El desplazamiento de sentido de ‘la categoría de víctima’ desde su concepción inicial hasta su horizonte escatológico.

La categoría lingüística “víctima” es central en la espiritualidad de Teresa de Los Andes, no porque use mucho este término –que lo hace–, sino porque tiene un “puesto clave” como símbolo de las realidades espirituales que vehicula. La expresión “ser víctima”, y “ofrecerse como víctima” van a ir llenándose de diversos y ricos matices, y nuevos sentidos, a medida que madura en su proceso espiritual.

No debe parecernos superfluo un intento para resituar esta expresión, más bien necesario, ya que, aunque la locución “ser víctima” pareciera responder a épocas superadas, y aun remitiendo a una simbólica arcaica –ofrecer sacrificios a la divinidad–, no dejará de ser siempre un referente central, no solo en el espacio litúrgico católico del sacrificio de la Misa, sino también para nuestras sociedades.

Ciertamente vivida de manera unilateral puede llevar –como ha llevado– a distorsiones, pero debemos afirmar que olvidar la simbólica de “la víctima ofrecida” no solo relativiza el sacrificio de Cristo, sino que además implica silenciar la historia de todas las víctimas que cada sociedad en mayor o menor medida genera. Víctimas con quienes Cristo se ha hecho solidario.

La integración del sufrimiento en la vida de una persona apunta a la madurez teologal de todo cristiano llamado a configurarse con Cristo. Sin gozo no se puede vivir, pero tampoco sin sufrimiento; evadirlo no es una opción. Las personas maduras lo integran en sus vidas, permaneciendo de pie ante el dolor. El Vaticano es consciente de esta realidad compleja de lo humano cuando afirma al comienzo de Gaudium et spes “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” [1]. El sufrimiento debe y puede integrarse, para no quedar alienados de la realidad, con sus penas y sufrires.

Siempre habrá víctimas en la historia, ya que las sociedades humanas, de una u otra manera, generan víctimas. Olvidar a las víctimas –los preferidos de Jesús–, con quienes él se hizo solidario, es olvidar la dinámica propia de la kénosis del Cristo, quien se hace solidario como víctima sufriente, de los dolores de la historia. Desde esa dinámica una simbólica de la víctima como la que investigamos en Teresa de Los Andes puede arrojarnos bastantes luces para emprender un itinerario semejante, o al menos, inspirado en ella.

La espiritualidad de Teresa de Los Andes, que de aquí en adelante preferiremos llamar Juanita, su nombre de pila, puede ser un aliciente para hacernos responsables de los sufrimientos de nuestro tiempo.

Todos quedamos en Jesús invitados a solidarizarnos con las víctimas de la historia, así lo hizo Juanita en su cultura y a su modo, asumiendo en su propia carne la kénosis de amor propia de la víctima redentora. Creemos, además, que la primera víctima a la que tuvo que rescatar Teresa de Los Andes fue a sí misma, en cuanto Juanita Fernández Solar, niña sensible, vulnerable y frágil, que llegó incluso a ‘sufrir bullying’ en el colegio [2].

La categoría lingüística de “víctima” es lo suficientemente amplia y elástica como para permitir, además, vehicular diversos matices y hasta significados contrapuestos en la medida que se madura espiritualmente. Así lo apreciamos en Juanita Fernández.

Ya incluso en nuestro lenguaje cotidiano identificamos diversos contextos semánticos en los que el término víctima es usado. Se usa la expresión “hacerse la víctima” de un modo muy diverso ciertamente a como se utiliza cuando se habla de “ser víctima”, o “padecer como víctima”; también tenemos las frases “ofrecerse como víctima”, o padecer “con las víctimas”, todas ellas expresiones completamente diversas en su significado, así como otros muchos usos que enriquecen el campo semántico del término. Juanita aprenderá a ser transformada en víctima de amor, descubriendo en ese camino sentidos más profundos, como el que presentamos acá: el llegar a ser “víctima adorante del amor”.

