Escribo este recuerdo del Dr. Juan de Dios Vial Correa en una tranquila tarde transcurrida en la biblioteca del Monasterio de la Santísima Trinidad de Las Condes. A pesar de que en los últimos cinco años lo visité regularmente en su casa, ningún lugar como esta abadía trae a mi memoria su figura.

Cuando yo era adolescente, aquí supe por primera vez de él. Fue por intermedio de Carmen Errázuriz de Guzmán, que con Raquel Ariztía de Vial –su esposa, a quien le unieron más de 60 años de matrimonio– y con otras personas, todas amigas de don Jaime Eyzaguirre (oblato de este monasterio) y del entorno de don Julio Philippi, seguían cursos de Sagrada Escritura con los sabios padres benedictinos llegados de Beuron, en particular con el padre Odo Hagenmüller. Este hecho, como explicaré después, no es simplemente parte de una cronología que refiere a don Juan, entonces en sus cuarenta años. Dice mucho más.

Cuatro décadas después de ese tiempo –que podemos decir “escriturístico” y en el fondo del cual resonaban las inflexiones del magnífico gregoriano que cantaban en la pequeña iglesia de entonces los monjes alemanes beuronenses– se sigue el recuerdo, más reciente, del rector Juan de Dios Vial Correa arribando con su viejo maletín de cuero a las ocho de la mañana  a la misma biblioteca del mismo monasterio. Allí, junto con los restantes miembros del Comité Editorial de Humanitas –terminada la misa monástica y el desayuno al cual el que deseara concurría– nos reuníamos a discutir sobre la revista. Sucedió de este modo por los doce primeros años de Humanitas y en ese ambiente, donde también pesaban fuertemente las personalidades, conocimientos e inteligencias “del otro” Juan de Dios[1], del anfitrión abad Gabriel Guarda[2], de Pedro Morandé[3] y de muchos ilustres miembros extranjeros del Consejo que de paso por Chile se integraban al grupo –como los cardenales Scola[4] y Poupard[5] o el profesor Borghesi[6]–, discurríamos tutelados por el rector “fundador”.

Entre uno y otro de estos dos momentos o tiempos con Juan de Dios –el primero, el de mi adolescencia, vínculo mediado por mi relación muy íntima con Jaime Guzmán[7], que oficiaba de secretario del mencionado grupo de estudiosos de Sagradas Escrituras– y el del Comité Editorial que después del alba en la abadía alumbraba la configuración de Humanitas, hubo numerosos hitos, de distinta importancia, que hacen de nexo y de los cuales solo referiré algunos. Desde ya, evitando que “por sabidos se callen, por callados también se olviden”, debería mencionar los fraternales abrazos en la iglesia de la Abadía, cada año, al término de las misas del gallo y de Pascua de Resurrección, celebradas con la familia benedictina, un signo sobrenatural de fuerte augurio, diría yo.

De Frossard a Santo Domingo, pasando por Rusia

Fue con oportunidad de la visita a Chile en 1988 de André Frossard, escritor francés que gozó de la confianza y cercana amistad del Papa Juan Pablo II –invitación en la que se hizo parte la Universidad Católica– que tuve un primer acercamiento adulto a la persona del Dr. Vial. Por algo así como diez días, de la mañana a la noche, de Santiago al mar y hasta la cordillera de los Andes, acompañamos a Frossard con otro profesor de la universidad y, aparte de su clase magistral en el Aula Manuel José Irarrázaval, presidida por el rector, en un régimen exhaustivo de dos o tres conferencias diarias, hubo la ocasión de estar juntos en varios almuerzos y cenas en que personas e instituciones agasajaron al conocido autor, quien un mes después haría su ingreso a l’Academie Française.

El hecho no es episódico, por interesante y relevante que fuese la visita de Frossard, si se considera, en el largo plazo, el estrechamiento de vínculos y la colaboración más cercana que Juan de Dios entregaría en adelante al suplemento cultural Artes y Letras de El Mercurio. Se constituía en ese momento, en torno a esas páginas –no era ningún misterio–, una amplia red conformada por esa especie, hoy cada vez más escasa, que es el intelectual que piensa en categorías de humanismo cristiano. Personas entonces gravitantes en la vida de la Universidad Católica y que luego prestarían un gran servicio en el período rectorial de Vial Correa, como el profesor Pedro Morandé, ya eran plumas bastante habituales en dicho espacio.

