Conferencia pronunciada por el autor en el Instituto diplomático Villa Madama, Roma, el 18 de junio de 2010.

Se cuenta que al llegar al pie del patíbulo, donde debía ser decapitado, Tomás Moro formuló una última súplica: “Os ruego, señor oficial, ayudarme a subir; en cuanto a descender, me las arreglaré muy bien solo”. Pidió enseguida a la muchedumbre que lo rodeaba rezar por él y dar testimonio de que padecería la muerte en la fe de la Iglesia Católica y por la misma [2]. Esta última agudeza siempre me ha llenado de admiración, sobre todo al compararla con las actitudes de otros personajes situados en las mismas condiciones dramáticas. Al llegar al patíbulo, la última favorita del rey Luis XV, Madame du Barry, hizo otra súplica: “¡Un minuto más, señor verdugo!”.

Se olvida que el humor inglés a menudo representa el lado agradable de la entereza. Y esta entereza a su vez señala, en el caso de Tomás Moro, un doble compromiso, el que conduce a los hombres y mujeres a entregarse enteramente al servicio público, y el que impulsa a los bautizados a unir sus pasos a los de su Señor, hasta la cruz misma. Podría creerse, por consiguiente, que existen dos tipos de fidelidad: una profana, propia de las leyes de la Ciudad, y otra religiosa implicada por el bautismo cristiano. Con gran frecuencia estas dos formas de fidelidad se completan y enriquecen mutuamente. La santidad del emperador Enrique de Alemania o del rey Luis de Francia, o aquella cercana a nosotros de un Robert Schuman y un Giorgio La Pira, ilustran esta vocación peculiar de una santidad que se desarrolla en el combate político, ya que la política es esencialmente un combate. A quien no desea combatir, se le aconsejará no entrar en esa arena: allí se arbitra entre obligaciones contrarias, se arriesga la propia vida, se muere en eso. Os remito a la exposición original, pero inconclusa a mi juicio, “El poder y la gracia” (Il Potere e la Grazia. I santi padroni d’Europa) que tuvo lugar aquí, en Roma, en el invierno pasado (cf Humanitas 58, p 371): los mártires, como Thomas Beckett, antepasado de Tomás Moro, o Juana de Arco, son más numerosos en ese ámbito que en otros. Quisiera evocar esta tarde uno de esos conflictos.

A fines de la Edad Media, la idea de nación, en el sentido moderno del término, adquiere un carácter nuevo. Francia encarna esta idea desde comienzos del siglo XIV: los legistas de Felipe IV el Hermoso elaboran la primera filosofía política de este concepto que ha llegado hasta nosotros y tiene entonces grandes días por delante. La idea de nación encuentra luego una nueva aplicación en la España de fines del siglo XV, al unirse las coronas de Castilla y Aragón, y sobre todo al ser los últimos moros expulsados de la península después de la toma de Granada (1492). A comienzos del siglo XVI le correspondería lógicamente el turno a Inglaterra. La coyuntura es favorable: tras la larga guerra intestina llamada de las Dos Rosas, el poder queda en manos de un Tudor. Enrique VIII, su hijo, sube al trono en 1509: será, desde todo punto de vista, un soberano fuera de lo común.

Para los cristianos ilustrados de la época, la entrada en la política resulta ser de alguna manera evidente. Sueñan para su país con el destino glorioso de una nación con la cual habría que contar en lo sucesivo. Sueñan con una Iglesia depurada de sus corrupciones. Han creído poder contar con Enrique VIII. Éste goza de la estimación de Roma, que le otorga, por haberse opuesto a Lutero [3], el prestigioso título de “Defensor de la fe”. Es culto, fomenta las artes y se jacta de conocer la teología. Se puede pensar por consiguiente que los hombres más lúcidos de su época, los humanistas cristianos, comprenden semejante proyecto, pero además prestan de buen grado su apoyo al mismo. Tomás Moro es uno de ellos.