En Teresa de Los Andes vemos claramente el “desplazamiento de sentido” que va produciéndose en el término. Además de ser un símbolo espiritual muy fuerte en la cultura, llega a enriquecerse mucho más con el símbolo arquetípico, fuertemente arraigado en el psiquismo colectivo popular cuando hablan de la “virgen víctima”. Para peregrinos del Santuario de Teresa de Los Andes, Teresita es invocada como “la virgencita”. Juanita va a ser esta joven, virgen y víctima, que a través de la inmolación de amor encontrará el sentido de todo para toda una vida. Desde “hacerse la víctima” de cuando niña, llegará a madurar como “víctima de reparación”, para, a través del amor, finalizar siendo una “víctima adorante”.

***

Cuando el 17 de octubre de 1917 Juanita se ofrece a Jesús como víctima –primer registro de su ofrenda en sus Escritos– se expresará de esta manera: “me he ofrecido a él como víctima. Quiero ser crucificada. Hoy me dijo Jesús que sufriera, que porque Él me amaba me hacía sufrir. Que me olvidara de mí misma, que cumpliera con mi deber [...] Quiero pasar mi vida sufriendo para reparar mis pecados y la de los pecadores. [...] , no quiero ser feliz yo, sino que Tú seas feliz” [3]. Juanita necesita demostrar su amor a Jesús, y según su parecer, la mejor forma de hacerlo es sufriendo por él: demostrar su amor a Jesús implicará “sufrir”, “olvidarse de sí”, y “cumplir su deber”.

Ciertamente nos encontramos con una persona en plena etapa de consolidación de su vida espiritual, buscando seriamente descentrarse de sí. Es un proceso de maduración en el amor, que va a expresar de forma un tanto drástica: “no quiero ser feliz yo, sino que Tú seas feliz”. Expresión totalizadora y radical que recuerda la relación agustiniana entre gracia y pecado, siendo este último “amor de sí hasta el desprecio de Dios”, en claro contraste con la vida de la gracia en tanto “desprecio de sí hasta el amor a Dios”.

Juanita se mueve ya en ese horizonte; sin embargo, para esa fecha, esta consolidación del amor, que depende cada vez menos de la retribución, del propio deseo y voluntad, se encuentra aún a medio camino. Además, la dualidad criatura-creador está demasiado acentuada, indicando un punto de arranque y deseo, más que uno de meta y llegada.

No obstante, una de las categorías que le ayudarán a transitar en este intenso proceso teologal, desde un amor que se consolida hasta las alturas místicas más elevadas, será precisamente esta categoría y símbolo de la víctima. Desde niña aprende a sufrir y a ofrecer su sufrimiento, pero solo más tarde comprenderá la fundamentación teologal de ese ofrecimiento, cuando pueda descubrir el amor de Jesús, la única víctima inocente.

Juanita se ofrece este año de 1917 como víctima, y buscará serlo a través del “sufrir”, del “olvido de sí”, y del “cumplimiento del deber”. Pero dentro de los diversos espacios vivenciales de esta categoría, claramente será el del sufrimiento el que Juanita vivenciará en mayor grado. Apenas inicia su Diario llega a decir: “la historia de mi alma se resume en dos palabras: sufrir y amar” [4]. Cuando Juanita habla de víctima debemos comprender generalmente “aceptación y ofrecimiento del sufrimiento”. Sin embargo, habrá una evolución y un abrirse a nuevos significados, produciéndose un notorio desplazamiento de sentido, que podría ser hasta contradictorio con los sentidos iniciales.

El camino de Juanita, repitamos, ha comenzado con el sufrimiento, ya que su sensibilidad particular al mismo la obligará a asumirlo desde niña. La sensibilidad de su naturaleza la hará sufrir mucho: “mi carácter era tímido, de un corazón muy sensible. Por todo lloraba” [5]; “Yo sufría, pero el buen Jesús me enseñó a sufrir en silencio” [6], pero será ese sufrimiento de su carácter lo que obligará a Juanita a buscar un refugio, y prontamente lo encuentra en Jesús.

El sufrimiento era debido en gran medida a su modo de ser: “tenía un carácter sumamente suave: yo jamás rabiaba con nadie” [7]. Ese carácter hará que ya en el colegio sufra a manos de otras niñas: “había una con la que sufría porque siempre buscaba hacerme mal. Siempre, cuando íbamos a la capilla, me sacaba el velo. Yo chica, no sabía defenderme” [8]. El sufrimiento es una realidad que la acompaña desde niña. Cientos de veces, Juanita aludirá a los sufrimientos que irá experimentando, acentuados por su carácter tímido, débil, regalón y suave –expresiones que ella usa–, sobre todo en la primera etapa de su vida [9].