Llegado 1992 y la 4.a Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo, Juan de Dios Vial Correa es llamado a tener una relevante participación en la Asamblea. Siempre pensé que el Papa polaco, preocupado de que Iberoamérica hiciera oír su voz (no solo por ocasión del 5.o Centenario del Descubrimiento), puede haber fijado entonces su mirada en este médico humanista y de gran cultura, para encargarle la primera presidencia efectiva de la Pontificia Academia para la Vida, que a partir de 1994 ejercería durante once años.[8]

En la capital de República Dominicana –en la ribera sur de la isla caribeña que comparten esta nación y el sufrido Haití–, donde permanecí esos mismos días por encargo del diario El Mercurio, habíamos fijado encontrarnos y conversar de temas pasados y planes futuros. Por de pronto estaban mis recientes experiencias “mercuriales” en Europa Central y Rusia en 1990 y 1991, y el libro a que dieran origen, “El comienzo de la historia”[9], que Juan de Dios había amablemente aceptado presentar. En una de nuestras conversaciones en Santo Domingo le entregué el manuscrito, cuya edición impresa lanzábamos juntos un par de meses después en el Museo de Bellas Artes de Santiago.

Sería largo comentar las muy diversas cosas oídas y observadas en esos intensos días en el Caribe dominicano. Nuestros encuentros en Santo Domingo concluían en todo caso con una primera gran entrevista a Juan de Dios realizada desde allí para Artes y Letras de El Mercurio, que llevó como título “El alma cristiana de América”. Se tocaban en esa conversación los temas que más preocupaban en aquel período, en que terminaba el dominio de las grandes ideologías del siglo XX. Ya casi al finalizar, hay en su entrevista unas palabras que conviene recordar, pues está allí implícito lo que tres años después vendría para decir la revista Humanitas:

La construcción de un mundo no puede hacerse como en prescindencia u olvidando el punto de partida, es decir, a Jesucristo. El sentido del concepto evangelización de la cultura o inculturación de la fe es llevar a Jesucristo al núcleo mismo de la cultura, porque es desde Él que se puede entender la cultura. Eso es muy difícil de comprender para una persona que no cree. Es realmente difícil de vivirlo con mentalidad moderna sin caer en lo inhumano. Continuamente, como quedan hoy todavía los sobresaltos de las ideologías, hay gente que piensa en la posibilidad de construir ahora una ideología sobre la base de la plena autonomía individual. Su problema es que tienen un fundamento falso. Caerán igual que los otros. Ojalá no tan estrepitosamente, pero caerán.[10]

En el primer semestre de 1995 volvimos de nuevo a encontrarnos en plan de larga entrevista para un diario de día domingo, ahora cuando se acababa de publicar ese cántico a la vida que fue la encíclica Evangelium vitae de Juan Pablo II. Nos reunimos en la pequeña oficina que ocupaba el rector de la Pontificia Universidad Católica de Chile desde tiempos inmemoriales, en la Casa Central. Interesaba entonces al cuerpo Artes y Letras de El Mercurio conocer el juicio del presidente de la Academia Pro Vita sobre ese pronunciamiento del Papa Wojtyla emitido cuando los aires libertarios del post Muro cruzaban la atmósfera del mundo occidental reclamando un derecho al aborto.[11]

Nace Humanitas

El suscrito permanecía desde los años ochenta en el Consejo de Redacción del diario El Mercurio, pero disponía ahora de mayor libertad para colaborar con otras publicaciones. El arzobispo de Santiago y Gran Canciller de la Universidad, cardenal Carlos Oviedo, durante un viaje que realizamos juntos a Roma, yendo también el prorrector Pedro Morandé, me habló entonces muy en serio de si acaso no estaba dispuesto a dejar el diario y trasladarme a la Universidad con un fin muy preciso: poner la experiencia de dieciséis años en la dirección de Artes y Letras y la vasta red formada en el extranjero y en Chile, al alero ahora de la UC y crear aquí algo nuevo. Su propuesta me pareció no solo plausible, sino también muy propia de la auténtica parresía que caracterizaba a Don Carlos.

