El hombre actual ha quedado atrás respecto a sus propias producciones. Ha sido sobrepasado por sus propios excesos, hasta el punto de convertirse en esclavo de sus propias creaciones. Concluye Guardini: «Ciertamente el hombre, con su creciente poder sobre la naturaleza, llega a ser más seguro, libre y creativo, pero únicamente en tanto pueda responder justamente a la interrogante decisiva, que dice «¿Poder: con qué fin?», ya que el poder es caracterizado únicamente a partir de lo que se hace con el mismo».

Quien procure referirse al problema de la técnica en Romano Guardini enfrentará desde el comienzo ciertas dificultades. Ante todo, no existe un estudio de este autor dedicado explícitamente al tema de la técnica. Sin embargo, el discurso en torno al ambivalente significado de la técnica como poder liberador y amenaza inminente está presente en muchos de sus escritos. Al respecto ocurre lo mismo que se observa en todas las temáticas de Guardini. Es ciertamente un pensador unitario, pero no es sistemático, no procede mediante tratamientos específicos y monografías. Sus ensayos juveniles, entre los cuales se encuentra L’opposizione polare (La oposición polar) (1925), son pensados y escritos con carácter unitario, como correspondía con obras académicas, pero no se cuentan entre sus producciones más importantes. El Guardini que hasta hoy habla a nuestra sensibilidad es en cambio el ensayista que cada tanto enfrenta un problema antropológico de segura actualidad, lo analiza con el método fenomenológico y lo inscribe en la katholische Weltanschaung, donde puede encontrar soluciones adecuadas. Estas intervenciones suyas (conferencias, exposiciones en congresos, prédicas, etc.) se agruparán posteriormente en recopilaciones temáticas a las cuales un Leitmotiv atribuye carácter unitario y coherencia.

Por consiguiente, es preciso fijar sumariamente las líneas de la antropología filosófica de Guardini dentro de la cual el discurso sobre la técnica es ubicado y resuelto. Esta antropología puede resumirse en el título de una de sus obras más conmovedoras: L’esistenza e la fede (La existencia y la fe) (1951). Las dos palabras del título indican el carácter agustiniano de su búsqueda, desarrollada entre los dos polos, del alma y de Dios: «Deum at animam scire cupio. Nihilne plus? Nihil omnino», como se expresa Agustín al comienzo de los Soliloquia (2,7).

Así, Guardini se une a la tradición del agustinianismo o –mejor dicho– del «socratismo cristiano». Los autores más estudiados por Guardini constituyen diversas etapas de esta línea que une la filosofía griega neumática con la Revelación cristiana: Sócrates, Agustín, Buenaventura, Pascal, Kierkegaard. Con todo, Guardini además dedicó algunos de sus estudios más estimulantes a algunos poetas en los cuales encontraba expresada una visión del Mundo. Guardini está lejos de la crítica romántica y se acerca a estos poetas con una mentalidad antropológica medieval para la cual la poesía es revelación de la verdad mediante la sublimación de lo bello. Así, tenemos los estudios sobre algunos poetas considerados videntes e intérpretes de la existencia: Dante, Dostoievsky, Hölderlin, Rilke, cuatro actos de la misma tragedia: la tragedia de la explosión e implosión de la época moderna.

Guardini define su antropología precisamente en relación con esta crisis de la modernidad, especialmente en el ensayo titulado Welt und Person (1939). Es una vez más un estudio plenamente agustiniano, que puede leerse como un comentario a una de las afirmaciones más conocidas del Obispo de Hipona: «Noli foras ire, in te ipsum redi, in interiore homine habitat veritas, et si tuam naturam mutabilem inveneris, transcende et te ipsum» (De vera religione, 39, 72). Así como Agustín define para el pensamiento occidental los tres objetos de la búsqueda filosófica –el mundo en el exterior, el Yo en el interior y el Dios arriba–, Guardini, por su parte, refiere el mundo y la persona al Principio fundamental, que la filosofía llama Ser y la religión Dios.

