Si tuvieran que precisar en muy pocas palabras cuál era, en la conciencia de la propia Isabel, su perfil humano, tendríamos que responder: primero, mujer, después reina, por encima de todo católica.

En 1454 Isabel es la Infanta, segunda y única hija del rey que acaba de fallecer. Sube al trono su hermanastro, Enrique IV, a quien no parecen complacer mucho los vástagos del segundo y tardío matrimonio de su padre. De modo que, incumpliendo las instrucciones testamentarias de éste, que trataban de garantizarle un millón de maravedíes al año, se la margina, al lado de su madre, que fija su residencia en Arévalo. De esta madre ha heredado la infanta esos rasgos de rubicundez y ojos azules que proceden de la abuela, Felipa de Lancaster. De modo que -primera característica- Isabel es educada en esa austeridad que obliga a contar hasta el último maravedí. Hay que mantener el rango haciendo durar los escasos recursos. Isabel conservará, durante toda su vida, ese rasgo: guardaba cuidadosamente hasta los retales que sobraban de los vestidos de sus hijas.

De este modo quienes acuden a servirla y educarla deben hacerlo por la conciencia del deber y, a diferencia de cuantos se apelotonan en torno a Enrique IV, no por el botín que se pueda obtener. Son, esencialmente, siete personas. Gonzalo Chacón, Gutierre de Cárdenas y sus esposas, santa Beatriz de Silva, y los dos mendicantes, fray Lorenzo y fray Martín de Córdoba, que entonces se alojaban en el convento de los franciscanos de Arévalo. Pero los dos primeros, Chacón y Cárdenas, proceden de los “vencidos”, es decir, de aquellos que servían a don Álvaro de Luna y le vieron morir. Cuando, pasado el tiempo, llegue la oportunidad de pedir un premio por los servicios prestados, don Gonzalo, autor sin duda de la Crónica del Condestable, solo pedirá sacar los restos de don Álvaro de aquel sepulcro de ajusticiados en San Andrés de Valladolid y llevarlo a la suntuosa capilla de Toledo.

Beatriz de Silva era portuguesa: había venido acompañando a la reina y ahora acunaba a esta niña, desde los tres a los once años de edad. Ella supo inculcar, junto con las otras mujeres, católicas muy radicales, el sentimiento de que la mujer es tanto como el varón, y a veces más, si se contempla el ejemplo de la Virgen María. Un sentimiento, de raíz religiosa sin duda, que se arraigará firmemente en su espíritu. Pues vino a reforzarlo fray Martín de Córdoba, que escribió para ella un libro titulado El jardín de las nobles doncellas, que un día, manuscrito y bien encuadernado el autor puso en manos de la niña que celebraba su undécimo cumpleaños. Y ella lo guardó y lo siguió.

Años tristes fueron, sin duda, aquellos de la niñez en Arévalo: dejaron su impronta en el ánimo. Ella así los recordaba años más tarde cuando, al referirse a aquellas últimas semanas de 1461, en las que con su hermano Alfonso fue llevada a la Corte, usando duras palabras: “inhumana y forzosamente fuimos arrancados de los brazos” de nuestra madre. Segundo rasgo, pues, que se inculca profundamente en su ánimo: entre los 11 y los 15 años, precisamente el tiempo en que la niña se convierte en mujer, fue tratada como un rehén. Y en 1468 decidirá: nunca más. Pues un rehén es un prisionero: no dispone de dinero propio, ni de iniciativas personales -tendrá que actuar como madrina de la niña Juana, nacida en 1462- y se la emplea para combinaciones políticas. ¡Qué lista de posibles maridos tuvo ante sus ojos! Carlos de Viana, que bien podía ser su padre; Alfonso V, casi un abuelo; Pedro Girón, que pensaba servirse de ella para el más original golpe de Estado que se concibiera; un duque de Guyena por quien parecían estar doblando ya las campanas de muerte y hasta ese corcovado Ricardo de Gloucester que proporcionaría a Shakespeare su más siniestro personaje.

