¿Cómo percibe usted el momento católico actual?

Imagen de portada: “Partición del pan” por Claudio Di Girolamo, 1978 (Grafito sobre papel).

Humanitas 2022, C, págs. 330 - 333

Solo el 42% de los chilenos se declara católico actualmente y apenas un 19% confía en la Iglesia Católica[1]. Como periodista he pasado casi cuatro décadas trabajando con palabras más que con cifras, y por ello hoy busco las expresiones lingüísticas de esta radiografía sociológica para responder a la pregunta formulada por revista Humanitas en su edición nº100: “¿Cómo percibe Ud. el momento católico actual?”.

En este contexto, también y muchas veces, me he preguntado si es que yo creo, y en qué creo, y si pertenezco, a qué pertenezco. Me he preguntado si la fe que heredé de mis padres, que sentí como auténtica en mi adolescencia y juventud, que he ido madurando con el tiempo, ¿es real, o es un invento, una fantasía, una superstición?

Me encuentro con la expresión nones en el inglés, para nombrar a quienes no se sienten de ninguna religión. Y en ese mismo idioma, con la expresión seekers, para denominar a los buscadores de una espiritualidad nueva y diferente. Mis entrevistados, por su parte, siempre me abren el tercer ojo hacia autores con teorías lúcidas que explican también los procesos que habitamos. Y gracias al director de Humanitas conocí la obra de la socióloga británica Grace Davie, quien en uno de sus libros describe el patrón religioso que observo en muchos de quienes me rodean: believing without belonging. Creer sin pertenecer. No es que ellos y ellas no crean, solo se han decepcionado y alejado. Sin llegar a una renuncia formal a la Iglesia Católica, a una apostasía explícita, ya no se sienten parte de esta.

En este contexto, también y muchas veces, me he preguntado si es que yo creo, y en qué creo, y si pertenezco, a qué pertenezco. Me he preguntado si la fe que heredé de mis padres, que sentí como auténtica en mi adolescencia y juventud, que he ido madurando con el tiempo, ¿es real, o es un invento, una fantasía, una superstición? La respuesta es: creo. Creo y pertenezco, a pesar de mí y a pesar de la Iglesia, creo en esta comunidad universal fundada por Jesús sobre la piedra más frágil de la creación, el ser humano. Y creo en su f inalidad, traer vida en abundancia. Creo en el Evangelio, en esa revolución histórica que implicó reconocer a todas las personas con un origen y destino común, y creo en el impacto psicológico que puede implicar el saberse deseado y amado por un Creador. Creo y suscribo las bienaventuranzas de Jesús y todo el proyecto cristiano que estas contienen.

Creo y pertenezco a la Iglesia Católica, la que está renovando el Papa Francisco. Creo y suscribo lo que él dice en Evangelii gaudium, Laudato si’ y Fratelli tutti, especialmente sobre la necesidad que hoy existe de regenerar nuestra forma de relacionarnos como seres vivos, en el llamado al cuidado de nuestra casa común, para ser cada vez más conscientes de que las personas y otras especies habitamos un mismo planeta y tenemos que saber convivir y no hacer daño al prójimo ni a la Tierra.

Creo y pertenezco a la Iglesia Universal, y también a la Iglesia latinoamericana. Esa en cuya historia vive el carisma humilde de Martín de Porres, la voz rebelde al poder de fray Antón Montesino, la fortaleza de Juana Inés de la Cruz y la perseverancia de Bartolomé de las Casas. Me siento orgullosa del CELAM y de sus conferencias de Río de Janeiro, Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida. Suscribo la lucidez con que esos textos, desde 1968, previeron los efectos que tendría la pobreza y la violencia en nuestro continente. Creo, por cierto, en las encíclicas sociales papales que antecedieron a esos encuentros, admiro el trabajo de Henri de Lubac sobre la naturaleza social del catolicismo y me interesa sobremanera la llamada “Teología del Pueblo” en que hunde sus raíces teológicas el Papa Francisco. Lloro a nuestros mártires, a quienes han dado la vida sirviendo a los demás, muchas veces incomprendidos por los propios creyentes.

Creo y pertenezco a la Iglesia Católica chilena, la Iglesia de Teresita de Los Andes, del padre Hurtado, de Enrique Alvear, Esteban Gumucio y Francisco Valdés. Pero también creo y pertenezco a la Iglesia chilena que no se ve, la de los santos anónimos de la puerta de al lado [...]