Regresamos a Chile y, sin saber cómo, estábamos ya en camino a la realización de aquello. Como es evidente, lo decisivo fue la conformidad y el compromiso del rector Vial Correa con el proyecto. Hablábamos incesantemente de esto, tanto que yo debí empezar a ocupar una oficina que me dispuso Patricio Donoso en el Centro de Extensión. Podía molestar al rector a cualquier hora del día o de la noche, o en su defecto al prorrector Pedro Morandé. Todos sabíamos, gracias a su decisión, que esto iba en serio. Muy pronto, aunque en forma externa y muy diplomática, se hizo también parte en esta andadura el Nuncio Apostólico, monseñor Piero Biggio.

Un día, pensando en voz alta, estando en la oficina del vicerrector académico, Ricardo Riesco, me salió espontáneamente decir algo así como que “si la revista, por ejemplo, se llamase Humanitas...” (este percance interiormente habría de ‘comprometerme’ en seguida con el nombre). La espontánea e involuntaria sugerencia provocaba, sin embargo, una inmediata objeción de parte de Juan de Dios, no por cuanto al concepto, sino porque no le gustaba –¡a él, un gran latinista!– que la revista “tuviese un nombre en latín”. Reflexionando, cambió luego de parecer, aceptó el nombre Humanitas, lo que de manera muy interesante relata en un editorial escrito de su puño y letra años más tarde, y que elocuentemente titula: “Humanitas, nombre que revela un programa”.[12]

“Omnia mea mecum porto”

La revista debía ser “bella” en el sentir de los involucrados, los que unánimemente apreciaban el lenguaje del “pulchrum” que se había intentado en Artes y Letras, mas juzgaban con razón que aquí se daba la ocasión de realizar algo mejor y así debía hacerse. Bajo estos parámetros trabajamos atentamente con Ximena Ulibarri, profesora de la Escuela de Diseño y considerada una profesional de primer nivel en el país. Comenzado a perfilarse el diseño, a dimensionar los tiempos, se podía pensar en una fecha para el lanzamiento de Humanitas.

El Rector Vial, informado constantemente de todo lo que se hacía y siguiendo con inalterable perseverancia su propósito, firmaba en octubre de ese 1995 el Decreto de Rectoría N. 147/95 por el que creaba esta revista, cuyo nombre, Humanitas, hubo que patentar. Se consignaba en este Decreto que la revista sería un órgano de pensamiento y estudio que buscaría “reflejar las preocupaciones y enseñanzas del Magisterio Pontificio”. Es interesante oír las reflexiones del entonces rector consignadas en el video conmemorativo de los 20 años de Humanitas, donde ahonda en las razones históricas, contemporáneas, de este preciso objetivo.[13]

Había entre tanto que resolver una cuestión fundamental: quiénes darían la cara por este nuevo medio en que la Iglesia ponía tanta expectativa. Faltaba en este sentido firmar otro Decreto de Rectoría para formalizar los nombres que conformarían el Comité Editorial.

En tal terreno, el rector entraba hasta el detalle. Me encargó discutir con él, a puertas cerradas, una propuesta de nombres, sustancialmente para el Comité Editorial, pero también, sobre todo por tratarse de la primera vez, para el Consejo de Consultores y Colaboradores. El primero lo conformarían solo docentes de la Universidad y sus miembros se elegirían a propuesta del director de la revista, con acuerdo del rector. El segundo, compuesto de nacionales y extranjeros, quedaba a la simple elección del director. Muy naturalmente aparecían en ese bosquejo inicial que se proponía los nombres de personas, unas de la Universidad, otras no, que habían colaborado conmigo los años anteriores en las páginas de El Mercurio. No había de qué preocuparse, “omnia mea mecum porto”, me dijo con soltura y seriedad, acudiendo a una famosa frase de Cicerón (era habitual en él, estando en confianza, resolver situaciones, a veces hasta en forma humorística, con expresiones clásicas de este tipo, no solo en latín, a veces en francés, inglés o alemán). Me vi sorprendido y tuvo que traducirme: tú llegas aquí trayendo todas tus cosas contigo. Estaba bien mi propuesta, por lo tanto.[14] Pero él la corregía también sin vacilaciones: “este nombre no, estos sí, agreguemos a tal o a cual, este queda en el Comité, este otro va mejor en el Consejo”. Era la communio, tan esencial y sin la cual no se explicaría el camino que hizo Humanitas, la que allí nacía.

