En este artículo, se abordará solamente un aspecto del pontificado de Juan Pablo II, en una perspectiva histórica y crítica, considerando los estudios más actualizados sobre esta delicada materia, con el propósito de iluminar uno de los momentos más complejos e intrincados de su ministerio, a saber, la relación entre el “pontífice eslavo” y el sistema comunista, por él bien conocido, habiéndose opuesto al mismo durante largos años, en calidad de estudiante, joven sacerdote y obispo de una de las diócesis más importantes de Polonia (Cracovia).

Juan Pablo II fue ciertamente el líder religioso más popular y carismático del siglo XX. Su magisterio moral y religioso, sobre todo en los últimos años del pontificado, se extendió no solo a los católicos, sino también (de alguna manera) a los cristianos de las diversas confesiones y a gran cantidad de hombres de buena voluntad. Mediante sus tan numerosos viajes intercontinentales, un sabio uso de los medios masivos de comunicación y las reuniones oceánicas de las cuales fue motor y protagonista (como, por ejemplo, las Jornadas Mundiales de la Juventud), logró transmitir en todos los ángulos del planeta su elevado mensaje religioso de conversión interior, de paz y de respeto a la persona humana, así como hacerse escuchar por centenares de personas de todas las religiones, incluso en temas a veces considerados incómodos por la cultura secular. Se puede decir que fue el primer Papa global de la historia de la Iglesia.

Los solemnes funerales, celebrados en la plaza de la basílica vaticana el día 8 de abril de 2005, agruparon, quizás por primera vez en una celebración religiosa, a casi todos los hombres de gobierno más importantes del mundo, pero también a gran parte de los jefes de las Iglesias y comunidades cristianas y a los representantes de otras religiones. La visita a sus restos mortales, expuestos en la basílica vaticana durante algunos días, en conformidad con el antiguo ritual pontificio, atrajo a Roma a millones de personas, no turistas o curiosos, sino verdaderos peregrinos de la fe. En realidad, este fue el primer “milagro” del “Papa mediático y global” cuya canonización fue solicitada por muchos ya con ocasión de sus funerales. Son inolvidables algunas banderas con la significativa inscripción “Santo subito!” (de inmediato) [1].

La actual canonización constituye de alguna manera la culminación de un movimiento de devoción y fe iniciado en los últimos años del pontificado de Juan Pablo, quien encontrándose ya gravemente afectado por la enfermedad (jamás ocultada, pero tampoco ostentada), encarnó cada vez en mayor medida el “ícono del Cristo sufriente”, dando testimonio con su palabra y con su vida del sentido más profundo del mensaje cristiano, es decir, del amor que se convierte en don de sí mismo y servicio a los demás, y de la esperanza que nos orienta hacia el Cristo resucitado.

En este artículo, se abordará solamente un aspecto del pontificado de Juan Pablo II, en una perspectiva histórica y crítica, considerando los estudios más actualizados sobre esta delicada materia, con el propósito de iluminar uno de los momentos más complejos e intrincados de su ministerio, a saber, la relación entre el “pontífice eslavo” y el sistema comunista, por él bien conocido, habiéndose opuesto al mismo durante largos años, en calidad de estudiante, joven sacerdote y obispo de una de las diócesis más importantes de Polonia (Cracovia). Recordemos que ya la elección de un papa polaco, es decir, de un pontífice proveniente del mundo europeo oriental -por muchos años sometido a regímenes comunistas controlados de diversas formas desde Moscú y donde no se respetaba la libertad religiosa-, representaba desde el punto de vista religioso y político un hecho enteramente nuevo. Esto no podía no tener consecuencias importantes para la estabilidad de un régimen (el comunista) que en ese momento parecía granítico, compacto y por lo tanto destinado a persistir durante largo tiempo.

El cardenal de Cracovia Karol Wojtyla fue elegido Pontífice el 16 de octubre de 1978, al parecer después de la octava votación de los 111 cardenales reunidos en un Cónclave que duró únicamente tres días y en el cual por primera vez la mayoría estaba constituida por no europeos: 56 contra 55. Giulio Andreotti, siempre bien informado sobre las cosas del Vaticano, escribió al respecto: “La verificada imposibilidad de unificación de los consensos llevó en el intervalo a la convicción de que el momento estaba maduro para una elección distinta. Y la decisión fue admirablemente rápida”. El arzobispo de Cracovia “por una sola papeleta no alcanzó el centésimo voto” [2]. El “cambio” consistente en elegir un papa no italiano -en las primeras votaciones los cardenales con más votos fueron el montiniano Giovanni Benelli y el batallador arzobispo de Génova Giuseppe Siri- fue sugerido al parecer por el cardenal austríaco Franz König y aprobado inmediatamente después por cardenales alemanes y estadounidenses, entre ellos el cardenal Krol de Filadelfia, de origen polaco [3].

El pontificado de Juan Pablo II se inauguró con un programa valeroso, inspirado en la irradiación misionera y universal del anuncio del Evangelio. En la célebre homilía del 22 de octubre, pronunciada durante la solemne celebración de iniciación del ministerio petrino, el Papa dijo con voz clara y resuelta: “¡Abrid, más bien abrid de par en par las puertas a Cristo!”. De este modo, se presentaba a los fieles como el nuevo heraldo del Evangelio (lo cual hizo durante todo su largo pontificado), invitando a todos a no tener miedo y a combatir por la tutela de “los derechos de Dios y del hombre” dondequiera fuesen desconocidos o negados. Como veremos, semejante invocación profética no cayó en el vacío; por el contrario, fue vivida (encarnada) y practicada por muchos fieles en conformidad con las circunstancias y las diversas situaciones histórico-religiosas.

