Esta edición invitó a sus panelistas y a las mesas de conversación a analizar la contingencia nacional bajo la inspiración de los grandes desafíos planteados por la encíclica Fratelli tutti.

Continuando con la iniciativa que retomó el año 2012 –inspirada a su vez en el Congreso Social celebrado para el centenario de la República, en 1910–, la Pontificia Universidad Católica de Chile celebró en noviembre pasado la quinta edición de este encuentro, que convoca a más de cincuenta instituciones, siempre con el objetivo de rescatar y poner en la esfera de la mirada pública los grandes desafíos que presenta la doctrina social de la Iglesia en la búsqueda del bien común. 

El rector Ignacio Sánchez, en sus palabras de apertura, hizo hincapié en la necesidad de dialogar acerca de la forma en que estamos haciendo comunidad, sobre todo teniendo como marco la concreta invitación que hace el Papa Francisco con su última encíclica, Fratelli tutti. Tras recordar la manera en que en octubre del 2019 se resquebrajó profundamente la convivencia, insistió en que debemos “ponernos en el lugar del otro a través del diálogo fraterno; reflexionar en torno a la sociedad que queremos construir”. 

En este espacio, proyectado al ámbito académico, empresarial, político y social, señaló el rector, el foco debe ser resguardar la dignidad de la persona y construir en común respetando el punto de vista del otro: “Apostamos por una cultura del encuentro en que cada persona pueda sentirse parte desde su realidad diversa. (…) El énfasis puesto en la necesidad de escucharnos y abrirnos a lo diferente”. Teniendo muy presentes los desafíos que planteó el Papa Francisco al visitar la UC en enero del 2018, concluyó que, con el desarrollo de esta iniciativa, “desde la Universidad, hemos querido ser una vez más testimonio de diálogo y de responsabilidad con el desarrollo de nuestro país”.

“Contribuciones económicas para un verdadero desarrollo humano integral” 

En esta oportunidad, la conferencia inaugural estuvo a cargo de Sor Alessandra Smerilli [1], doctora en economía y especialista en economía política, recientemente designada por el Papa Francisco como subsecretaria para el Sector Fe y Desarrollo del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. 

En su muy interesante intervención, desde la mirada de la economía, no dejó indiferente a nadie al plantear, por ejemplo, que un dicho que se utiliza en su disciplina “sostiene que ‘lo que la economía no ve a través de sus lentes, lo destruye’. Esta es una máxima tan cruda como verdadera: si la teoría económica a través de sus lentes no ve algunas realidades y posibilidades, entonces el mundo económico y político operan de tal manera que los arruinan y, a veces, los aniquilan”, como sería el caso de los bienes medioambientales. 

Lo central de su propuesta es la necesidad de poner de relieve la importancia del cuidado: 

Hemos experimentado, al tener que prescindir de un abrazo o una caricia, el valor del cuidado, constatando que es una dimensión que no hemos hecho crecer adecuadamente en nuestras sociedades. (…) el trabajo y el cuidado son dos dimensiones fundamentales para el ser humano. A través del trabajo hemos logrado avanzar y lograr enormes progresos, pero nos hemos quedado atrás en la capacidad de cuidar.

Y continúa, adentrándose en el contingente tema del rol de la mujer en la sociedad: 

El cuidado se considera generalmente una distracción de las tareas más importantes y, por lo tanto, generalmente se contrata a mujeres o personas que lo hacen en lugar de otros y que tienen que vivir miserablemente por esto. El hecho mismo de que la remuneración de estos trabajos sea inferior al promedio nos dice que el cuidado no tiene una alta consideración social. (…) Necesitamos devolver la atención a la escena pública, nunca debemos permitir que haya legisladores y tomadores de decisiones que no tengan a nadie a quien cuidar. El manejo de la pandemia parece haber sido más efectivo en países donde las mujeres han tenido roles de responsabilidad, y esto por la capacidad de empatía, por la claridad en la toma de decisión y por la claridad y uniformidad en la comunicación, quizás sea también porque tienen experiencia en el cuidado. Entonces se preguntarán si la respuesta es aumentar el número de mujeres en los lugares donde se toman las decisiones. No, la respuesta es que todos debemos darle relevancia social al cuidado, todos debemos aprender qué significa cuidar, es una propuesta para equilibrar mejor los tiempos del trabajo y los del cuidado. Dar a todos los hombres y mujeres la posibilidad de aprender a cuidar de los demás y de la naturaleza. 

Para enfatizar al cierre: 

Esto que puede parecer una utopía, en realidad me gustaría verlo como una eutopía y, por esto, requiere de un compromiso colectivo y una visión a largo plazo. 
La pandemia nos está ayudando a cuestionar muchas cosas (…) si aprendemos a mirar con ojos diferentes, quizás eso dé lugar a realidades diferentes. Aprendamos, comencemos a aprender a mirar el trabajo y cuidar con otros ojos y quizás habremos dado un paso hacia tener una sociedad y una humanidad más digna.

Síntesis de los paneles 

“Diálogos que generan encuentros”, “De frente a la cultura del descarte: en Chile nadie sobra”, “La persona en el corazón del desarrollo” y “Volver a confiar: instituciones renovadas al servicio”, son los nombres de los paneles que se llevaron a cabo durante las jornadas del 3 y 4 de noviembre. Asimismo, se realizaron diferentes mesas paralelas, donde se expusieron los trabajos ganadores del Concurso de Ponencias al cual se convocó para este Congreso. [2]

En la modalidad virtual a la que obligó la situación sanitaria provocada por la pandemia, cada panelista tuvo un momento para compartir su reflexión y motivación y posterior oportunidad de intercambio a través del diálogo y respondiendo preguntas del público. 

