Volver a especial 30 años visita de San Juan Pablo II a Chile


Otoño 1997

La vigorosa presencia de un hombre fuerte y humilde

No estaba en Chile cuando vino el Papa. Pero recuerdo tres testimonios de esa visita. Nada decían los modestos diarios regionales que tenía a mi alcance. Fue muy fuerte, entonces, la impresión que recibí al mirar los titulares de un vespertino que, para mi sorpresa, hablaba del Papa en Chile. Claro, para narrar lo ocurrido en el Parque. Esta era la noticia.

Llegado a Santiago pocos días después, recuerdo lo que me dijo un distinguido científico de la Universidad de Chile, ajeno al catolicismo y de quien hubiera podido oír un juicio negativo de la visita papal. Me narró su experiencia con profunda y sincera emoción. Recordaba la concentración de la mirada del Papa y su bondadosa sonrisa. Le habían tocado de manera imborrable. Poco después un chofer de taxi me describió las calles de la ciudad en esos días, sin automóviles, limpias, bajo un cielo radiante: por ellas la multitud caminaba alegre como en una ciudad transfigurada. Ambos testimonios trajeron a mi memoria mi propia experiencia. Yo había visto al Papa en su primera audiencia pública recién elegido. Llegué muy temprano a la sala Nervi y ocupé un asiento en la segunda fila del inmenso auditorio. La primera estaba reservada para personas enfermas o impedidas.

El Papa tardó muchísimo; dos o tres veces anunciaron que se atrasaría porque atendía en la Basílica a una multitud de niños que habían venido a saludarle. Desde hacía rato en el estrado aguardaban Cardenales y Obispos de diversas nacionalidades. El Papa no aparecía. Hasta que un tumulto en el fondo de la sala me hizo presumir que había llegado. Pero avanzaba demasiado lentamente. Mi paciencia estaba casi agotada. ¡Cómo es posible que se atrase, que entre por la puerta del fondo, que avance como un candidato o una estrella de la canción! ¡Qué clase de Papa tenemos ahora!

Confieso arrepentido mi impaciencia. Pero duró poco. Cuando le tuve cerca advertí lo que no había imaginado. Estaba en presencia de un hombre entero que caminaba con paso varonil, ágil, seguro, tranquilo; ajeno a todo histrionismo avanzaba con lentidud porque hacía todo lo contrario de una marcha triunfal: miraba a la gente y saludaba con sencillez. Recuerdo que habló del Adviento. Comenzó preguntando, a propósito de aquel la palabra, casi en estilo filosófico ¿Quién es el que viene? ¿A qué viene? Y a continuación una meditación puesta en palabras certeras, precisas, de notable hondura teológica. 

Al final todos inician apresuradamente la retirada. El estrado rápidamente queda vacío. Mi impaciencia se había borrado del todo. Permanecí de pie aguardando mi turno de salida concentrado en lo que había escuchado. Repentinamente noto que quien está frente a mí, a pocos pasos, a mi misma altura, confundido como lo estaba yo mismo entre la gente, es ¡el Papa! Sin que nadie lo advirtiera había descendido solo del estrado y estaba confesando a los enfermos de la primera fila. Lo veo inclinarse ante la silla de ruedas de un joven norteamericano paralítico. Le habla largamente, al final acaricia su mejilla y luego se acerca a un anciano. Casi nadie nota esta escena. Pero esa imagen plena de realidad, esa vigorosa presencia de un hombre fuerte y humilde, de una figura sencilla traspasada por el aliento del espíritu, es la figura del Papa que permanece en mi memoria.


Juan de Dios Vial Larraín
Decano de Filosofía

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