Este sacerdote católico de la Congregación Misionera del Verbo Divino se hizo internacionalmente conocido por sus investigaciones etnológicas entre los pueblos Selk’nam, Yámanas y Kawéskar, en el Archipiélago de Tierra del Fuego, entre quienes vivió un total de treinta meses. Llegó a tener una profunda admiración y cariño por el alto nivel de riqueza ética y espiritual que encontró en los más diversos pueblos alejados de la civilización. Desde su condición de científico y humanista abogó por el reconocimiento y el respeto de los pueblos originarios y su modo de vida.

Imagen de portada: “Balsa. Vista de un hombre de espaldas y a su derecha el padre Martin Gusinde –sacerdote y etnólogo conocido por sus trabajos antropológicos, especialmente entre las diversas tribus de Tierra del Fuego– maniobrando una balsa de totora en la playa de Pichilemu, Región del Libertador General Bernardo O'Higgins”, autor no identificado, 1920 (Gelatina sobre papel).

Humanitas 2022, CII, págs. 844 - 861

“Si un alma ha sido educada, tal alma y tal hombre deben ser llamados felices, y no así el hombre magníficamente provisto de bienes exteriores, pero que no vale nada por sí mismo”.

Aristóteles[1]

Martin Gusinde Hentschel nace el 29 de octubre de 1886, en una ciudad que se llamaba Breslau a fines del siglo XIX, que hoy se llama Wroclaw (Vrodsuaf), y que en castellano se conoce por Breslavia. En 1886 esta ciudad de Silesia pertenecía al Imperio Alemán. Pero los ancestros de Martin llegaron a ella cuando formaba parte del Imperio Austrohúngaro. Antes había pertenecido a Hungría, al Sacro Imperio Romano Germánico, y formado parte de la Liga Hanseática. Hoy es una de las ciudades más importantes de Polonia. No sabemos qué hubiese respondido Martin si se le hubiese preguntado derechamente ¿de dónde es usted? En 1900 habría respondido “alemán”; en 1916, “chileno”[2]; en 1945, “austríaco”. En su madurez (1957), sin embargo, expresa el deseo de ser enterrado “como último fueguino”[3].

No sabemos qué hubiese respondido Martin si se le hubiese preguntado derechamente ¿de dónde es usted? En 1900 habría respondido “alemán”; en 1916, “chileno”; en 1945, “austríaco”. En su madurez (1957), sin embargo, expresa el deseo de ser enterrado “como último fueguino”.

Algo se ha escrito acerca de su extensa labor como etnólogo de campo y antropólogo de renombre; no mucho se ha escrito sobre su vida de sacerdote de la Congregación del Verbo Divino[4], y casi nada sobre el significado humanista de su vida y de su obra[5]. El profesor Mario Orellana Rodríguez dice en 1968 “…los trabajos de Gusinde en el extremo sur de Chile son valiosos no solo por su calidad científica, antropológica, sino por su sensibilidad humanística…”[6]. Estas consideraciones pretenden indagar y precisar en qué podría consistir esa “sensibilidad humanística”, en la vida y en la obra de Martin Gusinde. Sobre todo en relación con sus investigaciones acerca de los que llegó a considerar “sus hermanos de tribu”[7]

El primer encuentro

Recién ordenado sacerdote, y con 25 años, viaja Martin Gusinde por primera vez hacia Chile. Venía destinado como profesor de Ciencias Naturales al Liceo Alemán de Santiago de Chile. Su formación universitaria era en Ciencias Naturales y Medicina[8], complementada con los estudios filosóficos y teológicos impartidos por su Orden.[9] Sus conocimientos de Etnología eran asistemáticos y los había adquirido gracias al contacto personal con el ya internacionalmente conocido padre Wilhelm Schmidt SVD. Esto, sumado a su interés personal y a sus lecturas de la revista Anthropos, publicada por el Instituto de idéntico nombre, ambos fundados por Schmidt. Tanto el instituto como la revista funcionaban en esa época en la vecindad del Seminario del Verbo Divino, donde él vivía, en Mödling, en las cercanías de Viena.

El 15 de agosto de 1912, partí del puerto de Hamburgo, a bordo del “Rhodopsis”, uno de los más grandes buques de la línea de navegación comercial “Kosmos”. A las cuatro semanas de viaje… cuando pasó la entrada oriental del Estrecho de Magallanes, se divisó tierra. Nos encontrábamos en el espacio habitado por los fueguinos.[10] […]

 

Estaba apoyado sobre la borda tratando de conocer los alrededores del pequeño puerto, cuando el capitán Richart, pasando junto a mí con sonrisa burlona, me gritó: ‘Pronto va a quedar satisfecha su gran ansiedad; dentro de nada aparecerán hombres de barro’. El anhelo y la curiosidad de poderme enfrentar al fin con los auténticos fueguinos me impresionaron. Muchas veces, en el puesto de mando del “Rhodopsis” y a lo largo de las cuatro semanas de travesía, estuve hablando con su inteligente capitán sobre los indígenas de estas tierras… me los había descrito como unos seres degenerados y unos monstruos terribles, como una chusma que se va consumiendo por el alcohol y por enfermedades venéreas. Este espantoso concepto… quedaba eclipsado por los relatos y tristes descripciones de algunos pasajeros de nuestro buque… otro me aseguraba que carecían propiamente de idioma y que se entendían entre sí sólo por medio de sonidos animales.[11]

3.2

“Ventisquero San Rafael. Vista de algunas porciones de tierra y vegetación sumergida en sector del Ventisquero San Rafael, pared de hielo de más de aproximadamente cien metros de altitud cuyo origen se encuentra en los Campos de Hielo Norte, ubicado dentro del Parque Nacional Laguna San Rafael en la Región de Aysén”, por Martin Gusinde, ca 1920 (Papel positivo monocromo).

