¿Es verdad el antiguo adagio según el cual de nada, nada proviene?

 ¿Es verdad el antiguo adagio según el cual de nada, nada proviene? ¿Necesariamente ha habido siempre algo, existiendo de alguna manera, para que ahora algo exista? Todos los hombres de ciencia y filósofos griegos antiguos, desde los presocráticos hasta Platón y Aristóteles, y luego hasta los estoicos, afirmarían que algo no puede provenir de nada, al menos si entendemos debidamente qué queremos decir con los términos «algo» «provenir» y «nada». Adoptando este principio, todos los antiguos convenían en que el universo debe ser eterno: no podría haber un comienzo absoluto, «antes» del cual nada hubiese. En aparente contraste con el principio universal según el cual de nada, nada proviene, judíos, cristianos y musulmanes se han encontrado y se encuentran apremiados por la necesidad de explicarse su creencia de que Dios es la fuente de todo lo que es. Dios no trabaja con material preexistente para crear el universo, por cuanto si existiera dicho material, este no sería creado por Dios, quien por lo tanto no sería la causa de todo lo que es. Este sentido de la absoluta y total soberanía de Dios sobre todas las cosas se encuentra en la doctrina de la creación a partir de nada. [1]

La doctrina de la creación persistió, en aparente y total contraste con el legado de la antigüedad clásica, que negaba la posibilidad de obtener algo a partir de nada. Al parecer, la razón negaba la posibilidad misma que la fe proclamaba. Así, explicarse la “creación a partir de nada” llegó a ser una tarea importante para los teólogos del judaísmo, la cristiandad y el Islam. Ese empeño incluía profundas reflexiones sobre lo que significa para Dios crear y sobre cómo crear es fundamentalmente distinto a producir un cambio en las cosas y entre ellas. No bastaba simplemente con decir que Dios es omnipotente; era preciso defender la inteligibilidad de la creación a partir de nada: defender implica que lo que se cree no es absurdo. Al menos esto es importante si es preciso afirmar que la fe y la razón son complementarias.

Grandes pensadores de las tres tradiciones religiosas de Occidente contribuyeron a la iniciativa teológica de exponer en la forma más clara posible lo que significa un acto creativo de Dios. Fue Tomás de Aquino, en el siglo XIII, quien elaboró la exposición filosófica y teológica más fina sobre la creación a partir de la nada. Al tratar sobre la manera de comprender el planteamiento cristiano según el cual Dios todo lo crea “a partir de la nada”, aceptando además como principio que no se puede obtener algo de la nada, Tomás hace una distinción crucial: creatio non est mutatio [la creación no es un cambio]. Ciertamente —diría Tomás— todo cambio requiere algo preexistente que cambie: de la nada, nada proviene, si “provenir” significa cambiar. Éste es un primer principio en las ciencias naturales, cuyo objeto es el mundo de las cosas cambiantes. Todos los cambios producidos por agentes en el universo deben comenzar con algo existente que de alguna manera se transforme en otra cosa. Sin embargo, el acto creativo de Dios describe un tipo de dependencia muy distinto, una dependencia fundamental en el orden mismo de la existencia: un tipo de causalidad radicalmente distinto al que pueden ejercer las criaturas. [2]

Si las ciencias naturales están en condiciones de explicar todo lo que requiere ser explicado, incluyendo por qué hay algo y no nada, entonces el primer principio de las ciencias naturales (que de la nada, nada proviene) también sería un primer principio para todas las explicaciones. Lee Smolin, un cosmólogo, comenta en Three Roads to Quantum Gravity (Tres rutas de la gravedad cuántica) que el universo “no puede haber sido hecho por algo existente fuera del mismo, ya que por definición el universo es todo lo que hay, y nada puede haber fuera del mismo.” Por consiguiente, “el primer principio de la cosmología debe ser: ‘No hay nada fuera del universo’. … El primer principio significa que por definición consideramos al universo un sistema cerrado. Esto implica que la explicación de cualquier cosa del universo solo puede incluir otras cosas que también existan en el mismo”. Debemos reconocer, sin embargo, que es posible entender los “primeros principios” en diversos sentidos: algunos son primeros con respecto a un área de investigación limitada (por ejemplo, las ciencias naturales); otros serían “primeros” en una especie de sentido absoluto, con referencia a todas las categorías de explicación.

