El presidente Donald Trump ha llevado a Estados Unidos a una guerra que el Papa y la mayoría de los obispos, teólogos y laicos católicos parecen considerar injusta, ilegal e imprudente. Es un momento difícil para el cardenal arzobispo Robert McElroy, cuya diócesis incluye la capital del país. El periodista Austen Ivereigh accede a una entrevista con él para conocer de cerca su opinión sobre la guerra y la enseñanza cristiana.

Agradecemos a The Tablet [1] por concedernos el permiso para la traducción y reproducción del presente artículo, publicado originalmente en www.thetablet.co.uk el día 25 de marzo de 2026.

Ser el Cardenal Arzobispo de Washington cuando Estados Unidos ha lanzado una guerra ilegal e irresponsable en Medio Oriente no es tarea fácil. Le corresponde explicar hasta qué punto esto contradice tanto la postura general de la Iglesia a favor de la no violencia como los criterios que permiten recurrir a la guerra en situaciones de emergencia. Debe hacerse eco del llamado del Papa León a un alto al fuego, sabiendo que la respuesta del presidente Trump será: “No haces un alto al fuego cuando literalmente estás aniquilando a la otra parte”. Y todo esto debe hacerlo como pastor y como profeta, consciente de que en su arquidiócesis muchos trabajan en la administración Trump o en el enorme complejo militar-industrial de Washington, y que habrá fieles cuyos hijos o cónyuges sirven en el ejército.

Resulta providencial, entonces, que desde marzo del año pasado sea Robert McElroy —posiblemente el mejor intelectual público que haya dirigido la arquidiócesis, además de un pastor humilde al estilo del Papa Francisco— quien deba navegar esta situación. Días antes de que nos reuniéramos para una entrevista en la Universidad de Georgetown en Washington DC, había expuesto la postura de la Iglesia sobre la guerra con admirable prudencia y claridad en el periódico diocesano. Es prueba de lo bien que lo ha hecho que, hasta ahora, ninguno de sus compañeros obispos en la, a menudo dividida, conferencia episcopal de Estados Unidos haya cuestionado sus afirmaciones.

Al resumir la “resistencia constante a la guerra” de la Iglesia contemporánea, el cardenal McElroy recuerda la firme oposición de Juan Pablo II a la invasión de Irak en 2003 liderada por Estados Unidos, la aclaración de Benedicto XVI sobre la inadmisibilidad de su justificación como “guerra preventiva”, así como la afirmación de Francisco de que la guerra no puede resolver nada, y la denuncia de León XIV del actual “ardor desbordado por la guerra… que es totalmente incompatible con la fe católica”. Siguiendo el ejemplo de Jesucristo, McElroy afirma sencillamente: “La no violencia debe ser la primera postura de los católicos en el mundo”.

La no violencia no es pacifismo. En “algunas situaciones de emergencia”, explica el cardenal en el Catholic Standard, la Iglesia ha permitido recurrir a la guerra, pero de manera tan estricta que seis condiciones deben cumplirse “clara y simultáneamente”. La causa debe ser justa (esencialmente, la legítima defensa ante un ataque inminente o real) y legal (una declaración formal por parte de la autoridad legítima). Debe haber recta intención (un objetivo claro de corregir la causa justa y restaurar la paz), y deben haberse agotado todos los medios no violentos para lograrlo. Debe existir una esperanza razonable de éxito, y la destrucción prevista no debe superar el bien esperado.

Dado lo que sabemos cada vez más sobre la decisión de Estados Unidos de ir a la guerra contra Irán, y cuánto estuvo impulsada por la ambición israelí, desde hace cuarenta años, de provocar un cambio de régimen, el cardenal muestra gran prudencia al afirmar que al menos la mitad de estas condiciones no se han cumplido: no existía una amenaza inminente de ataque contra Estados Unidos, las intenciones son confusas y lo más probable es que esto no traiga la paz sino una mayor escalada. Examinada a la luz de la enseñanza católica, por tanto, “nuestra entrada en esta guerra no fue moralmente legítima”, afirma McElroy, añadiendo que es aún más importante ponerle fin lo antes posible. Como muestra el desastroso historial de las intervenciones estadounidenses en Oriente Medio, advierte que “hay una lógica de la guerra que empuja siempre hacia adelante, escalando en alcance y duración”.