Luego de detenerse en Punta Arenas, el “Rhodopsis” volvió a zarpar en dirección sur. Al poco rato vieron aproximarse en sus canoas a un grupo compuesto por cuatro varones, una joven, dos mujeres ancianas y siete niños de diferentes edades. La descripción que hace de su primera impresión, tres décadas más tarde, llama la atención por su crudeza.

Sucios de pies a cabeza, mostraban en sus cuerpos muchos arañones de sabandijas; sus espesas cabelleras estaban desgreñadas con enmarañados mechones; la mucosidad les fluía de la nariz y de la boca, sus ojos contorneados de rojo, los fijaban en forma vidriosa sobre nosotros, muchas partes de la piel de su cuerpo se ponía de pronto como carne de gallina, y el frío hacía estremecer su desnudo cuerpo una y otra vez… su piel daba un olor nauseabundo y no menos olían sus harapientos y sucísimos vestidos de procedencia europea… se pusieron a bailar con las manos extendidas hacia adelante, repitiendo incesantemente las mismas palabras: “cai (aguardiente), fósforo (cerillas), tabaco”, mezcladas con frases de su idioma. Para la mayoría de los presentes constituía la desenfrenada excitación de estos salvajes un divertido espectáculo; a mí me produjo repugnancia y asco. Con el vino tinto y aguardiente que se les había dado se embriagaron. En seguida comenzaron a tambalearse aquí y allá; a abrazarse unos a otros, se caían juntos y se volvían a levantar mientras balbuceaban incomprensibles palabras. También los niños embriagados yacían sobre la cubierta, mientras que sus inestables compañeros tropezaban con los arqueados cuerpos de los fueguinos, en sus deseos de continuar agradándonos con los desordenados saltos y griterías de su danza, alentados por los marineros que los incitaban cada vez más a los más violentos movimientos… La mayoría de los nuestros, a pesar de su mal comportamiento, se sintieron al final consternados ante aquella caricatura de relación de hombre con hombre.[12]

¿Cómo se gestó en su mente, en su corazón y en los hechos lo que sería la carrera científica de uno de los más destacados etnólogos de campo del siglo XX?

Cuánto cariño y aprecio tomé después a mis fueguinos, cuando los conocí a fondo, luego de larga convivencia...”[13] [14].

La prehistoria de las exploraciones

3.3El padre Martin no venía a Chile para hacer investigaciones etnológicas, sino para enseñar ciencias naturales a niños de primaria, en un colegio particular de la capital. Al principio no había recibido de buena gana su encomienda porque él deseaba viajar como misionero a Nueva Guinea. Se lo consideró físicamente inapto para ello y se lo envió a Sudamérica. No sería esta la única contrariedad que debió enfrentar en su vida, y tal como ocurrió en otras ocasiones, obedeció humildemente a sus superiores. Al atardecer de su vida reconocerá, detrás de esas repetidas contrariedades, la mano segura, aunque no siempre amable, de una “Providentia specialissima”[15]. ¿Cómo se gestó en su mente, en su corazón y en los hechos lo que sería la carrera científica de uno de los más destacados etnólogos de campo del siglo XX? Apuntemos solo algunos trazos.

“Kawes´kar. Retrato de indígena del pueblo Kawes´kar cubierto con un manto y gorro de piel, sosteniendo un arco. Fotografía tomada en el lago Fagnano, ubicado en el centro de la isla Grande de Tierra del Fuego”, por Martin Gusinde, 1919 (Gelatina sobre papel).

 Descontando su labor de educador[16] –que tampoco ha sido suficientemente estudiada ni resaltada–, dígase que el padre Gusinde entró rápidamente en Chile en contacto con científicos de grandísimo nivel, y que coincidían en la ciudad. Entre ellos destacan dos: el arqueólogo Max Uhle y el anatomopatólogo doctor Aureliano Oyarzún Navarro. Uhle, hoy considerado uno de los ‘padres’ de la arqueología peruana, fue el fundador y primer director del extinto Museo de Etnología y Antropología de Chile, desde 1912 a 1919. Paisano de Gusinde, de él el padre Martin recibirá, en la práctica, su primera y fundamental formación científica en los campos de la arqueología, la antropología y la etnología; disciplinas cuyas fronteras, tanto ayer como hoy, tienen espacios de superposición. Oyarzún, nacido en Dalcahue, médico por la Universidad de Chile y con especialización en Patología en Alemania con Virchow, Waldeyer y Von Recklinghausen, era un reconocido ‘americanista’. Fue el sucesor de Max Uhle en la dirección del Museo cuando este fue cesado en su cargo.[17]

El primer trabajo prolongado de campo lo realiza el padre Martin entre los mapuches, a quienes llega a admirar entre otras muchas cosas por sus conocimientos de herboristería medicinal. El detallado informe aparece en dos números de la naciente Revista del Museo.[18]

La transformación de Gusinde en etnólogo es, entonces, un proceso lento, hasta cierto punto imprevisto, pero inexorable.[19] ¿En qué punto entre 1912 y 1919 surge en él la decidida intención de viajar como investigador científico a Tierra del Fuego? ¿Cuándo se entera Wilhelm Schmidt de que su antiguo alumno se dispone a realizar uno de los proyectos más largamente acariciados por él mismo? El hecho es que ya el 8 de diciembre de 1918, aprovechando las vacaciones escolares, se encuentra embarcado en Valparaíso, para dar inicio a su primera expedición.