Si uno piensa que la existencia misma no requiere una explicación, que es simplemente un “mero hecho”, entonces debería llegar a la conclusión de que la noción misma de creación como causa de la existencia carece de sentido. Sin embargo hay un primer principio de la metafísica vinculado con la fuente del ser o la existencia como tal, y este principio, que la existencia requiere una causa, nos conduce en definitiva a darnos cuenta de que debe existir un agente omnipotente que es la causa u origen de todo lo que es: de todas las cosas, es decir, en el cual “existir” no es esencial para lo que significa ser una cosa. Podemos concebir de este modo cualquier cosa como no existente. Así, si algo existe, necesita una causa extrínseca. Dios no entra en esta categoría, por cuanto solamente en Dios desaparece la distinción entre existencia y esencia (lo que significa ser algo). Por lo tanto, preguntar qué causa a Dios es no comprender lo que significa ser Dios. Con todo, el comienzo de semejante argumento requiere la aceptación del primer principio, que la existencia necesita una causa, y un primer principio, precisamente por ser primero, no se puede demostrar; solo se puede sostener dialécticamente. Este hecho no es un desafío para la verdad de este principio; solo reconoce que la verdad de los primeros principios se descubre mediante un proceso intelectual distinto a una demostración. Una analogía con la geometría puede ayudar a aclarar esto. La existencia y la definición de líneas y puntos, por ejemplo, no son las conclusiones de demostraciones de la geometría; sin embargo, son principios de los cuales procede ese tipo de demostraciones. El hecho de que existan estos principios y lo que los mismos constituyen se manifiesta en un discurso dialéctico que termina en una especie de intuición intelectual. Ciertamente, sin esa intuición intelectual de los primeros principios en cada disciplina, no puede haber demostración alguna. Un pensamiento esmerado requiere una coordinación entre primeros principios y el reconocimiento de cuáles son adecuados para cada disciplina.

El Creador es la causa total y permanente de todo lo existente y el hecho de crear, entendido de este modo, no pone en tela de juicio la verdad del principio según el cual todo cambio comienza con algo sujeto al mismo. El primer principio del cambio tampoco pone en tela de juicio la inteligibilidad de la creación a partir de nada. La creación es una relación de de-pendencia absoluta; no es un cambio. Que el universo como una totalidad tenga o no un comienzo depende del tipo de universo creado y no de ese aspecto más fundamental consistente en si ha sido creado. Un universo eterno sería un universo creado —y creado a partir de nada— en la misma medida que uno dotado de un comienzo temporal. Si Dios no causara un universo eterno para ser, y para ser eterno, este no sería absoluta mente nada. Un universo que comenzó a ser, en el sentido de un comienzo absoluto en el tiempo (como afirma, por ejemplo, la fe cristiana), no sería producto de un cambio. Semejante “comenzar a ser” sería producto del acto creativo de Dios, y no un cambio del no ser al ser. En conformidad con la interpretación tradicional del comienzo del Génesis, Tomás de Aquino creía que el universo era temporalmente finito (si bien no estimaba que la ciencia podría probar esto), pero no creía que el universo comenzó mediante un movimiento o un cambio.

La confusión sobre la creación como noción filosófica y teológica, la relación entre las explicaciones de Dios como causa de la existencia y la debida autonomía de las ciencias naturales para explicar el cambio en sus diversas formas siguen abarcando gran parte del discurso actual sobre las implicaciones de la biología evolutiva y la cosmología en la creencia religiosa. Podrían aquí señalarse varios libros escritos por Stephen Hawking, especialmente el más reciente, The Grand Design (El gran diseño), en el cual es coautor junto con Leonard Mlodinow. En este libro han sido especialmente evidentes ciertos conceptos erróneos en cuanto a lo que significa crear. Los autores pensaron equivocadamente que negar un comienzo del universo significaba necesariamente negar que este fuese creado. Identificar “ser creado” necesariamente con tener un comienzo en el tiempo es no percibir el hecho de que ser creado es fundamentalmente una dependencia metafísica sin referencia alguna a la temporalidad. [3]

Diversos sentidos de la nada

A continuación, me gustaría centrarme en la nada, es decir, en los diversos sentidos de la misma sobre los cuales hablan los científicos, los filósofos y los teólogos, y en el peligro proveniente de no mantener una distinción entre estos distintos sentidos. Puede parecer extraño, pero mi tarea aquí consiste en hacer distinciones cruciales sobre la nada.