Guardini continúa con el discurso de Mundo y persona en otro ensayo antropológico, que extiende el discurso, pasando de la naturaleza del hombre a su destino: Freiheit, Gnade, Schicksal (1948). En calidad de ente espiritual finito, el hombre está condicionado por un destino, que no obstante puede llevar hacia la libertad acogiendo la gracia. El destino se convierte así en la gracia vivida como suprema libertad. Se convierte, como el título de un agudo ensayo del año 1960, en la capacidad de Accettare sé stessi (Aceptarnos a nosotros mismos). «Comprendo –escribe Guardini– lo que soy únicamente en lo que está por encima mío, de hecho en Aquel que me ha dado a mí mismo. El ser humano no puede comprenderse sólo mirándose a sí mismo. El saber sólo se encuentra donde está el amor. No existe para el hombre un saber frío, un saber en la violencia, sino únicamente en esa grandeza y libertad de ánimo que se llama amor. Ahora, el amor comienza en Dios: en el hecho de que Él me ama y yo llego a ser capaz de amarlo». Guardini puede así concluir (es el título de un ensayo suyo del año 1952): «Nur wer Gott kennt, kennt den Menschen», sólo quien conoce a Dios, conoce al hombre, lo cual es una vez más un motivo agustiniano: «Inveni me, inveni Te».

Pero eso es posible en cuanto el Dios del cristianismo no es simplemente el Ganz Andere, el «completamente distinto» de Rudolph Otto, sino una Persona encarnada en la historia: Jesucristo. Se sabe que Guardini dedicó a las figuras y prácticas de la religión gran parte de su producción, menos en clave teológica que en la fenomenología. Es una serie demasiado larga de escritos como para hacer aquí una lista, que va desde la fenomenología de la experiencia religiosa hasta el significado de los Evangelios, desde la Iglesia hasta la liturgia, con la razón y la fe implícitas de manera permanente, una vez más en la estela agustiniana, de un crede ut intelligas que se convierte en intellige ut credas, o más bien es así desde el comienzo, por cuanto la filosofía cristiana no es una ratio después de la fides y tampoco una fides más allá de los límites de la ratio, sino una «fides et ratio», como deseaba el Papa Wojtyla.

La técnica «nieta» de Dios

El discurso desplegado por Guardini sobre la técnica es un momento de esta definición de la situación y el destino del hombre sobre la base de la antropología cristiana. La técnica es ciertamente una característica humana general. El hombre de todas las épocas siempre ha sido, como decía Bergson, faber. De hecho, la técnica es un instrumento de la lucha por la supervivencia. La encontramos en los animales aun antes que en el hombre, si bien en el homo sapiens adquiere características distintas, en correspondencia con su distinta naturaleza. La palabra tèchne indica entre los griegos, al igual que la palabra latina ars, toda actividad manual dirigida a modificar el mundo. Dicha modificación, que aumenta la eficacia del trabajo humano, debe producirse en todo caso con total respeto de la naturaleza y sus leyes, como concluirá Cicerón en De natura deorum: «Nulla ars imitari soleriam naturae potest» (1,33).

Toda técnica está por tanto subordinada al conocimiento, del cual es un instrumento. La síntesis escolástica del pensamiento griego y la revelación cristiana expresará este concepto al afirmar que el arte, que imita la naturaleza creada por Dios, es «nieto» de Dios. Es notable al respecto el verso de Dante: «Vostr’arte a Dio quasi è nepote» (Vuestro arte es prácticamente nieto de Dios) (Inf. XI, 105). En todo caso, es posible clasificar las técnicas en dos categorías diferentes y jerarquizadas. Tenemos las siete artes liberales, definidas por Marziano Capella, que constituirán el «trivio» y el «cuadrivio», y las artes mechanicae. Esa distinción expresaba un dato constante de la civilización europea: el predominio de la contemplación sobre la acción, como expresa con su acostumbrada lucidez Santo Tomás de Aquino en la Summa: «Todos los hábitos especulativos ordenados en esas obras del raciocinio, por tener cierta similitud se llaman artes, pero liberales, para distinguirlas de esas artes destinadas a obras que deben llevarse a cabo mediante el cuerpo y son de algún modo serviles» (I II, q. 57, a. 3, ad III).