 
3.4
“Kawes’kar. Retrato de grupo de mujeres indígenas del pueblo Kawes´kar, sentadas en el suelo, cubiertas con un manto de piel de la cintura para abajo y el torso descubierto. Fotografía tomada en el Campamento Río del Fuego, en el extremo austral de América del Sur”, por Martin Gusinde, 1919 (Gelatina sobre papel).

La abominación de la desolación[20]

El 21 de diciembre ya está en Punta Arenas. Diversas circunstancias retardan su partida, entre otras una huelga portuaria en la ciudad, con resultado de graves disturbios y muertes. Estudia en el museo, se entrevista con salesianos y los interroga. Durante la espera logra viajar a isla Dawson, donde hace interesantes observaciones botánicas y zoológicas. Trabaja activamente en un cementerio, recuperando y midiendo esqueletos de kawésqar (alacalufes) fallecidos hacía pocos años. Vuelve a Punta Arenas y finalmente logra embarcar el 18 de enero de 1919 para Río Grande, en un barco de la Compañía Menéndez-Behéty.

Mucho antes que este vapor entrara en el puerto de Río Grande (Argentina) me habían llevado ya allí mis pensamientos y preocupaciones, mis esperanzas y el indescriptible entusiasmo de poder pisar luego la tierra, que vislumbrara ya en los espejismos de los ensueños de mi juventud y cuya realización fuera uno de mis ardientes anhelos allá en mi lejana patria.[21]

En Río Grande existió una misión fundada por el padre Fagnano, adonde acudían los selk’nam en busca de alimento y protección. Gusinde esperaba encontrar algunos de ellos para interrogarlos, medirlos, fotografiarlos y conocerlos en profundidad.

De mi parte habría sido ilusión el suponer que yo alcanzaría todavía a verlos y a estudiarlos en su ingenuidad primitiva, como eran mis vehementes deseos de investigador. Solo cinco mujeres y un matrimonio sin hijos, todos de edad ya avanzada son los únicos sobrevivientes que me han relatado el movimiento de la vida que hubo aquí en épocas pasadas. ¿Y dónde están los muchos otros? ¡Ah! Estos que quedan hoy día y que presenciaron la desaparición y el exterminio de la numerosa población que constituían los suyos, y que todavía parecen llevar reflejada en sus ojos próximos al llanto la inmensa amargura de su destino fatal, como única respuesta me señalaron el cementerio que guardaba aquellos despojos. Quedéme meditando, apoyado sobre el pequeño cerco que lo circunda, y sobre el cual algunos líquenes grises que parecen más compasivos que los hombres, tratan de hermosear, piadosamente, el recinto que encierra tanta tristeza. En ese momento sentí el hondo pesar y profundo desaliento que experimenta el investigador al ver destrozadas sus ilusiones y desaparecidas para siempre sus mejores esperanzas; pues con este pueblo se extingue también su originalidad (…) Pero ¿para qué estas tristes reflexiones…? ¡No conseguirán ellas resucitar a los que se han ido! Lo que urge por el momento es tratar de salvar lo que queda todavía.[22]

“En ese momento sentí el hondo pesar y profundo desaliento que experimenta el investigador al ver destrozadas sus ilusiones y desaparecidas para siempre sus mejores esperanzas; pues con este pueblo se extingue también su originalidad (…) Pero ¿para qué estas tristes reflexiones…? ¡No conseguirán ellas resucitar a los que se han ido! Lo que urge por el momento es tratar de salvar lo que queda todavía”.

3.5Afortunadamente lo que quedaba no era tan poco. “Lo que urge… es tratar de salvar lo que queda todavía”. Esa dolida expresión es el mejor resumen de lo que serán no solo los próximos seis años de expediciones, sino también sus próximos cincuenta años de intensa actividad.

En distintos momentos de su vida y de su obra tuvo Gusinde la oportunidad de comunicar, de viva voz y por escrito, y del modo más descarnado, los horrores que conoció de modo directo e indirecto acerca de los abusos y crímenes perpetrados en Tierra del Fuego y sus inmediaciones, por parte de aquellos a los que los fueguinos y él mismo denominaban ‘los europeos’ (koliot en selk’nam).[23] Crímenes no solo perpetrados por parte de los estancieros y de su personal, sino también por parte de cazadores de lobos y ballenas, por buscadores de oro, por cazadores de pieles, por comerciantes inescrupulosos, por marineros, por criminales prófugos y por todos aquellos otros que por acción u omisión contribuyeron al exterminio directo de la población indígena o a la destrucción del delicado entorno del cual ellos estrechamente dependían.[24] De más está decir que no se trataba solo de ‘europeos’.

Desgraciadamente, lo que Gusinde describe respecto de lo ocurrido en la Patagonia, y frente a lo cual se indigna, no es muy diferente de lo que ocurría con los nativos en Norteamérica, con tribus africanas, con los mapuches en Chile (pacificación de la Araucanía), con los tehuelches en Argentina y con lo que ocurre hoy con los pigmeos en África Central y con los habitantes de la Amazonía.