Un buen espacio para este análisis es el nuevo libro del físico teórico norteamericano Lawrence Krauss, A Universe From Nothing. Why There is Something Rather Than Nothing (Un universo desde la nada. Por qué hay algo y no la nada) (Nueva York, Free Press, 2012). Este libro ha sido ampliamente citado en la prensa popular, y Krauss, director del programa Origins Project en la Arizona State University, es en cierto modo una personalidad en los medios de comunicación masiva. De hecho el libro surgió a raíz de una conferencia dada por él en el año 2009 en Atheist Alliance International y ha sido visto en YouTube más de un millón de veces. Otro motivo para usar el libro de Krauss es el hecho de que él no teme hacer provocativas afirmaciones filosóficas y teológicas.

Ofreciendo un panorama impresionante de sentidos de la “nada” cada vez más profundos, incluso más allá del sentido de los vacíos y el espacio vacío, llega a la siguiente conclusión: “Hemos descubierto que todas las señales sugieren un universo que pudo surgir —y surgir de manera verosímil— de una nada más profunda, que implica la ausencia del espacio mismo, y un día podría volver a la nada mediante procesos que, además de ser comprensibles, no requieren en absoluto control ni dirección externa”. Krauss tiene conciencia de las objeciones filosóficas y teológicas a cualquier tentativa de relacionar su sentido o sus sentidos de la nada con esa “nada” de carácter central en la doctrina tradicional de la creación a partir de nada. Sin embargo, escribe:

Algunos filósofos y muchos teólogos definen y redefinen la “nada” de tal manera que no corresponde con ninguna de las versiones de la misma de las descripciones actuales de los científicos; pero, en mi opinión, en eso reside el descrédito intelectual de gran parte de la teología y parte de la filosofía moderna, ya que ciertamente la “nada” es enteramente tan física como “algo”, especialmente si se define como la “ausencia de algo”. Nos corresponde entonces comprender precisamente la naturaleza física de estas dos cantidades. Y sin ciencia en cualquier definición solo hay palabras.

Cuando se trata de comprender cómo evoluciona nuestro universo, “la religión y la teología han sido en el mejor de los casos irrelevantes. A menudo enturbian las aguas, centrándose, por ejemplo, en preguntas sobre la nada sin ofrecer definición alguna del término basándose en la evidencia empírica”.

Dichos análisis no son puramente de los físicos. Peter Atkins, un físico-químico de Oxford, escribió un libro, On Being (Sobre el ser) (2011), en el cual ofrece comentarios sobre lo que llama «las grandes interrogantes de la existencia.» En el primer capítulo, «Beginning» (El comienzo), enfrenta lo que llama la interrogante más grande de todas y advierte que es su «intención mostrar que todo, incluyendo la Nada, está al alcance de la ciencia, y que la ciencia proporciona la perspectiva para comprender incluso los fenómenos más asombrosos … [que] existe la esperanza de aclarar científicamente la creación a partir de nada». Lo que piensa es que de alguna manera un tipo de nada primordial, absoluta, que destaca con mayúscula como la Nada, se despliega en los opuestos polares que constituyen lo que entendemos como energía (positiva y negativa) y otras características fundamentales del mundo. En un ensayo titulado The Limitless Power of Science (El poder ilimitado de la ciencia), escrito más de quince años atrás, Atkins observaba que la ciencia debe estar en condiciones de dar cuenta del «surgimiento de todo a partir de absolutamente nada. No casi nada, no una particular subatómica como polvo, sino absolutamente nada. Absolutamente nada. Ni siquiera espacio vacío».

No son nuevas las tentativas de hablar en términos cuasi científicos sobre la nada anterior a nuestro universo. Hace varios años, Andrei Linde, un cosmólogo, sugirió que «en algún momento», hace billones de años, nuestro universo surgió cuando «una diminuta partícula de la nada primordial, de alguna manera se llenó de intensa energía con partículas extrañas”. ¡Uno se pregunta a partir de qué tamaño esta «particula primordial» sería «algo» y no «nada»! Otros cosmólogos han utilizado conocimientos de la mecánica cuántica para describir el mismo Big Bang. Hablan del Big Bang en términos de “túneles cuánticos a partir de nada”, análogos a la forma en que partículas muy pequeñas parecen surgir espontáneamente de vacíos en experimentos en laboratorios. Alexander Vilenkin, uno de los defensores de esta explicación, señalaba que en su descripción la «nada» es un «estado sin espacio-tiempo desde el punto de vista clásico… el reino de la gravedad cuántica sin restricciones; es un estado más bien extraño, en el cual todas nuestras nociones básicas de espacio, tiempo, energía, entropía, etc. pierden su significado». Describiendo estas especulaciones, en su libro The Inflationary Universe (El universo inflacionario) (1997), Alan Guth adoptó la terminología teológica tradicional en un capítulo titulado «Un universo ex nihilo».

