El Cuasimodo pasa como el viento, corriendo por los caminos, levantando al cielo el alma de quienes lo esperan.


"Quasi modo geniti infantis..." (1 Pedro 2, 2). Antífona para la octava de Pascua, Domingo de Quasimodo.


Esta celebración única en el mundo y que brota del manantial inagotable de la fe de la gente sencilla, es una de las más bellas entre las diversas manifestaciones de la piedad popular. Cada año, el domingo después de Pascua de Resurrección, se “corre” el Cuasimodo, antes sólo en la zona central y ahora extendido a todo Chile. Ese domingo se lleva la comunión a los enfermos, para que así pueda cumplirse el precepto de comulgar al menos una vez al año durante la época de Pascua. Ese día, los caminos amanecen adornados. La gente sale temprano de sus casas y se aposta en grupos, mirando a lo lejos, expectantes, para ver “pasar” el Cuasimodo, para ver “correr” a Cristo. De pronto, una nube de polvo y el estruendo de los caballos a todo galope, unido al crujir de las ruedas de coches y carretas y a los gritos de una turba de jinetes —¡Viva, Viva! ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen María!—, anuncian que “viene” el Cuasimodo. Como fondo, el viento de la mañana saluda la fiesta, inclinando las ramas de los álamos. ¡Ya “llega” el Cuasimodo!

Entre la turba multicolor, destaca el coche todo engalanado de flores donde va el sacerdote portando el copón con las Hostias consagradas que lleva a los enfermos. El cura bendice a un lado y a otro. Los hombres se han sacado el sombrero en señal de respeto e inclinan la cabeza. Las mujeres se persignan con devoción. Algunos se hincan en el suelo.

El Cuasimodo pasa como el viento, corriendo por los caminos, levantando al cielo el alma de quienes lo esperan.

Ya “pasó” el Cuasimodo, que se pierde entre las nubes de polvo tras un recodo. Luego, un silencio recogido. Una emoción de fe profunda calla las voces. Ha pasado el Señor. Ha renacido la esperanza.

Un poco de historia

Aun cuando el tiempo haya mudado en parte la forma en que hoy se manifiesta, y los colores blanco y amarillo reemplacen la antigua explosión multicolor, y a los jinetes a caballo se hayan sumado hombres en bicicleta y muchos de los antiguos caminos de tierra estén hoy pavimentados, esta celebración se arraiga muy dentro de Chile con fuertes lazos de fe y de nostalgia. Quienes participaron en ella siendo niños la recuerdan con viva y conmovida emoción. En su rústica espontaneidad, en la ingenuidad y pureza de su expresión, la inocencia se funde con la fe. Hay pocos vínculos más profundos. Ya en 1763 —refiere Gabriel Guarda O.S.B. en su libro La Edad Media de Chile [1]— encontramos alusiones a la fiesta del Cuasimodo. El título V del Sínodo de ese año ordena que cuando su majestad es conducido por viático a los enfermos, aun en campaña, sea acompañado de luz durante todo el camino. Esta práctica, en los campos, iría adquiriendo progresiva importancia y esplendor, y daría origen a la colorida fiesta de Cuasimodo, llamada así por las primera palabras del introito de la Misa del segundo domingo de Pascua, que es el primer domingo después de Pascua de Resurrección: Quasimodo geniti infantes [Al modo de niños recién nacidos, busquen con ansia la leche pura del espíritu, a fin de que con ella crezcan para la salvación. (I Pe 2, 2-3)]. La idea de que el multitudinario acompañamiento tenía por objeto proteger al sacerdote de asaltos —afirma Gabriel Guarda— carece de base, pues, como lo prescribe el Sínodo citado, en las ciudades se dio en igual forma. Así lo testimonia, entre otros documentos, la popular litografía de Lenhert, publicada en el Atlas [2] de Claudio Gay, de la conducción del viático por una calle de Santiago; en este y otros casos, el acompañamiento es en pleno medio urbano.

202004 Cuasimodo 01

Más aún, los campos de la zona central donde se desarrolló esta fiesta fueron los más evangelizados y seguros del reino y, aunque haya habido bandidos también en aquellos años, éstos eran, a su manera, católicos, y así como no se registraron asaltos a las iglesias, era impensable que lo hicieran al Santísimo —concluye el Padre Guarda—. Por otra parte, en el origen de esta gran cabalgata domina su carácter de procesión eucarística, cuya más antigua versión perdura hasta hoy en el tras-lado de las sagradas formas el Jueves Santo, con gran compañía de fieles, para su reserva hasta el día siguiente en el Monumentum, donde se guardan para que los creyentes puedan comulgar en Viernes Santo, día en que no se celebra la Misa.