Solo como un botón de muestra acerca de la facilidad con la que los seres humanos llegamos a ‘naturalizar´ crímenes abominables, permítasenos reproducir un texto aparecido en un periódico inglés del año 1872, acerca de la Tierra del Fuego: “Indudablemente, la región se ha presentado muy apropiada para la cría de ganado; aunque ofrece como único inconveniente la manifiesta necesidad de exterminar a los fueguinos”[25].

“Retrato de una mujer Yámana”, por Martin Gusinde, 1922 (Gelatina sobre papel).

De cómo subyace a una cultura paleolítica una fineza moral superior

Se podría decir que las tres primeras expediciones, que duraron aproximadamente tres meses cada una, fueron como la preparación intelectual, física, lingüística y moral para la cuarta, última y definitiva, en la que Gusinde convivió durante quince meses del modo más estrecho con Yámanas, Selk’nam y Kawésqar. Y más aún, en la que se le permitió –caso excepcional en la historia de la etnología– participar en experiencias de iniciación, destinadas solo y exclusivamente para miembros jóvenes pertenecientes a esas tribus o para aspirantes a hechiceros.[26]

Sorprende la capacidad física, psicológica y moral de Gusinde para soportar durante semanas y meses cada una de esas pruebas destinadas a varones jóvenes completamente adaptados a las exigentes condiciones del ambiente patagónico austral. Pero lo que admira al padre Martin no son las difíciles pruebas por las que tiene que pasar, ni el encierro en la estrecha cabaña, ni las posturas que debe mantener por largas horas, ni el hambre prolongada, ni la sed, ni el incómodo y corto sueño; lo que verdaderamente y por sobre todo lo admira, es la finísima pedagogía moral y espiritual a la que los jóvenes y adultos se ven sometidos.

Con los yaganes, cada joven (varón o mujer) que se somete a la iniciación está permanentemente acompañado de dos padrinos o madrinas mayores, que lo conocen y lo aprecian, pero que a la vez lo exigen hasta el límite de sus capacidades físicas y psicológicas. Ellos lo acompañan permanentemente a lo largo de las semanas que dura la iniciación. Por las noches un anciano los reúne en torno a un fogón y les transmite las tradiciones y enseñanzas que deben mantener y propagar:

¡Cómo me impresionaron sus amistosas palabras en aquel tono cordial y afectivo! Habló con la experiencia que le daban sus canas y su edad; su suave manera de exponer puso de manifiesto su preocupación por la prosperidad de los jóvenes… ¡Y era uno más en aguantar lo que nosotros pasábamos en cada jornada! Es indudable que su intachable ejemplo me hizo ser un incondicional de sus teorías… Aquellas fueron jornadas de profunda concentración en sí mismo… En aquella tranquila noche toda la comarca se hallaba cubierta con una oscuridad de boca de lobo, el más completo silencio reinaba por doquier y hasta el fuego de la cabaña apenas se atrevía a arder. Nos sentamos los aspirantes a los pies del respetado jefe, tan experto en cosas de la vida, y todos grabaron en el fondo de su alma sus palabras, expuestas con la mayor objetividad y con la mejor voluntad. Estas magníficas enseñanzas, ofrecidas de aquella forma, no se olvidan en la vida.

Todos los esfuerzos y medidas tienden a hacer de cada uno de los aspirantes ‘un hombre bueno y útil para la tribu’. Estas breves palabras comprenden todo el fin pedagógico que se proponen los Yámanas.[27]

“Todos los esfuerzos y medidas tienden a hacer de cada uno de los aspirantes ‘un hombre bueno y útil para la tribu’. Estas breves palabras comprenden todo el fin pedagógico que se proponen los Yámanas”.

 3.6

“Yámanas. Retrato de un grupo de indígenas del pueblo Yámana en un campamento levantado en el lago Fagnano”, por Martin Gusinde, 1919 (Gelatina sobre papel).

En cuanto a su contenido, valgan estos breves extractos de una síntesis transmitida por un experimentado miembro Yámana:

Sé aplicado en tus trabajos. Ejecuta rápida y gustosamente tus deberes. Levántate temprano todas las mañanas, pues entonces estarás siempre dispuesto para todas las [necesidades]… Muéstrate respetuoso con las personas mayores. Ayuda a los huérfanos. Lleva algo de comer a aquellos enfermos que no se pueden levantar. Y continúa haciéndolo así en lo que te queda de vida… Si te encuentras en el camino a un hombre ciego, acércate a él y pregúntale: ‘¿Dónde vas?’ Él te lo dirá. Quizás comprendas que se ha equivocado… Entonces pregúntale: ‘¿Dónde quieres ir para llevarte? … no te burles de él. Si tartamudea y está muy torpe, no te sonrías y pienses ‘¡Él no me ve!’. Cógelo amablemente de la mano y llévalo a su cabaña (toldo indígena). Si te encuentras con una joven con la que te quieras casar, compórtate intachablemente con ella. No aligeres improcedentemente la boda, sino espera a que sus parientes te la entreguen. No te muestres impaciente cuando [inicialmente] no accedan…

Cuando te cases ayuda a tu mujer en todo. Tráele leña y agua. Auxíliale en sus trabajos, pues eres hombre y tienes más fuerza… Si tu mujer te viene con chismes no le des importancia. Aconseja a tu mujer: ‘mantente alejada de las disputas y no insultes nunca’…

Si en alguna ocasión te encuentras sentado tú solo con los parientes de tu familia y tu mujer está ausente, no hables mal de ella. No le debes pegar nunca…

Cuando seas mayor, piensa todas las mañanas en los consejos que te dimos en las ceremonias de iniciación a la pubertad; guárdalos siempre en tu memoria y no los dejes nunca de practicar. Si dejas de practicar hoy una buena costumbre, abandonarás dentro de pocos días una segunda y una tercera, y rápidamente olvidarás todo. Si permaneces fiel a todo lo que te enseñamos, podrás vivir una vida agradable.[28]

3.7

“Onas (Quillangos). Retrato de Onas, en campamento Río del Fuego”, por Martin Gusinde, 1919 (Gelatina sobre papel).