Pero en esa lista también figuraba Fernando, el hermanastro de Carlos de Viana, de edad y linaje adecuados. Y cuando, desde 1467 la adolescente madura de trenzas rubias y ojos azules cobra, en medio de las revueltas circunstancias un poco de libertad, empieza a demostrar que no es un objeto frágil para la negociación, pues en su ánimo ha crecido la energía. Primero va a Medina del Campo a tomar posesión de un señorío que, por mandato de herencia, le pertenece. Y después, sonriendo a todos y eludiendo enojosos compromisos, manifiesta que “me caso con Fernando y no con ningún otro”. Manifestación de una firme voluntad, sin duda alguna. Pero, en este punto, es preciso no dejarse engañar. Estamos en presencia de una voluntad firme, ejercida con claridad que es, sobre todo, voluntad política y no otra cosa: si en España hubiera estado vigente la ley sálica, cosa que Isabel rechazaba, a Fernando y, en su defecto, a su primo Enrique, llamado “Fortuna”, hubiera correspondido la sucesión. Es curioso anotar que, en 1473, cuando se logra la última y definitiva reconciliación entre Isabel y Enrique IV, la primera no tenga inconveniente en admitir que aquel pariente era “matrimonio conveniente” para la discutida hija de la reina Juana. Es más probable que a lo largo de su vida, la reina Isabel se preguntara varias veces si aquella decisión suya, asumida al menos a finales de 1468, había sido acertada. Conocemos la respuesta, ya que en los últimos días, cuando dictaba a Gaspar de Gricio su testamento, se interrumpió en un determinado momento para plantearse la cuestión de qué era lo que más tenía que agradecer a Dios entre los muchos favores recibidos. Y no dudó por un momento en señalar: el marido que tuve, el mejor rey de España. Un juicio que hoy comparten los historiadores. Sin Fernando a su lado, toda la obra de Isabel se tornaría incomprensible. Esto nos lleva de la mano a la cuestión política más importante de tan largo reinado: la conciencia que Isabel tuvo acerca de cuanto es y debe ser la Monarquía. Me parece importante puntualizar algunos aspectos. Ante todo la forma en que ella planteó la cuestión en defensa de los que consideraba sus derechos. Muchas veces afirmó que se había resuelto a reclamarlos como consecuencia de un deber que su nacimiento le imponía y que si hubiera sentido la menor duda en este sentido, jamás habría movido ni un dedo. Reinar fue, para ella, por consiguiente, un deber. Y en cierta ocasión, cuando su marido adolecía como consecuencia de la cuchillada que le propinó un payés loco en Barcelona -también en otras ocasiones-, le recordó cuál era la clave de su pensamiento. Debía acordarse de que los reyes, como todos los hombres, deben morir y, en ese momento supremo, Dios va a pedirle cuentas más estrechas que al común de los mortales, ya que les había escogido para cumplimiento de su deber. Y en su propio Testamento, tomó toda suerte de precauciones para corregir los yerros e indemnizar posibles perjuicios, acordándose de manera especial de los indios, tan hijos de Dios como ella misma. Es significativo e importante que no mencione la expulsión de los judíos; ni era una decisión personal que respondiese a su iniciativa, ni podía considerarse como un yerro. Aquí está la principal diferencia con lo que ahora pensamos.

Volviendo sobre esas dos cuestiones, la legitimidad de origen sobre la que se asienta la Monarquía, y el reconocimiento de esa igualdad precisa entre todos los seres humanos, es importante recordar que, siguiendo la doctrina de la Iglesia, de la que pretendía ser un miembro fiel, fue Isabel la primera que en España estableció, en documento tan solemne como su testamento, esa raíz de la que va a nacer, con mucho tiempo y no pocos trabajos, el árbol de los derechos humanos. Poca atención hemos puesto, acaso, en una decisión anterior, tomada precisamente en Guadalupe: esa ley general que afirma que si en algún rincón por ellos ignorado, subsistían formas de servidumbre, cualesquiera que fuesen, deberían considerarse suprimidas. Me parece que se trata de una constatación sobremanera importante: se establecía la equivalencia jurídica entre esas dos condiciones, la de ser súbdito del reino y la de ser libre. Seguía habiendo esclavos, pero éstos eran mercancía venida de fuera en condición de tales y sobre ellos aún no era posible legislar, aunque sí promocionar la liberación, uno a uno. Y si alguien se atrevía a reducir súbditos a la esclavitud, se daban buenos palos: aunque se tratara de la hija de una muy buena amiga o del propio Colón. La libertad, por tanto, era uno de los tres derechos fundamentales de la persona humana y, como tal, irreversible.