El 16 de enero de 1996, a las siete en punto de la tarde, en un Salón Fresno lleno hasta en sus adyacencias, ocupando los primeros asientos los miembros del Consejo Superior de la Universidad, en presencia del arzobispo de Santiago y Gran Canciller, don Carlos Oviedo; del cardenal Juan Francisco (que daría su nombre a este Salón), del señor Nuncio, de rectores de otras universidades y de una representativa concurrencia, se lanzaba el primer número de Humanitas, cumpliéndose un gran anhelo del Dr. Juan de Dios Vial Correa, quien más tarde, en familia, señalará esta creación como el fruto que más íntima satisfacción le diera en su ejercicio de rector.

Pasos primeros, pasos definitorios

La revista recibió en seguida grandes reconocimientos que ayudaron poderosamente a su asentamiento. Desde luego fue inmediata la estimulante adhesión de varios colaboradores cercanos del Papa Juan Pablo II, en particular el firme apoyo del Pontificio Consejo de la Cultura, a través de su presidente, el cardenal Paul Poupard.

Asimismo, fue pronta y generosa la adhesión de los suscriptores. A la salida del acto inaugural ya había más de 300, los que se duplicarían en los días y semanas siguientes. Entre suscriptores, ventas y promoción de la revista, los primeros números tenían un tiraje en torno a los tres mil ejemplares.

Naturalmente un proyecto de esta naturaleza resultaba muy difícilmente autofinanciable y era indispensable requerir ayuda. Recuerdo que, a vista de esto, el rector Vial invitó en ese momento a un almuerzo a un grupo de dieciséis empresarios y profesionales de primer rango, para plantear la importancia que podía tener para el país el proyecto Humanitas en que la Universidad se había comprometido. Escogimos cuidadosamente los nombres de estas personas, que vinieron llenas de buena voluntad, varias de las cuales ya no están. Concurrimos por la Universidad el rector Vial, el nuevo prorrector, Juan Ignacio Varas; el vicerrector académico, Ricardo Riesco, y el director de Humanitas, Jaime Antúnez.

Las expectativas que suscitaba la idea en curso nos hicieron pronto entrar en un mar proceloso, donde ayudar a Humanitas podía significar cambiar a Humanitas. Se sucedieron innumerables invitaciones y compromisos para discutir el asunto. Juan de Dios y yo asistíamos a todas. A veces el rector pedía al prorrector Juan Ignacio Varas que también concurriera. Debíamos oír de todo. Que no se justificaba el esfuerzo si no nos adaptábamos para tener la circulación de un diario, que había que bajar el nivel, quitarle sustancia religiosa y así, no faltando también los que nos encontraban toda la razón. Para mí, que no conocía al rector en lides de estas, iba de sorpresa en sorpresa viéndolo desplegar sus recursos. Fue gracioso una vez que, ciertamente cumpliendo un encargo suyo, el prorrector Varas espetó a la hora del café ante una distinguida asamblea: “Miren, la Pontificia Universidad Católica de Chile, para hacer un Peneca, ¡para eso sí que no está!”. Y salimos los dos de la reunión despidiéndonos tan amables y tranquilos a tomar un taxi.

Es difícil explicarse y más aún explicar a terceros cómo esta curiosa situación fue sembrando una duda en torno al trabajo que habíamos iniciado. Creo que Juan de Dios no vivió tanto esas dudas, sino que observaba el horizonte de lo posible; pero yo sí y evidentemente lo miraba siempre a él por si discernía algún signo, en alguna dirección.