La elección de un papa polaco fue acogida por la administración soviética con gran sorpresa. Algunos la interpretaron como una especie de complot imperialista, coordinado por los polacos estadounidenses, tramado contra Moscú y su imperio. Los gobiernos comunistas europeos, que por lo demás desde hacía décadas controlaban la vida de las iglesias nacionales y estaban debidamente informados sobre las cuestiones vaticanas, ni siquiera habían previsto la posibilidad de elección de un Papa proveniente de los países del Este. Basándose en la tradición, concebían el papado como “algo totalmente italiano” y no se habían percatado de que a partir del Concilio Vaticano II la Iglesia Católica había cambiado y el Colegio Cardenalicio se había internacionalizado. Ese error, según Andrea Riccardi, “se debía también a una cultura política incapaz de reconocer al fenómeno religioso una fuerza renovadora, atribuyéndole a lo más el rol de repetición del pasado o una función reaccionaria” [4].

En realidad, con esa elección se logró con gran rapidez, incluso simplemente bajo el perfil del evento, atravesar la impenetrable “cortina de hierro”, permitiendo a muchos católicos de esos países descubrir los vínculos (formalmente cortados desde hacía un tiempo) que los unían con Roma y tomar conciencia de que eran parte de un mundo y una historia más grandes. Eso activó esperanzas adormecidas, que tuvieron consecuencias inmediatas no solo en el ámbito espiritual, sino también político y social. Esto no ocurrió únicamente en la patria del Papa, sino además en otros países donde en la sociedad los católicos constituían una fuerza consistente, como Hungría, Checoslovaquia, Ucrania, Bielorrusia y también otros.

Como se sabe, en la mayoría de los países sometidos a la influencia soviética, los gobiernos comunistas en el poder habrían deseado constituir Iglesias nacionales separadas de Roma y rígidamente controladas por el régimen. Solo en Albania se había proclamado oficialmente el ateísmo de Estado. Entre todas las iglesias del Este, únicamente la polaca mantenía cierta autonomía en relación con el gobierno comunista. Eso se debía al profundo arraigo popular de la fe católica, así como a la política eclesiástica inteligente y con visión de futuro conducida durante varios años por el Cardenal Primado Stefan Wyszynski. En los años 50, durante el pontificado de Pío XII, mientras en la mayor parte de los países controlados por Moscú la Iglesia era perseguida -por ser considerada antiestatal y enemiga del Estado socialista- y los sacerdotes y obispos eran encarcelados, en Polonia se mantenía viva, y de hecho el gobierno, temeroso de su influencia en el pueblo, se veía obligado a pactar con ella los límites y las condiciones de la llamada “libertad de culto”.

En los años 60, en un contexto mundial y cultural diferente, la Santa Sede, convencida de que el comunismo tendría larga duración, se dispuso a poner en marcha “discretas y prudentes” negociaciones con algunos países comunistas como, por ejemplo, Hungría y Checoslovaquia, con el fin de entrar en contacto con la llamada “Iglesia del silencio”. De este modo se procuraba ayudar a la Iglesia mártir y sufriente del otro lado de la cortina, asegurándole el mínimo de supervivencia u obteniendo del régimen la liberación de algún obispo. Dicha actividad comenzó en los últimos años del pontificado de Juan XXIII y continuó, con algo de incertidumbre, con Pablo VI. Negociar con los comunistas -dijo el principal artífice de la llamada “Ostpolitik vaticana”, el futuro cardenal Agostino Casaroli- era un “martirio de la paciencia” [5], pero necesario si se deseaba conseguir algo concreto, lo cual a veces ocurría. En todo caso, como precisó el cardenal Jean-Marie Villot, Secretario de Estado de Pablo VI, la política oriental era más bien ars non moriendi y no modus vivendi.

Según monseñor Casaroli, el catolicismo polaco, tal como estaba organizado por el Cardenal Primado, todavía podía resistir diez años, no más. En el futuro sería necesario, según él, llegar a un nuevo acuerdo con el régimen. Sin embargo, los obispos polacos, entre ellos monseñor Wojtyla, no pensaban lo mismo [6]. Esta posición de Pablo VI y monseñor Casaroli en materia de Ostpolitik no era aceptada por los polacos, entre otros, quienes no deseaban que la Santa Sede se inmiscuyese en los asuntos religiosos de su Iglesia, y sobre todo no querían que el representante vaticano estableciese acuerdos con el gobierno comunista, pasando por alto la autoridad de la jerarquía local.

Y sin embargo, cuando correspondió nombrar un nuevo Secretario de Estado, Juan Pablo II eligió precisamente a monseñor Casaroli. El Papa apreciaba en él su espíritu de servicio y la fidelidad a la Iglesia, a pesar de las incomprensiones del primer momento. “Quisiera ser más útil para el Papa -dijo una vez monseñor Casaroli-, pero lo encuentro tan distinto” [7]. De hecho, en los años siguientes, a solicitud de Juan Pablo II, actuó permanentemente como mediador entre las dos posiciones: la anterior, propia de la Ostpolitik montiniana, y la posición militante, deseada por el nuevo Pontífice con el fin de obtener resultados útiles para las Iglesias del otro lado de la cortina de hierro.