Así, la técnica es una posibilidad humana que debe desplegarse con respeto por la naturaleza y su Creador. La revelación bíblica, a diferencia de la filosofía griega, no desprecia el trabajo, por cuanto Dios mismo es un Artífice que con la creación realiza el opus maximum. Es un Dios, por lo demás, que en el Edén, o sea, antes del pecado, impone al hombre como deber moral trabajar para someter a la naturaleza («subicite cum et dominamini piscibus maris et volatilibus caeli et universis animantibus, quae movuntur super terram», en Gén 1, 28). Como han destacado muchos historiadores de la civilización, sólo en el Occidente cristiano la técnica, además de alcanzar el máximo desarrollo, adquirió una validez cualitativamente distinta en relación con las demás áreas culturales. Y esto ha ocurrido por cuanto la absoluta trascendencia de Dios desacraliza la naturaleza y la convierte así en terreno neutro de operaciones del hombre, y en ese sentido se ha hablado de «biblicidad de la técnica».

También es cierto, en todo caso, que con la edad moderna la técnica cambia de naturaleza, convirtiéndose en el instrumento empleado por la ciencia, convertida ya en un «saber de dominio», para realizar el regnum hominis, o sea, para hacer del hombre, como afirma Descartes en el Discours sur la méthode, el «maître et possesseur de la nature». Así, el objetivo de la tecnología, como dice Bacon, es realizar el regnum hominis, y dentro de éste sustituir los magnalia Dei con los magnalia hominis (ver Ex 14, 13; He 2, 11). Desde la revolución científica hasta ahora la técnica no sólo acentúa su poder, sino también su autonomía respecto a los valores de la Verdad y el Bien. Y en perfecta coherencia con el mecanicismo moderno, en su salto respecto a las ciencias todavía antropomórficas del Renacimiento, se convierte en instrumento de una manipulación cada vez mayor de la naturaleza y el hombre mismo.

Heterogénesis de los fines

La plena conciencia de Guardini de este deslizamiento de la técnica hacia lo inhumano fue expresada en la obra Lettere dal Lago di Como. Pensieri sulla tecnica (Cartas desde el Lago de Como. Pensamientos sobre la técnica), de 1927. Es una amarga confesión del malestar provocado por una técnica sin alma, que despoja al hombre de su ambiente natural y en definitiva también de sí mismo: «Nuestros alimentos son manipulados y con frecuencia artificiales. Nos hemos liberado del orden vivo y natural del tiempo, con mañana y tarde, día y noche, días de trabajo y festivos, lunas y estaciones, y vivimos en un orden temporal regido por relojes, negocios y placeres. La esfera en la cual vivimos es cada vez más artificial, cada vez menos humana, cada vez más bárbara».

¿Nostalgias románticas de un laudator temporis acti? Guardini ofrece las pruebas más evidentes de esa situación de amplia deshumanización provocada por la técnica. La ciencia y la técnica modernas producen alejamiento y separación entre el hombre y la naturaleza. El mundo se vuelve artificial, virtual. La naturaleza es desprovista de su carácter y se reduce a un terreno de fuerzas utilizables. A pesar de que apunta hacia finalidades concretas, tal vez nada es tan abstracto como la técnica moderna. Bastaría pensar (observa Guardini en el surco abierto por la séptima Elegía de Duino de Rilke) en la casa: en una época las casas unían la dimensión personal y la comunitaria, una puerta separaba el patio interior del pórtico en contacto con la calle. Ahora ha caído este equilibrio de lo privado y lo público: «Vemos erguirse un edificio moderno de cemento armado, inorgánico, esquematizado, abstracto, y a pesar de toda su funcionalidad, bárbaro». Tecnología significa máquinas. Y el mundo actual es precisamente un mundo de las máquinas que rompe el equilibrio orgánico y destruye los vínculos con la naturaleza. Es el mundo del artificio insuperable, que ya llegó también al terreno de las artes. Guardini pone el ejemplo del cine, nueva forma de arte creada expresamente para destruir la realidad y sustituirla por un kitsch para las masas. La época de la técnica ve prevalecer lo kolossal y el mal gusto en el paso de la creación de los artistas artesanales a la producción industrial.

Indudablemente, la técnica produce un aumento del poder; pero al mismo tiempo se verifica también una pérdida de lo humano y lo vital, un incremento de lo artificial y lo mecánico: «Siento claramente que está surgiendo un mundo donde el hombre ya no podrá vivir, un mundo en cierto sentido deshumanizado. El hombre ya no tiene la relación primitiva y viva con el objeto en carne y hueso, con el hombre en carne y hueso. La relación se ha debilitado. Vive en un mundo derivado, artificial, en un mundo de sucedáneos, impropiedad y señales convenidas, que ya no se adaptan a una cosa en particular, sino a todas las cosas de la misma especie, por lo cual son señales colectivas, abstracciones. El hombre ahora vive en lo abstracto. ¡Y lo abstracto, lo conceptual, no es espíritu! El espíritu es vida».