Creo y pertenezco a la Iglesia Católica chilena, la Iglesia de Teresita de Los Andes, del padre Hurtado, de Enrique Alvear, Esteban Gumucio y Francisco Valdés. Pero también creo y pertenezco a la Iglesia chilena que no se ve, la de los santos anónimos de la puerta de al lado: esa repartida de norte a sur de este país, que emerge en el paisaje físico a través de su columna vertebral de capillas, desde Parinacota hasta la Patagonia, y en la identidad particular de cada comunidad que se reúne a la hora de la celebración y del dolor, al momento de encomendar la lluvia, las siembras y las cosechas.

Podría lavarme las manos y decir que no creo en la Iglesia que me avergüenza, la protagonista de abusos sexuales y de conciencia, la Iglesia abusiva de las mujeres y reaccionaria a cualquier cambio. Pero creo que la Iglesia es una sola y pertenezco a ella, y vivo el mismo purgatorio, ahogándome en el dolor de las víctimas, padeciendo la crueldad y esperando la lluvia que traiga nuevos brotes a esta época baldía.

Creo en la teopolítica y no en la neutralidad o el silencio. Porque creo y pertenezco a una Iglesia que lleva dos mil años luchando contra la injusticia y transformando su fe en cultura. Me identifica mucho lo que escribe el politólogo Mark Lilla, que alerta sobre toda nueva forma de intolerancia que toma el nombre de cancelación. Yo creo en una Iglesia capaz de recorrer su propio Vía Crucis, anunciar su Evangelio, al mismo tiempo que la escupen y apedrean.

Creo y pertenezco a una Iglesia Católica de mujeres que se han mantenido de pie en los peores momentos. En cualquier capilla de nuestro país están esas madres, amigas y hermanas, capaces de enfrentar terremotos y pandemias. La historia ha sido escrita por hombres la mayoría de las veces hasta ahora, pero me inspira la evidencia de que siempre han existido mujeres que se han parapetado ante el poder masculino injusto y arbitrario, como Hildegarda de Bingen, que fue capaz de decir en el siglo IX: “¡Oh, figura femenina, cuán gloriosa eres!”. Hoy lo hacen mujeres como Martha Nusbaum, Mariana Mazzucato o Kate Raworth, que expresan el genio femenino a través de un trabajo intelectual potente, en un área que hasta hace poco parecía ser de dominio masculino: la economía.

Creo en el poder del arte para despertar la religiosidad latente de muchos. Desde el poder de la hermosa Creación de Adán en la Capilla Sixtina, hasta el poema de Rosabetty Muñoz «No se crían hijos para verlos morir”, que me traspasa con el eco de una voz profundamente cristiana. El arte puede lograr mucho más que extensos tratados y, como el chispazo de una presencia, permitir que ese Dios porfiado se cuele en nuestra existencia haciéndonos afirmar, sí, de verdad, yo creo porque te intuyo.

Y por eso también creo con más fuerza, y pertenezco, porque muchas veces he sido la creyente designada. Y en esos momentos, al pedir por otro, con absoluta gratuidad, me he dado cuenta de que mi fe no es un espejismo, ni una superstición.

Por último, también creo en lo que algunos autores, como la citada socióloga Grace Davie, llaman religiosidad vicaria: porque siempre hay alguien en cada familia, equipo de trabajo, o grupo de amigos, que es creyente y reza por todos cuando se lo piden. Y por eso también creo con más fuerza, y pertenezco, porque muchas veces he sido la creyente designada. Y en esos momentos, al pedir por otro, con absoluta gratuidad, me he dado cuenta de que mi fe no es un espejismo, ni una superstición. Creo y pertenezco, tan intensamente como la viejita que se persigna al pasar su micro frente a una cruz, como la que reza el rosario besando las cuentas, o la que canta a voz en cuello en las misas, como una loba a la que nadie podría acallar.


Notas

*  María Ester Roblero Cum es periodista y magíster en Letras, Pontificia Universidad Católica de Chile. Coautora de “Lo dijo el Padre Hurtado” (2018), “70 Mensajes para el futuro” (2021), entre otros libros. Es parte del Consejo Editorial de la Revista Mensaje.
[1] Ver Encuesta Nacional Bicentenario UC 2021, Pontificia Universidad Católica.

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