En un coloquio con el Secretario de Estado estadounidense Schultz, en 1982, cuando ya estaba encaminada en Polonia la revolución pacífica, el Secretario de Estado, aludiendo al pensamiento del Papa, señaló: “Polonia puede representar un banco de ensayo de relevancia histórica para producir una hendidura en el sistema de dominación soviética: podría abrirse una brecha, no a través -o no solo a través- de Solidarnosc, sino mediante otras fuerzas populares o de producción”. De hecho, así ocurrió en lo sucesivo, y Juan Pablo II tuvo un rol importante en semejante proceso de transformación; más aún, según algunos intérpretes, él “fue un elemento determinante para la caída del régimen comunista en Polonia” [8] y -en perspectiva- también para la caída de la totalidad del imperio soviético [9]. En ese contexto ciertamente se enmarcan los tres primeros viajes del Papa a su patria con anterioridad a la caída del muro de Berlín (1989).

La libertad religiosa y el derecho de los pueblos

Como se señaló, Juan Pablo II estaba convencido de que el orden político-social de Europa oriental, incluyendo Polonia, era más aparente que real, y en todo caso “no eterno”, como sostenían diversos ambientes de la diplomacia internacional, entre ellos el estadounidense, así como los representantes de la Ostpolitik vaticana. El Papa, apoyándose en su elevado ministerio espiritual, deseaba ayudar a los pueblos del Este a recuperar su libertad y su identidad histórica (profundamente marcada por el cristianismo), a menudo sustraída por la propaganda y la cultura del régimen. Esta tarea le parecía providencial, como un verdadero mandato encomendado por Dios.

Para él ya no existía una “Iglesia del silencio”, como dijo en diversas ocasiones, porque en Roma había un Papa hablando por ella, denunciando las “deformaciones” del sistema comunista, especialmente la negación de toda libertad verdadera, tanto en el ámbito religioso como político y social. No obstante, Juan Pablo II no caía, como algunos pronosticaban, en tonos abiertamente anticomunistas ni recurrió a cruzada epocal alguna contra el “imperio del mal”, como a veces se hiciera en el pasado. En su primer período del pontificado, prosiguió en la dirección trazada en los años anteriores por la diplomacia vaticana. Restableció los contactos con algunos países del Este y después de su elección envió al Secretario soviético Leonid Brezhnev una carta en la cual afirmaba la voluntad de colaborar por la paz mundial y expresaba su auspicio a la posibilidad de desarrollo de la actividad de la Iglesia en el mundo comunista en conformidad con los principios de libertad religiosa universalmente reconocidos y en diversas ocasiones sancionados y declarados por los mismos dirigentes soviéticos.

En 1979, el Papa recibió en una audiencia en el Vaticano al Ministro de Relaciones Exteriores soviético Andrej Gromyko. En esta ocasión, Juan Pablo II no solo abordó el tema de la paz -que solía caracterizar los coloquios entre las dos autoridades y representaba el hilo rojo de las diversas negociaciones-, sino también el de la libertad religiosa en los países comunistas. El Ministro escuchó con evidente fastidio las palabras del Papa y respondió, como acostumbraba, de manera evasiva [10].

En la misma dirección se movía también el primer discurso pronunciado por el Pontífice a los diplomáticos acreditados ante la Santa Sede, en el cual auspiciaba el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con países que anteriormente mantenían vínculos cordiales con la Santa Sede. Evidentemente, esas palabras iban dirigidas sobre todo a los países comunistas, con los cuales el Papa deseaba estrechar nuevamente relaciones diplomáticas estables: era una apertura propiamente tal hacia los gobiernos comunistas del Este de Europa, y especialmente de la Unión Soviética.

Semejante instancia de improviso y no negociada fue recibida por los gobiernos comunistas como una indebida injerencia del Vaticano en la política interna de los Estados soberanos. Inmediatamente después, el Presidente del Consejo para asuntos religiosos de la URSS, Vladimir Kuroedov, subrayó en una comunicación oficial que la apertura de relaciones diplomáticas entre el Vaticano y los países socialistas “constituiría reconocer por parte nuestra como Estado a la Santa Sede, cuya única y fundamental función consiste en favorecer el libre cumplimiento de la misión de la Iglesia, lo cual podría conducir al reforzamiento de las posiciones de la Iglesia en general, y en particular en los países socialistas” [11]. En tal caso, los Nuncios, en calidad de diplomáticos acreditados, habrían podido interferir en la vida religiosa de los países comunistas, generando inestabilidad entre los católicos más fieles al Papa y dificultades de todo tipo para el Gobierno. Era entonces preferible -escribió él- dejar de lado la indiscreta invitación proveniente de Roma.

Es preciso destacar, en todo caso, que en relación con el mundo comunista el Papa no se movió únicamente en el plano diplomático, sino también -y sobre todo- en el ámbito del compromiso personal o -mejor dicho- pastoral y misionero, valiéndose de sus incomparables habilidades de “consumado comunicador” y líder carismático, habilidades exageradas por los medios masivos de difusión, los cuales lo siguieron incesantemente durante años en los diversos continentes. Ciertamente, él quería ser la voz de los pueblos cuyos derechos fundamentales eran impunemente atropellados y desconocidos por regímenes tiránicos. El Papa deseaba hablar no solo a los Gobiernos (de cualquier orientación política), sino también a los pueblos, a las naciones.