El mundo moderno ha producido una heterogénesis no casual de los fines: la ciencia y la técnica, inventadas para liberar al hombre del cansancio, lo han sometido, en cambio, a lo artificial y lo mecánico. La relación armónica y con conciencia del yo, la naturaleza y Dios se ha traducido en una lógica del mero dominio y de la vasta deshumanización. En otro escrito importante, titulado Die Macht (1951), Guardini analiza la paradojal dialéctica de la modernidad: el poder de que dispone el hombre ha aumentado extraordinariamente, pero los valores reales de la existencia han sido olvidados en gran medida. Ese poder, que sólo era válido con una actitud de humildad, obediencia y servicio, se ha convertido en presunción, hybris y manipulación. En la civilización moderna, la técnica, que otorga al hombre un dominio casi total, lo vuelve también incapaz de tener dominio de sí mismo. Así ocurre porque el poder se separó de la responsabilidad, adquiriendo carácter neutro en relación con los valores. Ha acentuado su función de «medio» sin referirse a la categoría de «fin». La técnica se ha desarrollado sin límites, pero ninguna ética correspondiente la acompaña. El fundador del cristianismo mostró que el poder debe traducirse en humildad. El concepto cristiano de «encarnación» expresa precisamente la renuncia de Dios a su poder absoluto, hasta la aceptación de todos los límites de la humanidad: «siendo rico, se hizo pobre por ustedes» (2 Cor 8, 9). No ocurre lo mismo con el poder tecnológico de la modernidad, que no reconoce límites ni responsabilidades. Esto resulta evidente en la organización del Estado moderno, burocratizado mediante la tecnología, como lo mostró ejemplarmente Max Weber. «El Estado moderno –escribe Guardini– pierde los vínculos orgánicos y se convierte cada vez más en un sistema de funciones dominantes. El hombre vivo se aparta y el aparato avanza. Una técnica cada vez más refinada en el uso de inventarios y en la administración burocrática y un enfoque cada vez más economicista del hombre tienden a que éste sea tratado del mismo modo como la máquina trata la materia de la cual obtiene sus productos. La defensa de la persona sometida a semejante violencia es advertida por el aparato burocrático como una perturbación, que debe superarse con métodos más precisos y una constricción más dura». Y ante esta expansión casi totalitaria de la ciencia mecanicista y la tecnología de dominio, la moral o la religión se retiran. Entre la ciencia factual y la tecnología neutra por un lado, y la moral por otro, no hay relaciones, por cuanto ningún juicio de hecho puede elevarse a la categoría de juicio de valor. La moral, por tanto, adquiere carácter subjetivo y la religión carácter privado, de modo que no sólo es imposible obtener una respuesta para la interrogante sobre el hombre, sino también para la interrogante acerca del uso lícito y progresivo de la técnica.

Los dos escritos de Guardini sobre el poder y la técnica encuentran un complemento y una clarificación en el ensayo titulado La fine dell’epoca moderna (El final de la época moderna), del año 1950. Esta obra subraya el hecho de que la época moderna ha llegado a su propio final. En los siglos que van desde el fin de la Edad Media hasta la belle époque, el hombre pretendió erigir un mundo pura y totalmente humano. Todas las actividades espirituales, que anteriormente estaban vinculadas entre ellas y jerarquizadas en una «reductio artium et theologiam», adquieren carácter autónomo: la ciencia con Galileo y Descartes, la religión con Spinoza, la moral con Kant, el derecho con Grocio, la política con Maquiavelo y Hobbes, el arte con el romanticismo, la economía con el capitalismo. Todo se inscribe en una nueva fe religiosa, secular y laica, la fe en el Progreso, sustituto burgués de la Providencia.