La «singularidad», en la cosmología del Big Bang debidamente constituida, más allá, en cierta medida, de las categorías tradicionales de espacio y tiempo, se confunde a veces con la creación del universo. Esa singularidad podría ciertamente representar el comienzo del universo que observamos; pero no podemos llegar a la conclusión de que es el comienzo absoluto, el tipo de comienzo que indicaría la creación. Debemos tomar precauciones contra cualquier identificación del Big Bang con la creación misma, no solo porque la cosmología solo explica el cambio (aun cuando lo haga en gran escala), sino también porque hay cada vez más teorías cosmológicas con escenarios que eliminan una singularidad primordial. Gabriele Veneziano, un físico teórico del CERN y uno de los padres de la teoría de cuerdas a fines de los años 60, ha señalado recientemente que «el universo anterior al Big Bang ha llegado a ser la frontera más reciente de la cosmología».

Muchos piensan que al explicarse el Big Bang como fluctuación del vacío primordial se elimina la necesidad de tener un Creador; pero el Big Bang “explicado” de este modo sigue siendo un cambio y como hemos visto, la creación, debidamente comprendida, no constituye en modo alguno un cambio. Del mismo modo, la “nada” de estos modelos cosmológicos que hablan de “túneles cuánticos a partir de nada” no es aquella referida en el sentido tradicional de la creación a partir de la nada. Esta idea también está presente en teorías recientes según las cuales el espacio, el tiempo y las leyes de la física propiamente tales surgen de una nada aún más profunda que el “espacio vacío” o algún vacío primordial. Los diversos sentidos de la “nada” de las reflexiones cosmológicas actuales pueden ciertamente no corresponder en modo alguno con nuestro universo de hoy, pero ninguno de ellos considera la nada absoluta, la completa ausencia de toda realidad, de carácter central para lo que significa crear; solo apuntan a aquello sobre lo cual nada dicen las teorías.

Lawrence Krauss señala ejemplos aún más evanescentes de la «nada» a partir de la cual algunas personas han pensado que surgió la realidad física. Indica que el «espacio vacío» (que pensadores premodernos podrían haber identificado como la nada) ha llegado a visualizarse cada vez más como una fuente de energía. El espacio vacío, «que constituye la versión más simple de la nada», se reconoce ahora como la fuente de algo «precisamente porque las energías del espacio vacío, en presencia de la gravedad, no son lo que el sentido común nos habría conducido a sospechar antes de descubrir las leyes de la naturaleza subyacentes. ... El espacio vacío dotado de energía puede efectivamente crear todo lo que vemos». Krauss reconoce aquí que sería «una falsedad» seguir llamando nada al espacio vacío: el espacio vacío es un «caldo de cultivo de partículas virtuales que irrumpen en la existencia y salen de la misma». Sin embargo, en este escenario, esa irrupción en la existencia constituye con todo una especie de cambio: obtenemos realmente algo a partir otra cosa.

Krauss considera que el «espacio vacío» es puramente «la punta de un iceberg cósmico de la nada». Si pudiéramos tener una adecuada teoría cuántica de la gravedad, «las reglas de la mecánica cuántica se aplicarían a las propiedades del espacio y el tiempo, no sólo a las propiedades de los objetos en el espacio y el tiempo». Según él, la «ausencia de espacio y tiempo» es una «nada» que se encuentra en la frontera misma de la cosmología cuántica. Esto constituye para él un sentido radicalmente nuevo de la «nada», un sentido que al menos en principio está dentro de las posibilidades del discurso científico. Ciertamente, todo esto que admite Krauss es sumamente especulativo. Sin embargo, incluso en estas especulaciones, los puntos de vista de Krauss siguen siendo compatibles con el antiguo principio según el cual de nada, nada proviene, ya que la «nada» del título de su libro resulta ser realmente algo, aun cuando es muy distinto de todo aquello de lo cual tenemos experiencia en este momento.