Su respeto por esas naciones motivó sus numerosos viajes a todas partes del mundo para anunciar el Evangelio y para favorecer la identidad de cada una de ellas, de tal manera que cada pueblo se sintiese plenamente acogido al interior de la familia humana, más allá de los bloques y los confines ficticiamente trazados por los poderosos al servicio de la razón de Estado. En todo caso, para Wojtyla, la nación -y por consiguiente el pueblo- antecedía al Estado: la patria, con todo su valor romántico, antes que las instituciones políticas [12]. Sobre este trasfondo ideológico-religioso se interpretan también los numerosos viajes del Papa a Polonia. En este artículo, nos referiremos solo a los tres primeros, que tuvieron un gran impacto en la totalidad del mundo comunista, contribuyendo, como lo han afirmado repetidas veces autorizados comentaristas políticos, a su disolución.

Los tres primeros viajes del Papa Wojtyla a Polonia

El primer viaje de Juan Pablo II a Polonia tuvo lugar en junio de 1979 y duró nueve días (del 2 al 10 de junio). Se llevó a cabo después del dificilísimo viaje a México (en febrero) con motivo de las relaciones sumamente tensas entre el Estado y la Iglesia en ese país, que no obstante resultó ser un verdadero triunfo desde el punto de vista religioso y social. También en este caso el Papa había orientado su misión hacia el pueblo, hacia la nación, superando las dificultades de orden político -y en esta circunstancia también de organización- que le aconsejaban no visitar por el momento esa gran nación católica. Ese viaje al sur del mundo y el contacto con un nuevo contexto religioso y cultural marcado en cierto modo por la teología de la liberación le proporcionaron ciertamente nueva fuerza para afrontar el difícil viaje a su patria.

Durante nueve días la fe cristiana volvió al escenario público internacional, mostrando, como ocurriera en México, estar en condiciones de movilizar enormes multitudes, más numerosas que aquellas reunidas por la propaganda comunista. Esas muchedumbres -escribe Luigi Accattoli- ya no se dispersarán: “De asambleas de Iglesia pasarán a ser reuniones sindicales y por último manifestaciones políticas” [13].

En la homilía de la Misa del 2 de junio en Varsovia, el Papa reivindicó claramente el derecho a la libertad religiosa, la voluntad de construir la unidad espiritual de la Europa cristiana, sabiendo que era preciso enfrentarse con un poder político que ya comenzaba a ver los peligros de una presencia religiosa capaz de movilizar un número increíble de personas. “No se puede excluir a Cristo -afirmó- de la historia del hombre en parte alguna del globo”. Y refiriéndose a la historia de Polonia y a su tradición cristiana, prosiguió: “No es posible comprender sin Cristo la historia de la nación polaca”. Con semejante autoconocimiento, el pueblo debería alcanzar la fuerza para un nuevo despertar espiritual, pero también social y político. De hecho, los polacos lo comprendieron de inmediato. La invocación del Papa: “¡No seáis esclavos!”, fue asimilada por millones de personas y se convirtió en la bandera y el lema de una generación nueva, que logró derrotar pacíficamente el régimen comunista.

Después de Varsovia, el Papa se dirigió a Gniezno, donde nació la Polonia cristiana. En ese lugar lleno de recuerdos históricos “quiso volver a dar voz a las lenguas y a los pueblos de los países vecinos para incorporarlos nuevamente en el circuito de la comunidad internacional. Por ese motivo hizo hablar a la ‘Iglesia del silencio’, arrastrándola fuera de las catacumbas donde se había refugiado forzadamente” [14]. Además, desde ese lugar lanzó la idea de la unidad espiritual de Europa, basada en las raíces cristianas comunes, denunciando así la lógica de Yalta, que durante décadas dividiera al continente europeo.

El viaje terminó en su Cracovia. Fue un evento popular sin precedentes: en la inmensa explanada de Blonie, donde se celebraba el jubileo de San Estanislao (patrono de Polonia), había casi dos millones de personas. Aun cuando el régimen procuró mediante todas las formas posibles minimizar la visita papal, censurando imágenes, palabras y gestos, este gran movimiento popular no podía quedar sin efecto.

Tras el triunfal viaje de Wojtyla a Polonia, los dirigentes comunistas de los países del Este se percataron de la fuerza desestabilizadora del evento. Durante un encuentro entre los responsables de los departamentos ideológicos, el soviético Kuroedov sostuvo que con la visita del Papa a Polonia había comenzado una nueva etapa de las relaciones entre el mundo comunista y el Vaticano. Esa visita fue resueltamente hostilizada desde Moscú -ese hombre, dijo Brezhnev, “¡solo ocasionará líos!” [15]- con apoyo, por espíritu de patriotismo, de parte de la directiva comunista polaca. La Iglesia Católica -prosiguió Kuroedov- ya había llegado a ser en los países comunistas una fuerza política no indiferente, con la cual en lo sucesivo sería preciso ajustar cuentas. Además de proteger a los disidentes e influir en los jóvenes e intelectuales, habría apoyado a las fuerzas nacionalistas, presentes en muchos países, y a la inmigración “clerical-burguesa”.