Luego de escuchar la larga síntesis, de la cual hemos extraído solo unos trozos, nuestro educador reflexiona: “Solo con un gran dominio de sí mismo se puede alcanzar un fin tan elevado; por eso es tan severo el programa a desarrollar diariamente en las ceremonias de iniciación a la pubertad”[29].

Como presintiendo las reservas mentales de lectores escépticos, Gusinde tiene la precaución de transcribir, del modo más fidedigno posible, las palabras de su interlocutor. Busca probablemente dejar en claro su convicción de que el exigente, complejo, detallado y lúcido código moral no es producto de las interpretaciones del investigador, sino la transcripción fidedigna de aquello que, por lo demás, él también tuvo la ocasión de experimentar.

En la poca literatura que existe acerca de Gusinde, rara vez se citan estas descripciones y consideraciones, que constituyen a nuestro modo de ver uno de los aspectos más interesantes de sus investigaciones, desde el punto de vista de una filosofía de la cultura. “Ahora me puede preguntar sorprendido el lector:

¿De dónde provienen tanto contenido y tanta cristalina pureza en esos principios, y de dónde surgen tal cantidad de factores para dirigir rectamente la voluntad a la satisfacción de tantas y tan diferentes exigencias?”.[30] Pregunta que se hace a sí mismo el padre Martin y que intenta iluminar desde las convicciones espirituales que él cree descubrir en estas tribus.[31]

Para comprender en toda [su amplitud] la efectividad de los esfuerzos pedagógicos de nuestros fueguinos, obsérvese que no existe entre ellos ni jueces ni policías, ni caciques ni una autoridad penal pública… No han faltado ni faltan los egoísmos y las disputas. Pero quien muestre inclinación por estas u otras faltas semejantes, tiene que cambiar de conducta tarde o temprano, pues la comunidad no le concede la menor consideración.[32]

Se trata de personas que han vivido aisladas por más de once mil años, que no comprenden la lengua de ‘los europeos’, y cuyo casi exclusivo contacto con ellos no ha sido sino para comprobar la codicia, la depravación moral y la violencia que anida en sus almas. No es de ellos, entonces, de donde han extraído sus códigos culturales y morales. “El egoísmo presuntuoso de los europeos ha sido y continúa siendo la causa de que no se les haya prestado la debida atención a los pueblos salvajes que pueblan la mayor parte de nuestro planeta, como correspondería a su significación para la historia cultural de la humanidad”[33].

Gusinde como testigo de humanidad

Quizá Schmidt y Gusinde se equivocaron al pensar que la cultura moral de los pocos pueblos que todavía existían en su tiempo, completamente aislados de la civilización, era equiparable a la primera cultura de la humanidad. Quizá, por el contrario, se podría especular que estos pueblos fueron capaces de sobrevivir gracias a su altísimo grado de especialización moral y cultural. Especialización consistente en ser capaces de vivir con lo mínimo en un grado de dificultad máximo. Corresponderá a los estudiosos seguir explorando estas y otras posibilidades.

3.8Lo que nos es dado considerar, desde una perspectiva filosófica, es tanto el contenido objetivo de algunos hallazgos antropológicos de Gusinde como el testimonio que reluce de la verdadera epopeya que encarna su vida y su obra.

Aunque el diálogo intelectual y las relaciones personales entre Schmidt y su entorno inmediato, por un lado, y el díscolo Gusinde por otro, no estuviesen exentas de mutuas incomprensiones,[34] es quizá Gusinde el que va más lejos, al interior de esa escuela de pensamiento, en cuanto a proveer evidencias y no solo especulaciones teóricas. En el comienzo de esa síntesis de madurez que representa su obra “Fueguinos”, aparece una larga cita de su maestro que contiene palabras duras de entender para oídos ‘civilizados’, tanto ayer como hoy. El capítulo donde aparece tiene un título provocativo: “¿Nos interesan realmente los salvajes?”. Dice Gusinde,