Hay confusiones fundamentales en el análisis de Krauss. Para defender su idea de que algo proviene de la nada, nos dice que el principio según el cual «de nada, nada proviene» es una «regla metafísica», que él niega. Sin embargo, este no es un principio de la metafísica, sino de todas las ciencias naturales. Para reconocer la verdad del mismo, se requiere comprender debidamente que todo cambio proviene de algo previo, y es lo que el mismo Krauss admite a pesar de llamar “nada” a esto que es algo previo. Como hemos visto, cuando pensadores como Tomás de Aquino defienden la doctrina de la creación a partir de nada, no contradicen el primer principio de las ciencias naturales; reconocen que la creación no constituye en absoluto un cambio.

Claramente, la noción absoluta referida en la creación a partir de nada no incluye a Dios. Solo se refiere a la ausencia de todo cuanto no sea Dios. De alguna manera, si se habla de “todo cuanto no sea Dios”, existe el riesgo de situar tanto a Dios como a las cosas en el mismo plano metafísico, tal vez con solo una diferencia de grado. Tampoco deberíamos pensar que esto significa que hay dos “realidades”, dos principios últimos: Dios y la nada. Creación “a partir de nada” no significa que Dios cambia la “nada” en algo; es más bien una forma de afirmar que solo Dios, y nada más, es la causa de absolutamente todo lo que es.

Se puede hablar de manera inteligible de un universo proveniente “de nada”, que ha sido creado, y también aceptar el principio según el cual todos los cambios provienen de algo previo. Esto último tiene relación con el mundo de las cosas cambiantes, desde las partículas subatómicas hasta las bellotas y las galaxias: cambios pequeños, distantes o lentos en lapsos inconmensurablemente largos. Lo primero, la creación, está vinculado con preguntarse por qué hay realmente algo fuera de Dios. Sin embargo, aquí debemos tener cuidado de no pensar en Dios como simplemente otra cosa existente entre muchas. Hay un abismo infinito entre el Creador y las criaturas. Por último, debemos admitir que no habría ciencias de la naturaleza —ni naturaleza en primera instancia— si Dios no causara el ser de las cosas.

Lawrence Krauss simplemente rechaza toda forma de recurrir a nociones de la “nada” que se encuentren más allá del ámbito explicativo de las ciencias naturales. Como dijo en una entrevista en la National Public Radio, en los Estados Unidos, en enero de 2012, “preguntarse por qué hay algo y no nada es realmente una pregunta científica y no religiosa o filosófica, porque tanto la idea de nada como de algo son conceptos científicos, y nuestros descubrimientos de los últimos 30 años han modificado totalmente lo que queremos decir cuando hablamos de la nada”. Krauss va mucho más allá de lo que la mayoría de los físicos afirmarían cuando dice: “La distinción entre algo y nada ha comenzado a desaparecer donde las transiciones entre ambos en diferentes contextos no sólo son comunes, sino también necesarias”. Ciertamente, tiene en su libro todo un capítulo sobre por qué la nada es inestable. En cierto modo tiene razón, por supuesto. Como hemos visto, la “nada” atribuida por él a diversas teorías cosmológicas es realmente algo. El distinguido físico francés Étienne Klein, autor de Discours sur l’origine de l’univers (2010), observa que, contrariamente a las especulaciones de Krauss, no tenemos las herramientas conceptuales para tratar de explicar cómo algo puede provenir de nada. Ciertamente, “lo existente previamente a nuestro universo nunca es nada”, por cuanto todo cambio comienza a partir de algo previo.