Escribe Guardini: «El hombre se convierte en señor de su propia existencia. El origen de este concepto coincide con los fundamentos de la ciencia moderna, de la cual nace la técnica, un conjunto de procedimientos mediante los cuales el hombre llega a ser capaz de determinar a gusto sus propias metas. Ciencia, política, economía, arte y pedagogía rompen cada vez de manera más consciente sus vínculos con la fe, pero también con una ética de obligatoriedad universal, y se construyen de manera autónoma a partir de su propia naturaleza específica. Por cuanto cada uno de los sectores encuentra en sí mismo su propio fundamento, se establece entre ellos, en línea de principio, una relación recíproca, que tiene su origen en ellos y a la vez los rige. Es la «cultura» como conjunto de la obra humana, independiente ante Dios y la Revelación».

Guardini prevé con no pocos años de anticipación todas las discusiones sobre lo «postmoderno», hoy tan difundidas que llegan a constituir en conjunto un ejercicio pirotécnico y una provechosa industria cultural. La fenomenología de la «desintegración» de la modernidad va unida en Guardini a la espera de una nueva época, de la cual es el aspecto preliminar subjetivo la insatisfacción ante el éxito de la Neuzeit de la época moderna: por el momento, lo postmoderno es únicamente la «modernidad del después», pero ya revela la exigencia de transformarse en un «después de la modernidad», precisamente al tomarse conciencia de que el aumento de poder de la técnica no es sinónimo de elevación de los valores de la vida. La constatación de que lo moderno no ha logrado sus objetivos y ha creado una época deshumanizada no es afirmada por Guardini con la cínica satisfacción de aquel que se alegra con el «les había dicho», sino con la angustia de una pérdida unida a la esperanza de una recuperación. Guardini dijo sobre sí mismo que era «un conservador mirando hacia adelante», un «premoderno» que describe fenomenológicamente el final de lo «moderno» y espera el retorno de algo «postmoderno» que no sea puramente «antimoderno», sino más que nada la recuperación de la tradición en formas adecuadas para los diversos tiempos.

Los derechos del que va a nacer

Cuando la tecnología olvida su subordinación a la ética, se vuelve demoníaca. Guardini lo señaló en un breve escrito, que apareció por primera vez en italiano en 1974, en la revista Studi Cattolici (n. 159/60, mayo-junio de 1974) y fue citado de esa fuente por el entonces cardenal Joseph Ratzinger en una conferencia del año 1997 para el Movimiento por la vida (el texto del futuro Benedicto XVI se encuentra ahora en el volumen L’Europa di Benedetto nella crisi delle culture, Cantagalli, Siena, 2005). Se trata de un ensayo de Guardini, editado en alemán en 1949 mientras el Parlamento de Alemania Federal discutía la ley sobre el aborto: «El derecho a la vida antes del nacimiento» (Morcelliana, la editorial italiana de las obras de Guardini, lo publicó en abril del presente año). Todavía no estaban en primer plano ni la fecundación artificial ni el uso terapéutico y científico de los embriones; pero las consideraciones del filósofo ítalo-alemán, agudas y moderadas como siempre, ayudan a comprender gran parte de lo que está ocurriendo no sólo en Italia, sino en todos los países occidentales.

Guardini, obviamente, es contrario al aborto, pero su discurso se amplía, llegando a rechazar cualquier intervención científico-tecnológica en la cual el hombre pretenda ser el único dueño de la vida, tanto al comienzo como al final de la misma. En todo caso, lo más peculiar es el hecho de que en todo el ensayo Guardini no se refiere a los textos religiosos ni a la teología, sino a la moral natural, propia tanto de creyentes como de no creyentes. Hay un principio en la base de toda convivencia humana libre y responsable: «El respeto al hombre en cuanto persona no admite discusión: de éste depende la dignidad de la humanidad, pero también su bienestar y en definitiva su duración. Si este respeto se pone en duda, se cae en la barbarie».

Guardini comprende que la eliminación de la vida antes del nacimiento se basa en dos aberraciones. Por un lado, está la pretensión de la mujer de hacer uso «libre» (es decir, irresponsable) de su propio cuerpo («el útero es mío y yo lo administro», de acuerdo con el imperativo categórico del movimiento de liberación de las mujeres). Para Guardini, el feminismo exasperado es un nazismo inconsciente: «La afirmación de que el hijo en el regazo de la madre es simplemente una parte del cuerpo de ella equivale a decir que en el Estado el hombre es puramente una parte del todo». Por otro lado, está la violencia del poder del ciudadano, que transforma una ley escrita discutible en un valor: «Las acciones equivocadas, aun cuando parezcan útiles, en definitiva a la ruina. Toda violación de la persona, especialmente cuando se lleva a cabo bajo la égida de la ley, es una preparación para el Estado totalitario».