Nuestra entrevista se sitúa entre la participación de McElroy en un panel de discusión y una cena posterior con los demás ponentes. El cardenal y tres destacados académicos católicos debatieron sobre “Fe, democracia y bien común”, el tipo de diálogo por el que la iniciativa “Catholic Social Thought and Public Life” de la Universidad de Georgetown se ha hecho famosa. La discusión tenía una urgencia y relevancia impactantes, dada la dramática corrosión de la vida pública e institucional estadounidense que ha caracterizado el segundo mandato de Trump. Como lo expresó Kim Daniels, directora de la Iniciativa y moderadora del diálogo: “La casa se está quemando”. El eje del diálogo era qué puede volver a aprender Estados Unidos de John Courtney Murray SJ (1904-1967), el teólogo jesuita cuya obra sobre la democracia, el pluralismo y la libertad religiosa tuvo una influencia descomunal en el Concilio Vaticano II.

El cardenal McElroy, cuya tesis doctoral en teología fue publicada en 1989 bajo el título The Search for an American Public Theology: The Contribution of John Courtney Murray (tiene un segundo doctorado sobre moralidad y política exterior), enumeró una serie de “desarrollos ominosos”: el modo en que “la máscara se ha convertido en el nuevo rostro de la justicia estadounidense”; la profundización de la polarización y la hostilidad, que impide el “consenso sustantivo” necesario para que funcione la democracia; cómo las instituciones que deberían ser los resguardos de la democracia “están ahora en desorden y tambaleándose”, mientras el gobierno invade cada vez más la res sacra, esas áreas de la vida —la cultura, la educación, las artes— que en una democracia deberían estar libres de su poder coercitivo.

En política exterior, McElroy ve en nuestro tiempo una analogía con el período inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos era una superpotencia y tenía un PIB tan grande como el de todo el resto del mundo combinado. La escuela “realista” de política exterior de entonces, identificada con el pensamiento de Hans Morgenthau, sostenía que los estados son actores movidos por su propio interés y deben priorizar el interés nacional, que él definía en términos de acumulación de poder. Murray sostenía lo contrario: que el interés de Estados Unidos se veía favorecido por apoyar las restricciones al poder de los estados mediante reglas sólidas dentro de un orden mundial. McElroy citó la advertencia de Murray de que, si prevalecía el enfoque de Morgenthau, “América se convertirá en un niño perdido que avanza pesadamente por el mundo de manera destructiva, tambaleándose de una situación a la siguiente”. Es una imagen sobria. “Me temo que en eso nos hemos convertido”, dijo McElroy.

Donde antes Estados Unidos empleaba su poder de fuego para contener a tiranos e imperialistas temerarios, sosteniendo el orden mundial basado en reglas, ahora se busca un nuevo orden mundial capaz de contener a Estados Unidos e Israel. También es, tanto para McElroy como para los papas recientes, un momento para recuperar la centralidad de la no violencia en la enseñanza de Jesús. Cuando aún era obispo de San Diego, él y el cardenal de Myanmar, Charles Bo, ayudaron a lanzar en Roma el Instituto Católico para la No Violencia Pax Christi, en vísperas del sínodo de 2024. Aún conservo mis apuntes: McElroy sostenía que, aunque la tradición de la “guerra justa” ha ocupado un lugar dominante en la teología católica, había llegado el momento de hacer central la no violencia, sin excluir la guerra justa como recurso de última instancia en raras situaciones de emergencia. Citando a Francisco en Fratelli tutti, donde argumenta que participar en la guerra es incompatible con amar a nuestros hermanos y hermanas como Cristo nos pide, McElroy dijo que la no violencia era un modo mucho más eficaz de crear y sostener la justicia, y que una de las contribuciones más importantes que la Iglesia podía hacer era demostrarlo.