Ciertamente, la física contemporánea ofrece diversas consideraciones sobre el modo en que algo proviene de la «nada» (o tal vez las “nadas”) a la cual se refieren algunas teorías de la física; pero por cuanto estas diversas «nadas» realmente son algo, el antiguo principio de las ciencias naturales sigue siendo verdadero a pesar de existir hábiles maniobras destinadas a confundir en cuanto a lo que uno quiere decir al referirse a la nada. También sigue siendo cierto que la pregunta fundamental sobre por qué hay algo y no nada es de carácter metafísico y teológico, y en relación con dicha pregunta las ciencias naturales necesariamente nada tienen que decir. Determinar simplemente que solo las ciencias naturales se refieren debidamente al origen y a la evolución del universo, como lo hace Krauss, es una especie de descalificación sucinta de la metafísica y la teología como áreas legítimas de discurso. Como veíamos, para Krauss «sin ciencia, toda definición es sólo palabras». ¡Uno se pregunta qué comprobación científica apoya semejante afirmación! El deseo de separar las ciencias naturales de la supuesta contaminación de los «juegos de palabras» de la filosofía y la teología no es nuevo, y ahora, como siempre, revela un juicio filosófico venido a menos.


Notas:

[1] La conclusión de los pensadores antiguos de que el universo es eterno era un problema vinculado con la creencia tradicional en la creación. Las Escrituras afirmaban que hubo un comienzo del tiempo y la creación se entendía necesariamente vinculada con un pasado finito. Semejante interpretación del comienzo del Génesis fue sostenida solemnemente por el Cuarto Concilio Lateranense (1215). Para muchos creyentes —incluso en la actualidad— un universo eterno es lo opuesto a un universo creado. Un universo eterno llegó a visualizarse como un universo autosuficiente, que no requiere una causa. Será el genio de Tomás de Aquino quien distinguirá entre la creación entendida filosóficamente (en la metafísica) sin referencia a la temporalidad (y por tanto a un comienzo) y la creación entendida teológicamente, que incluía la visión de la existencia de un comienzo del tiempo. Por consiguiente, él pudo defender la inteligibilidad de un universo creado y eterno. En este ensayo, no examinaré detalladamente en modo alguno la distinción entre un análisis filosófico y un análisis teológico de la creación. Me centro en las nociones lógicamente anteriores de lo que significa crear para Dios y en la manera de comprender la «nada» en «la creación a partir de nada», en el contexto de los desarrollos de la cosmología contemporánea.
[2] Por cuanto Dios trasciende el orden creado, su causalidad no compite con la de las criaturas.
[3] Ver mi artículo «Stephen Hawking’s Creation Confusion» “La confusión de Stephen Hawking en cuanto a la creación”, también en Humanitas 60 (octubre-diciembre) y en Humanitas Review, 2, 2012, www.humanitas.cl.