Tomás Moro es un humanista, y de gran rango. Frecuenta a Erasmo, modelo cabal del intelectual del Renacimiento, quien le dedica su Elogio de la locura. El secretario de la Congregación para la Educación Católica no resiste el placer de mencionar que quiso dar a sus tres hijas -idea revolucionaria para la época- una educación tan avanzada como la de los muchachos. Tomás logra conjugar las exigencias más contrarias, una vida familiar feliz, una actividad literaria que le asegura una reputación universal y una carrera política de las más prestigiosas. Redactó uno de los tratados más grandes de filosofía política de todos los tiempos: la Utopía sigue siendo, cuatro siglos después, un libro-fuente para todos los que sueñan con una política “distinta”.

En una de mis estadías en Nueva York pude mirar largo rato el famoso cuadro de Holbein. El pintor no ha cumplido treinta años cuando se acerca a este personaje importante, pero lo capta todo, la sonrisa apenas esbozada, casi burlona, la mirada fija en el infinito y esa especie de serenidad febril que se desprende de un rostro atractivo, pero sin belleza. Después de haber sido Canciller del ducado de Lancaster y luego portavoz (presidente) de la Cámara de los Comunes, Tomás llegó a ser Gran Canciller de Inglaterra y guardián del Sello Real, y tuvo un rol comparable al de nuestros primeros ministros. Enrique VIII le otorga toda su confianza. Los separa una media generación: Moro nació en 1478 y Enrique en 1491. Se establece entre ellos una especie de relación de padre a hijo que durará más de veinte años. El rey es fascinado por la personalidad de su canciller. A menudo va a reunirse con él en su despacho: ahí, sentados juntos, “platican de astronomía, geometría, teología y otras disciplinas, así como de sus asuntos temporales. En otras oportunidades, lo hacía subir al techo para observar con él las variaciones, cursos, movimientos y operaciones de las estrellas y los planetas” [4]. Llegará un momento en que el hijo dará muerte al padre. Esta historia es tan vieja como el mundo.

¿Cómo se llegó a eso? Dejemos de lado las historias del corazón. Ciertamente, el rey experimentaba una gran pasión por una dama de honor de la reina, Ana Bolena. ¡Pero vivirá pasiones sucesivas hasta casarse con seis mujeres! Olvidemos un momento la leyenda de Barba Azul, que tanto me atemorizaba cuando me la contaban siendo muy pequeño. Enrique no mató a todas sus mujeres, pero hizo ejecutar a dos, lo que no es poca cosa. El problema es en primer lugar político. Poco tiempo después de ascender al trono, Enrique se casó con Catalina de Aragón, que ya había sido la esposa de su hermano mayor, Arturo. Ella le dio cinco hijos, pero sólo sobrevivió una hija, María. Enrique tenía pues una doble preocupación. Necesitaba un hijo hombre para así garantizar en Inglaterra el futuro de la dinastía que -recordemos- apenas se había impuesto en la persona de su propio padre, Enrique VII, y era por tanto frágil. Necesitaba un sucesor enérgico para proseguir con su obra de forjador de la nación inglesa. De acuerdo con las costumbres de la época, una hija mujer parecía incapaz de dar prueba de semejante vigor. Por ironía de la historia, Eduardo, su único hijo hombre, sólo dejó un recuerdo insustancial, mientras su segunda hija, la gran Isabel, con mano de hierro hizo entrar a Inglaterra en el concierto de las naciones modernas.

Enrique VIII debe entonces repudiar a su esposa. Espera del Papa una declaración de nulidad de su matrimonio. Clemente VII se niega, o más precisamente hace dilatarse las cosas. El rey persiste en sus proyectos. Un miembro muy influyente y hábil del Parlamento, Thomas Cromwell, lo convence de que siga el ejemplo de los príncipes alemanes y se separe de Roma. En 1531, Enrique se proclama jefe supremo de la Iglesia Anglicana. Tomás Moro renuncia a su cargo en 1532. El 12 de abril de 1534 es citado a Lambeth para prestar juramento de fidelidad al Acta de Supremacía, que desconocía la autoridad del Papa y confirmaba el divorcio del rey. Tomás se niega a hacerlo en dos oportunidades. No es tanto la cuestión del divorcio lo que inquieta su conciencia, sino la ruptura con la Iglesia y la traición que se le pide en relación con Roma. Interpela al fiscal de la corona, Sir Richard Rich, al cual había prestado grandes servicios en el pasado: “… suponga -dice Moro- que el Parlamento promulgue una ley según la cual Dios no es Dios. ¿Dirá usted, Maestro Rich, que Dios no es Dios? -No, señor, respondió el fiscal, no lo diría, pero ningún Parlamento promulgaría semejante ley-. Bueno, replicó Moro, el Parlamento tampoco debería convertir al rey en jefe supremo de la Iglesia”. Fue condenado por alta traición y murió en el patíbulo el 6 de julio de 1635.