Sucedió en esta circunstancia un hecho decisivo. Yo debía viajar a Roma para cumplir alguna invitación y, como siempre, me programé para tener encuentros y entrevistas que sirvieran para nutrir las páginas de Humanitas. Don Piero Biggio, Nuncio Apostólico, sabiendo de este viaje, me dijo que quería concertarme una entrevista con el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Joseph Ratzinger. Yo había entrevistado tres veces para El Mercurio al cardenal Ratzinger y todavía un poco dudoso del presente y completamente ignorante del futuro de esta revista que habíamos creado, rica y bella, pero a mis ojos todavía incipiente, encontraba que no correspondía y era demasiado solicitárselo. Como el Sr. Nuncio insistiera, acepté, pero entendiendo la audiencia como un simple saludo.

Lo que sucedió en ese encuentro personal con el cardenal Ratzinger en las oficinas de la Congregación, en el Palazzo del Santo Ufficio, yo solo se lo conté cabalmente al rector Vial. También con él convine la forma de referir apenas lo esencial en una extensa entrevista que di a la Agencia Zenit cuando Humanitas cumplió 10 años de existencia. En sustancia puedo repetir lo siguiente:

La consabida cordialidad y finura del cardenal Ratzinger propició una conversación, como acostumbra a ser con él, en que sin dilación estábamos en un primer tema que daría paso a un segundo. Maestro en la mayéutica, me atrevería con respeto a decir, sobre todo padre, permitió o provocó que en esa primera parte de la conversación me sintiese inspirado, sin habérmelo en ningún caso propuesto, a explicarle el intríngulis que se vivía en Humanitas, y frente al cual, con santa paciencia y dejándome hablar, se paraba por meses, silencioso, el rector Vial. Le confesé entonces al cardenal el peso que cargaba por temer estar yo obstaculizando la proyección de un instrumento que podría tal vez prestar mucho mejor servicio a la Iglesia, entregándole algunos detalles de la discusión. Su reacción fue inmediata y tuvo en mí un efecto como el del súbito desvanecimiento de una nube oscura y pesada. No debía mover un milímetro la línea editorial que había adoptado Humanitas y que ya conocía bien, me dijo primero. En seguida, poniendo su mano en mi antebrazo derecho y fijando la mirada, como el pater que dice algo realmente a tomarse en cuenta para toda la vida, agregó (fue mucho más categórico y duro, solo escribo aquí la versión acordada con Juan de Dios): “No acepte ni ceda nunca a la presión de las fuerzas secularistas al interior de la Iglesia”.

Vuelto a Santiago se lo comenté en seguida al rector. Cuando más tarde volvimos alguna vez sobre ello, nos sobrecogió el haber oído algo semejante dirigido a nosotros por quien luego fuera llamado a ser sucesor de San Pedro. El día de su elección, el 19 de abril del 2005, nos encontramos con don Juan en la puerta de la capilla de la Casa Central y tan solo nos dimos un largo y mudo abrazo. Once años más tarde, cuando Humanitas cumplió 20 años y Benedicto XVI me invitó a visitarlo en el Monasterio Mater Ecclesiae del Vaticano, donde reside, de las pocas personas que me acompañaron, en una visita que quise guardar en la mayor reserva, fueron Juan de Dios y Raquel, presentes en la colina del Vaticano en ese momento único a través de la oración previamente sincronizada.

Tiempo final

Lo que recién digo coincide con el período final pero también el más íntimo en nuestra relación. Antes del accidente, en noviembre de 2015, que le impidió salir más de su casa, vive el recuerdo de su presencia diaria en la misa de las 13 hrs. en la capilla de la Casa Central, la caminata a que a menudo lo acompañaba por Villavicencio hacia el Parque Forestal[15] y, luego, tan solo hasta la Alameda con Portugal para tomar en esa esquina un taxi.

Recluido en el departamento de Ismael Valdés Vergara, sin perjuicio de cierta disminución física, su interés por todo permanecía vivo como siempre. Trataba yo de visitarlo semanalmente. Según el día podía uno encontrarse con sus sobrinos y un jardín de niños que corrían por el departamento, con su vecino y cuñado Juan, con Paz Vial, hija de su hermano Gonzalo; con su hermana Elena, con personas de universidad y amigos como Alejandro San Francisco o Rafael Vicuña. O con el Señor Jesús, que un diácono de la Vera Cruz le traía cada día, lo que alguna vez nos permitió comulgar de nuevo juntos.

