favores, y por otro un “resto”, para el cual se trata de amalgamarse en la opinión, en un solo bloque etiquetado como “fundamentalismo reaccionario”. Las oposiciones sumarias y el fanatismo político, tan comunes en Europa, especialmente en Francia, invadieron –se dice– la vida política estadounidense.

Barack Obama se presentó como aquel que deseaba y podía restablecer el consenso espiritual y moral de los Estados Unidos. Él deploraba ya las divisiones intestinas en el primer capítulo de su libro titulado The Audacity of Hope [11]. Predicaba allí sobre la unidad y la tolerancia entre conciudadanos, el esfuerzo para volver a encontrar la concordia y una benevolencia cívica más allá de los tropiezos apasionados.

El discurso de El Cairo, en la misma línea, manifiesta sobre los temas morales una gran moderación en relación con lo que podría desear el ala más radical de sus partidarios, aun cuando nada dice sobre los problemas más espinosos. En cuanto a la presencia de temas religiosos en el discurso, podría calificarse de exuberante. Los musulmanes del mundo aprecian semejante discurso tanto como los creyentes cristianos de los Estados Unidos, y eso contribuye a su popularidad. Con todo, más allá de la retórica y la sinceridad de los discursos, se trata de saber cómo es su deseo de restablecer el consenso y qué poder tiene para llevarlo a cabo.

Semejante restablecimiento significaría, en la práctica, para los filósofos en boga, hacer concesiones a los creyentes en cuanto al respeto por la vida, la familia, el subjetivismo cultural o la extensión del campo de aplicación de la racionalidad instrumental. Lógicamente, eso no es imposible, ya que la modernidad liberal ha producido tanto el rigorismo kantiano como libertinismos desenfrenados, o tanto el autoritarismo hegeliano como el radicalismo rousseauniano. Yendo a lo práctico, uno se pregunta si el Presidente Obama puede efectivamente transformar una evolución que desde hace varias décadas siempre se mueve en la misma dirección. Los hechos indicarán si el proyecto de restablecimiento del consenso es tan significativo que implique la capitulación de los creyentes, cansados de luchar, y con ello el establecimiento, al menos superficial, de un unanimismo políticamente correcto.

La respuesta a estos interrogantes condiciona el porvenir de los Estados Unidos, su fuerza moral, su capacidad de acción y liderazgo, independientemente del grado de control y dominio en la superficie de los fenómenos mediáticos.

Hay que distinguir entre el mundo real y el mundo de las apariencias audiovisuales, aun cuando la tendencia de los políticos es, a este respecto, la de vivir en una suerte de idealismo absoluto, donde las apariencias mediáticas ocupan para ellos el todo de la “realidad”. El problema, por cierto, es que en sus discursos todo va bien, mientras que en la realidad se produce la crisis. Pienso que vienen días en los cuales la amplitud de la crisis impondrá el reconocimiento del mundo real, incluyendo su dimensión cultural y moral profundas, y que los políticos que no se hayan puesto al día puntualmente pasarán por lo que son: chaplines. Perderán entonces el poder. Todo lo cual sucederá el día en que la evolución tecnológica haya permitido remediar seriamente, dentro de una lógica de libertad, la irracionalidad del actual sistema de comunicación e información.

Por este motivo, si yo fuera joven y entrara en la política, prestaría a Benedicto XVI tanta atención como aparentemente lo han hecho ciertos asesores de la Casa Blanca.

¿Qué piensa el Presidente Obama en materia de religión? Habiendo dicho que sólo Dios puede estar seguro de ello, se puede agregar que el Presidente Obama es un universitario brillante, abierto a toda experiencia humana, un ser vivo que contrasta con la mediocridad de cierta intelectualidad cerrada a lo espiritual, aislada en sus jergas. En mi opinión, basada –lo admito– en una representación de conjunto difícil de analizar, él reconoce personalmente en la religión y la filosofía dos esferas reales e ideales irreductibles, distintas y perennes, dotadas ambas de verdadero valor, y está preocupado de armonizarlas. Ir más allá resultaría sólo conjetural.

Tiene ciertamente una forma de fe muy personal. Como dice con candidez en la Universidad de El Cairo, “I am a Christian, but…”. En cuanto a su formación y su cultura política, probablemente el Presidente Obama no piensa de distinta manera que Locke o Hegel, lo cual no excluye una experiencia afectiva o espiritual fuera del marco de esos pensamientos. Espíritu de élite, ilustrado, orgulloso de ser partidario del progreso, tiene una actitud respetuosa con la religión, por sentido de concordia, habilidad política y respeto al pueblo y al carácter objetivamente popular de la religión como forma de cultura. De ahí proviene indudablemente su simpatía por el Islam, por simpatía con los pobres y aversión a sus adversarios políticos.

Para Hegel, la filosofía, de carácter superior a la religión, proporciona el marco dentro del cual la religión encuentra su verdad; pero un filósofo, que no es la Razón pura, también vive en la religión. Necesita las fuerzas de la imaginación y el sentimiento. Éstas sostienen el pensamiento, simbolizándolo en el imaginario, y facilitan la obediencia a la ley moral, representándola como un precepto divino. Para los simples, la religión es enteramente abarcadora y respetable siempre que no se introduzca el fanatismo. El espíritu ilustrado puede participar con emoción en los sueños, los sentimientos puros y las plegarias conmovedoras de los espíritus simples, pero lo que cuenta es la filosofía cuando se trata de decisión y acción.