Tomás Moro fue siempre fiel a su afecto al rey; fue fiel a la política de este último, que deseaba reunir a los pueblos de la isla en una nación poderosa. Un día, esas fidelidades se encontraron en oposición con una fidelidad que Moro consideraba superior, la fidelidad con su conciencia. La palabra “conciencia” aparece 17 veces en su último escrito en forma de testamento. Para un cristiano, la conciencia no es puramente ese lugar íntimo donde el hombre delibera consigo mismo antes de tomar una decisión moral; es esa elevación del ser que permite a este hombre juzgar con la mirada misma de Dios [5]. Como escribirá tres siglos después otro inglés que la Iglesia va a beatificar: “La conciencia implica una relación entre el alma y algo exterior -es más-, superior a ella; una relación con una perfección que ella no posee, con un tribunal en el cual carece de poder” [6]. Es la voz misma de Dios, que al entrar en el corazón del hombre, le indica el camino del bien y la verdad. Para Moro, esta misma voz le muestra que la fidelidad a Cristo, promesa de todo bautismo, implica la fidelidad a Roma, donde reside, como escribía Enrique VIII, el vicario de Cristo.

En suma, Moro se inscribía en la larga letanía de los mártires de la conciencia. Desde la pequeña Antígona, que declaraba a su rey que existían “leyes murmuradas al corazón” (Sófocles), que prevalecían sobre las leyes de la Ciudad, y que era preferible obedecerlas, con riesgo de morir, los testigos de esta libertad suprema han sido una legión que se ha sublevado contra los totalitarismos de todo tipo.

El riesgo no es menor en nuestros días. En las sociedades secularizadas, en las cuales la hipótesis de cualquier forma de trascendencia está excluida de las opciones colectivas, es grande el peligro de llegar a creer nuevamente que nada existe por encima de las leyes de la Ciudad. El Estado siempre tuvo la pretensión de someter o hacer callar a las autoridades morales para atribuirse a sí mismo una autoridad moral absoluta. Los primeros mártires cristianos sabían algo al respecto, ya que se les dio muerte por motivos políticos y no religiosos. La conciencia nos sugiere que lo que es legal no es necesariamente legítimo y que existen circunstancias en las cuales la divinidad y la libertad de la persona la impulsan a presentar una objeción, es decir, a sublevarse. Max Weber profesaba que al encontrarse en oposición, la ética de convicción (personal) siempre debía inclinarse ante la ética de responsabilidad (repercusión colectiva). El cristianismo cree lo contrario: la dignidad del hombre le da la orden de seguir a su conciencia hasta el final. En marzo de 1990, el Parlamento belga votó una ley de despenalización del aborto. El rey Balduino I declaró que en conciencia no podía suscribir y promulgar ese texto; prefirió abdicar durante treinta y ocho horas para no tener que hacerlo. Algunos le hicieron este reproche: “¿Está el rey por encima de las leyes?”. La respuesta nos fue dada por Tomás Moro: sí, existe en cada uno de nosotros, y no sólo en los reyes, un órgano maravilloso que nos hace ser superiores a las leyes políticas. Ése es el que nos hace ser libres.


Notas 

[1] El título de este artículo “Un hombre libre” proviene de la obra de teatro de Jean Anouilh, Thomas More ou l’Homme libre. El autor la publicó algunos meses antes de morir, en 1987.
[2] Referido en La Vie de Sir Thomas Moore, redactada por William Roper, yerno del santo.
[3] Enrique VIII, ayudado en esto por Tomás Moro, redactó una réplica a Lutero, la Assertio Septem sacramentorum. Dedica su libro al Papa y escribe: “Toda la Iglesia está sometida no sólo a Cristo, sino también, por amor a Cristo, a su único representante, el Papa de Roma”.
[4] Referido por William Roper.
[5] En el fondo de su conciencia, el hombre descubre la presencia de una ley que no se ha dado él mismo, pero a la cual está obligado a obedecer” (VATICANO II, Gaudium et spes, 16).
[6] John H, NEWMAN, Sermons universitaires. La beatificación de Newman tuvo lugar en Birmingham el 19 de septiembre pasado.