Frecuentemente conversábamos de Humanitas. Al regreso de mi visita al Papa emérito Benedicto XVI en su residencia vaticana, en mayo de 2016, realizamos un Comité Editorial en su casa, el último que acompañaría, y al que concurrió toda la “vieja guardia”.

Veía con creciente preocupación la situa- ción de Chile y por supuesto la de la Iglesia. Su mirada larga y afincada en una fe que se había hecho cultura tenía una gran sed de escucha, y la capacidad de hacer juicios sabios y dar opiniones ponderadas y a su vez penetrantes.

Una vez oí al historiador inglés Paul Johnson decir que los grandes hombres de la cultura occidental en el siglo XX, lo que verdaderamente conocían bien y que sobre todo conocían, pues en eso había consistido la esencia de su educación, eran las Sagradas Escrituras y los clásicos griegos y latinos. Al acompañar a Juan de Dios en este tiempo final de su vida me vino esta observación de Paul Johnson muchas veces a la memoria. Pero matizándola con lo siguiente: si bien lo habitaba la extensión de la mirada y el rigor equilibrado de la cultura de los clásicos, la Sagrada Escritura se había hecho en él, profundamente, una forma de pensar y de vivir.

Tiene toda la razón el exrector de la PUC Dr. Pedro Pablo Rosso cuando escribió que “una luz como la que se apagó con Juan de Dios Vial nace pocas veces en un siglo”.[16]

Humanitas le debe a él su existencia, me escribió Pedro Morandé –que supo también en primera persona de eso– apenas se divulgó la noticia de su partida la mañana del 18 de agosto pasado. Fue un fruto más de esa luz, cuyo alumbramiento he relatado en la clave de una y de varias amistades llenas de riqueza, camino que siguen casi siempre las realidades preñadas de promesa.

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Notas

1 El filósofo Juan de Dios Vial Larraín, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 1997.
2 Gabriel Guarda Geywitz OSB, Premio Nacional de Historia 1982 y Abad del Monasterio Benedictino de la Santísima Trinidad de Las Condes 1987-1999 (antes, desde 1985, Prior administrador).
3 Pedro Morandé Court, miembro de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, desde su fundación 3 Juan Pablo II en 1994.
4 Angelo Scola, entonces rector de la Pontificia Universidad Lateranense, posteriormente Patriarca de Venecia y Cardenal Arzobispo de Milán.
5 Paul Poupard, estrecho colaborador de Pablo VI, con Juan Pablo II cardenal y presidente del Pontificio Consejo de Cultura.
6 Massimo Borghesi, filósofo italiano, catedrático de la Universidad de Peruggia.
7 Jaime Guzmán Errázuriz fue hijo de Carmen Errázuriz Edwards, amiga toda su vida de Raquel Ariztía de Vial, esposa de Juan de Dios Vial Correa. Como faltara en su hogar el padre siendo muy niño y quedando allí como único varón, Jaime se hizo entonces muy familiar de mi casa, en donde predominaban los hombres, siendo casi como un mellizo conmigo, pues en edad nos separaban apenas unas semanas. Metido agrande desde la infancia, siempre muy inteligente, ya joven y precoz adolescente cumplía el encargo de “secretario” para los asistentes a la clase del escriturista Padre Hagenmüller, resumiendo cada vez, al comenzar la sesión, la materia anterior. Su amistad con Juan de Dios nació entonces y duró toda su vida. Fue el rector Vial Correa junto con el senador Valdés Subercaseaux, presidente de la Cámara Alta, quienes despidieron sus restos en la desbordada Plaza de la Paz, a las puertas del Cementerio General, cuando una bala disparada al salir de dar clases en la Facultad de Derecho en el Campus Oriente de esta Universidad, lo transformó en el primer senador asesinado en la historia de la república.
8 Cuando creada la Pontificia Academia Pro Vita en 1994, san Juan Pablo II quiso honrar al eminentísimo médico francés, Dr. Jérôme Lejeune, aquejado entonces de una enfermedad terminal, nombrándolo “presidente vitalicio” de esa importante corporación vaticana. El nombramiento aquel mismo año del Dr. Juan de Dios Vial Correa como presidente de la misma vino a hacer de él el primero efectivamente tal de dicha Academia. De los once años que ejerció ese cargo, seis coincidieron con ser rector de la PUC.
9 Antúnez A., Jaime; El comienzo de la historia – Impresiones y reflexiones sobre Rusia y Europa Central. Editorial Patris, Santiago, 1992, 247 págs.
10 Antúnez A., Jaime; En busca del rumbo perdido – Tercera Crónica de la Ideas. Ediciones UC, Santiago, 1996, 462 págs.
11 Ibid.
12 Humanitas 50, abril – junio 2008. Artículo editorial firmado por Juan de Dios Vial Correa (pp. 224-5).
13 https://www.youtube.com/watch?v=XhY2kDtwIZ0
14 Nueve años más tarde, cuando el Dr. Vial había ya terminado su rectoría, volviendo a agitarse las aguas por cuanto a la administración y dependencia de Humanitas, en una convocatoria a la que se hizo presente todo el Comité Editorial con su director, el exrector Juan de Dios Vial esgrimió con fuerza que la independencia de la revista se fundaba, históricamente, en la figura de un “joint-venture” entre alguien a cargo de un cuerpo especial del diario El Mercurio y la Universidad, entidad entonces regentada por él y a la que interesaba ese proyecto como servicio especial al Magisterio pontificio.
15 Casi como en una premonitoria despedida de su alma mater de toda la vida, asocio ese paseo caminando hacia su casa a recuerdos suyos de personas ya remotas en la historia de la Universidad, rectores, profesores, alumnos. Recuerdos que tenía un horizonte sumamente transversal. He hablado de su cercana amistad con Jaime Guzmán. Expresaba asimismo un gran aprecio por su contemporáneo en la confrontación de la reforma universitaria en 1967, Miguel Ángel Solar.
16 El Mercurio 15.X.2020 - “Semblanza de un gran maestro” (Cartas, A2).