Las huellas del dolor psicológico quedaron en su memoria. Volvamos a recordar el inicio de su Diario: “la historia de mi alma se resume en dos palabras: sufrir y amar”, pero añadiendo ahí mismo, “pero como Él, el buen Jesús, me quería, buscó para alimentar mi pobre alma el sufrimiento” [10]. Como escribe este diario a los quince años de edad, podemos apreciar que ya le da un valor positivo al sufrimiento, considerándolo como “alimento”, expresión esta última que reserva generalmente para la eucaristía. Pues bien, el sufrimiento será para ella una eucaristía en cuanto sustento que la nutre y alimenta.

Juanita sufría por todo: “cualquier cosa que me contrariaban, me ponía a llorar y me daban llantos histéricos” [11]. Esta realidad interna será, sin embargo, la “materia prima” que le permitirá no solo ofrecerse a Jesús como víctima, sino a partir de la misma elaborar una singular y rica espiritualidad.

Crecimiento en manos de la gracia

Nos encontramos entonces con una susceptibilidad altamente impresionable y digna de compasión, pero que, en manos de la gracia, irá plasmándose en una espiritualidad sanadora, donde la categoría víctima permitirá hacer de “cinta transportadora” hacia espacios más integradores y plenos. Se elevará desde una vida de sufrimiento inútil a una vida de amor y entrega total, donde el sufrimiento no solo queda exorcizado, sino que pasa a formar parte además de uno de los pilares de su alta espiritualidad. Juanita se abrirá al misterio del sufrimiento vicario.

En este plano, podemos decir que asume plenamente la tradición espiritual católica del momento, pero la eleva a un plano teologal y escatológico completamente increíbles entrando en la zona de la mística propia de los locos y enamorados del Amor Divino. Ella misma se confesará como loca de amor: “no sé cómo hacer otra cosa que contemplarle y amarle [...] eso loco de amor me ha vuelto loca” [12].

Esta espiritualidad vicaria, que madura y adquiere rasgos muy personales, se puede apreciar de mejor manera en una síntesis totalmente evolucionada en el año 1920, como queda reflejada en la carta a su hermana Rebeca del 2 de febrero de ese año: “te repito lo que muchas veces te he dicho: que eso [el sufrimiento de Rebeca] solo nace de la susceptibilidad, la cual, si no la haces desaparecer, te amargará la vida entera”. El sufrimiento inútil de Rebeca debe, a partir de la renuncia libre, transformarse en nuevo dinamismo liberador, en tanto enérgicamente asumido en una personal ascesis, que consiste –según Juanita– en “ir haciendo desaparecer el yo, que es el Dios que adoramos interiormente. Esto cuesta y nos arrancará gritos de dolor” [13].

De no cambiar, el destino de Juanita podría haber sido esa vida de soledad y amargura que pronosticaba a Rebeca; sin embargo, supo hacerla materia de ofrecimiento y de amor. Ya libre y dueña de sí, recordará la actitud habitual a conquistar: “¿crees tú que porque te contrarían o no te dan en tus gustos no te quieren? Entonces diría yo lo mismo: pues cuando estaba en la casa tenía que contrariar mi voluntad hasta en lo más mínimo [...] Sin embargo, hermanita, tenía el consuelo de ver en todas las cosas la voluntad de Dios” [14]. ¡Qué lejos estamos aquí de esos llantos histéricos de niña, y del sufrimiento sicológico posterior cuando no sabía manejar su sensibilidad!

El buen Jesús que de pequeña le había enseñado a “sufrir en silencio y a desahogar en él su pobre corazón”, será el mismo quien, llevando a plenitud esa decisión primera, le hará comprender el sentido redentor del sufrimiento: “me hizo comprender su amor no correspondido. Me pidió que me ofreciera como víctima de amor y de expiación” [15]. Esta carta, correspondiente al 16 de abril de 1919, es una carta de madurez. Es una carta previa a su entrada al Carmelo, que será el 7 de mayo de ese mismo año. Teresa ya ha aprendido a ofrecerse como víctima, y a madurar en ese ofrecimiento.