6. El hombre en busca del Uno y una innovación superior

En el Santo Sepulcro, Benedicto XVI habla de Cristo, “nuevo Adán, fuente de la unidad a la cual toda la familia humana está llamada, unidad de la cual la Iglesia es señal y sacramento. Cordero de Dios, es la fuente de la reconciliación, que es a la vez don de Dios y tarea encomendada a nosotros. Príncipe de la Paz, es la fuente de esa paz que trasciende toda negociación, la paz de la nueva Jerusalén” [12].

El Presidente Obama también ha retomado este tema de la unidad del género humano, combinándolo con el de una nueva era de su historia en la cual la humanidad entra en la paz universal y la armonía.

La gran originalidad de su discurso reside, a mi modo de ver, en la forma en que el nuevo Presidente procura articular un audaz proyecto político, que incluye dos aspectos: primero, dentro de los Estados Unidos, el paso de una sociedad globalmente cristiana, donde la paz intercultural e interreligiosa entre las denominaciones cristianas está asegurada –gracias la Constitución, por la filosofía o la religión natural (si estos dos conceptos difieren en su espíritu)– a otra sociedad mucho más radicalmente interreligiosa, que otorga especialmente al Islam un lugar importante; y segundo, fuera de los Estados Unidos, una propuesta renovada del modelo estadounidense reformado según tales premisas, como norma básica de una coexistencia universal en la seguridad y la libertad.

Esto puede parecer anticristiano a escala de un país –y sobre todo afectará profundamente a los protestantes–, pero no es necesariamente anticristiano a escala del mundo entero, donde podría facilitar la evangelización, a menos que a raíz de ese “gran designio” que referimos, el cristianismo (y los judíos) terminaran atenazados entre el Islam y un Occidente identificado en lo sucesivo puramente con la filosofía de las Luces. Pero en estos grandes proyectos hay por una parte gran cantidad de equívocos inevitables, y por otra los contragolpes de estas decisiones son tan imprevisibles que el resultado siempre puede ser paradojal en relación con las intenciones. Lo significativo en relación con esto son más bien las decisiones políticas sobre los problemas éticos graves.

Lo que la religión filosófica o natural ha hecho por las diversas confesiones cristianas debe estar en condiciones de hacerlo absolutamente por todas las formas religiosas existentes, empezando por el Islam. El Islam es incluso un socio privilegiado para la ilustración, ya que enseña la unidad fundamental de los tres grandes monoteísmos. Barack Obama retoma así en El Cairo la tradición musulmana, según la cual Moisés, Jesús y Mahoma se habrían reunido para orar juntos al Único.

La filosofía de las Luces se define no sólo por la razón, sino también por la preocupación de evitar las guerras de religión. Para ciertos teólogos protestantes estadounidenses, como R. Niebuhr [13], por ejemplo, está estrechamente vinculada con la fe y la meditación en los destinos de los Estados Unidos. Esta filosofía (que es tanto religión filosófica como filosofía religiosa) se considera apta y habilitada para evitar las guerras de religión sin entrar en sus discusiones, relativizando los contenidos dogmáticos, aplicando a todos, para la coexistencia civil, la regla simple de la igualdad ante las mismas leyes, defendiendo los mismos derechos universales para todos los individuos y proponiendo una moral también definida por la universalidad de las reglas, y uniendo a todos los miembros del cuerpo en la tolerancia mutua y la proclamación de cierta dignidad del hombre, presentada como una evidencia. El auditor atento del discurso de El Cairo ciertamente habrá llegado a la conclusión de que el Presidente Obama se ubica en la línea de esta filosofía, pero permanecerá en la duda en cuanto a la forma en que esta filosofía se ajusta con lo que es preciso llamar su fe.

Suponiendo que así sea el “gran designio” del Presidente, éste desearía abrir un nuevo campo de aplicación para los grandes principios de los Estados Unidos de América. En el pasado, esta nación ha unido en su territorio, en el marco de la libertad, a las diversas confesiones cristianas mediante su filosofía. En el porvenir, debería hacer que se unan todas las religiones, en toda la tierra, en el seno de una comunidad internacional de democracias filosóficamente ilustradas. Ésa sería la nueva ambición del universalismo estadounidense. Para que esta ambición sea coherente con su constitución interna, es conveniente que a partir de ahora nadie pueda dudar de que “el Islam es una parte de los Estados Unidos”. Por ejemplo, el gobierno federal defiende y defenderá ante la justicia estadounidense la libertad religiosa de usar el velo o pagar el tributo religioso, el zakat. Esto significa que la cultura estadounidense se reduciría en lo sucesivo absolutamente a “un solo principio”, expresado en su lema “Epluribus unum”. Uno siempre se pregunta hasta qué punto hay que creerles a los hombres políticos. Si se toman totalmente en serio las palabras de Barack Obama, tal vez aquí debería escribirse Unum con mayúscula para designar la compenetración de la sociedad con una especie de Principio divino y absoluto, el Espíritu en sí y por sí, como habría dicho Hegel, «la Unidad de lo Universal y de lo particular” [14].

Esta política no sería censurable si se contentara con recordar aquel elemento antropológico fundamental, en este sentido consistente en que todos los hombres (incluidos los adeptos a las Luces) consideran que todo viene del Uno y regresa al Uno. Después de todo, Santo Tomás no piensa de otra manera, y esta idea simple y grandiosa le proporciona el plan de la Suma teológica.