¿Qué hay detrás de este giro? Una gran parte, dice, es la naturaleza del armamento moderno: su grado puro de destructividad, los miles de millones invertidos en él. “Todo eso hace de la guerra algo que antes no era: una realidad más bárbara, aun cuando, en cierto sentido, se vuelva más aséptica y tecnológica”. (Mientras habla, pienso en el páramo y cementerio en que se ha convertido Gaza, resultado de bombas inteligentes israelíes con objetivos elegidos por algoritmos). La segunda razón que da es la totalidad de la guerra moderna. En siglos pasados, la Iglesia podía restringir los combates prohibiéndolos durante cien días santos al año, dando una oportunidad para que estallara la paz. Ahora la guerra es 24/7, e implacable en su indiferencia hacia los inocentes.

La tercera razón es la forma en que hoy el razonamiento de la guerra justa es vulnerable a la cooptación. Eso fue lo que ocurrió de manera célebre en 2003, cuando el biógrafo papal George Weigel escribió una apología de la invasión de Irak, descartando las advertencias de Juan Pablo II sobre sus terribles consecuencias (todas las cuales terminaron ocurriendo), y ese texto circuló ampliamente dentro de la administración de Bush. Entre los argumentos finales de Weigel estaba una cita del número 1897 del Catecismo, donde se dice que la evaluación de las condiciones para la legitimidad moral de la guerra “pertenece al juicio prudencial de quienes tienen la responsabilidad del bien común”. En otras palabras, escribió Weigel, las autoridades religiosas pueden dar su parecer sobre los principios implicados, “pero la decisión la toman otros”.

McElroy considera que esa formulación del Catecismo constituye una “disposición fatal”, porque puede interpretarse como si los gobiernos fueran responsables no solo de decidir ir a la guerra, sino también de determinar la rectitud moral de hacerlo. “Yo creo que eso no es cierto en absoluto”, me dice McElroy. “Es una medida objetiva”. Para que una guerra sea justa, deben cumplirse ciertas condiciones. “La corrección de si esas condiciones se han satisfecho no la determinan quienes toman la decisión de ir a la guerra. La determina la realidad objetiva. Necesitamos decirlo de forma dura y clara. Esto es esto, y esto es esto otro. Y oponernos a guerras que claramente no alcanzan ese estándar”. Pero la redacción del Catecismo no ayuda a dejar esto claro. “La frase es una sola oración, pero realmente es mala”, me dijo McElroy.

Se me ocurre que la secularización de la cultura occidental ha vaciado la capacidad de la Iglesia para hablar en la plaza pública. Muy a menudo, las formulaciones de los obispos sobre asuntos morales están expresadas en un lenguaje prudente y muy matizado que presupone falsamente que se dirigen a sociedades ya moldeadas por supuestos morales cristianos. Sin embargo, como vio con claridad Francisco, la pérdida de esos supuestos es hoy dramática, lo que significa que a los obispos o bien no se los escucha o bien su autoridad es cooptada por ideólogos. En 2003, por ejemplo, Weigel trató de tranquilizar a los vacilantes asegurando que, dijeran lo que dijeran los papas modernos, la tradición “clásica” de la guerra justa no comienza con una presunción contra la guerra. La misma crítica ha sido formulada en The Wall Street Journal, donde se argumentó que al pedir un alto el fuego y un retorno a la diplomacia, el papa León habría abandonado de algún modo la propia enseñanza de la Iglesia sobre la guerra. Para ser escuchada, la Iglesia necesita comenzar unos pasos antes —volver a lo básico, por expresarlo de alguna manera— y decir: la guerra está mal porque destruye, mata, devasta. Esto es lo que Francisco hizo tan bien, al pedirnos que miráramos quién paga el precio de la guerra, que diéramos su debido peso al sufrimiento, especialmente el de los pobres.