Sufriendo “el calvario de la separación” de los que más ama, dirá: “el dolor de la separación es tan intenso, que no hay palabras para expresarlo [...] y aun cuando veo que todos los míos lloran, permanezco sin hacerlo, sin demostrar siquiera pena [...] esto es horrible”. Además, no siente sensiblemente nada, “estoy más unida a él, pero sin sentir nada”. El sentimiento no ayuda, solo queda una “decisión movida por la fe”, y así entra al Carmelo.

Por esa misma fecha, antes de entrar al Carmelo, respondiendo al padre Julián Cea, el 16 de abril de 1919 vuelve a recordar que Jesús –el año 1918– le ha pedido ser víctima. Ante la idea de pedir el martirio de sangre –propuesta por el padre Julián– responde confesando que no pide eso: “creí era más perfecto no pedirle nada”; pero que sí aceptaba ser víctima, porque Jesús mismo se lo ha pedido: “Pero hace un año, creo, Nuestro Señor se me reveló un día cuando estaba expuesto, con una caridad infinita. Entonces me hizo comprender su amor no correspondido por los hombres. Me pidió me ofreciera como víctima de amor y expiación” [16]. El martirio de Juanita será no un martirio de sangre, como quería hacérselo pedir el padre Julián Cea, sino un martirio de amor, del corazón, adentrándose en ese “martirio místico”, pudiendo ser víctima de amor como Jesús y en Jesús.

Juanita vivirá el sacrificio y lo vivirá de modo encarnado, no solo en lo que padece por la vida, sino desde las mismas decisiones radicales que ella libremente asume. Máximo sacrificio será para ella dejar a su familia; con esta disposición entrará al Carmelo:

Se ha renovado en mí el inmenso dolor que experimento al pensar que los voy a dejar. Fue una lucha que sostuve contra mi propia naturaleza cuando escribí la carta [permiso a su papá]. Y todo el entusiasmo sensible que sentía hacia el Carmelo ha desaparecido. Me parece de repente que es una locura lo que voy a hacer; que son ilusiones, etc. Pero está ya muy pensado y mi voluntad lo desea como un bien verdadero. Doy gracias a Dios de esta repugnancia natural que experimento, pues así la cruz que abrazaré será más pesada y podré manifestar al buen Jesús más amor, ya que iré en busca de Él sin consuelo alguno. [17]

Juanita ha ido pidiendo a los sacerdotes que la acompañan –Artemio Colom y José Blanch– que la ofrezcan en la Eucaristía, pero de modo especial pide al padre José Blanch que la ofrezca como víctima, como se constata en las cartas del año 1918: “ofrézcame a Jesús como víctima de reparación y amor” [18]; más adelante: “acuérdese de esta futura carmelita en el sacrificio de la misa y ofrézcala a Nuestro Señor como víctima de amor y expiación” [19]; y así otras cartas. Al padre Artemio Colom le confiesa el 25 de abril de 1919 las resonancias especiales que despierta en su alma el ser víctima: “¡Qué palabra tan llena de hermoso significado: víctima crucificada, hostia pura, cordero que lleva los pecados del mundo!”. La categoría de víctima se va resignificando cada vez más desde diversas experiencias, todas se van aglutinando hacia ella, siendo Jesús victima el centro de esa atracción.

Pero no será hasta el año 1919 cuando conozca al padre Julián Cea, religioso claretiano, que podrá ver realizado su deseo en forma más íntima: ser ofrecida en la consagración y bañada en la sangre de Cristo como víctima de amor junto a Jesús. Esto es posible, ya que entre Juanita y el padre Julián Cea se despertará una corriente de comunión y de amor espiritual muy honda y delicada. Le escribe el padre Julián Cea a Juanita: “No me olvides, mi querida ‘Teresita de Jesús’ que yo también necesito mucho, mucho, y ya que Dios ha querido nos conozcamos en la intimidad del espíritu sigamos unidos en el amor puro de Dios”. Y cumpliendo el deseo de Juanita le recuerda que “como ministro de Dios, te bendigo todos los días y en la Misa te introduzco en el cáliz para que en él seas bañada en la Sangre Divina” [20]. El baño en la sangre de Jesús despertaría hondas resonancias en el espíritu de Juanita, y seguramente sería tema de conversación con el padre Julián, que ha recién conocido en las misiones de ese mismo año de 1919 [21].