Sin embargo, el gran esquema de la emanación a partir del Uno y el regreso al Uno es en sí mismo compatible con cualquier religión y cualquier régimen político, incluyendo las grandes monarquías teocráticas helenísticas. Si esto no se señala, este esquema evoca el carácter místico en general, la metafísica en general, y su vaguedad se percibe más bien como panteísmo. Así como las elecciones no constituyen la totalidad de la democracia, tampoco la tolerancia se reduce a un vago monismo.

7. El protestantismo y el Islam

El Presidente Obama sería mucho más creíble si articulara su “gran designio” en una reflexión franca sobre el rol fundador del protestantismo en la república que preside, ya que independientemente del lugar ocupado por el Islam en los Estados Unidos, en la actualidad y en el mundo del futuro, es indudable que el rol de la religión musulmana en la Constitución norteamericana es semejante al de los Estados Unidos en la Constitución de Persia en la época de los sasánidas... El rol del protestantismo es en efecto considerable en la formación y la conservación de la cultura política de la democracia estadounidense, por lo menos tan importante como el de la filosofía de las Luces, aun cuando no tenga carácter exclusivo como influjo.

Indudablemente, en la historia de Europa ha habido una cantidad considerable de repúblicas aristocráticas –o también populares– católicas. Por ejemplo, la Serenísima República de Venecia [15]. Con todo, el republicanismo protestante (calvinista o puritano) tiene algo más radical, vinculado sin duda con una forma de prerracionalismo filosófico. Ciertos filósofos encuentran una analogía entre el protestantismo en la Iglesia y la Revolución en el Estado. El clero no se habría suprimido como función, sino como realidad sacramental, al igual que la nobleza en el Estado.

Independientemente de lo que se piense de esas analogías, la reforma-revolución tiene en la Iglesia un propósito sobre todo eclesial, y por consiguiente todo tiene lugar como si una pasión por la libertad lograra desencadenarse en el ámbito religioso sin tender evidentemente a la destrucción de la religión o la moral, conduciendo a erigir una aristocracia de espíritus libres, sometidos a Dios, rebeldes ante todo el resto. Eso genera una soldadura cerebral, moderadamente lógica, pero resistente, entre las pasiones políticas republicanas, el sentimiento religioso y la moral puritana. Estos sentimientos religiosos y esta seriedad moral, agregados al conservatismo insular, forman un mantillo sumamente favorable para el éxito de una república aristocrática, produciendo en todo momento la cantidad necesaria de pasión, moralidad, orden y libertad requerida para su buen funcionamiento.

No es éste el lugar para mostrar cómo la Iglesia Católica, contando una vez más con los recursos de la libertad del Espíritu, ha encontrado en su propio caudal todo cuanto constituye la excelencia política de los ciudadanos protestantes. Por este motivo, si los católicos de los Estados Unidos no temen ser romanos, pueden hacer un aporte decisivo al bien común de su país y el mundo. En cuanto al Islam, en cambio, parece evidente que hoy en día se puede sospechar que su integración en la esfera de la vida común estadounidense conduciría sobre todo a su problematización.

Los valores universales de esta religión son la obediencia, el misticismo estoico, la fusión llena de abnegación en la comunidad, el recogimiento enteramente interior y el combate espiritual y temporal por la fe. Benedicto XVI nos hace comprenderlos en forma vibrante en sus discursos a los musulmanes [16]. La república estadounidense, por el contrario, se basa en el amor a la libertad individual, la independencia individual, el rechazo a fundirse en una masa o soportarla, la pasión por la creación permanente, el individualismo religioso, el ideal de la realización del sueño y el horror a todo cuanto pueda evocar de cerca o de lejos la imagen del destino, el determinismo o la fatalidad, y es portadora ante todo de una cultura de la libertad cristiana, unida a una retórica laica sobre la insumisión, tan antigua como la vieja cultura republicana clásica, el anticatolicismo reformado o la pasión burguesa por la libertad económica.

Se comprende bien que el “gran designio” apunta a instaurar una asociación histórica con el Islam, primero, para abrirlo; segundo, para no encerrar a los Estados Unidos en una postura de guerra de civilización, y tercero, para devolverle su iniciativa tradicional hacia lo universal y la paz; pero no es posible negar que en esta inmensa idea algo no funciona, es demasiado rápido y tropieza con el sentido común. Además, uno se pregunta qué ocurre, en esta audaz innovación, con la alianza con Israel y con Europa. ¿Habría pasado la Europa en proceso de envejecimiento a las pérdidas y ganancias? ¿Se consideraría destinada a una islamización, después de llegar a ser, por gracia de los Estados Unidos de América, feliz y democrática?

Veremos más adelante si el pensamiento de Benedicto XVI también considera la nueva partida hacia la paz como una especie de asociación histórica con el Islam y en sentido más amplio entre las religiones [17]. En todo caso, Benedicto XVI es más realista.

8. Cuando los políticos cuentan la historia

Citando el Corán (“Be conscious of God and speak always the truth”), el Presidente Obama, en el largo exordio de su discurso, insiste en la necesidad de superar las relaciones de hostilidad basadas en la desconfianza, la mutua ignorancia y estereotipos negativos. Insiste también en la necesidad de decirse la verdad, incluyendo cuando ésta es desagradable.