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"Les ruego y les pido de todo corazón: ¡Den marcha atrás!" , le habría escrito León XIV al superior general de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, en una carta en la que también le advirtió que "desgarrar la túnica inconsútil (sin costuras) de Cristo es un pecado de extrema gravedad" 1 . Hagamos un breve recuento de esta controversia que abrió el obispo francés Marcel Lefebvre (1905-1991) hace ya más de cincuenta años. Se dice que Pablo VI no autorizó la misa tridentina solicitada por Lefebvre por temor a contravenir el Concilio Vaticano II en momentos en que se estaba recién desplegando. Luego, bajo el pontificado de Juan Pablo II, se produjeron las primeras ordenaciones episcopales (1988) que obligaron a la excomunión de cuatro obispos lefebvristas (dos de los cuales asistieron a la reciente ceremonia masiva en Écône, Suiza). El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, estuvo a punto de conseguir un acuerdo que autorizaba la misa en latín y reconocía los sacramentos impartidos por los sacerdotes de la Fraternidad, pero Lefebvre no se avino a firmar el preámbulo doctrinal que reconocía la autoridad del Concilio. La controversia en torno al canon 25 de "Lumen gentium" fue el verdadero escollo: Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo 2 . Lefebvre nunca reconoció el carácter inspirado y por ende autoritativo de la reforma conciliar. El cardenal Ratzinger (luego Benedicto XVI) siempre adoptó una actitud abierta y comprensiva hacia el tradicionalismo católico, tanto por razones políticas (evitar la radicalización de los sectores conservadores) cuanto por razones teológicas. En su alocución a los obispos de Chile, pronunciada con ocasión de su visita al país en 1988 3 , Ratzinger se preguntaba por el desafío que representaba monseñor Lefebvre. A su juicio, el lefebvrismo encuentra tres puntos de apoyo en las fisuras abiertas tras el Concilio. El primero es la pérdida del sentido de lo sagrado en la liturgia y la tendencia a identificar el verdadero culto exclusivamente con el amor fraterno, desplazando el centro de gravedad desde la consagración eucarística hacia la vida en comunidad y la oración común. El segundo es la interpretación del Concilio como una ruptura con la Tradición, en lugar de comprenderlo "como parte de la entera y única Tradición". Progresistas y conservadores coinciden en que el Concilio rompió con la Tradición, unos para celebrarla, otros para lamentarla, pero una interpretación justa del Concilio debería basarse en una hermenéutica delicada y precisa de la ruptura y de la continuidad. El Concilio no alteró ni un ápice la sustancia de la Fe ni la fidelidad a la Iglesia santa, pero tampoco es una mera reiteración de lo dicho. El tercero es el debilitamiento de la convicción acerca de la unicidad de la verdad, que termina por erosionar el impulso misionero al considerar a todas las religiones igualmente verdaderas. En "Summorum pontificum" (2007), Benedicto XVI declaró que la misa tridentina nunca había sido abolida y concedió a cualquier sacerdote la posibilidad de celebrarla sin necesidad de autorización episcopal. Al mismo tiempo, levantó las excomuniones de los obispos rebeldes en un esfuerzo por relajar las tensiones litúrgicas (y tal vez como una manera de detener el crecimiento sostenido de la Fraternidad en esos años). Con motivo del Año de la Misericordia (2015), el Papa Francisco concedió a los sacerdotes de la Fraternidad la facultad de absolver de manera válida y lícita los pecados (primero de forma excepcional y luego indefinidamente), y posteriormente reconoció también la validez sacramental de los matrimonios que efectuaran. Pero en Traditionis custodes (2021) restringió severamente la misa tridentina, prohibió que se hicieran en las iglesias parroquiales o que pudieran celebrarlas sacerdotes recién ordenados, y exigió que los obispos las autorizaran en lugares y con los oficiantes permitidos 4 . Durante este año, la Fraternidad ha vuelto a ordenar cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio, bajo pretexto de que son indispensables para la orden sacerdotal. La respuesta vaticana ha sido la más severa: excomunión "latae sententiae" (ya pronunciada, es decir, que no requiere juicio previo) para los obispos implicados, ilicitud de los sacramentos impartidos por sacerdotes de la orden e invalidez en el caso de los sacramentos de penitencia y matrimonio, y excomunión simple para los fieles que adhieran (no para quienes asistan a una misa tridentina, pero que en su fuero interno permanezcan adheridos a la autoridad pontifical). La Fraternidad se define como una orden sacerdotal. "El fin de la Fraternidad es el sacerdocio y todo lo que se relacione con él y únicamente lo que le concierne, es decir, tal como Nuestro Señor Jesucristo lo quiso cuando dijo: 'Haced esto en memoria mía'" 5 . La defensa del estatuto y las prerrogativas sacerdotales y la concentración casi exclusiva en el culto eucarístico han sido desde el comienzo su motivación principal. La Fraternidad cuenta con un buen número de sacerdotes (733) y de seminaristas (264) y en los últimos cincuenta años este número ha crecido sostenidamente a pesar de las intervenciones papales, sea en severidad o benevolencia. Sorprende el carácter marcadamente europeo de la Fraternidad, pues un tercio de sus sacerdotes son franceses, y con suizos y alemanes se hace la mitad, aunque también se advierte un buen reclutamiento norteamericano (sobre todo