Las resonancias sangrientamente amorosas de Jesús ya eran fuente de expresión poética en una Carta a Rebeca del 15 de abril del 1916: “¡Oh, qué bello se ve con su túnica de sangre! Esa sangre vale para mí más que las joyas y los diamantes de toda la tierra” [22]. El mundo afectivo de Juanita va girando cada vez más en torno al sacrificio, al altar, y a Jesús víctima en el sagrario. Juanita madura la mística del sacrificio de Cristo, comprendiendo que es el sacrificio de un amor no correspondido. 

Ella quiere consolarlo, y ofrecerse como víctima de amor, y junto a Jesús, dar la vida por los pecadores. Cuando hable del ideal de la carmelita al que ella aspira, repetirá: “su sacrificio [de la carmelita] es perpetuo, sin mitigación, desde que nace a la vida religiosa hasta que muere como víctima, a ejemplo de Jesucristo” [23]. Integra cada vez más estas tres realidades: sufrimiento, víctima y Jesús. El sufrimiento en tanto realidad antropológica; el ser víctima, en cuanto realidad teologal; y a Jesús como modelo y fin de toda entrega, realidad escatológica.

De la expiación a la identificación

Volvamos al itinerario de Juanita, recorriendo las etapas que tan sintéticamente estamos revisando. Debemos volver a mirar al año 1917, año en que se ofrece como víctima a Jesús varias veces. Recordemos que la primera vez que se ofrece como víctima, al menos en lo que a testimonio escrito se refiere, es el 17 de octubre de 1917, como queda consignado en su Diario. Pero no será sino hasta un mes después, el 16 de noviembre, cuando lo expresará de un modo más solemne. La iniciativa de ofrecerse como víctima, en esta ocasión, ya no es solo suya, sino que “proviene de Dios”, adquiriendo una significancia y misión específica:

Anoche [es decir, 15 de noviembre], una hora con Jesús. Hablamos íntimamente [...] me reveló su amor, pero de tal manera que lloré. Me mostró su grandeza y mi nada y me dijo que me había escogido para víctima. Que subiera con él al calvario. Que emprenderíamos juntos la conquista de las almas: Él, Capitán, y yo soldado[...] me dijo que sufriera con alegría, con amor. [24]

En este coloquio nocturno del 15 de noviembre de 1917 podemos encontrar los elementos fundamentales de su espiritualidad, a saber: revelación del amor de Dios de modo extraordinario: “de tal manera que lloré”; la trascendencia total de Dios: “su grandeza”; la personal contingencia y transitoriedad de su ser criatura: “mi nada”; la elección: “me había escogido para víctima”; su misión: “la conquista de las almas”; y finalmente su carácter más íntimo y personal: “alegría y amor”.

El fundamento de su espiritualidad será este amor recibido, pero la forma en que configura su respuesta a ese amor será la transformación en “víctima amante y adorante”. Será a partir de esta fecha en adelante que no dejará de pedir a los sacerdotes que la ofrezcan como víctima. Volvamos a recordar que esas peticiones continuas tendrán su punto más álgido cuando pueda encontrar su deseo realizado de modo pleno: “le aseguro me ha hecho feliz, pues tenía ansias verdaderas de que un sacerdote me ofreciera y bañara en esa sangre divina” [25]. En la misma carta recuerda al confesor que hace un año Jesús le había pedido, “mientras estaba expuesto”, que se ofreciera como víctima.

El anuncio de ser elegida víctima del año 1917 madura, entonces, el año siguiente, cuando Jesús le pide ya expresamente que asuma su vocación: “me pidió me ofreciera como víctima”. No se trata ya de ofrecer sacrificios solamente, sino de orientarlos hacia el calvario, hacia la comunión total con Jesús víctima.