McElroy coincide en que esa fue la “gran diferencia” que introdujo Francisco. “Nos enseñó una forma distinta de calibrar el cálculo, por su énfasis en las maneras desproporcionadas en que la guerra recae sobre los pobres y los marginados, aquellos que tienen menos poder en la sociedad: aquellos para quienes la destrucción significa décadas de falta de hogar, y no solo uno o dos meses”. La opinión de Francisco sobre esto era tan fuerte que, le sugerí, a veces resultaba difícil saber si pensaba que en la era moderna todavía era posible justificar alguna guerra. “No sé si él creía que se pudiera”, responde McElroy, añadiendo que esa era, en esencia, también la postura de Pablo VI y Juan Pablo II, quienes hablaban de toda guerra como derrota y fracaso.

¿Cómo podría León llevar esto adelante? McElroy no lo sabe, pero sugiere que la gran cuestión a la que ahora se enfrenta es el colapso del multilateralismo que tanto subraya la Doctrina Social de la Iglesia, y la normalización del “realismo” al estilo Morgenthau, que ve el interés nacional puramente en términos de lograr la dominación en una lucha con rivales poderosos. Lo que importa ahora, dice McElroy, es institucionalizar la no violencia activa, “mostrar cómo es eficaz y construir instituciones en la sociedad que operen desde esa postura. Una de las razones por las que la no violencia activa es tan eficaz es que, si la gente llega a un acuerdo sin haber destruido o dominado al otro, ese acuerdo tiende a durar más tiempo”.

Teológicamente, hay que formular —y demostrar— la tesis de que la no violencia tal como la practicó Jesús no es una renuncia al poder, sino confianza en el verdadero poder del universo, en las propias armas de Dios: el amor, la confianza y la paciencia. La paz no puede ser traída por quienes hacen la guerra, sino solo por sus víctimas; y recurrir a la guerra es una forma de desesperación, un pesimismo que no puede reconstruirnos mejor, sino solo corroernos y amargarnos. McElroy cree que la Iglesia ahora necesita quedar tan identificada con la primacía de la no violencia que llegue a ser conocida por ello, que los cristianos “deben recorrer la milla más larga en la no violencia activa”. En un mundo dominado no por la ley sino por la libido dominandi, McElroy dice que, para “proteger contra una injusticia tremenda y bárbara”, puede haber momentos en los que, en última instancia, sea necesaria la fuerza, pero incluso en ese caso la enseñanza católica de la “guerra justa” sirve como una restricción estricta, exigiendo de quienes harían la guerra un verdadero examen de conciencia, tanto en la decisión de recurrir al uso de la fuerza armada (jus ad bellum) como en la manera en que la guerra es conducida (jus in bello).

Cuanto más aprendemos sobre la guerra de Trump y Netanyahu en Oriente Medio —lanzada en medio de negociaciones con Irán, sin debate ni consulta ni planificación adecuada, impulsada por un pequeño grupo de evangélicos conservadores ferozmente proisraelíes dentro de la administración estadounidense, con temerario desprecio por sus consecuencias—, más queda demostrada la validez de los principios católicos de la guerra justa y la insistencia de la Iglesia en priorizar la búsqueda de soluciones no violentas a los conflictos potenciales. El descarte desdeñoso de los tradicionales principios católicos de contención en la guerra, a menudo por líderes supuestamente cristianos, ha dejado al descubierto cuán descaradamente paganos se han vuelto los poderes de este mundo. 


Notas

[1] Yvereigh, Austen; “Washington’s peacemaker: Cardinal Robert McElroy”. The Tablet UK, 25 de marzo 2026. 

 

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