Guardini vivió bajo el nazismo, que lo privó de ejercer el profesorado. Era vigilado por la Gestapo y se controlaban todas sus lecciones o prédicas. Sólo después de la caída de Hitler pudo recuperar una cátedra en Munich, donde murió en 1968. La agudeza de este ensayo consiste en mostrar que detrás de toda violación de la vida humana se encuentra la ideología de Hitler: la eugenesia implica un control de los nacimientos y experimentos científicos con embriones, así como la supresión de los seres «que ya no son útiles para la sociedad». Guardini recuerda que el nazismo acuñó el concepto de «vida no digna de vivirse» precisamente para justificar la supresión de los individuos contrahechos, los enfermos incurables, los viejos, los débiles y los desventurados, «que no podían aspirar al carácter de verdaderos seres humanos». Por lo demás, al derribarse la dignidad y el carácter sagrado de la vida, está abierto el camino para cualquier posibilidad, desde el aborto hasta la eutanasia.

Guardini se detiene un poco en el problema debatido, hoy de tanta actualidad, de la condición del embrión. ¿Es humano un ser desde el primer encuentro del óvulo y el espermatozoide o llega a serlo después? Él no niega ciertamente el desarrollo del embrión y el hecho de que su carácter material y psíquico va siendo cada vez más complejo; pero afirma también que desde el comienzo es un ser individualizado, con un conjunto de cualidades y derechos, y no puede ser tratado como un conejillo de Indias para experimentos científicos. La dignidad y la inviolabilidad del ser humano no constituyen hechos históricos, sino ontológicos. No están definidos por la sociedad o el Estado, sino por el encuentro misterioso y sorprendente en que 23 cromosomas se unen con otros 23 y producen una nueva vida.

Al igual que todos los grandes filósofos, Guardini partió de un problema de actualidad para reafirmar verdades perennes: la intangibilidad de la vida, el valor de la persona en todos sus momentos, la dignidad de todos los hombres, independientemente de su situación étnica, social o cultural. Precisamente por este motivo, ese ensayo de 1949 nos parece todavía sumamente actual al cabo de más de medio siglo.

En muchos aspectos, el discurso de Guardini sobre la técnica está emparentado con muchos Kulturpessimisten del siglo XX; pero también se diferencia de ellos por cuanto su realismo preocupado nunca llega a ser concluyentemente pesimista, sino más bien un aspecto preliminar de un proyecto animado por la esperanza cristiana. Esto se trasluce claramente en los ensayos culturales recopilados con el título Sorge um dem Menschen (1962). El ansia de Guardini surge del temor a la deshumanización del hombre en un mundo dominado por el poder y la técnica. En ninguna época histórica el hombre ha estado tan amenazado como ahora. Los avances de la ciencia y la tecnología le han permitido saber mucho más que en el pasado y operar con mucho mayor eficacia; pero para este doble poder, teórico y práctico, no hay una moral filosófica correspondiente, capaz de orientar sus acciones hacia la promoción de la espiritualidad y el bien común. El poder aumenta cada vez más sin que exista una ética del poder.

«El saber crece, la verdad decrece»

En ese sentido, la cultura y la tecnología que realiza las transformaciones de la civilización constituyen conjuntamente una obra importante, que permite al hombre separarse del ambiente natural, dominarlo y transformarlo. En el hombre, la naturaleza se convierte en cultura, que transforma el mundo y también al hombre mismo. En este proceso hay tres momentos distintos. En el primero, prehistórico, el hombre se diferencia de la naturaleza sin separarse jamás de la misma. En el segundo, histórico, la diferenciación se hace aún mayor y los resultados de la técnica son bastante más vastos, pero el cordón umbilical con la natura naturans todavía no se ha cortado. En el tercero, abierto por la revolución científica del siglo XVII y llevado a cabo con el positivismo, el dominio de la naturaleza se despliega sin límites y la libertad de transformar el mundo llega a ser arbitrio. Sin necesidad de ser levantado por Hércules, el Anteo moderno separó los pies de la tierra y se disolvió en la cultura. Esta cultura ya no es unitaria y jerárquica, como en la edad intermedia, sino autónoma y fragmentada. Concluye Guardini: «El saber crece, la verdad decrece».