Retomemos el desplazamiento de sentido y el enriquecimiento que va adquiriendo la categoría de víctima en Juanita. El 15 de noviembre de 1917 Jesús la había escogido como víctima para “emprender juntos la conquista de las almas”, con un claro sentido eclesial y apostólico. Dos años después, el sentido de ser víctima se va desplazando de su sentido originario y por eso el 17 de mayo de 1919, llevando 10 días en el Carmelo, escribe: “me ofrecí como víctima para que manifestara Nuestro Señor a las almas su infinito amor” [26], centrándose completamente ya no en los pecadores, sino en Jesús mismo: “que su infinito amor se manifieste, ya que su amor no es conocido” [27], para añadir más adelante: “me duele el alma al ver que el Amor no es conocido” [28]. Aquí ya vemos cómo se va produciendo claramente un desplazamiento de sentido y de contenido de la categoría de víctima, asumiendo nuevas perspectivas: pasando “de la expiación al amor”, “de la reparación al amor”, “del amor a la identificación con Jesús”. En la Carta 116 del 20 de Julio de 1919 encontramos una primera síntesis de su espíritu; escribe al padre Artemio Colom:

Mi ideal de carmelita es ser hostia, ser inmolada constantemente por las almas, y mi fin principal es sacrificarme porque el amor del Corazón de Jesús sea conocido. Créame, Rdo. Padre, que no sé lo que me pasa al contemplar a Nuestro Dios desterrado en los tabernáculos por el amor de sus criaturas, las cuales lo olvidan y ofenden. Quisiera vivir hasta el fin del mundo sufriendo junto al divino Prisionero.

¿Qué hará Juanita respecto a este olvido de las criaturas del amor de Jesús, sobre todo, olvido de Jesús eucaristía? Aparte de hacerse víctima para que su amor sea conocido, buscará de ahora en adelante, ella misma, reparar en sí misma y recibir en ella a ese olvidado que es Jesús: y eso lo hará haciéndose víctima adorante (víctima [la materia] adorante [la forma]). Esa reparación inicial que se abre a la adoración como respuesta plena y única satisfactoria a su impotencia de amor se producirá en ella misma. Juanita recibirá en sí al Amor olvidado, sumergiéndose en la contemplación permanente de ese amor. Es la manera que ella descubre –se le revela– para poder así dar respuesta al dolor y sufrimiento que la embarga “al contemplar a Jesús olvidado y desterrado”.

Dando una respuesta personal a su dolor de compasión escribirá a su amiga Elisa Valdés el 14 de mayo de 1919, cuando lleva siete días en el Carmelo:

en el Smo. Sacramento [ Jesús] continúa en esa oración no interrumpida. En el cielo la ocupación de las almas será adorar y amar. ¡Iniciemos, pues, en la tierra lo que haremos por una eternidad! La carmelita, tal como yo la concibo, no es sino una víctima adorante. Seamos víctimas, Isabelita querida, hostias, pero muy puras. Vivamos completamente sumidas en Dios. Yo te diré lo que hago para esto: considero mi alma como un cielo donde reside la Sma. Trinidad, a quien no puedo compenetrar ni mirar, porque la considero como un foco inmenso, infinito de luz [...] Allí vivo contemplando y adorando a ese Ser perfectísimo. La cuestión es no interrumpir interiormente esa alabanza de gloria. Aunque estemos ocupadas exteriormente, guardemos silencio interior, es decir, no admitir ningún pensamiento ajeno a esa adoración, rechazar aun aquellos que sean de nuestra propia persona[...], adoremos esa divina voluntad. [29]

El ser víctima adorante cada vez implicará no tanto ni tan solo una dinámica de ofrecer sacrificios o sufrimientos, y ni siquiera hacerse víctima por los pecadores, sino que fundamentalmente quedar escatológicamente orientada a una acción de “adoración continua” de la grandeza y perfecciones de Dios. Escribe ya en el Carmelo: “hoy hacen ocho días que morí para el mundo para vivir escondida en el infinito Corazón de mi Jesús [...] soy feliz; pero la criatura más feliz del mundo. Estoy comenzando mi vida de cielo, de adoración, de alabanza y amor continuo. Me parece que estoy ya en la eternidad, porque el tiempo no se siente aquí en el Carmen. Estamos sumergidas en el seno del Dios Inmutable” [30]. La única respuesta que encuentra Juanita para el amor no conocido ni correspondido de Jesús será vivir adorando y sumergiéndose completamente en Dios trino adorado, y haciéndolo desde Jesús, desde su Sagrado Corazón.