También lo era la vida, dentro de las normas jurídicas del tiempo que aceptaba la pena de muerte considerándola equitativa para determinados crímenes. En esto hay una diferencia radical respecto a nuestro tiempo, que garantiza la vida del criminal cuando no ha conseguido proteger la del inocente. Pero Isabel, lo mismo que su marido, eran inclinados a la clemencia. No hay represalias tras la guerra de sucesión. Y cuando, como antes señalamos, un loco atentó contra Fernando poniéndole a dos dedos de la muerte, los jueces aceleraron su ejecución para evitar que Isabel, informada, le perdonase. Cuando en el Rosellon empezó la guerra, en 1495, la reina tuvo a sus damas rezando toda una noche para que Dios salvase la vida de aquellos cristianos que se enfrentaban.

Volvamos al concepto de legitimidad que envuelve a la Monarquía. Ésta tiene su origen en el nacimiento: dando preferencia a los varones, sin eliminar a las mujeres de acuerdo con la norma castellana, los nacidos de legítimo matrimonio estaban llamados a la sucesión. Cuando en 1461 se la lleva a la Corte es para dejar bien claro que le corresponde el tercer lugar, siendo el primero para aquel varón o hembra cuyo nacimiento se espera para meses muy próximos. Fue mujer, Juana como su madre, y se obligó a Isabel a actuar como madrina, contando todavía menos de once años a fin de establecer entre ambas un vínculo especial. De estos hechos nacieron dos normas de conducta que hemos de tener en cuenta si queremos comprender a la persona.

En primer término la legitimidad, que en Castilla, desde 1388, estaba significada en dos escalones: la plena soberanía (poderío real absoluto) que corresponde al rey, y la sucesión, cuyo titular debe constituirse en Príncipe de Asturias. Isabel no aceptó nunca la rebelión de su hermano Alfonso, víctima inocente de los manejos de un partido, al que sin embargo quería con toda su alma, de modo que cuando fue reina dispuso que se anulasen todos los actos ejecutados a nombre de éste desde 1464. Pensaba que le correspondía la sucesión, pero no la corona. De modo que cuando, en 1468, este jovencísimo príncipe (14 años y medio) falleció, ella, partiendo del hecho de que el matrimonio de Enrique y Juana “no era ni podía ser” legítimo, por las circunstancias jurídicas que se dieran, reclamó para sí la sucesión, nunca la corona. Enrique IV era rey y a él se debían sumisión, obediencia y respeto. La norma castellana determina que los mandatos del rey, cuando no son conformes a derecho, pueden ser “obedecidos y no cumplidos”. En toda la documentación examinada hay buen cuidado en no faltar jamás a ese reconocimiento: ni siquiera en los momentos más difíciles pasó por su mente la menor idea de recurrir a las armas. Y lo mismo pensaba su marido. Así que cuando el 13 de diciembre de 1475, celebrados los funerales por su hermano, ella recibe en Segovia la corona, puede decir que está limpia de cualquier rebeldía.

Quedaba la niña Juana, víctima inocente de tantas cosas, entre otras de que su madre decidiera al final descubrir el amor ilícito y proporcionarle dos hermanos, esta vez declaradamente adulterinos. Haciendo un paréntesis, debemos ciertamente comentar que esos niños, Pedro y Andrés, fueron luego atendidos por Isabel. A la Excelente Señora, título semioficial que finalmente ostentaría, Isabel la llamó siempre “hija de la Reina” eludiendo otras consideraciones. Y en Guisando se tuvo buen cuidado en decir que las infidelidades de su madre databan “de un año a esta parte” nada más. Había que buscar para ella un destino adecuado, como para los ilegítimos vástagos de su propio marido. E Isabel propuso o aceptó, sucesivamente, dos soluciones: matrimonio con Enrique Fortuna, a quien se habrían de otorgar, como a miembro del linaje, oficios de gran relieve; y cuando éste falló por haber decidido casarse con otra, su propio hijo y heredero Juan. Los enemigos de la Reina, que no pueden admitir tal magnanimidad, piensan que se trataba de un engaño. Pero si partimos de otro extremo, en muchos asuntos comprobado, del sentido religioso de la Señora, tendremos que admitir que era simplemente un propósito de paz. Juana, que parece haber estado dotada de un gran espíritu, se negó a aceptar esta segunda boda cuando tantos años la separaban del presunto marido, y profesó en un monasterio. Isabel se indignó, pero guiada por su director de conciencia, fray Hernando de Talavera, acabó aceptando aquella solución. Desde su propia convicción, ser esposa de Cristo era, sin duda, el destino más alto.