Benedicto XVI dijo un mes antes más o menos lo mismo, pero precisando la idea del diálogo, que es el medio apropiado para la superación deseada. No procuraba adular a los musulmanes. Quienes conocen un poco a Voltaire no pueden evitar estallar de risa al leer que “Islam paved the way to Renaissance and Enlightenment”. Estamos ahí en presencia de una adulación tan grande que es imposible creer en su sinceridad.

Hay que evitar los clichés. El principio es tan justo que debería encontrar varias otras aplicaciones, y si el Presidente lo hubiese puesto en práctica, habría evitado el sorprendente y conciso resumen que presenta la historia de Europa como una caótica lucha de tribus y religiones y reduce a España a la Inquisición y al rol de oportuno repelente ante un Islam que siempre habría dado un ejemplo de tolerancia religiosa. Leyendo al Presidente Obama, uno piensa que los coptos hoy tendrían menos libertad para construir iglesias si los árabes no hubiesen conquistado Egipto...

La única descripción geopolítica pertinente del continente europeo es aquella que lo entiende como la parte del espacio lingüístico indoeuropeo, romanizado y/o cristianizado, que escapó en gran parte a la conquista islámica mediante una resistencia sumamente pertinaz. El progreso técnico le permitió franquear las aguas y salir del círculo en que lo encerraban los mares y la media luna. Durante un tiempo, la historia se invirtió y Europa subyugó en parte al mundo árabe musulmán. Se restableció un equilibrio. Sin duda, actualmente es muy necesario, como dicen con razón tanto Benedicto XVI como Barack Obama, entablar relaciones pacíficas con el Islam, pero la verdad es un buen fundamento para la amistad. Para reconciliarse, Francia y Alemania no necesitaron contarse historias.

Al parecer, para una entera generación de hombres a los cuales la técnica provocó la ilusión de que todo era posible y que crecieron en el ambiente de la superficialidad mediática, todo también ocurre como si no existiera cierta realidad fuera del lenguaje y como si la interpretación, incluyendo la más fantasiosa, gozara de un verdadero poder demiúrgico de creación.

9. Benedicto XVIsobre la paz con el Islam y el análisis del islamismo

Quince días antes de la llegada del Presidente Obama, Benedicto XVI [18] insistía en la necesidad del diálogo. El diálogo –decía– tiene una doble finalidad: en primer lugar, evitar los desconocimientos burdos (los clichés, los simplismos) y disipar los malentendidos atribuibles a equívocos de los lenguajes, permitiendo enseguida circunscribir los puntos de desacuerdo.

Cuando luego uno está obligado a reconocer que un desacuerdo es realmente insuperable a menos que se descarte todo principio de no contradicción, todavía es posible buscar un bien común y una acción práctica común, que permitan entablar relaciones amistosas y no polarizarse en un irritante desacuerdo en lo esencial. De este modo debería ser posible promover –dice Benedicto XVI– “una alianza de las civilizaciones entre el Occidente y el Mundo musulmán, haciendo fracasar las predicciones de quienes consideran inevitables los conflictos” [19].

El diálogo interreligioso, subrayó el Papa, es el medio más profundamente indispensable para “reducir los extremismos” y hacer posible una solución al conflicto israelí-palestino, pero debe conseguir cierta acción común.

Esta acción común, continuó Benedicto XVI, puede adoptar inicialmente la forma de un testimonio: “juntos, proclamar que Dios existe y podemos conocerlo, que la tierra es su creación, que todos somos sus criaturas y que Él llama a todos los hombres y mujeres a vivir de tal manera que se respete su designio en el mundo” [20].

Este deber de testimonio tiene que poder autentificarse por el hecho de adoptar la verdad divina como norma de nuestra acción tanto privada como pública. Se comprende bien lo que el Papa quiere decir. De lo contrario, con el pretexto de evitar la guerra de religión, caeríamos en un sistema de laicismo negativo. Ahora bien, este tipo de laicismo equivale simplemente a cambiar de religión de Estado, por cuanto sólo la filosofía de las Luces, es decir, el misticismo con una diosa Razón, estaría entonces en posesión del monopolio del derecho de expresión en la existencia pública y pondría a todas las religiones en tutela, tratándolas como construcciones imaginarias útiles, con la condición de vivir bajo la égida de la Razón.

Benedicto XVI, que se dirige entonces a los rabinos, pero también habla indirectamente a todos los musulmanes y a los filósofos ilustrados, que no dejan de escuchar, declara: “Queridos amigos, si creemos tener un criterio de juicio de origen divino y válido para toda la humanidad, no debemos entonces cansarnos de procurar que este conocimiento pueda influir en la vida civil” [21].

El Papa precisa muy claramente qué entiende por esta acción común, que prolonga el testimonio reconocido a Dios. Existe un deber de cooperación política (una “colaboración más efectiva en la vida pública”) [22]. Esto es así porque la filosofía de las Luces cambió globalmente de orientación. Inicialmente era sumamente rigurosa en materia moral (pensemos, por ejemplo, en el libro de Kant titulado Doctrina de la Virtud) y hoy tenemos la impresión de lo contrario, que el relativismo es un dogma metafísico absoluto, que el libertinaje es objeto de un imperativo categórico y no podríamos criticarlo sin cometer una especie de sacrilegio.

Los puntos de entendimiento a partir de los cuales debe concretarse una acción común de las religiones son los siguientes: “El respeto por la naturaleza sagrada de la vida humana, el carácter central de la familia, una educación sólida de los jóvenes y (un punto que provocaría dificultades con los musulmanes) la libertad de religión y conciencia en una sociedad sana” [23].