El problema se plantea así: ¿A este progreso en el referido campo material, ha seguido otro paralelo en el campo espiritual? Hace más de treinta años, un experto perito en la materia, el P. Wilhelm Schmidt, manifestaba su posición ante este problema… ‘La humanidad no avanza ni retrocede en todos los campos… en un grupo [de valores culturales] se realizan continuos y brillantes progresos, mientras que en otro se encuentra ante el peligro de sufrir fatales retrocesos. El progreso impera en todos los campos que se refieren al dominio de la naturaleza externa… Otra cosa completamente distinta ocurre en el segundo campo de valores culturales. A él pertenece el desarrollo cualitativamente interno de la vida social… En este campo cada día saca a luz nuevos hechos la moderna etnología que ponen de manifiesto con toda claridad que dicha evolución retrocede en cuanto a su contenido… Esta entrega a otro (de los miembros de la tribu entre sí) en sus diferentes gradaciones, desde el afecto más superficial a los más lejanos compañeros de tribu y el sincero cariño al amigo, hasta la ardiente abnegación y la pasión del joven enamorado, produce los mejores y más valiosos efectos en toda evolución humana: pone al hombre no solo en relación con la naturaleza externa muerta… sino que lo une con lo mejor y más noble que ofrece todo el conjunto de la naturaleza, con la personalidad humana, para poder recibir los tesoros de conocimiento, amor y alegría que en sí encierra. No cabe duda que el hombre se satisface así mucho más que con ninguna otra cosa’.[35]

 

“Martin Gusinde”, autor no identificado, 1934 (Papel positivo monocromo).

Abstracción hecha de las elementalísimas condiciones materiales en las que se desenvolvió por miles de años la vida cotidiana en Tierra del Fuego, está claro que lo que experimentó el padre Martin, como “desarrollo cualitativamente interno de la vida social”, en la convivencia diaria con ‘sus’ fueguinos, lo inclinaba fuertemente en la dirección de lo expresado por su maestro. En todo caso, cualquiera sea el marco teórico en el que se quieran insertar estas constataciones, nos parece que ciertas experiencias humanas gruesas transmitidas por Gusinde resisten a toda ‘deconstrucción’. De las muchas dimensiones que tiene la rica personalidad de Gusinde, nos permitimos considerar dos de ellas, que conviven en él de forma no siempre pacífica. Su marcada vocación de científico, sintónica con el entorno cultural positivista en que creció y se educó, y lo que llamaremos, a falta de otro nombre mejor, su vocación humanista. Ambas se enriquecen mutuamente, pero pensamos que es la humanista la que en definitiva lleva la delantera.

En diversas partes y momentos de su obra, nuestro autor manifiesta la importancia y la urgencia de ‘salvar para la ciencia’ la cultura de los fueguinos. Sin embargo, cuando él dialoga con ‘sus indios’, para explicar el sentido de su trabajo, lo que comunica es su voluntad de ‘darlos a conocer’; de que el ‘mundo externo’ –que ellos no pueden siquiera imaginar o concebir– los conozca. ¿Eran sinónimos en el alma de Gusinde ‘salvar para la ciencia’ y ‘dar a conocer’? O, mejor aún: ¿por qué esa necesidad que él experimenta de ‘darlos a conocer’? Todo indica que ‘sus fueguinos’ fueron sensibles a su argumento. Ellos eran tan conscientes como Gusinde de su próxima e inevitable extinción como cultura. De alguna manera, en ese ‘dar a conocer’ se les iba a ambos la vida. Más aún, en su más íntimo fuero interno, él también ‘ya era’ un fueguino.

Por qué esa necesidad que él experimenta de ‘darlos a conocer’? Todo indica que ‘sus fueguinos’ fueron sensibles a su argumento. Ellos eran tan conscientes como Gusinde de su próxima e inevitable extinción como cultura. De alguna manera, en ese ‘dar a conocer’ se les iba a ambos la vida.

¿Qué sentido podía tener para él ese ‘salvar para la ciencia? ¿Por qué ‘dar a conocer’ equivalía a un ‘salvar’? No hemos encontrado en su obra publicada una respuesta explícita a nuestra pregunta. Pero la huella que un ser humano deja en esta tierra suele ser más elocuente que cualquier escritura.

En los cuarenta y cinco años que siguieron a su partida de Tierra del Fuego, Gusinde, además de seguir realizando exploraciones, dio centenares de conferencias, presentó numerosos reportes en reuniones científicas y dictó decenas de cursos, en los cinco continentes. Muchas de esas clases, conferencias y presentaciones en reuniones científicas iban dirigidas a un público especializado, pero muchas también iban dirigidas a un público culto general. No tenemos todavía acceso fácil a lo que se ha conservado de esos textos, pero sabemos que al menos una de esas conferencias dictada en Europa llevaba por título “Lo que Europa debe a los pueblos primitivos”.[36]

Martin Gusinde gastó muchos años de su vida, después de salir de Tierra del Fuego, en escribir y componer los grandes volúmenes donde da cuenta de sus expediciones, de sus hallazgos y reflexiones. Escribió también mucho acerca de los otros pueblos que posteriormente investigó: los pigmeos en el centro de África, los nativos de Norteamérica, los bosquimanos y hotentotes en el sur de África, los pigmeos en Nueva Guinea y diversas tribus en Filipinas, Indonesia, India, Venezuela y Japón.

A través de su vida y su obra el padre Martin Gusinde parece querer decirnos, entre otras cosas, que es posible vivir de la forma más sencilla, pobre y precaria, y ser capaz a la vez de disfrutar y reverenciar a la naturaleza y a su autor, de respetar a sus padres, ancianos y enfermos, de ser amigo de sus amigos, de amar fielmente a su esposa y a sus hijos, de servir a la comunidad y de tener una vida razonablemente satisfactoria y feliz. Que con la civilización hay cosas que se ganan, pero que también hay cosas que se pierden.

Tal vez podríamos pensar que, para Martin Gusinde, ‘salvar para la ciencia’ y ‘dar a conocer’ eran una sola y la misma cosa. Que salvar a una humanidad ignorante de su propia ignorancia era en cierto sentido ‘salvar a la humanidad’.

