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Qué regalo recibieron de Francisco los católicos de Santiago reunidos en multitud en el Parque O’Higgins. Ante todo, por habernos regalado una reflexión a partir de la lectura de las bienaventuranzas, para tantos el más conmovedor de los textos evangélicos. También por la analogía con el Jesús histórico, que viendo a la multitud subió al monte y las profesó a los discípulos. Como hace dos mil años, la muchedumbre, en este caso cientos de miles, debió soportar largas e innecesarias restricciones y esperas para encontrarse con un notable mensajero de Jesús.

La alegría y el espíritu de comunidad de la multitud hicieron ligeras las cargas. Se vivía un sanísimo sentido de pertenencia a una Iglesia que es común casa espiritual. El mensaje que se escuchó fue un llamado a la misericordia desde nuestra humanidad completa, precisamente de la manera que la razón calculadora no es capaz de justificar. Las bienaventuranzas permitieron sacar a la luz la dimensión genuinamente cristiana de la vida en comunidad.

Francisco comenzó aludiendo a esa mirada del Jesús que encontramos en la oración. Esa mirada comprensiva de todos los males que sufren los hombres; aunque sean autoimpuestos, como la propia codicia y desconsideración, cualquiera sea el ropaje más o menos elegante que los cubra. Porque incluso la injusticia y vulgaridad espiritual también merecen misericordia, pues no hay felicidad en el avaro, en el soberbio, ni en el abusador. Por eso, bienaventurados los pobres de espíritu, que no sufren esas carencias, por disfrazadas que aparezcan.

En tiempos en que se debilitan antiguos vínculos, que nuestras relaciones interpersonales se funcionalizan, que el día transcurre en una sucesión de encuentros anónimos, en que como nunca antes parece haber tanta soledad, recibir en la cara la mirada de Jesús nos sana. Francisco hizo visible a la multitud que lo escuchaba ese Dios personal, que nos habla a cada uno y que nos llama a replicar esa mirada hacia el otro. Ese es su llamado a una Iglesia que salga a la calle, menos ensimismada en su estructura política, que en la virtud de la caridad. Así adquiere sentido el llamado de Francisco a una Iglesia que salga a la calle, que se muestra en esa sonrisa llana y serena que nos depara y nos pide multiplicar. Nos hizo sentir que nuestra relación con Dios es personal, pero nunca se agota en nuestra individualidad, porque la misericordia con que nos trata no se puede traducir en un acto egoísta de solo recibir.

La mirada en la cara es condición para tener al otro por persona. “Sembrar la paz a golpe de proximidad, de vecindad”, salir al encuentro del que lo pasa mal, que no puede salir adelante por sí mismo es el desafío que se sigue. La misericordia nos exige ir más allá de los deberes civiles. En tiempos que el Estado ha tomado el lugar de la caridad filantrópica, esa capacidad de mirar al estudiante o al paciente como persona también hace toda la diferencia en el servicio público. Lo más conmovedor es que el punto de partida de la bella reflexión no sea una teoría social abstracta, que desconoce nuestra naturaleza débil, sino un llamado a la misericordia con todas las debilidades y miserias humanas. Esa es la mirada en la cara que recibimos de Jesús en la oración y que Francisco replicó con tanta humanidad en su misa para Santiago.


 ENRIQUE BARROS BOURIE

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