Según Gromyko, en cambio, la visita del Papa a Polonia recordaba, como fenómeno político-religioso, el regreso del ayatollah Khomeini a Teherán, que tuviera lugar algunos meses antes. Dichas consideraciones muestran que la directiva soviética tomaba en serio lo que estaba ocurriendo en el Vaticano y temía a la “revolución religiosa” llevada por el Papa Juan Pablo II a Polonia y otros países del bloque comunista.

En octubre de 1979, en un nuevo comunicado, Kuroedov sugería a los gobiernos socialistas impedir a las jerarquías vaticanas inmiscuirse en las cuestiones de carácter religioso. Entre las iniciativas prácticas, se recomendaba ejercer presión sobre las Iglesias nacionales y potenciar los contactos y las ayudas económicas a los sostenedores de la teología de la liberación en el sur del mundo [16].

En este artículo, no es posible seguir el largo recorrido que vincula al Papa polaco con los eventos de su nación en lucha por la libertad, como, por ejemplo, el nacimiento y el desarrollo del movimiento sindical Solidarnosc, guiado por el “electricista” (como lo definía el régimen) Lech Walesa, las continuas amenazas de invasión soviética y el estado de sitio impuesto desde Moscú, hasta la transición pacífica terminada en 1989, cuando ya el imperio soviético, después de la caída del muro de Berlín, comenzaba a derrumbarse.

Habían transcurrido cincuenta años desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. En 1980, en una situación de emergencia nacional, el Papa se dirigió directamente al Jefe de Estado soviético para solicitarle hacer lo posible por evitar la amenazada invasión. Refiriéndose a los artículos de Helsinki, es decir, al principio de no intervención de los Estados signatarios, el Papa recordó a Brezhnev que semejante acto de violencia sería comparable a la invasión nazista de 1939 [17].

Es imposible no advertir una estrecha conexión entre el esfuerzo de Juan Pablo II respecto al mundo comunista y el atentado de la Plaza San Pedro del 13 de mayo de 1981 por parte del turco Mehmet Ali Agca (al cual años después el Papa visitó en su celda y perdonó). Sobre este hecho criminal se han intentado -no solo por los historiadores- diversas reconstrucciones, todas sobre la base de una conspiración, y se han señalado distintas hipótesis sobre sus causas. En todo caso, en la época del terrorismo internacional, la imagen del Pontífice cayendo en el papamóvil (alcanzado por tres proyectiles calibre 9 disparados con una pistola Browning) resulta ser una inquietante señal de los tiempos. No se ha podido determinar si detrás del gesto del agresor había un complot internacional (de matriz comunista), pero esas imágenes han ligado para siempre la figura del Papa al clima de incertidumbre y miedo que caracterizaba a la Europa de esos años, marcada por la contraposición ideológica (pero también cultural y económica) entre el Este y el Oeste del Viejo Continente, contraposición que desde hacía ya una década había contagiado a gran parte del planeta [18].

Ante la opinión pública mundial, el pontificado de Juan Pablo II aparecía caracterizado por dos poderosas señales, contradictorias a primera vista: la señal “dramática” del atentado (interpretada en algunos ambientes en clave religiosoapocalíptica) y la señal “pacífica” de los viajes intercontinentales -Juan Pablo II llevó a cabo 104-, en los cuales el Papa se convirtió en mensajero incansable en defensa de la libertad religiosa, los derechos de autodeterminación de los pueblos y los derechos de la persona humana desde la concepción hasta la muerte natural.

Volviendo a nuestro tema, en diciembre de 1981, habiendo fracasado la tentativa de promover una negociación entre Gobierno, sindicato e Iglesia Católica, el Consejo de Estado polaco proclamó la ley marcial y encomendó el poder a un Consejo militar presidido por el general Wojciech Jaruzelski [19]. La segunda visita de Juan Pablo II a Polonia, en junio de 1983, tuvo lugar en un clima de gran tensión política y social. El Papa regresó a su patria para dar ánimo y fuerza al pueblo, que experimentaba la dureza de la ley marcial y de la falta de libertad. En Poznan, Wojtyla señaló por primera vez el nombre Solidarnosc; en Katowice, afirmó que los trabajadores tenían derecho a sindicatos libres; en Breslavia, dijo que era preciso defender las buenas conquistas del sindicato de trabajadores, mientras “los monaguillos levantaban la túnica blanca para mostrar la camiseta con la inscripción roja que llegó a ser famosa en todo el mundo” [20]. Durante la visita, el Papa tuvo varios encuentros reservados con el general Jaruzelski, tal vez para negociar una difícil reconciliación nacional o tal vez, como algunos han sugerido, para convencer al régimen de que ofreciera mayor libertad a los ciudadanos.

El tercer viaje del Papa Wojtyla a Polonia tuvo lugar en junio de 1987, en un contexto histórico-político muy distinto en comparación con los anteriores: ahora las oposiciones, conducidas por Solidarnosc, se habían consolidado firmemente en el país, y en diversas regiones se enfrentaban abiertamente contra un régimen ya deslegitimado. En el encuentro con los jóvenes en Gdynia, el Papa explicó detenidamente el significado de la expresión “solidaridad”; en Westerplatte, exhortó a los jóvenes a la resistencia contra toda forma de injusticia, y de inmediato un millón de personas reunidas en el encuentro gritaron al unísono “Solidarnosc”. Había comenzado una nueva estación para Polonia: el coloso comunista había mostrado sus pies de barro.