A través de su vida y su obra el padre Martin Gusinde parece querer decirnos, entre otras cosas, que es posible vivir de la forma más sencilla, pobre y precaria, y ser capaz a la vez de disfrutar y reverenciar a la naturaleza y a su autor, de respetar a sus padres, ancianos y enfermos, de ser amigo de sus amigos, de amar fielmente a su esposa y a sus hijos, de servir a la comunidad y de tener una vida razonablemente satisfactoria y feliz. Que con la civilización hay cosas que se ganan, pero que también hay cosas que se pierden.

Gusinde no solo fue testigo directo de la decadencia de la cultura fueguina. Algo parecido presenció en los EE.UU. de Norteamérica (donde conoció las reservas de los Winnebago, Sioux, Cheyenes, Pima, Pueblo, Pápago y Yuma)[37], en los pigmeos Aka, Batwa e Ituri, en el Congo Belga y en Ruanda;[38] en los bosquimanos, en Namibia, Botsuana y Angola; en los hotentotes, en Sudáfrica; en los Ayom, en Nueva Guinea; en los Yupka, en Venezuela. Presenció también, de lejos y de cerca, el autoexterminio de los europeos ‘civilizados’ en dos conflagraciones locales con repercusiones planetarias. De hecho, sus dos hermanos menores murieron en la primera de ellas. Tal vez llegó a considerar que, en esas dos carnicerías, murieron más ‘europeos’ que todos los ‘salvajes’ juntos, que estos mismos ‘europeos’ sacrificaron fuera de sus fronteras.

Quizá se cruzó por su inteligencia y por su corazón considerar que, finalmente, sus queridos fueguinos habían llegado más cerca que nosotros de esa ‘salvación’, y que eso era lo que había que rescatar y dar a conocer.(Jn 15, 13)

Uno de sus alumnos del Liceo Alemán le preguntó un día si como sacerdote católico les había comunicado su propio credo a los fueguinos. El padre Martin respondió “que estaban muy bien donde se encontraban, que eso habría sido fatal porque los habría confundido y les habría acarreado perturbaciones”[39].

Quizá Martin Gusinde llegó a percibir que ‘sus fueguinos’ incivilizados conocían mejor que nosotros aquello que él intentó vivir. Esto es: “Que no hay amor más grande que dar la vida por sus amigos”[40].


Agradecemos a la Fundación Gusinde por su colaboración en la publicación de este artículo. La Fundación Gusinde nace a fines del año 2018 en la ciudad de Puerto Williams, en Isla Navarino. Su propósito es promover la recuperación, conservación, estudio y difusión del trabajo e investigaciones realizadas a comienzos del siglo XX por el etnólogo Martín Gusinde entre los pueblos fueguinos y otros. Toda la investigación sistematizada puede encontrarse en el Catálogo Martín Gusinde. Más información en www.gusinde.cl  


 