Es muy notable el hecho de que esta acción común no reviste necesariamente el carácter de una unión sagrada de las religiones contra la filosofía de las Luces. Ni siquiera excluye a estos filósofos. Y por lo demás, también aquí, como hemos advertido, el Presidente Obama manifiesta gran moderación en su discurso de El Cairo. Comienza refiriéndose a una intención fundamental: la conciliación entre la tradición y el progreso. Pide la igualdad a favor de las mujeres, junto con declarar que eso no implicaría una caída en desuso de los roles tradicionales femeninos. Reprueba la pornografía y la “violencia insensata” de la televisión. Sólo afirma el derecho a la libertad religiosa en el contexto de un discurso por otra parte saturado de referencias religiosas. Por último y sobre todo, invoca a Dios, lo bendice y bendice al pueblo, aún más gustosamente que George W. Bush.

En el pensamiento de Benedicto XVI, la dignidad del ambiente ético forma parte de los elementos fundamentales de una ciudad libre digna de llamarse tal. “El vínculo indisoluble entre el amor a Dios y el amor al prójimo” [24] se traduce mediante la fidelidad a mandamientos que nos hacen respetar los derechos del prójimo y crear las condiciones de una felicidad profunda y verdadera, propia de la vida virtuosa, cuya irradiación gozosa es lo único que puede disipar las ilusiones del “ego desenfrenado que tiende a absolutizar lo finito y eclipsar lo infinito”.

10. El problema de las guerras de religión

Benedicto XVI aborda con gran delicadeza, pero también con perfecta claridad, el problema más difícil de su temática, aquel de las guerras de religión. Alcanza así un punto esencial, que formula de la siguiente manera: “Ampliar el debate público en vez de manipularlo o confinarlo” [25].

“Se nos plantea a todos una interrogante ante el hecho de que hoy en día hay quienes afirman con creciente insistencia que la religión flaquea en su intención de ser por naturaleza constructora de unidad y armonía, de ser una expresión de la comunión entre las personas y con Dios. Algunos sostienen incluso que la religión es necesariamente causa de división en nuestro mundo, y pretenden que se preste menos atención a la religión en el ámbito público, considerando esto preferible” [26].

A eso el Papa responde en primer lugar que las guerras de religión no son necesariamente muy religiosas. En este punto se puede invocar el testimonio de Montaigne. Este filósofo escribe hacia el final de las guerras de religión en Francia: “Ved la horrible desvergüenza con que manoseamos las razones divinas. (…) Confesemos la verdad: quien escogiera en el ejército, incluso legítimo, a los que ahí marchan únicamente movidos por una inclinación religiosa y además a aquellos que sólo consideran la protección de las leyes de su país o el servicio a su príncipe, no podría constituir una compañía completa de combatientes” [27].

La opinión de Montaigne no constituye aquí únicamente una expresión de preferencias subjetivas. Si la acción del general Petraeus, en Irak, mejoró los asuntos de los Estados Unidos, esto ocurrió porque se organizó precisamente a partir de un análisis mucho más fino del carácter de un conflicto que implicaba una dimensión religiosa, como lo explica el Profesor Ahmed S. Hachim [28].

“¿No conviene reconocer –agrega Benedicto XVI– que a menudo la manipulación ideológica de la religión, a veces con fines políticos, es el verdadero catalizador de las tensiones y las divisiones?” [29].

Los historiadores de las guerras de religión, en Languedoc, provincia del sur de Francia, han podido advertir que el jefe de los católicos era allí el Duque de Joyeuse, protestante y afanoso servidor de la autoridad real, mientras el jefe de los protestantes era el Duque de Montmorency, católico y partidario apasionado de la autonomía de la provincia [30]. Para completar y clarificar el cuadro, agreguemos que un Duque de Montmorency será decapitado en Toulouse, capital del Languedoc, por orden del Cardenal Richelieu, afanoso servidor del absolutismo real, que había sometido a los protestantes franceses de La Rochelle a la autoridad real y también hacía, en esa época, que la Francia católica, aliada por otra parte de los turcos, apoyara a los protestantes de Alemania, en lucha contra el Habsburgo católico. Sólo Dios puede comprender esto. Un buen historiador, como lo es Dom Guéranger, captó muy bien la prudencia de Roma en todas esas circunstancias, en penetrantes artículos sobre Enrique IV y Sixto Quinto.

Benedicto XVI elogia además a los dirigentes jordanos por “cerciorarse de que el aspecto público de la religión refleje su verdadera naturaleza” [31].

11. El problema del sincretismo

Cuando el Papa habla de “respetar todo cuanto nos hace ser distintos” [32], no hace concesiones a la banalidad relativista. Habla a musulmanes y les pide discretamente “respetar” la fe en la Trinidad. Les dice que la fe de los cristianos, en ese aspecto, es “pura”, del mismo modo como su vida es “virtuosa”. Les dice también que respeta su sentido tan exigente de la Unicidad trascendente, que admira su sentido de la obediencia a la voluntad divina, su manera de orar sin vergüenza delante de los demás y su capacidad de someterse a los acontecimientos encontrando en ellos la presencia de la mano de Dios. Y dice también a muchísimos cristianos que de tanto pensar en Dios como su Padre, no deben tener tendencia a tratarlo como niños irrespetuosos y olvidar que Dios es también lo Absoluto y el Maestro soberano del cual ellos también no son sino humildes servidores.

