El Mercurio, 24 de febrero de 2017

No existen "pequeños homicidios"

Señor Director:

A pesar de ser Hillary Clinton una muy mala candidata, que representaba, en relación con Obama, más de lo mismo y peor -por su temeraria radicalización del crimen del aborto, entre otros-, puesto en la hipotética desgracia de tener que votar en la contienda de que salió derrotada, en ningún caso habría apoyado a su contrincante, Trump. Aunque el aborto sea abominable y el vencedor haya quitado apoyo a esa causa, lo que se decide en una elección presidencial -más todavía en la de una primera potencia, en un mundo gravado por importantes crisis en todo el planeta- no es el aval o rechazo a tal o cual importantísima situación, sino propiamente la gobernabilidad de un país, cuestión que en este caso compromete a las demás naciones y al orden mundial que históricamente conocemos.

Expresado lo anterior, quiero observar cuánto los extremos que tenemos ante nuestros ojos se tocan.

En efecto, cuando los derechos sociales de algunos o algunas se afirman en desmedro del fundamental derecho a la vida de otro, estamos -y así sucede con la legislación del aborto- dando nuestro tácito apoyo a la idea de que el derecho se funda en la fuerza. De esta manera, en forma inadvertida para la mayoría, pero entretanto muy real, se minan las bases de una auténtica democracia fundada en el orden de la justicia.

¿Con qué derecho levantamos luego nuestra voz para reclamar contra el temible matonaje que parece empoderarse en el espacio internacional?

Cuando en la conciencia ciudadana de una nación se pierde el respeto a la vida como cosa sagrada, inevitablemente se acaba extraviando la propia identidad. Esto los chilenos ya lo conocemos.

No existen "pequeños homicidios": el respeto de toda existencia humana es condición irrenunciable para una vida en sociedad digna de ser calificada como tal.

Jaime Antúnez Aldunate

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No podía ser más oportuna la encíclica Fratelli tutti –largamente comentada en este número de Humanitas– para nuestro país, falto como está de amistad social y de aprecio por la política. Francisco observa las fracturas de la amistad social en la desigualdad y en la inmigración –que definen las periferias sociales– en la doble figura del menesteroso y del forastero que se recoge en la exigencia del amor al prójimo del buen samaritano.
Como arquitecto, como historiador y como monje se esmeró en ordenar el espacio y concederle belleza a imitación del Creador.
El año 2020 qué recién pasó, vio partir, en estrecha secuencia de meses, a tres grandes figuras que sea por lo que tienen en común cómo por lo distinto, hablan en conjunto con elocuencia al país que somos, en el momento en el cual vivimos. Desde luego por lo que atañe a nuestra responsabilidad en el presente, si con San Alberto Hurtado pensamos que “una nación, más que por sus fronteras, más que su tierra, sus cordilleras, sus mares, más que su lengua o sus tradiciones, es una misión a cumplir; es futuro.”
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