Fernando estaba ausente de Castilla cuando se produjo el cambio de reinado. Los nobles reunidos en Segovia afirmaron su lealtad usando términos ambiguos, reconociendo en Isabel la propiedad del cetro y calificando al rey como “su marido”. Y entonces los que nunca faltan comenzaron a sembrar vientos en los oídos de Fernando: todo era una maniobra para alterar el plan de la naturaleza que coloca al varón por encima de la mujer, reduciendo de este modo al esposo a un papel y lugar secundarios. Era de noche, aquel 2 de enero de 1475, fría por cierto, cuando Fernando llegó a Segovia. Su mujer no le esperaba en la puerta, sino junto a la catedral, que hoy ya no existe, pero cuyo solar marca el pequeño parque delante del Alcázar. Primero dar gracias a Dios porque todo había salido bien. Después un gran banquete en el Alcázar, signo de bienvenida. Y luego, marido y mujer a solas, en esa intimidad en que nacen las confidencias: y aquí ella ganó el corazón del gran hombre explicándole cómo hasta entonces tenían sólo una hija; cierto que procuraban tener más, pero es siempre una incógnita en manos de Dios; así pues, ¿se proponía privar de derechos a sus hijas, la de ahora o las de después? Y Fernando asintió. Llamaron a Fernando del Pulgar, cronista oficial, y le explicaron cómo el derecho, en Castilla, fiel a las enseñanzas cristianas, no admite diferencias entre hombre y mujer. Por consiguiente los derechos femeninos tenían que ser salvaguardados cuidadosamente. Y le advirtieron: en adelante al redactar la Crónica tendréis cuidado en decir, siempre, que el rey y la reina hicieron tal cosa. No había pasado un mes cuando se dictó la pragmática de que los súbditos de la Corona de Aragón gozarían de los mismos derechos que los castellanos. Y el 28 de abril -era la primera oportunidad desde aquella noche íntima del 2 de enero en que marido y mujer se separaban- Isabel entregó a Fernando un documento firmado y sellado reconociéndole los mismos poderes que ella ostentaba. Es decir, Fernando pudo ejercer en Castilla el poderío real absoluto. Él hizo lo mismo cuando llegó a ser rey de Aragón. A muchos puede sorprender que las Cortes catalanas, cuando tenían dificultades con Fernando, y no eran pocas, acudían a Isabel en la que tenían depositada su confianza.

Así fue como llegó a su madurez aquella primera forma de Estado que se venía gestando de tiempo atrás, y que llamamos Monarquía católica, la cual utilizó como esquema fundamental aquella Unión de Reinos que constituía la Corona de Aragón: unión en la soberanía, administración acorde con las costumbres de cada uno de los ocho reinos que la formaban. Para revestir esa soberanía de la magnificencia necesaria, Fernando e Isabel desplegaron el lujo del ceremonial. Es indudable que Isabel gustaba extraordinariamente de las buenas ropas y los buenos cuadros, como también los libros: la colección de Guadalupe, la pinacoteca de la Capilla Real de Granada y el catálogo de su biblioteca así nos lo acreditan. También a ambos les gustaba descansar el ejercicio del poder en las fuertes instituciones del Reino: sólo en aquellos asuntos que escapaban a lo que podríamos llamar normal administración, les parecía necesario intervenir. Atentos siempre, directamente informados, les complacía que cada uno de sus magistrados y funcionarios se sintiera con libertad de movimientos: así se explica que secretarios como Fernán Alvárez de Toledo o Vargas o Zafra, llegaran a ejercer tanta influencia, aunque, al fin y al cabo, necesitaban siempre de la firma real.