La síntesis espiritual de Juanita

Juanita logró la plenitud de su madurez cuando integró todas sus vivencias de dolor y sufrimiento desde la perspectiva del amor: “ser víctima de amor”. Desde el amor pudo madurar hacia las puertas de la emergencia del último aspecto teologal por integrar, el místico, es decir, el aspecto escatológico. Llegó a ser víctima no solo de amor, sino “víctima adorante”.

El talante escatológico tan acentuado de su espiritualidad alcanzó así unidad y síntesis. Juanita llegó a ser “víctima adorante” cuando integra la dimensión escatológica y trascendente de Dios a la dimensión redentora y expiatoria. Ser víctima adorante fue, entonces, un concentrar su propia persona exclusivamente para Dios, sumergiéndose en Él.

Juanita, en su camino espiritual, debió replantearse completamente la relación “sufrimiento-amor”. Partiendo de una relación primera donde el sufrimiento significaba solo desamor –“¿crees tú que porque te contrarían o no te dan en tus gustos no te quieren?” [31]– y era opuesto al amor, hasta llegar a una relación significativamente diferente: “pueda pronto llegar al puerto del Carmelo donde espero encontrar el cielo en la tierra, es decir, el cielo en el sufrimiento y en el amor”[32]. Es decir, la plenitud de unidad y síntesis en su ofrenda de víctima adorante.

La particularidad de su espiritualidad creemos encontrarla en este ser víctima adorante, logrando una síntesis personal entre “la espiritualidad del carmelo” y “la espiritualidad del Sagrado Corazón”. Es en este punto en que se desliga de la espiritualidad tradicional del Sagrado Corazón, dotándola de una nueva profundidad orientada toda ella escatológicamente. Del Sagrado Corazón es receptiva de la espiritualidad de la reparación, de la expiación; del Carmelo recibirá la espiritualidad de la intimidad, de la unión con Dios; pero ambas quedan elaboradas en una síntesis nueva: “la víctima adorante del amor”. Es en esta intimidad adorante en la que ella queda “sumergida”, y de tal manera que su inmersión es completa en el amor adorante de la grandeza divina. Ser víctima adorante expresa una espiritualidad altamente personal, única y original. La intimidad del Carmelo será en ella intimidad adorante; la reparación y expiación del Sagrado Corazón queda transformada en una reparación que implica sacrificar todo, para quedarse solo en función de una adoración continua de amor. La reparación-expiación ahora será consecuencia, un efecto de su amor adorante y no la finalidad primera, dándose un giro, por tanto, una verdadera metanoia en la dirección y cambio de perspectiva: “es la adoración la que repara, no la reparación la que adora”. Recuperándose en este movimiento la perspectiva original bíblica del mandato divino de “adorar a Dios con todo el corazón y con todas las fuerzas” [33]. Juanita escapa del reduccionismo barroco y jansenista –propio de la espiritualidad de su época– no rechazándolo, sino trascendiéndolo hacia la adoración.

Juanita supera, además –desde dentro–, la espiritualidad tradicional del Carmelo, y lo hace igual que con la espiritualidad del Sagrado Corazón, no negando, sino integrando y trascendiendo su reduccionismo epocal.

Juanita recibe una comprensión y participación única de la pasión de Cristo, así como recibe también unas gracias increíbles sobre la grandeza y perfecciones de Dios. “Adorar a Dios”, “sumergirse en Dios”, “vivir en Dios”, “desaparecer en Dios”, serán expresiones complementarias pero fundamentales de su ofrenda adorante. Adoración que surge desde el Corazón de Jesús: “vivamos dentro del Corazón de Jesús, contemplando el gran misterio de la Santísima Trinidad”. [34]

Juanita ha vivido el sufrimiento, pero lo ha entregado a Dios y lo ha hecho mediación de comunión con Jesús víctima, llegando a descubrir que no solo puede ser víctima de expiación por los pecadores [espiritualidad del Sagrado Corazón], sino que puede además entrar a través de él en profunda comunión con la persona de Jesús [espiritualidad del Carmelo], para terminar con Él y desde Él, sumergida completamente en la adoración de Dios uno y trino [35].