por la vitalidad que está mostrando el seminario de Dillwyn). Su influencia en el continente latinoamericano es escasa, algunos argentinos (donde tienen el noviciado de La Reja), un pequeño priorato en Chile y casi nada más, porque una buena parte de los adherentes brasileños ha retornado a la comunión con el Papa. ¿Por qué el tradicionalismo católico no se asienta tan bien en suelo latinoamericano y los ecos de esta controversia nos parecen tan lejanos? Se pueden intentar varias explicaciones. La primera es que el catolicismo latinoamericano nunca fue profundamente tridentino. El tradicionalismo nace como la defensa específica de un catolicismo centrado en una liturgia solemne, el uso del latín, la exacerbación de la iglesia presbiteral, la teología escolástica y un sentido fuerte de la exclusividad institucional (fuera de la Iglesia no hay verdad ni salvación posible). Pero este modelo eclesiológico nunca penetró de manera homogénea en América Latina, donde el catolicismo ha sido más popular, mariano y devocional que doctrinal o institucional. Muy pocos han experimentado la misa —y menos aún en latín— como el centro de su identidad religiosa. El tradicionalismo europeo suele apoyarse en una memoria litúrgica muy poderosa que se remonta a la era de las catedrales y en el recuerdo vivo de un orden religioso perdido que los franceses han llamado la "civilización parroquial": la parroquia llena, las vocaciones abundantes y la escuela católica. Nada de esto hubo entre nosotros, salvo y apenas en las élites sociales. El tradicionalismo católico es marcadamente una religiosidad aristocrática incubada en colegios y universidades confesionales y en pequeños círculos intelectuales vinculados con el cultivo de las humanidades clásicas y de las ciencias jurídicas que conservan —como dice Yves Congar— una eclesiología dominada por una visión jurídica de la Iglesia como "societas inaequalis et hierarchica" 6 y que en cuanto "societas perfecta" se ofrece como modelo del conjunto de las relaciones sociales. La crítica del modernismo que está tomada de la famosa encíclica "Pascendi dominici gregis" de Pío X (1907) consiste en esto, en la incomodidad que despiertan las relaciones entre personas libres e iguales entre sí. Todo debe organizarse jerárquicamente, unos mandan y otros obedecen; de lo contrario, se cae en el desorden de la increencia y del pecado. Pío X escribió muchas veces que sin autoridad la fe se perdía irremediablemente, y algo de razón tiene, pero ¿cuál puede ser la calidad de una fe que no se ha elegido libremente? La controversia en torno a la libertad religiosa reconocida en el Concilio tiene este origen. Por otra parte, el tradicionalismo suele exigir mucho refinamiento cultural y, además de un sentido particular de la continuidad histórica, requiere una fuerte dosis de apreciación estética y una teología explícita concordante. También en este sentido es una religiosidad de élites. Debe considerarse asimismo que el tradicionalismo aparece como una religión de minorías intensivas en medio de un panorama amplio y profundo de secularización de masas. El tradicionalismo no suele prosperar donde el catolicismo todavía conserva una amplia presencia cultural y más bien florece cuando el catolicismo se ha vuelto una opción minoritaria y altamente reflexiva. Ser un católico tradicional implica una elección consciente, una identidad fuerte, en ocasiones agresivamente contracultural, y una práctica intensa que requiere tiempo y dedicación. Digamos, por último, que el catolicismo latinoamericano ha sido históricamente muy ultramontano, es decir, muy leal a la sede pontificia, un catolicismo conformista, decía Paul Johnson en su monumental "Historia del Cristianismo", que dedica apenas dos páginas a los quinientos años de catolicismo en América Latina como algo que no ha producido ninguna novedad de la que valga la pena escribir. Esta fidelidad papal se consolidó durante el siglo XIX y buena parte del XX y apenas ha vacilado en las últimas décadas. En suelo europeo, en cambio, ha existido una tradición intelectual y eclesial mucho más propensa a discutir, polemizar e incluso resistir decisiones romanas. El tradicionalismo necesita una élite religiosa, una memoria litúrgica y una disposición a resistir la autoridad eclesiástica. América Latina ha poseído algo de la primera, la segunda de forma débil y la tercera casi nunca. Notas [ 1 ] León XIV; Carta del Santo Padre al reverendo padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. 29 de junio de 2026. [ 2 ] Concilio Ecuménico Vaticano II; Constituciones, Decretos, Declaraciones . Edición promovida por la Conferencia Episcopal española. Biblioteca de Autores Cristianos, 2022, p. 54. [ 3 ] Ratzinger, Joseph; "Alocución a los obispos de Chile: unidad en la tradición de la fe". Humanitas, Cuaderno n°20, diciembre 2008. [ 4 ] García-Huidobro, Joaquín; " Traditionis custodes : Francisco ante una decisión difícil". Humanitas n°98, año XCVIII, 2021, pp. 638-647. [ 5 ] Estatutos de la FSSPX. [ 6 ] Congar, Yves-Marie; Le Concile de Vatican II . Les Éditions du Cerf, París, 1984.
A continuación presentamos un compilado de las diversas actividades realizadas por la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana UC entre mayo y julio de 2026.
Reflexiones del conversatorio "Desafíos de la IA", dentro del Seminario Comunicaciones e Iglesia que se realizó en la Pontificia Universidad Católica de Chile los días 27 y 28 de julio de 2026.
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