El inmenso poder dispensado por la ciencia y la técnica, si bien permitió resultados de verdadero bienestar y civilización material, se pagó con la pérdida de la persona y sus formas asociativas (familia, sociedad, Iglesia), con la disolución de la esfera de la intimidad y con la pérdida de la «casa». Existen las realizaciones, y es mucho menos real el hombre que las realiza. Cuando luego el poder se casa con las ideologías ateas, entonces nace el Estado totalitario, que no pudo nacer en épocas pasadas por cuanto faltaban la ciencia del dominio, la tecnología manipuladora y la niveladora burocracia. En todo caso, aun cuando predominen formas de gobierno moderadas, como la democracia, el hombre evita plantearse la interrogante fundamental sobre el uso de la tecnología.

No se debe renunciar en modo alguno a los descubrimientos de la ciencia y la técnica. Es preciso que, en cambio, cada persona adquiera un hábito reflexivo y crítico, mediante la soledad y la meditación, sobre la naturaleza específica y el destino del hombre. Sólo una adecuada antropología sabrá asumir conjuntamente y garantizar las formas del saber, que Max Scheler, uno de los maestros de Guardini, definió en su Wissenssoziologie: el saber religioso o de salvación; el saber filosófico o de formación; el saber tecnológico o de dominio. Sin embargo, se perdió esa antropología: el hombre ya no sabe quién es y además sabe que no lo sabe. Este no saberlo es precisamente el ansia para el hombre. «Un ansia advertida cada vez más vigorosamente por el hombre –escribe Guardini–, ya que nunca ha sido amenazado tan directamente como en la actualidad». Esta amenaza no proviene tanto de las calamidades naturales, los animales salvajes, las agresiones de los demás hombres, sino que surge sobre todo de las creaciones humanas mismas, de esa cultura con la cual el hombre ha transformado y dominado el mundo, pero también ha perdido la triple relación dialógica con Dios, la naturaleza y el otro.

La «vergüenza prometeica»

Guardini leyó y apreció un escrito titulado L’uomo è antiquato (El hombre es anticuado) (1956), del filósofo israelita Günther Stern, que firmaba como Anders y fue el primer marido de Hannah Arendt. Comparte con este autor la tesis de la «vergüenza prometeica» experimentada por el hombre tecnológico ante la humillante grandeza de los objetos construidos por él mismo. El hombre actual ha quedado atrás respecto a sus propias producciones. Ha sido sobrepasado por sus propios excesos, hasta el punto de convertirse en esclavo de sus propias creaciones. Concluye Guardini: «Ciertamente el hombre, con su creciente poder sobre la naturaleza, llega a ser más seguro, libre y creativo, pero únicamente en tanto pueda responder justamente a la interrogante decisiva, que dice «¿Poder: con qué fin?», ya que el poder es caracterizado únicamente a partir de lo que se hace con el mismo».

Sin una adecuada respuesta para esta interrogante, el poder se vuelve demoníaco. Todo poder es válido sólo en la medida en que esté inscrito en el orden objetivo del cosmos, en ese ordo amoris que respeta los valores de la existencia. Así, más importante que las realizaciones de la técnica es volver a encontrar una antropología integral que admita un uso humano del poder. Se trata de una idea del hombre que antecede, da fundamento y orienta al saber científico mismo y proviene únicamente de los grandes mensajes filosóficos y religiosos. Para Occidente significa esa síntesis de filosofía griega, derecho romano y revelación cristiana, que permite orientar la revolución científica y tecnológica de la modernidad hacia fines de promoción humana. Y lo permite en la medida que –escribe Guardini– «Dios conserve su lugar. De lo contrario, también el hombre pierde su lugar y debe desalojar también espiritualmente el centro del ser, convirtiéndose en un fragmento de la naturaleza, que no es posible distinguir de los animales o las plantas». Por consiguiente, será objeto de cada manipulación de la técnica y el poder, unidos en un dominio totalitario, al cual puramente la existencia cristiana puede oponer resistencia.


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