Isabel conservó cuidadosamente a su lado a aquellos que la sirvieran en los años mozos, premiándolos, pero nunca con exceso: Chacón y Cárdenas, Gómez Manrique, Cabrera, que fue el primer converso que usó corona de marqués, y el rabino mayor Abraham Seneor, a quien apadrinaron en su bautismo dándole nombre de Fernando, o las Universidades, especialmente Salamanca y Valladolid, pueden dar testimonio de ello. Y, desde luego, fray Hernando de Talavera, el prior jerónimo de El Prado de Valladolid, a quien hizo su confesor y luego arzobispo de Granada, sin interrumpir nunca las consultas en aquello que tocaba a su conciencia. Pues ella quiso reinar ateniéndose a los principios de su fe. Si prohibió el judaísmo, no lo hizo por propia iniciativa, por más que viera justa la medida, sino obedeciendo a las presiones que desde Roma le hacían. Que el decreto lo redactó Torquemada y este inquisidor general era persona de confianza de la Sede romana. En la primera vez que fray Hernando fue a administrarle el sacramento de la penitencia, le advirtió que la norma de la Iglesia era contraria a la costumbre cortesana que obligaba a los confesores a permanecer de rodillas ante el rey, sentado. Y ella hincó las suyas ante el sillón que ocupaba el padre Talavera. Desde aquel momento no hubo nadie en quien la reina depositara más confianza.

Por ejemplo era a fray Hernando a quien explicaba su horror por la sangre, su piedad hacia los bastardos o hijos de clérigos que poblaban su Corte. Una vez el confesor le reprochó que dando acogida a tantos ilegítimos parecía que legitimaba el adulterio. Y ella respondió, simplemente, que no podía dejar que se perdieran aquellos que, a fin de cuentas, eran víctimas inocentes de los pecados de sus mayores. Y, haciendo un giro en la conversación, tomó a uno de los hijos del cardenal Mendoza y preguntó a fray Hernando si no le parecía que eran muy bellos los pecados de aquél.

Si tuvieran que precisar en muy pocas palabras cuál era, en la conciencia de la propia Isabel, su perfil humano, tendríamos que responder: primero, mujer, después reina, por encima de todo católica. No bebía vino, sino sólo agua, en un tiempo en que se pensaba que ésta perjudicaba a la salud; comía con tremenda moderación y vestía con lujo; devolvía al sexo, sin mojigaterías, su función procreadora, pero no dejaba de transparentar el placer que sentía en la compañía del marido. Dio así un giro a las costumbres cortesanas: el amor pertenece a la esencia misma del matrimonio y no, como en Borgoña, algo fuera de él. Esta línea de conducta, que caló hondo, puede explicarnos la cólera de Juana cuando se vio inmersa en los hábitos de aquellos príncipes de los Países Bajos. Comprendemos también la dignidad de Catalina, que jamás quiso aceptar la disolución de su matrimonio. Y el amor de la primogénita, también llamada Isabel, por aquel primer Alfonso, que parece arrancado de una novela de caballería.

En estos sentimientos de mujer entraban otras cosas como la dignidad en la presencia y el comportamiento, el gusto por las joyas y los buenos adornos, y sobre todo el horror que le causaban las corridas de toros. En una de sus cartas confidenciales a fray Hernando hace un juego con sus propios sentimientos porque nada le disgustaba tanto como ver a aquellos jóvenes en peligro de muerte por empeñarse en alancear a las pobres bestias, mientras que las villas a las que llegaba tenían empeño en celebrar su presencia organizando una de tales corridas.