La revolución pacífica de Solidarnosc fue plenamente apoyada por el Papa, que ciertamente no carecía de sentido práctico. Sabía que el movimiento corría riesgo de perder su batalla si no contaba con ayuda del Occidente. Meses y meses de huelga, además de generar crisis en las finanzas nacionales, habían puesto de rodillas a muchas familias, que carecían de lo necesario. Durante la proclamación del estado de sitio, la Iglesia polaca organizó comités de ayuda a las familias de los disidentes encarcelados. Esos comités funcionaron sucesivamente como centros de distribución de paquetes de alimentos entregados a las familias de los trabajadores en huelga. En esos años difíciles, “toda la actividad caritativa -dijo Walesa- era desarrollada por la Iglesia, que no era controlada. Esta nos daba el dinero, pero nosotros nunca preguntábamos de dónde venía” [21]. Entre 1981 y 1984, se calculan alrededor de 700 transportes anuales provenientes del extranjero, cuyo contenido era administrado por centros diocesanos y luego distribuido en las parroquias; pero detrás de esa organización están los hombres del Papa, generalmente eclesiásticos, que iban y venían entre Polonia y el Occidente.

La revolución pacífica era ciertamente sostenida por muchos en el mundo occidental, especialmente en los Estados Unidos, donde se encontraba una numerosa comunidad polaca. Se transfirió gran cantidad de dinero a Polonia a través de la mediación del Vaticano y de los “correos papales”. Por lo demás, si se deseaba apoyar a Solidarnosc, evitar un baño de sangre y proceder en conformidad con los tiempos razonablemente largos de la resistencia, era preciso encontrar los recursos necesarios. El Papa “tenía conciencia de la necesidad de un gran movimiento como Solidarnosc, pero estaba lejos, absorbido en el servicio de su ministerio. Esto, sin embargo, confirmaba y suscitaba en tantos el generoso compromiso económico con Solidarnosc y Polonia” [22].

1989, como sabemos, fue para Europa del Este el año de los grandes cambios. A fines de enero, Solidarnosc fue reconocido por el gobierno polaco como un sindicato legítimo y adquirió el estatuto de interlocutor social; en noviembre, caía inesperadamente el muro de Berlín. En julio del mismo año, Polonia y la Santa Sede establecieron relaciones diplomáticas oficiales, mientras el clima político del país se iba normalizando progresivamente.

Sin embargo, el Papa miraba más lejos: su objetivo era llegar al núcleo del imperio comunista. Estaba convencido de que ya había llegado el fin de la época de la ilusión comunista en Europa. De hecho, este final se produjo con bastante anterioridad a lo previsto, especialmente con la Perestroika, valerosamente guiada por el nuevo Secretario Gorbachov, quien después de su visita al Vaticano llegará a ser uno de los jefes de Estado en mayor sintonía con el pensamiento político de Wojtyla.

Juan Pablo II, la Unión Soviética y el fin del imperio comunista

El primer contacto entre la Santa Sede y la Unión Soviética tuvo lugar en 1988, con ocasión de la solemne celebración del milenario del bautismo de Rusia. Durante esa celebración, Mijaíl Gorbachov, recibiendo al patriarca Pimen, hizo el mea culpa de los crímenes cometidos por el régimen comunista contra la Iglesia Ortodoxa y aseguró la promulgación de una ley en materia de libertad religiosa. Este hecho fue seguido con gran interés en el Vaticano. Para las celebraciones, el Papa envió a Moscú un considerable número de representantes, entre ellos el Secretario de Estado cardenal Casaroli, el Primado polaco Glemp y el cardenal Martini, Arzobispo de Milán. Delegación de máximo respeto por un evento excepcional.

Durante la visita, el cardenal Casaroli fue recibido por el líder soviético, al cual entregó una carta del Papa diciéndole que la Santa Sede estaba muy interesada en la Perestroika. Ambos interlocutores -escribe el bien informado Riccardi [23]- estuvieron de acuerdo en muchos temas. Gorbachov aseguró al Secretario de Estado que la nueva ley de libertad religiosa eliminaría muchos contrastes que desde hacía tiempo generaban una contraposición entre Moscú y la Santa Sede. El cardenal Casaroli preguntó luego a Gorbachov, en nombre del Papa, si le parecía posible “crear un canal de contactos directos (entre las dos autoridades), como ocurría con los demás países socialistas”. Gorbachov respondió en forma algo dubitativa: “Lo pensaremos”. En todo caso, el interlocutor vaticano tuvo la sensación, no infundada, de que la cuestión se estaba moviendo en la dirección correcta.

De hecho, en 1989, monseñor Angelo Sodano, Secretario para las relaciones con los Estados, fue acogido en Moscú como representante de una nación amiga: se le dijo que ya había llegado el momento de restablecer relaciones diplomáticas oficiales entre el Vaticano y el Kremlin, lo cual tuvo lugar en marzo de 1990. Jurij Karlov, el primer Embajador de Rusia en la Santa Sede, llegó a Roma con el ambicioso proyecto de preparar la visita de Wojtyla a Moscú (fijada para 1992). Sin embargo, por sobrevenir contrastes entre el Vaticano y el Patriarcado de Moscú, la situación se fue complicando bastante poco después, y la visita papal proyectada no se hizo ni entonces ni en los años siguientes.