Ni el Islam ni el cristianismo confunden diálogo con sincretismo. Ciertamente, el Islam profesa la identidad substancial de todas las religiones (proféticas), pero piensa también que es la única que conserva la pureza. “Cada vez que hemos enviado profetas, Satanás ha introducido el error en sus doctrinas” (S. XXII, 51); “Hemos aceptado –dice Alá– a los cristianos con su ley, pero ellos olvidaron una parte de nuestros mandamientos. Les hemos enviado el odio y la enemistad, que sólo se extinguirán en el día de la resurrección. Verán rápidamente entonces lo que han hecho [33]” (S. V, 17).

Con todo, precisamente porque ninguno de los dos puede admitir el sincretismo, el Islam y el cristianismo están unidos ante un peligro común: el sincretismo. Ahora bien, los principales argumentos y medios de propaganda de este sincretismo (que en el fondo, como diremos, es un politeísmo o un panteísmo) se apoyan por una parte en la existencia de guerras de religión entre teístas y, por otra, en su supuesta ira liberticida, a menudo demasiado real. Así, por contraste, se hace aparecer el sincretismo o el agnosticismo como factor de seguridad y libertad ante las religiones. Y la experiencia muestra que esta argumentación es sumamente eficaz y aparta de Dios a una infinidad de personas. Es el gran obstáculo para el anuncio de la revelación.

Se puede entonces, mediante la razón, demostrar a los musulmanes más escrupulosos que la renuncia a la guerra santa no significa, en esas circunstancias, una traición a la misión, sino una aplicación de la doctrina tradicional, puesto que es la gloria de Dios lo que pide la suspensión de la guerra santa.

Con toda certeza, el diálogo no sincrético termina en un momento dado en mera constatación de un trágico desacuerdo. Jesús no puede haber y no haber muerto en la cruz. Y en esta línea no es posible ir más lejos. Sin embargo, al excluirse la solución mediante la fuerza, la persona es remitida a su responsabilidad ante Dios, y el servicio a Dios puede asumir muchas otras formas más inteligentes y eficaces que sacar el sable o la espada.

El Papa declara: “Sabemos que nuestras diferencias jamás deben desvirtuarse hasta el punto de considerarse causa inevitable de roce o tensión tanto entre nosotros como con la sociedad en general” [34]. Ciertamente, es preciso admitir que la exigencia de gobernabilidad de una sociedad pondrá siempre y de todas maneras un límite a la tolerancia ante opiniones fundamentales disidentes en cualquier sociedad, por liberal que sea. Y si se tiene sentido de la diferencia de épocas y de las condiciones de la cohesión y la seguridad en cada época, no nos sorprende que el nivel de intolerancia efectiva ante la disidencia pueda variar mucho a través del tiempo; pero si sabemos relativizar debidamente lo político, comprobamos asimismo que esas condiciones de cohesión política son más directamente éticas que metafísicas.

12. La tolerancia seudoescéptica

Terminaremos agregando libremente una observación más personal.

Se piensa a veces que sería muy sencillo reconocer mutuamente la verdad absoluta de nuestras “opiniones”; pero en ese caso, y para empezar, sólo habría “verdades absolutas para ti” y/o “para mí” y ninguna otra verdad absoluta en sí misma, o más bien toda “opinión” sería una “verdad absoluta”. Luego, no se señala suficientemente que eso mismo sería una verdad absoluta, o más aún, que eso sería LA verdad absoluta.

Ahora bien, semejante verdad absoluta no es puramente una regla práctica útil o agradable, una generosa tolerancia sin rostro, sino una determinada creencia metafísica. Es una doctrina según la cual cada espíritu individual es como una divinidad en condiciones de hacer surgir un universo y aliarse con otras divinidades parecidas para hacer surgir de su intercambio, su transacción y sus interpretaciones mutuas un universo común. Y es muy necesario pensar en agrupar a esos espíritus absolutos y/o trascendentales en la unidad de un principio indeterminado que los abarca y tal vez los engendra. En suma, si esta tolerancia fácil y descansada no se profundiza, adquiere la figura del politeísmo o el panteísmo al profundizarse.

En una palabra, la filosofía de las Luces tienen toda la razón al plantearse interrogantes a sí misma y a las religiones ante las guerras de religión, pero con la condición de incluirse ella misma y en un pie de igualdad en el dispositivo problemático que se desencadena, ya que también la Razón de las Luces, cuando se profundiza, se ve como una divinidad o más bien como una de las ideas posibles de lo Absoluto, de la Divinidad, junto con todas las demás. Por este motivo no basta recurrir a los ideales de las Luces para hacer la paz, por cuanto se trata únicamente de recurrir al sentido moral y religioso profundo, y para esto ya no se requiere en mayor medida que otra esa religión de las Luces, o tal vez sea suficiente tan sólo la equidad natural. Y en este caso ninguna religión constituye una lección para las otras. O entonces la exhortación a la paz significa: dejad pues de ser teístas; llegad a ser panteístas o politeístas y tendréis la paz religiosa. ¿Qué es entonces esa tolerancia?

¿Qué es efectivamente un descendiente de Abrahán según la fe? Alguien que piensa que Dios lo ha llamado a una ruptura decisiva con el panteísmo y el politeísmo. Por consiguiente, una teología que se considere cristiana o islámica y quiera partir de una exigencia relativista supuestamente requerida por el diálogo interreligioso, simplemente destruiría su propósito, pulverizando el monoteísmo.