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El cardenal Mario Grech, Secretario General para el Sínodo de los Obispos, ha definido el proceso sinodal que atraviesa la Iglesia como un tiempo para hablar. El cardenal cita el Eclesiastés 3,7, donde se escribe que existe un tiempo para hablar y otro para callar, y señala que ambos tiempos se requieren mutuamente. “El discurso sin silencio se convierte fácilmente en palabras huecas. El silencio sin palabras puede conducir fácilmente a un estado de apatía e irresponsabilidad” [1] . Muchas veces la Iglesia ha caído en este desbalance, ha permanecido en silencio cuando ha debido hablar (especialmente cuando ha sido testigo de injusticias que clamaban al cielo) o, viceversa, ha hablado demasiado cuando convenía guardar silencio. En su homilía el cardenal Grech llama la atención, sin embargo, sobre los tiempos propicios para hablar y callar, no hacia afuera, sino dentro de la propia Iglesia. Demasiadas veces se ha escogido el camino de guardar silencio sobre aquello que sucede dentro de la Iglesia y se ha ensalzado la reserva y la prudencia como atributos institucionales que han ido modelando una cultura del silencio. En el Evangelio se recuerda el detalle del demonio que enmudece a su víctima y la fuerza a permanecer en silencio. “Cuando elegimos callar, en lugar de hablar, porque es más conveniente, estamos colaborando con este mal”. Aparte de los abusos sexuales, existe un manto de silencio mucho más ominoso que pesa sobre la vida de la Iglesia, dice el cardenal Grech: se trata de las divisiones entre los católicos, las diferencias entre los que fa-vorecen esta posición o la otra en materias delicadas, como el puesto que debe ocupar la mujer dentro y fuera de la Iglesia, el alcance del sacerdocio común de los bautizados, el celibato sacerdotal, la propia sinodalidad de la Iglesia y las atribuciones de la autoridad episcopal, sin contar otras materias controvertidas, como la anticoncepción, el divorcio o el reconocimiento del matrimonio homosexual. Son cuestiones que todos reconocemos presentes pero sobre las que preferimos guardar silencio. O, peor aún, optar por plantear estos temas en grupos más pequeños formados por personas que tienen una opinión común. En lugar de tener una discusión abierta y franca, terminamos en una Iglesia formada por pandillas. En lugar de dialogar, tenemos una cultura de nosotros contra ellos. La Iglesia debería hablar sobre estos temas, pero muchas veces opta por permanecer en silencio. El proceso sinodal es un tiempo para dialogar, dice el cardenal: “Es hora de dejar que los lados liberal y conservador de la Iglesia hablen, franca y abiertamente, y expongan sus preocupaciones”. Hablar no significa desconocer la autoridad ni la tradición, aunque el diálogo debe admitir que no todo está zanjado de una vez y para siempre y que todas las materias que dividen a los católicos son susceptibles de una debida consideración. Jean Luc Marion ha señalado que los católicos de hoy no están divididos por ninguna materia teológicamente decisiva como lo estuvieron en los primeros siglos con las controversias cristológicas que ponían en entredicho el corazón mismo de la fe, o siglos después con el cisma protestante que cuestionó severamente la realidad sacramental de la Iglesia. Nuestras controversias no tienen ningún potencial cismático y versan casi todas respecto de la relación de la Iglesia con el mundo y con el grado