Por el contrario, fue muy importante, tanto en el plano histórico como personal, la visita de Gorbachov a Roma y el Vaticano en diciembre de 1989. En el Campidoglio, “el emperador de Oriente” pronunció un discurso memorable en el cual, por una parte, proclamó la necesidad de fijar “principios comunes a toda la humanidad”, y por otra reivindicó vigorosamente la necesidad de la existencia de un imperio socialista con rostro humano, en cierto modo alternativo con respecto al occidentalcapitalista, encabezado por los Estados Unidos.

En todo caso, la culminación de la visita fue el encuentro con Juan Pablo II en el Vaticano. Constituyó un evento realmente histórico: nunca un líder soviético había atravesado las paredes leoninas. El hecho fue seguido en todo el mundo con gran atención, incluso con cierta aprensión en los ambientes conservadores. Gorbachov dijo al Papa que se sentía en perfecta consonancia con él en muchos temas y consideraba, como él, muy importante el problema de la paz y de la defensa de los derechos humanos. A su vez, el Pontífice afirmó tener gran interés en la Perestroika en curso, y especialmente en el total restablecimiento de la libertad religiosa en la Unión Soviética.

Pero el capítulo más interesante del coloquio tenía relación con la evolución del sistema soviético. Gorbachov afirmó que el futuro no debía necesariamente desarrollarse en conformidad con el modelo occidental-estadounidense, sino de acuerdo con la tradición y la cultura de su país. Wojtyla se sintió en sintonía con las palabras del líder soviético y dijo: “No es posible que alguien pretenda que los cambios en Europa y en el mundo se produzcan según el modelo occidental. Eso contradice mis convicciones profundas. Europa, como protagonista de la historia mundial, debe respirar con dos pulmones” [24]. Este -repitió el Papa con decisión- es “mi credo europeo”.

Estas palabras impresionaron profundamente a Gorbachov, quien desde entonces se sintió ligado personalmente con el Papa polaco. De hecho lo visitó por segunda vez en noviembre de 1990. Este también fue un encuentro sumamente cordial. Por su parte, también Wojtyla estimaba a Gorbachov y le manifestó solidaridad y cercanía en los momentos difíciles de su gobierno, como con ocasión del golpe que llevó al poder en Rusia a Boris Yeltsin. Este tuvo una actitud más reservada y prudente con el Papa. El sueño reformador de Gorbachov, que animó su Perestroika, se quebró en el verano de 1991, con la disolución del imperio soviético: Rusia volvió a sus antiguos confines y muchas naciones obtuvieron, sin derramamiento de sangre, la independencia nacional.

La revolución pacífica de 1989 en Polonia corresponde ciertamente con un recorrido iniciado desde hace algunos años en varios países -en Europa y en otras partes del mundo, como Chile, las Filipinas y diversos países africanos- y apoyado en todas partes por la Iglesia Católica, especialmente por Juan Pablo II [25]. En realidad, el año 1989 marcó una transición sobre la cual se ha reflexionado poco: el fin del instrumento revolucionario (apreciado por la tradición europea y jacobina) y por consiguiente del uso de la violencia política para modificar estructuras político-institucionales consolidadas, y el comienzo de “transiciones democráticas pacíficas”, que modificaban estructuras políticas consideradas definitivas. Según François Furet, “la revolución de 1989 dio el golpe de gracia a la de 1789. Puso fin a dos siglos de revolución francesa” [26].

No obstante, esta estación política terminó muy de prisa, y otro orden político mundial, ya no marcado por las razones de la Guerra Fría, sino a menudo basado en la violencia y la guerra, tomó la delantera. El mismo Juan Pablo II, en los últimos años de su largo pontificado, denunció repetidas veces este nuevo orden, haciendo un llamado a la concordia entre los pueblos y entre las religiones y a la necesidad de otorgar mayor fuerza y decisión a la mediación de los organismos internacionales, como las Naciones Unidas, para la resolución de las situaciones de crisis humanitaria y política.