El Cuasimodo en el campo

Hoy los Cuasimodos son alrededor de ciento cincuenta, y existen unos cien mil adherentes reunidos en la “Asociación Nacional de Cuasimodistas de Chile”. La fiesta ha adoptado las características particulares de los lugares donde se realiza. Una de las celebraciones más multitudinarias es la de Colina, donde corren cerca de 3.000 jinetes a caballo y se visita a cientos de enfermos y ancianos. Y una de las que conserva aún su encanto primitivo, es la de Guacarhue, un pueblito próximo a Quinta de Tilcoco, en la VI Región, que defiende este tesoro patrimonial y de fe de las amenazas del materialismo y la desidia. Allí en Guacarhue, impulsado originalmente por el párroco, don Renato Guerra Larraín, se organizaba un extraordinario Cuasimodo que bien representa el desarrollo de esta fiesta en el campo. Días antes, las familias inscriben a enfermos y postrados y el sacerdote y sus acólitos pasan por las casas y hospitales para oír encargos y confesiones. El día del Cuasimodo, habiendo tenido que ensillar oscuro, muy temprano en la mañana y vistiendo los atuendos propios de la celebración, donde la esclavina ha sustituido al poncho y, si se pudo, usando polainas y espuelas, silenciados por el frío, van llegando los huasos con sus caballos. Los jinetes y sus monturas, que se han entrenado desde hace semanas, se congregan en la plazoleta que hay frente a la iglesia. El día apenas despunta. Se rezan las primeras oraciones y, en señal de respeto, los que van a correr el Cuasimodo dejan sus sombreros de fieltro negro o de paja en los bancos de la iglesia, y se colocan sus pañuelos de seda multicolores.

202004 Cuasimodo 02

Acompañado de sus acólitos, el cura entra a la iglesia y sale llevando como un tesoro el copón con la Eucaristía. Repican las campanas y se escuchan los vítores de los huasos: “¡¡Santo, Santo, Santo!!”. El coche engalanado espera al sacerdote. Entonces, una singular columna con los huasos formados de a cuatro, parte al galope a cumplir con este rito de fe y caridad que es el Cuasimodo. La encabeza el campanillero, que galopa haciendo sonar una campanilla de mano. Siguen luego dos huasos, portando estandartes. Luego dos más, llevando banderas, una chilena y la otra, la del Vaticano. En seguida va la berlina con el cura, los acólitos y el cochero. Al lado de la carroza van los rezadores y, junto a la puerta del coche, cabalga sin separársele un instante, el custodio, cuya misión es defender el Santísimo y al cura que lo lleva. Al detenerse el coche frente a la casa de un enfermo, el cura baja y, en pisando el suelo, mientras sostiene el copón entre sus manos, con voz muy fuerte, grita: “¡Santo, Santo, Santo!”, y la enorme columna de huasos, con sus voces rústicas de gente del campo, replica: "¡Viva!, ¡Viva!"

Las casas donde están los enfermos son algunas muy pobres, a veces, miserables. Al entrar, el sacerdote exclama: “¡Gloria al Padre, Gloria al Hijo, Gloria al Espíritu Santo!”. Sus moradores y los huasos responden: “¡Gloria! ¡Gloria!”. Entonces el cura se dirige hacia el enfermo. Brilla su casulla en medio de la pobreza, la enfermedad y la emoción, pero más brillante aún es el cáliz en que trae la Sagrada Comunión. El enfermo se incorpora con ayuda de sus parientes y amigos, y comulga con profunda devoción. Pasados unos momentos, se retiran el cura y los huasos. Han dejado una estela de luz que ahora permanece en el corazón todos y flota como un nimbo de plata pura que tardará mucho en desvanecerse. Ha sido la visita del Señor. Las varias horas de galope se alternan con las visitas a los enfermos, las paradas en los lugares donde los vecinos agradecidos han creado puestos de descanso, y los imprevistos: los caballos que se “aspían” (que han perdido una herradura de sus patas delanteras) o que por el cansancio se “empacan”, una carreta que pierde una rueda, y hasta el huaso que “tomó de más”.

Ya en la tarde, la columna regresa siempre al galope y, antes de detenerse, la cabalgata da tres vueltas a la iglesia. Luego se celebra la Misa. La sigue un almuerzo. El Cuasimodo ha terminado. Esta celebración nacida de la exultación de la fe, une a la gente al Misterio más profundo. En medio del cansancio y la algarabía del galope de cientos de caballos, el corazón emocionado de jinetes y de quienes han visto pasar el Cuasimodo ha descubierto al Señor.


Oraciones de los cuasimodistas

¡Santo, Santo, Santo,
Señor, Dios del universo.
El cielo y la tierra están llenos
de la majestad de vuestra gloria! * * * ¡Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo! * * * ¡Viva Cristo Rey!
¡Viva Jesús resucitado!
¡Viva la Santa Iglesia Católica!
¡Viva la Virgen María!
¡Viva Su Santidad el Papa!
¡Viva nuestro cardenal!
¡Viva el señor cura!


Notas

[1] La Edad Media de Chile, Historia de la Iglesia desde la fundación de Santiago a la incorporación de Chiloé 1541 1826, Santiago, 2011. (Cf. HUMANITAS 65, enero-marzo 2012, pág. 172 175)
[2] Atlas de la Historia Física y Política de Chile, E. Thunot y Cía., París, 1844.