Reina, en segundo término, dotada de especial inteligencia y sensibilidad. Soportaba los viajes, a veces en condiciones muy duras, y procuraba asomarse constantemente a nuevos horizontes. Nada hacía, sin embargo, sin consultar, al marido ante todo, al confesor en segundo término, y a sus consejeros que para eso les había nombrado. Llega un día a Segovia, estando los ánimos levantados y ante los mensajeros que le exigen condiciones, ella replica: “soy la reina de Castilla, esta ciudad es mía y para entrar en lo mío no necesito pleito ni condiciones”. Si tuviésemos que mencionar el número de consejeros que la ayudaron, necesitaríamos un grueso volumen. En reserva todavía tenía otro resorte: los cuatrocientos libros que reuniera en su Biblioteca. Nunca faltaban los rasgos poéticos y de buen humor. Dio a Mendoza noticia de que era arzobispo de Toledo diciéndole: “Carrillo os ha dejado la silla de Toledo que es tan vuestra como ésta”. Sobre todo la profunda fe católica, que se manifestó en dos virtudes esenciales: piedad y justicia. Adelantándose en muchos siglos a la conducta que seguiría la Iglesia, reclamó para sí una vía que le permitiera ser contemplativa en medio del mundo. Las diferencias entre laicos y clérigos, a su juicio, eran esencialmente funcionales, pero no se referían a la búsqueda de la santidad, que a todos obligaba. Supo que fray Hernando de Talavera había escrito una especie de folleto recogiendo las instrucciones que daba a los novicios de su propia Orden y no dejó de acosarle hasta que, con disgusto por parte del jerónimo, hubo de entregarle una copia. De su vida de piedad formaban parte muchos detalles que la identificaban con aquellos que vivían bajo el imperio de la regla. Podríamos sintetizar su pensamiento del modo siguiente: Dios me ha escogido para ser reina y no puedo librarme de esta condición, ya que de otro modo faltaría a mi deber; pero el mismo Dios me ha llamado a ser cristiana y no puedo dejar de utilizar cuantos medios se hallen a mi alcance. Las críticas que, especialmente en nuestros días, se están formulando, apuntan a esa misma meta; quiero decir que censuran en ella su fidelidad rigurosa al cristianismo. Por eso dio un gran empujón a la reforma que desde hacía un siglo se estaba realizando en España: los restos de su hermano Enrique fueron llevados a Guadalupe; para los de sus padres y su otro hermano, hizo construir la gran tumba de Miraflores. Personalmente se vinculó a los tres movimientos religiosos más significativos. Fue, en cierto modo, jerónima no sólo porque Talavera guiaba su conciencia, sino porque en Guadalupe reservó para sí una pequeña celda y la llamaba “mi paraíso”. Fue franciscana de la observancia aunque no de los clausúrales, y tuvo con ella a Cisneros. Y fue dominica, no sólo por medio de fray Martín o de Diego de Deza, sino porque cuando Dios probó de manera muy fuerte el temple de su alma arrebatándole el heredero, Juan, quiso que sus cenizas reposaran en Santo Tomás de Ávila en una capilla que encierra toda una lección de Teología. Pero, por encima de todo, siguiendo la pauta de Santa Beatriz de Silva y de Teresa Enríquez, la mujer de Gutierre de Cárdenas, a quien llamaban “la loca del Sacramento”, mostró una rigurosa piedad hacia la Eucaristía.

Las tres facetas, mujer, reina y católica, se combinaban en un programa que podríamos llamar máximo religioso y que forma el reverso del que poco después formularía Lutero: “cuius religio, eius regio”. Pues no es el poder del Estado el que debe guiar a los súbditos en la vida de la confesionalidad sino al contrario: las instituciones que forman la corona deben acomodarse a los principios morales que el cristianismo custodia. Naturalmente esto la haría terriblemente impopular en nuestros días: ni aborto, ni divorcio, ni eutanasia entraban dentro de sus competencias. Pero en el momento de morir, su imaginación volaba lejos y pensando en los indios, estaba convencida de que la puerta abierta por Colón tenía que llevar a la construcción de un nuevo mundo cristiano, o sería el más contundente y doloroso fracaso que imaginarse pueda.