Ciertamente la gracia no transformará su estructura psíquica, seguirá siendo sensible (pasible y sufriente), y tal vez más sensible que nunca, pero esa sensibilidad no será obstáculo, sino que, al contrario, será condición de posibilidad para que pueda arrojarse completamente, desde Jesús, a la inmensidad de la divinidad. Sabe que Jesús estará con ella en toda adversidad, y que Jesús es el primero que ha sufrido. Lo decía en octubre de 1919: “Siendo Dios, Jesús sufrió el odio, la persecución, la traición, la hipocresía de los hombres. Y no creas que, porque era Dios, no sentía el pesar que esto le causaba. Era hombre como nosotros, hombre perfectísimo y, por lo tanto, su corazón era más noble, más tierno, más sensible que ninguno; pues todo lo humano en Él era divino, infinito” [36]. La sensibilidad de Juanita, en la sensibilidad de Jesús que ella contempla, queda transformada, haciendo de la misma, mediación profundamente humana para abrirse al mundo de la intimidad adorante.

Todo el camino de Juanita Fernández, de alguna manera ya ha sido elaborado, a modo de prospecto, en el retiro de agosto de 1916, cuando en la quinta meditación rezaba así a Jesús: “quiero, Esposo adorado, vivir escondida, desaparecer en Ti, no tener otra vida sino la tuya, no ocuparme sino de Ti. Ahora también que estoy purificada, quiero que la Sma. Trinidad venga a morar en mi alma para adorarla y vivir constantemente en su presencia” [37]. Deseo que solo llegará a plenitud a través de la mediación de la categoría de víctima, y en particular en su modo totalizador de víctima adorante.

No ya “hacerse la víctima” [cuando niña], ni siquiera ofrecerse “como víctima” [en su proceso espiritual], sino llegar a “ser víctima” y “víctima adorante” [en su consumación escatológica comenzada], he ahí el final de la madurez de esta víctima de amor adorante que llegó a ser para la Iglesia Católica Santa Teresa de Jesús de Los Andes.  


Notas

[1] Pablo VI; Constitución Pastoral Gaudium et spes. Sobre 1 Iglesia en el mundo actual. 1965, n.1. 
[2] Cfr. Ver Diario 3 en Santa Teresa de Los Andes; Diario y Cartas. Ediciones Carmelo Teresiano, Santiago, 1995.
[3] Diario 34 en op.cit.
[4] Diario 1 en op.cit. 
[5] Diario 2 en op.cit. 
[6] Diario 1 en op.cit. 
[7] Diario 2 en op.cit.
[8] Diario 3 en op.cit. 
[9] Cfr. Ver Diario 2 a Diario 5 en op.cit. 
[10] Diario 1 en op.cit. 
[11] Diario 5 en op.cit.
[12] Santa Teresa de Los Andes. Carta 107, junio de 1919, a su hermano Lucho. Publicada en op.cit. 
[13] Diario 16 en op.cit. 
[14] Carta 159 en op.cit. 
[15] Carta 83 en op.cit.
[16] Ídem. 
[17] Carta 72, del 25 de marzo de 1919, en op.cit.
[18] Carta 27, abril de 1918, en op.cit. 
[19] Carta 29, del 18 de junio de 1918, en op.cit. 
[20] Carta del 10 de abril, 1919, no publicada. 
[21] El 10 de febrero estuvo en misiones en el fundo San Pablo de san Javier de Loncomilla, como se consigna en el Diario 50 en op.cit. 
[22] Diario 16 en op.cit.
[23] Carta 58, 3 febrero de 1919, en op.cit. 
[24] Diario 37 en op.cit.
[25] Carta 83, 16 abril de 1919, en op.cit. 
[26] Diario 54 en op.cit. 
[27] Carta 107 en op.cit. 
[28] Carta 121, agosto de 1919, en op.cit.
[29] Carta escrita a su amiga Elisa Valdés el 14 de mayo de 1919.
[30] Carta 101, del 14 de mayo de 1919, a Elisa Valdés Ossa, en op.cit. 
[31] Carta 159 en op.cit. 
[32] Carta 27, del 2 de abril de 1918, en op.cit.
[33] Deuteronomio 6, 4-5. 
[34] Carta 109, a Elisa, en op.cit.
[35] N.del.A: Síntesis personal de la espiritualidad de Juanita. 
[36] Carta 141 en op.cit. 
[37] Diario 16 en op.cit.

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