Notas

*Alejandro Serani es científico, médico y filósofo, miembro ordinario de la Academia Pontificia por la Vida y profesor investigador del Instituto de Filosofía de la Universidad San Sebastián, Chile.
* Agradecemos al área de comunicaciones y laboratorio fotográfico del Museo Histórico Nacional por las imágenes que ilustran este artículo.
[1] Protréptico, 1. Aristóteles; Exhortation á la philosophie (Sophie Van der Meeren). Les belles lettres, Paris, 2011.
[2] A propósito del pueblo mapuche, Gusinde escribía en 1916: “nuestros indígenas”, “nuestra nación chilena”, “nuestro pueblo”. Publicaciones del Museo de Etnología y Antropología de Chile, Año 1, # 2 y 3, 1917. En 1954 recibe, con orgullo, la Orden al mérito Bernardo O’Higgins, de manos del Presidente de la República de Chile.
[3] “Y cuando a mí, quizás como último fueguino, me lleven a la tumba, habré elevado con esta descripción, un monumento de gratitud, a mis hermanos de tribu…”. Gusinde, Martin; Hombres primitivos en la tierra del fuego (de investigador a compañero de tribu). Escuela de Estudios Hispano Americanos, Sevilla, 1951, p. 398. En adelante: Fueguinos.
[4] Bornemann, Fritz; “P. Martin Gusinde (1886-1969): Mitglied des Anthropos-Institutes”, Verbum Supplementum n. 15, Apud Collegium Verbi Divini, Romae, 1971. En lo sucesivo: “Bornemann”.
[5] Sin desconocer ni la existencia ni la pertinencia de los debates teóricos entre especialistas acerca de los sesgos ‘colonialistas’ en el pensamiento y en la obra de los etnólogos de comienzos del siglo  XX, hemos intentado –en la medida de lo posible– mantenernos a distancia de esa discusión polar. Para una crítica ‘decolonialista’ del sentido de la obra etnológica de nuestro autor, véase el documentado trabajo de Pavez Ojeda, Jorge; “Disciplina científica colonial y coproducción etnográfica. Las expediciones de Martin Gusinde entre los Yámana de Tierra del Fuego”, Magallanes (Chile) n. 40 (2), 2012, pp. 61-87.
[6] Prefacio a: Gusinde, Martin; Expedición a Tierra del Fuego. Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 2014. En esta obra se recogen los informes que Gusinde redactó luego de cada uno de sus cuatro viajes, dirigidos al director del Museo de Etnología y Antropología, en su calidad de Jefe de Sección. En lo sucesivo: Informes.
[7] Ver nota 3. Esta no es una expresión metafórica. Martin Gusinde, en 1923-24, fue excepcionalmente admitido para someterse a dos períodos de prolongadas experiencias rituales de iniciación entre los Yámanas kina. Además, participó como aspirante a miembro de la tribu Selknam en un Kloketen (reunión secreta de varones) y se inició en la escuela de hechiceros o “Loíma-yékamush” de esta misma tribu.
[8] Ejerció esporádicamente la medicina en sus exploraciones y por razones humanitarias en Austria en la inmediata posguerra. Cf. Bornemann; p. 147.
[9] Tenía también una no despreciable cultura musical. En el diario de su primera expedición a Tierra del Fuego, estando en isla Dawson, anota: “¡Por la noche toco violín!”. Cfr. Palma Behnke, Marisol; “Diario del primer viaje de Martin Gusinde a Tierra del Fuego (1918-1919), Introducción y comentario a la publicación del documento inédito”, Anthropos n. 113, pp. 169-193, 2018. Bornemann; p. 13, menciona que de joven tocaba el clavecín, el violín y la cítara. No debe extrañar entonces que se haya preocupado de registrar en cilindros de cera los cantos de los fueguinos.
[10] Fueguinos se publica en Sevilla en 1951, pero es la traducción de un texto en alemán de 1944, publicado después de la guerra.
[11] Gusinde, Martin; Fueguinos, p. 84.
[12] Gusinde, Martin; Fueguinos, p. 87.
[13] Ibidem.
[14] El término ‘Alacalufe’ se lo considera peyorativo y se prefiere usar ‘kawésqar’, lo cual no está carente de dificultades. Cf. Aguilera, Óscar; “El nombre kawésqar un problema no solo lingüístico”. Magallania, vol. 45 n. 1, Punta Arenas, 2017.
[15] Bornemann; p. 164. 16 Feliú Cruz, Guillermo; P. Martin Gusinde (1886-1969), el último fueguino. Copygraph, Santiago de Chile, 2015, pp. 15-17. Reimpresión de: “El padre Martin Gusinde y su labor científica en Chile”. Revista de Historia, Santiago, v. 1, n. 8, pp. 19-41, 1969.
[17] Vásquez Vilches, R A; Mora Nawrath, H I; Fernández Lizana, M I; “Historical-cultural perspective and anthropological investigation in Chile: an approach to the contributions of Max Uhle, Martin Gusinde and Aureliano Oyarzún (1910-1947)”, Boletim do Museu Paraense Emílio Goeldi. Ciências Humanas, vol. 14, n. 2, pp. 513-530, 2019.
[18] Gusinde, Martin; Medicina e Higiene de los antiguos araucanos. Publicaciones del Museo de Etnología y Antropología de Chile, año I, n. 1, 1916, pp. 87-293.
[19] De vuelta en Europa en 1924 se matricula en la Universidad de Viena para completar y formalizar sus estudios de etnología. Su tesis versa sobre la figura del chamán en mapuches y fueguinos.
[20] Dn. 11, 31. 
[21] Gusinde, Martin; Informes, p. 30.
[22] Gusinde, Martin; Informes, p. 32.
[23] Cfr. Gusinde, Martin; Fueguinos, Capítulos V y VI.
[24] En una oportunidad estuvo en riesgo de ser asesinado por defender a una mujer kawésqar acosada. Cf. Informe de la Cuarta Expedición.
[25] Daily News. Tomado de Gusinde (Fueguinos, p. 100) que lo encuentra citado (asumimos que de modo crítico) por el “South American Missionary Magazine”, XVI, 237, 1882.
[26] Gusinde debió alimentarse casi exclusivamente de carne de guanaco semicocida con los selk’nam y de peces, mariscos y cetáceos con los Yámanas. También vivió con alacalufes, pero un tiempo corto. Con toda probabilidad aprendió a vivir semidesnudo, encender fuego, confeccionar y usar arco y flecha, anzuelos y arpones, y tenía también familiaridad con el uso de armas de fuego.
[27] Gusinde, Martin; Fueguinos, pp. 282-283. Para una descripción circunstanciada resulta imprescindible la lectura del Capítulo XII: “Ceremonias de iniciación a la pubertad” y Capítulo XIII: “Ceremonias secretas reservadas a los hombres”.
[29] Ibid, p. 292.
[30] Ibid, p. 294.
[31] Ibid, Capítulo XIV “El mundo espiritual de los fueguinos”, pp. 313-382.
[32] Ibid, pp. 295-296.
[33] Ibid, p. 18.
[34] Cf. Bornemann; pp. 122-139.
[35] Citado en Gusinde, Martin; Fueguinos, pp. 14-15. A este planteamiento se lo designa a veces como ‘degradacionismo’. Cf. Pavez Ojeda, Jorge; “Disciplina científica colonial y coproducción etnográfica. Las expediciones de Martin Gusinde entre los Yámana de Tierra del Fuego”, Magallanes (Chile) n. 40 (2), 2012.
[36] Cf. Bornemann; p. 112, nota 2.
[37] Bornemann; p. 108.
[38] Bornemann; pp. 118-122.
[39] Eyzaguirre G., Ramón; El Mercurio, 1966 y Revista Humboldt, n. 32, Hamburgo, 1967.
[40] Jn 15, 13.

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