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Últimas Publicaciones

El cardenal Mario Grech, Secretario General para el Sínodo de los Obispos, ha definido el proceso sinodal que atraviesa la Iglesia como un tiempo para hablar. El cardenal cita el Eclesiastés 3,7, donde se escribe que existe un tiempo para hablar y otro para callar, y señala que ambos tiempos se requieren mutuamente. “El discurso sin silencio se convierte fácilmente en palabras huecas. El silencio sin palabras puede conducir fácilmente a un estado de apatía e irresponsabilidad” [1] . Muchas veces la Iglesia ha caído en este desbalance, ha permanecido en silencio cuando ha debido hablar (especialmente cuando ha sido testigo de injusticias que clamaban al cielo) o, viceversa, ha hablado demasiado cuando convenía guardar silencio. En su homilía el cardenal Grech llama la atención, sin embargo, sobre los tiempos propicios para hablar y callar, no hacia afuera, sino dentro de la propia Iglesia. Demasiadas veces se ha escogido el camino de guardar silencio sobre aquello que sucede dentro de la Iglesia y se ha ensalzado la reserva y la prudencia como atributos institucionales que han ido modelando una cultura del silencio. En el Evangelio se recuerda el detalle del demonio que enmudece a su víctima y la fuerza a permanecer en silencio. “Cuando elegimos callar, en lugar de hablar, porque es más conveniente, estamos colaborando con este mal”. Aparte de los abusos sexuales, existe un manto de silencio mucho más ominoso que pesa sobre la vida de la Iglesia, dice el cardenal Grech: se trata de las divisiones entre los católicos, las diferencias entre los que fa-vorecen esta posición o la otra en materias delicadas, como el puesto que debe ocupar la mujer dentro y fuera de la Iglesia, el alcance del sacerdocio común de los bautizados, el celibato sacerdotal, la propia sinodalidad de la Iglesia y las atribuciones de la autoridad episcopal, sin contar otras materias controvertidas, como la anticoncepción, el divorcio o el reconocimiento del matrimonio homosexual. Son cuestiones que todos reconocemos presentes pero sobre las que preferimos guardar silencio. O, peor aún, optar por plantear estos temas en grupos más pequeños formados por personas que tienen una opinión común. En lugar de tener una discusión abierta y franca, terminamos en una Iglesia formada por pandillas. En lugar de dialogar, tenemos una cultura de nosotros contra ellos. La Iglesia debería hablar sobre estos temas, pero muchas veces opta por permanecer en silencio. El proceso sinodal es un tiempo para dialogar, dice el cardenal: “Es hora de dejar que los lados liberal y conservador de la Iglesia hablen, franca y abiertamente, y expongan sus preocupaciones”. Hablar no significa desconocer la autoridad ni la tradición, aunque el diálogo debe admitir que no todo está zanjado de una vez y para siempre y que todas las materias que dividen a los católicos son susceptibles de una debida consideración. Jean Luc Marion ha señalado que los católicos de hoy no están divididos por ninguna materia teológicamente decisiva como lo estuvieron en los primeros siglos con las controversias cristológicas que ponían en entredicho el corazón mismo de la fe, o siglos después con el cisma protestante que cuestionó severamente la realidad sacramental de la Iglesia. Nuestras controversias no tienen ningún potencial cismático y versan casi todas respecto de la relación de la Iglesia con el mundo y con el grado de adecuación a los cambios culturales que cruzan las sociedades modernas. No se trata de desmerecer la importancia de las divisiones que tenemos entre manos, pero tampoco de exagerarlas. Hablar no significa decir cualquier cosa, sino concurrir en una intelección común de la verdad, es hablar con otros que provienen de experiencias distintas y tienen otros puntos de vista, en procura de encontrar un entendimiento. Demasiadas veces se identifica la religión con el fanatismo y la intransigencia, es decir, la incapacidad de diálogo que se disfraza de convicciones e intransables por todos lados. Hablar significa abrir la puerta a quienes no saben nada, pero tienen la lámpara de la fe prendida. Ya no en su homilía, sino en su conferencia en el simposio de Oxford, el cardenal Grech mira las cosas desde el otro lado y define el proceso sinodal como una Iglesia que escucha. Para que alguien hable verdaderamente, debe haber otro que permanece en silencio y escucha. En el momento actual es la autoridad la que escucha el talante profético del “sensus fidei” para luego discernir y actuar. El dogma de la Inmaculada Concepción de María tiene la fama de ser el colmo de la autoridad pontifical, pero en realidad fue la coronación de un sentir popular que se había conformado y madurado durante siglos. El proceso sinodal depende casi enteramente de la capacidad de estimular la capacidad de que todos hablen, con ponderación y humildad, pero que se diga lo que muchos tienen que decir, con franqueza y sinceridad de corazón. Ojalá ninguna autoridad religiosa menosprecie lo que digan sus fieles bajo pretexto de que no saben o no están suficientemente enterados. 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