Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En las últimas semanas hemos reflexionado sobre las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Estas son las cuatro virtudes cardinales. Como hemos subrayado varias veces, estas cuatro virtudes pertenecen a una sabiduría muy antigua, anterior incluso al cristianismo. La honestidad ya se predicaba antes de Cristo como deber cívico; la sabiduría, como norma de actuación; la valentía, como ingrediente fundamental de una vida que tiende al bien; y la moderación, como medida necesaria para no dejarse arrollar por los excesos. Este patrimonio de la humanidad tan antiguo no ha sido sustituido por el cristianismo, sino más bien enfocado, potenciado, purificado e integrado en la fe.

Existe, entonces, en el corazón de cada hombre y de cada mujer, la capacidad de buscar el bien. El Espíritu Santo se nos da para que quien lo recibe pueda distinguir claramente el bien del mal, tenga la fuerza de adherirse al bien rehuyendo el mal y, al hacerlo, alcance la plena realización de sí mismo.

Pero en el camino que todos recorremos hacia la plenitud de la vida, que pertenece al destino de cada persona -el destino de toda persona es la plenitud, estar llena de vida-, el cristiano goza de una asistencia especial del Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús. Ésta se concreta en el don de otras tres virtudes netamente cristianas, que a menudo se mencionan juntas en los escritos del Nuevo Testamento. Estas actitudes fundamentales que caracterizan la vida del cristiano son tres virtudes que diremos ahora juntos: la fe, la esperanza y la caridad. Digámoslo juntos: [juntos] la fe, la esperanza… no oigo nada, ¡más fuerte! [juntos] La fe, la esperanza y la caridad. ¡Lo han hecho muy bien!

Los escritores cristianos las llamaron muy pronto virtudes "teologales", dado que se reciben y se viven en relación con Dios, para diferenciarlas de las otras llamadas "cardinales", que constituyen el "quicio" de una vida buena. Estas tres se reciben en el bautismo y vienen del Espíritu Santo. Las unas y las otras -las teologales y las cardinales- reunidas en diferentes reflexiones sistemáticas, han compuesto así un maravilloso septenario, que a menudo se contrapone a la lista de los siete pecados capitales. El Catecismo de la Iglesia Católica define la acción de las virtudes teologales así: «Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano» (n. 1813).

El riesgo de las virtudes cardinales es generar hombres y mujeres heroicos en el hacer el bien, pero que actúan solos, aislados; en cambio, el gran don de las virtudes teologales es la existencia vivida en el Espíritu Santo. El cristiano nunca está solo. Hace el bien no por un esfuerzo titánico de compromiso personal, sino porque, como humilde discípulo, camina detrás del Maestro Jesús. Él va delante en el camino. El cristiano posee las virtudes teologales, que son el gran antídoto contra la autosuficiencia. ¡Cuántas veces ciertos hombres y mujeres moralmente irreprochables corren el riesgo de volverse presuntuosos y arrogantes a los ojos de quienes los conocen! Es un peligro del que nos avisa el Evangelio, en el que Jesús recomienda a los discípulos: «También ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha mandado, digan: "Somos siervos inútiles. Hemos hecho lo que debíamos"» (Lc 17,10). La soberbia es un veneno, es un veneno poderoso: basta una gota para echar a perder toda una vida marcada por el bien. Una persona puede haber realizado innumerables obras buenas, puede haber recibido elogios y alabanzas, pero si ha hecho todo esto sólo para sí misma, para exaltarse a sí misma, ¿puede considerarse una persona virtuosa? ¡No!

El bien no es sólo un fin, sino también un camino. El bien requiere mucha discreción, mucha amabilidad. Sobre todo, el bien necesita despojarse de esa presencia a veces demasiado dominante que es nuestro “yo”. Cuando nuestro “yo” está en el centro de todo, se estropea todo. Si cada acción que realizamos en la vida la realizamos sólo para nosotros mismos, ¿es realmente tan importante esta motivación? El pobre “yo” se apropia de todo y así nace la soberbia.

Para corregir todas estas situaciones que a veces se vuelven dolorosas, las virtudes teologales son de gran ayuda. Lo son especialmente en los momentos de caída, porque incluso quienes tienen buenos propósitos morales caen a veces. En la vida todos caemos, porque todos somos pecadores. Incluso quienes practican la virtud cada día a veces se equivocan -todos nos equivocamos en la vida-: la inteligencia no siempre es lúcida, la voluntad no siempre es firme, las pasiones no siempre se gobiernan, la valentía no siempre vence el miedo. Pero si abrimos nuestro corazón al Espíritu Santo, el Maestro interior, Él reaviva en nosotros las virtudes teologales. Así, cuando perdemos la confianza, Dios aumenta nuestra fe; cuando nos desalentamos, despierta en nosotros la esperanza; y cuando nuestro corazón se enfría, Él lo enciende con el fuego de su amor.


Fuente: Vaticano

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