Notas 

[1] A. RICCARDI, La santità di Papa Wojtyla, Cinisello Balsamo (Mi), San Pablo, 2014, 10: S. GAETA – S. ORDER, Karol il Santo. Vita e miracoli, Cinisello Balsamo (Mi), San Pablo, 2014.
[2] G. ANDREOTTI, A ogni morte di papa, Milan, Rizzoli, 1980, 176.
[3] Ver L. ACCATTOLI, Karol Wojtyla. L’uomo di fine millennio, Cinisello Balsamo (Mi), San Pablo, 1998, 50.
[4] A. RICCARDI, Giovanni Paolo II. La biografia. Cinisello Balsamo (Mi), San Pablo, 2011, 313.
[5] A. CASAROLI, Il martirio della pazienza. La Santa Sede i paesi comunisti (1963-89), Einaudi, Turín, 2000. A propósito de la Ostpolitik vaticana, ver G. Barberini, L’Ostpolitik della Santa Sede. Un dialogo lungo e faticoso, Bolonia, il Mulino, 2007; A. MELLONI, l’Ostpolitik vaticana di Agostino Casaroli, Bolonia, il Mulino, 2006.
[6] Ver S. DZIWISZ, Ho vissuto con un Santo. Conversazione con Gian Franco Svidercoschi, Milán, Rizzoli, 2013, 65. Al respecto, en un encuentro del episcopado polaco en 1974, el cardenal Wyszynski pronunció palabras que resultarían ser proféticas: “Un régimen basado en la fuerza es estable en grado mínimo. ¿Por qué motivo entonces la Santa Sede quiere consolidar lo que es polvo y tarde o temprano caerá debido a su propia naturaleza íntima, a su fragilidad interna?”. Era distinto, en cambio, el punto de vista de la Santa Sede. En ese mismo año, Pablo VI, conversando con un obispo polaco, dijo: “El sistema en el cual vivís es estable. No hay perspectivas de que algo cambie. Mientras esta generación vinculada con la Iglesia viva, seréis fuertes. ¿Pero cuando haya pasado? Hoy tenéis un Primado, que es símbolo de unidad y de fuerza (…), tenéis obispos y sacerdotes fieles por tradición. ¿(Pero en el futuro) logrará la Iglesia resistir como hoy? Pensando en esto, la Santa Sede procura establecer contactos con Polonia (…). Creemos que con la ayuda de Polonia podemos sostener a otras Iglesias en los países comunistas” (A, RICCARDI, Giovanni Paolo II. La biografia, op. cit., 323)
[7] G. WEIGEL, Testimone della speranza. La vita di Giovanni Paolo II, Milán, Mondadori, 2005, 373.
[8] S. P. HUNTINGTON, Lo scontro delle civiltà e il nuovo ordine mondiale, Milán, Garzanti, 2000, 162.
[9] Ver A. VIRCONDELET, Giovanni Paolo II. La biografia del Papa che ha cambiato la storia, Roma, Lindau, 2005, 328.
[10] Posteriormente, lamentó el hecho de que el Papa y el Vaticano fuesen excesivamente “recelosos con los países socialistas” (A. GROMYKO, Memorie, Milán, Rizzoli, 1989, 220). Después de la audiencia con el Pontífice, Gromyko se reunió también con el Secretario de Estado cardenal Casaroli, quien entregó al Ministro de Relaciones Exteriores soviético un nutrido memorial diplomático. Este incluía ciertas cuestiones sobre las cuales la diplomacia vaticana trabajaba con afán desde hacía un tiempo, como, por ejemplo, la nómina de obispos en las repúblicas bálticas y la ausencia de una jerarquía católica en Ucrania y Bielorrusia, así como el delicado tema de la libertad religiosa en la Unión Soviética y en los demás países comunistas, tema al cual el nuevo Pontífice atribuía gran importancia.
[11] Citado en A. RICCARDI, Giovanni Paolo II. La biografia, op. cit., 337.
[12] Sobre la noción de nación y de patria en Wojtyla, ver A. CAZZAGO, Giovanni Paolo II. “Ama gli altri popoli come il tuo”, Milán, Jaca Book, 2013.
[13] M. GRESCHAT – E. GUERRIERO (eds.), Il grande libro dei Papi, II, Cinisello Balsamo (Mi), San Paolo, 1994, 950.
[14] S. DZIWIZS, Una vita con Karol. Conversazione con Gian Franco Svidercoschi, Milán, Rizzoli, 2007, 107; Id., Ho vissuto con un Santo…, op. cit., 66 s.
[15] Ivi, 105.
[16] Ver A. RICCARDI, Giovanni Paolo II. La biografia, op. cit., 344. El plan del Papa era en todo caso muy distinto: no solo quería reforzar la vida religiosa en los países del Este, sino también introducir a las naciones eslavas en la nueva Europa, de la cual compartían la fe cristiana y la cultura. “La unidad europea -escribe Riccardi- constituye una de las grandes esperanzas de Wojtyla, al igual que el logro de la libertad religiosa en los países del Este. El Papa no acepta para siempre la división en dos del continente, y cree en cambio en la existencia de fuerzas surgentes y unificadoras en las sociedades europeas, también del Este” (ivi, 345).
[17] Ver S. DZIWISZ, Una vita con Karol…, op. cit., 116.
[18] Ver A. VIRCONDELET, Giovanni Paolo II…, op. cit., 292.
[19] Ver M. BRAY, “Giovanni Paolo II”, en Enciclopedia dei Papi, III, Roma, Istituto dell’Enciclopedia italiana, 2007, 685.
[20] S. DSIWISZ, Una vita con Karol…, op. cit., 136; Id., Ho vissuto con un Santo, op.cit., 74.
[21] G. GALEAZZO – F. GRIGNETTI, Karol e Wanda. Giovanni Paolo II e Wanda Poltawska: storia di un’amicizia durata tutta una vita, Milán, Sperling & Kupfer, 2010, 73, 76.
[22] A. RICCARDI, Giovanni Paolo II. La biografia, op. cit., 355.
[23] Ivi , 367 s.
[24] Citado ivi, 374.
[25] Ver M. SIGNIFREDI, Giovanni Paolo II e la fine del comunismo. La transizione in Polonia (19781989), Milán, Guarini e Associati, 2013.
[26] F. FURET, Il passato di un’illusione. L’idea comunista del XX secolo, Milán, Mondadori, 1995; Id., Critica alla Rivoluzione francese, Roma, Bari – Laterza, 1995.

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