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El cardenal Mario Grech, Secretario General para el Sínodo de los Obispos, ha definido el proceso sinodal que atraviesa la Iglesia como un tiempo para hablar. El cardenal cita el Eclesiastés 3,7, donde se escribe que existe un tiempo para hablar y otro para callar, y señala que ambos tiempos se requieren mutuamente. “El discurso sin silencio se convierte fácilmente en palabras huecas. El silencio sin palabras puede conducir fácilmente a un estado de apatía e irresponsabilidad” [1] . Muchas veces la Iglesia ha caído en este desbalance, ha permanecido en silencio cuando ha debido hablar (especialmente cuando ha sido testigo de injusticias que clamaban al cielo) o, viceversa, ha hablado demasiado cuando convenía guardar silencio. En su homilía el cardenal Grech llama la atención, sin embargo, sobre los tiempos propicios para hablar y callar, no hacia afuera, sino dentro de la propia Iglesia. Demasiadas veces se ha escogido el camino de guardar silencio sobre aquello que sucede dentro de la Iglesia y se ha ensalzado la reserva y la prudencia como atributos institucionales que han ido modelando una cultura del silencio. En el Evangelio se recuerda el detalle del demonio que enmudece a su víctima y la fuerza a permanecer en silencio. “Cuando elegimos callar, en lugar de hablar, porque es más conveniente, estamos colaborando con este mal”. Aparte de los abusos sexuales, existe un manto de silencio mucho más ominoso que pesa sobre la vida de la Iglesia, dice el cardenal Grech: se trata de las divisiones entre los católicos, las diferencias entre los que fa-vorecen esta posición o la otra en materias delicadas, como el puesto que debe ocupar la mujer dentro y fuera de la Iglesia, el alcance del sacerdocio común de los bautizados, el celibato sacerdotal, la propia sinodalidad de la Iglesia y las atribuciones de la autoridad episcopal, sin contar otras materias controvertidas, como la anticoncepción, el divorcio o el reconocimiento del matrimonio homosexual. Son cuestiones que todos reconocemos presentes pero sobre las que preferimos guardar silencio. O, peor aún, optar por plantear estos temas en grupos más pequeños formados por personas que tienen una opinión común. En lugar de tener una discusión abierta y franca, terminamos en una Iglesia formada por pandillas. En lugar de dialogar, tenemos una cultura de nosotros contra ellos. La Iglesia debería hablar sobre estos temas, pero muchas veces opta por permanecer en silencio. El proceso sinodal es un tiempo para dialogar, dice el cardenal: “Es hora de dejar que los lados liberal y conservador de la Iglesia hablen, franca y abiertamente, y expongan sus preocupaciones”. Hablar no significa desconocer la autoridad ni la tradición, aunque el diálogo debe admitir que no todo está zanjado de una vez y para siempre y que todas las materias que dividen a los católicos son susceptibles de una debida consideración. Jean Luc Marion ha señalado que los católicos de hoy no están divididos por ninguna materia teológicamente decisiva como lo estuvieron en los primeros siglos con las controversias cristológicas que ponían en entredicho el corazón mismo de la fe, o siglos después con el cisma protestante que cuestionó severamente la realidad sacramental de la Iglesia. Nuestras controversias no tienen ningún potencial cismático y versan casi todas respecto de la relación de la Iglesia con el mundo y con el grado de adecuación a los cambios culturales que cruzan las sociedades modernas. No se trata de desmerecer la importancia de las divisiones que tenemos entre manos, pero tampoco de exagerarlas. Hablar no significa decir cualquier cosa, sino concurrir en una intelección común de la verdad, es hablar con otros que provienen de experiencias distintas y tienen otros puntos de vista, en procura de encontrar un entendimiento. Demasiadas veces se identifica la religión con el fanatismo y la intransigencia, es decir, la incapacidad de diálogo que se disfraza de convicciones e intransables por todos lados. Hablar significa abrir la puerta a quienes no saben nada, pero tienen la lámpara de la fe prendida. Ya no en su homilía, sino en su conferencia en el simposio de Oxford, el cardenal Grech mira las cosas desde el otro lado y define el proceso sinodal como una Iglesia que escucha. Para que alguien hable verdaderamente, debe haber otro que permanece en silencio y escucha. En el momento actual es la autoridad la que escucha el talante profético del “sensus fidei” para luego discernir y actuar. El dogma de la Inmaculada Concepción de María tiene la fama de ser el colmo de la autoridad pontifical, pero en realidad fue la coronación de un sentir popular que se había conformado y madurado durante siglos. El proceso sinodal depende casi enteramente de la capacidad de estimular la capacidad de que todos hablen, con ponderación y humildad, pero que se diga lo que muchos tienen que decir, con franqueza y sinceridad de corazón. Ojalá ninguna autoridad religiosa menosprecie lo que digan sus fieles bajo pretexto de que no saben o no están suficientemente enterados. 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