Así, el llamado a la tolerancia en realidad es o bien un llamado a la extirpación del teísmo –¡pero qué intolerancia entonces!– o bien un llamado a un diálogo profundo, que supone la verdad y, sin resolver jamás el problema totalmente, siempre dejará en la vida una parte de tragedia y enigma.

Si tanto el Islam como el judaísmo y el cristianismo fuesen tradiciones puramente humanas e inscritas con pleno derecho en el sistema del idealismo absoluto, que sería la verdad filosófica, se comprendería entonces que estas tradiciones pudieran ser infinitamente plásticas, y la política o la opinión podrían hacer con ellas lo que quisieran. Para desgracia de esta idea, todos los teísmos son realistas y por tanto no se presentan como mitologías ectoplásmicas. “Dios dice”. La verdad más importante no es lo que Él dice, y que en rigor a veces un espíritu humano muy bueno habría podido encontrar; lo más importante es el hecho de que realmente Dios lo haya dicho a algún humano real. A partir de eso, la idea más importante reside en el hecho mismo, y el hecho ya no puede desprenderse de la idea como una imagen de la cual podría obtenerse un concepto de acuerdo con las necesidades.

Así, un llamado a la “tolerancia” es totalmente superficial si consiste en dar una lección a los teístas desde el punto de vista panteísta. Es como si, por ejemplo, se dijera a los musulmanes que acepten considerar a Alá como uno de los dioses del Panteón relativista [35]. (...)Al contrario, es razonable y leal si nos sitúa al mismo tiempo ante nuestras responsabilidades metafísicas, ante nuestra elección inevitable entre el teísmo y el panteísmo, y nos deja tiempo para asumir nuestras responsabilidades razonablemente, no bajo apremio, sino viviendo en familia, en el amor y en sociedad, en la amistad digna, entre personas igualmente convocadas para la prueba de una opción de vida a propósito de la verdad.

***

Mi breve conclusión sobre todo este paralelo será que tanto el Papa como el Presidente de los Estados Unidos buscan un nuevo tipo de relación con el Islam, y que este tema en particular los conduce gradualmente a divisar y proyectar, como requisito para la solución de este problema en particular, una reconfiguración espiritual y temporal muy amplia del mundo en su generalidad. La idea del Presidente Obama es sumamente poderosa y brillante, pero carece de enraizamiento en la historia; si acaso cabe temer que no pueda operar, no es porque sea “demasiado inteligente”, sino sobre todo porque subestima la profundidad del nivel en el cual se ubican los malentendidos entre el Occidente y el resto, incluyendo este “resto” también gran parte de este Occidente. Ahora bien, para llegar sin malentendidos a una interpretación mutua, y sobre todo a la confianza, es preciso salir de una hermenéutica en la cual nunca hay sino interpretaciones de interpretaciones al infinito. ¿Cómo confiar mutuamente y comprometerse si la teoría dice que el papel que se firma es un trapo que en cada momento poseerá el sentido que un consenso manipulable tenga el poder de otorgarle?

Es preciso salir de este idealismo absoluto y reformar este universo mediático donde las palabras ya no pueden tener peso alguno. En una palabra, es preciso volver a encontrar el ser revisando la duda cartesiana, pero sin dejar de interrogar, ya que la verdad se produce en la interrogación radical, que es la vida del espíritu: “Me he convertido para mí mismo en una gran pregunta” [36], escribe San Agustín.

La paz es absolutamente necesaria en nuestros días, pero es imposible sin confianza. La confianza por su parte requiere la amistad, la virtud y la razón. El problema es éste por consiguiente: cuando la razón introduce la desconfianza, entra en contradicción con la amistad, y en ese momento la intuición de esa contradicción, provocando el temor a un ardid, impide la confianza. Es preciso entonces que la razón no introduzca más la desconfianza, pues de ese modo “la luz que está en nosotros se vuelve tinieblas”. ¿Cómo hacerlo? Puedo imaginar ciertamente soluciones filosóficas útiles, pero inadecuadas para el entendimiento común. Se requiere algo más sencillo, pero que no sea simplista, algo simple como lo vivo y lo eterno. Examino el problema en todos los sentidos. No se puede proceder sin la fe. La confianza metódica abre a la fe, pero sólo la irrupción de la fe, con el amor, tiene el poder de derrotar a la desconfianza atávica. Por eso decimos que “la paz viene de Dios”, si es posible encontrar un nuevo acuerdo entre la fe y la razón.