de adecuación a los cambios culturales que cruzan las sociedades modernas. No se trata de desmerecer la importancia de las divisiones que tenemos entre manos, pero tampoco de exagerarlas. Hablar no significa decir cualquier cosa, sino concurrir en una intelección común de la verdad, es hablar con otros que provienen de experiencias distintas y tienen otros puntos de vista, en procura de encontrar un entendimiento. Demasiadas veces se identifica la religión con el fanatismo y la intransigencia, es decir, la incapacidad de diálogo que se disfraza de convicciones e intransables por todos lados. Hablar significa abrir la puerta a quienes no saben nada, pero tienen la lámpara de la fe prendida. Ya no en su homilía, sino en su conferencia en el simposio de Oxford, el cardenal Grech mira las cosas desde el otro lado y define el proceso sinodal como una Iglesia que escucha. Para que alguien hable verdaderamente, debe haber otro que permanece en silencio y escucha. En el momento actual es la autoridad la que escucha el talante profético del “sensus fidei” para luego discernir y actuar. El dogma de la Inmaculada Concepción de María tiene la fama de ser el colmo de la autoridad pontifical, pero en realidad fue la coronación de un sentir popular que se había conformado y madurado durante siglos. El proceso sinodal depende casi enteramente de la capacidad de estimular la capacidad de que todos hablen, con ponderación y humildad, pero que se diga lo que muchos tienen que decir, con franqueza y sinceridad de corazón. Ojalá ninguna autoridad religiosa menosprecie lo que digan sus fieles bajo pretexto de que no saben o no están suficientemente enterados. Tampoco que diga que no le importan las encuestas, que detesta las redes sociales o que ya no ve televisión, que son también maneras de escuchar. La tarea de una autoridad, dice Grech, es discernir aquello que escucha, no dejar de hacerlo. Lo mismo debe suceder con los propios fieles, entre los cuales el deber de escucharse mutuamente debe prevalecer, así como evitar situarse al menos de un modo permanente en grupos o comunidades cerradas con experiencias parecidas y opiniones afines, y sobre todo dejar hablar a todo el mundo. San Benito exigía que sus monjes se reunieran periódicamente y exhortaba a que en la asamblea se dejara hablar a los jóvenes, a los novicios que tenían menos experiencia y pocos años en el monasterio y que a menudo eran desplazados por los ancianos. Tiempo para hablar, dice el cardenal Grech, tiempo también para escuchar lo que otros tienen que decir. Notas [1] Todas las citas corresponden a una traducción propia de la homilía en la misa de apertura de la conferencia sobre sinodalidad que se realizó en Champion Hall, Oxford, el 23 de marzo de 2022.
Ad portas de la presentación del texto oficial de la propuesta de Nueva Constitución, nuestro amigo y colaborador Nello Gargiulo propone una reflexión que tiene como punto de partida su experiencia de vida en Chile relacionada con un texto histórico del magisterio del Cardenal Raúl Silva Henríquez.
“¡Soy libre, estoy libre!” fueron las primeras palabras que escuchó la superiora de esta misionera colombiana después de un largo secuestro. Invitamos a conocer su testimonio y a unirnos este domingo 26 de junio, Día de Oración por la Iglesia Perseguida, en oración por todos los cristianos que sufren acoso, discriminación y violencia.
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