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El cardenal Mario Grech, Secretario General para el Sínodo de los Obispos, ha definido el proceso sinodal que atraviesa la Iglesia como un tiempo para hablar. El cardenal cita el Eclesiastés 3,7, donde se escribe que existe un tiempo para hablar y otro para callar, y señala que ambos tiempos se requieren mutuamente. “El discurso sin silencio se convierte fácilmente en palabras huecas. El silencio sin palabras puede conducir fácilmente a un estado de apatía e irresponsabilidad” [1] . Muchas veces la Iglesia ha caído en este desbalance, ha permanecido en silencio cuando ha debido hablar (especialmente cuando ha sido testigo de injusticias que clamaban al cielo) o, viceversa, ha hablado demasiado cuando convenía guardar silencio. En su homilía el cardenal Grech llama la atención, sin embargo, sobre los tiempos propicios para hablar y callar, no hacia afuera, sino dentro de la propia Iglesia. Demasiadas veces se ha escogido el camino de guardar silencio sobre aquello que sucede dentro de la Iglesia y se ha ensalzado la reserva y la prudencia como atributos institucionales que han ido modelando una cultura del silencio. En el Evangelio se recuerda el detalle del demonio que enmudece a su víctima y la fuerza a permanecer en silencio. “Cuando elegimos callar, en lugar de hablar, porque es más conveniente, estamos colaborando con este mal”. Aparte de los abusos sexuales, existe un manto de silencio mucho más ominoso que pesa sobre la vida de la Iglesia, dice el cardenal Grech: se trata de las divisiones entre los católicos, las diferencias entre los que fa-vorecen esta posición o la otra en materias delicadas, como el puesto que debe ocupar la mujer dentro y fuera de la Iglesia, el alcance del sacerdocio común de los bautizados, el celibato sacerdotal, la propia sinodalidad de la Iglesia y las atribuciones de la autoridad episcopal, sin contar otras materias controvertidas, como la anticoncepción, el divorcio o el reconocimiento del matrimonio homosexual. Son cuestiones que todos reconocemos presentes pero sobre las que preferimos guardar silencio. O, peor aún, optar por plantear estos temas en grupos más pequeños formados por personas que tienen una opinión común. En lugar de tener una discusión abierta y franca, terminamos en una Iglesia formada por pandillas. En lugar de dialogar, tenemos una cultura de nosotros contra ellos. La Iglesia debería hablar sobre estos temas, pero muchas veces opta por permanecer en silencio. El proceso sinodal es un tiempo para dialogar, dice el cardenal: “Es hora de dejar que los lados liberal y conservador de la Iglesia hablen, franca y abiertamente, y expongan sus preocupaciones”. Hablar no significa desconocer la autoridad ni la tradición, aunque el diálogo debe admitir que no todo está zanjado de una vez y para siempre y que todas las materias que dividen a los católicos son susceptibles de una debida consideración. Jean Luc Marion ha señalado que los católicos de hoy no están divididos por ninguna materia teológicamente decisiva como lo estuvieron en los primeros siglos con las controversias cristológicas que ponían en entredicho el corazón mismo de la fe, o siglos después con el cisma protestante que cuestionó severamente la realidad sacramental de la Iglesia. Nuestras controversias no tienen ningún potencial cismático y versan casi todas respecto de la relación de la Iglesia con el mundo y con el grado de adecuación a los cambios culturales que cruzan las sociedades modernas. No se trata de desmerecer la importancia de las divisiones que tenemos entre manos, pero tampoco de exagerarlas. Hablar no significa decir cualquier cosa, sino concurrir en una intelección común de la verdad, es hablar con otros que provienen de experiencias distintas y tienen otros puntos de vista, en procura de encontrar un entendimiento. Demasiadas veces se identifica la religión con el fanatismo y la intransigencia, es decir, la incapacidad de diálogo que se disfraza de convicciones e intransables por todos lados. Hablar significa abrir la puerta a quienes no saben nada, pero tienen la lámpara de la fe prendida. 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