NOTAS 

[1] Considero, en este artículo, en relación con el Presidente Obama, el importantísimo y sumamente largo discurso pronunciado el 4 de junio de 2009 en la Universidad de El Cairo, y en relación con el Papa Benedicto XVI, diversos textos, más breves, pero todos ellos substanciales pronunciados en Jordania, Israel o Palestina.
[2] No vamos a centrarnos aquí en los aspectos políticos de este discurso, que contiene un exordio sumamente largo en forma de captatio benevolentiae y de filosofía política y/o de la historia. A este exordio lo sigue el tratamiento de siete puntos: la guerra contra el extremismo, el conflicto israelí-palestino, el problema nuclear e Irán, la democratización, la libertad religiosa, el problema femenino y los problemas económicos. Termina con una elocuente peroración.
[3] Conversación, en el avión, con los periodistas, en la ida, viernes 15 de mayo de 2009. El texto íntegro se puede leer en www.vatican.va
[4] A. HAMILTON, J. MADISON, J. JAY, The Federalist Papers (1786-87), Penguin classics, 1987.
[5] Discurso para la bendición de la primera piedra de la Universidad de Madaba, Jordania (9 mayo 2009).
[6] Henry KISSINGER, Diplomacy, Simon and Schuster, N.Y. 1995, pp. 29-55.
[7] Discurso de S.S. Benedicto XVI el 11 de mayo de 2009 con ocasión del encuentro con las organizaciones comprometidas en el diálogo interreligioso.
[8] Ibidem.
[9] Discurso de S.S. Benedicto XVI el 9 de mayo de 2009 en el recinto exterior de la Mezquita Al-Hussein Bin-Talal.
[10] H.C. MANSFIELD, Jr., Taming the Prince: The Ambivalence of Modern Executive Power, Johns Hopkins University Press, 1993, surtout 3d Part, Chap 8-10.s.
[11] B.H. OBAMA, The Audacity of Hope: Thoughts on Reclaiming the American Dream, Vintage, Reprint ed., 2008, pp. 13-42.
[12] Discurso de S.S. Benedicto XVI en su visita al Santo Sepulcro el 15 de mayo de 2009. Cf. La Palabra del Papa, pp. 568
[13] R. NIEBUHR, The Nature and Destiny of Man: A Christian Interpretation (1941), 2 vol., Wesl. John Knox Press, Louisville KY, 1996. B. JACQUIN DE MARGERIE, S.J., Reinhold Niebuhr, théologien de la communauté mondiale (DDB, coll. Museum Lessianum), Paris 1969.
[14] F. HEGEL, Principes de la Philosophie du Droit, párrafo 258.
[15] Z. ALVISE, La Repubblica del Leone. Storia di Venecia, Bompiani, 2001.
[16] Ver discurso de S.S. Benedicto XVI del 12 de mayo de 2009 en Jerusalén en la explanada de la Mezquita. www.humanitas.cl
[17] Discurso de S.S. Benedicto XVI en el Centro Hechal Shlomo de Jerusalén, 12 de mayo de 2009: “Una señal potencial de esos encuentros puede ser fácilmente percibida a través de nuestra común preocupación frente al relativismo moral y a las violaciones que esta engendra en contra de la dignidad de la persona humana.”
[18] Ibidem.
[19] Ibidem nota 5
[20] Ibidem nota 7
[21] Ibidem nota 7
[22] Ibidem nota 17
[23] Ibidem nota 17
[24] Ibidem nota 9, citando la encíclica “Deus caritas est”, nº 16
[25] Ibidem nota 9
[26] Ibidem nota 9
[27] MONTAIGNE, Essais, II, 12
[28] Profesor de estudios estratégicos en el Centro de estudios sobre la guerra naval del Naval War College de los Estados Unidos de América, especializado en problemas estratégicos del Medio Oriente. Conferencia sobre “El guerrillero telúrico”, en el Coloquio Internacional sobre “Las Guerras irregulares”, Academia militar de Saint-Cyr, Coëtquidan, Francia, en mayo de 2009. Actas por publicarse.
[29] Ibidem nota 9
[30] E. LE ROY LADURIE, Histoire du Languedoc, Presses universitaires de France (1962), 6 ème éd. Mise à tour, 2000, pp. 63-78.
[31] Ibidem nota 9
[32] Ibidem nota 7
[33] Al mismo tiempo, Dios no quiso hacer una sola religión, lo cual podría haber querido hacer (V, 53). Y dice el Corán que hay cristianos y judíos justos, que creen en Dios y el juicio y “tienen una vida virtuosa”. En el día final serán liberados del miedo y el sufrimiento (V, 72-73).
[34] Ibidem nota 7
[35] Además, este uno entre otros nunca sería sino una de las figuras míticas que representa al Uno indeterminado que se encuentra en el fondo de lo Absoluto, la Naturaleza, el Deus sive Natura, como decía Spinoza.
[36] «Factus eram ipse mihi magna quaestio, et interrogabam animam meam, quare tristis esset et quare conturbaret me valde, et nihil noverat respondere mihi. et si dicebam: spera in deum, iuste non obtemperabat, quia verior erat et melior homo, quem carissimum amiserat, quam phantasma, in quod sperare iubebatur. solus fletus erat dulcis mihi et successerat amico meo in deliciis animi mei.». SAINT AUGUSTIN, Confesiones, Libro IV, capítulo IV. (Fin del capítulo . Después de la muerte de su amigo).

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“¡Soy libre, estoy libre!” fueron las primeras palabras que escuchó la superiora de esta misionera colombiana después de un largo secuestro. Invitamos a conocer su testimonio y a unirnos este domingo 26 de junio, Día de Oración por la Iglesia Perseguida, en oración por todos los cristianos que sufren acoso, discriminación y violencia.
“El amor familiar: vocación y camino de santidad” es el tema elegido por el Papa Francisco para el Encuentro Mundial de las Familias. El Encuentro fue organizado por la diócesis de Roma y el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida y tuvo lugar en Roma entre los días 22 y 25 de junio.
Mientras haya un ser humano que se movilice día a día, mientras haya esperanza y nostalgia, el mundo podrá ser cada día mejor. Compartimos esta reflexión de monseñor Fernando Chomalí sobre la esperanza y la opción creyente en la vida cotidiana.
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