En el primer panel se conversó sobre cómo nos relacionamos con otros y tendemos puentes de encuentro desde la alteridad, para participar en conjunto por la construcción del bien común. El moderador fue Rodrigo Mardones, cientista político y académico UC, y los panelistas Carolina Leitao (alcaldesa de la comuna de Peñalolén), Pbro. Andrés Moro (Vicario de Educación), Sonia Montecino (antropóloga y académica de la Universidad de Chile) y Mariana Aylwin (exministra, directora ejecutiva de Corporación Aprender). Temas como la participación, integración en la diferencia, el dejar los prejuicios y pensarnos como un “nosotros”, fueron algunos de los ejes abordados. 

El segundo panel se centró en el valor intrínseco de cada uno de los miembros de la sociedad, despertando el llamado a la solidaridad y a la superación de la cultura del descarte. La necesidad de generar una real inserción social para los privados de libertad, el fortalecimiento de la familia, la empatía concreta, la inclusión en todas las esferas de funcionamiento social, y el llamado a superar los individualismos, son algunas de las ideas fuerza que plantearon Javiera Lecaros (directora ejecutiva Fundación Kalén), Victoria Paz (gerente de Sostenibilidad y Asuntos Públicos de BancoEstado), el P. José Francisco Yuraszeck SJ (capellán del Hogar de Cristo), y el P. Sergio Naser (fundador del policlínico de alcoholismo y drogadicción Obispo Enrique Alvear) bajo la moderación de Magdalena Amenábar, vicerrectora de Comunicaciones UC. 

Durante el tercer panel se conversó acerca de cómo promover e implementar un desarrollo integral para todos en el contexto actual, dejando de lado las desigualdades y uniendo fuerzas en el trabajo por la superación de la pobreza. Tras la presentación de Pilar Urrejola, arquitecta y académica UC, los panelistas Esperanza Cueto (directora de Comunidadmujer y presidenta Fundación Colunga), Carlos Ingham (Fundador ONG “Red de Alimentos”), Eugenio Tironi (sociólogo y socio fundador de la consultora TIRONI) y Francisco Gallego (economista, académico UC y ganador del Premio Abdón Cifuentes 2020), resaltaron la pertinencia de la temática del Congreso, y lo fundamental de la centralidad en la persona. El poner en valor los actos y asociaciones que surgen motivados por el reconocimiento del otro, fortalecer los vínculos, mantener en alerta al orden político y empresarial frente a las duras realidades que se viven, son algunos de los aspectos profundizados en esta instancia. 

El último panel se organizó en torno a una de las crisis más profundas que experimentamos como sociedad: la falta de confianza. Se abordó el tema de la importancia de las instituciones y su rol en las relaciones sociales, y la necesidad de recuperar la confianza en ellas desde la ciudadanía. La moderadora Paulina Gómez, decana de la Facultad de Comunicaciones UC, guió la conversación entre Gloria de la Fuente (presidenta del Consejo para la Transparencia), Eduardo Valenzuela (hasta entonces decano de la Facultad de Ciencias Sociales UC), Jorge Jaraquemada (director ejecutivo Fundación Jaime Guzmán), Pablo Ortúzar (investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad). Ideas como el valor de la transparencia, lo necesario de lograr cohesión social, el motivar un proyecto común y una recuperación de las nociones de institución, jerarquía, roles y pares, marcaron el intercambio. 


Notas

[1] Pertenece al Instituto de las Hijas Auxiliadoras de María, economista y consejera de estado de la Ciudad del Vaticano, y coordinadora del Grupo de Trabajo de Economía de la Comisión Vaticana para el Covid-19.
[2] Las intervenciones de los panelistas están disponibles en el sitio web del Congreso Social.

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El cardenal Mario Grech, Secretario General para el Sínodo de los Obispos, ha definido el proceso sinodal que atraviesa la Iglesia como un tiempo para hablar. El cardenal cita el Eclesiastés 3,7, donde se escribe que existe un tiempo para hablar y otro para callar, y señala que ambos tiempos se requieren mutuamente. “El discurso sin silencio se convierte fácilmente en palabras huecas. El silencio sin palabras puede conducir fácilmente a un estado de apatía e irresponsabilidad” [1] . Muchas veces la Iglesia ha caído en este desbalance, ha permanecido en silencio cuando ha debido hablar (especialmente cuando ha sido testigo de injusticias que clamaban al cielo) o, viceversa, ha hablado demasiado cuando convenía guardar silencio. En su homilía el cardenal Grech llama la atención, sin embargo, sobre los tiempos propicios para hablar y callar, no hacia afuera, sino dentro de la propia Iglesia. 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En lugar de dialogar, tenemos una cultura de nosotros contra ellos. La Iglesia debería hablar sobre estos temas, pero muchas veces opta por permanecer en silencio. El proceso sinodal es un tiempo para dialogar, dice el cardenal: “Es hora de dejar que los lados liberal y conservador de la Iglesia hablen, franca y abiertamente, y expongan sus preocupaciones”. Hablar no significa desconocer la autoridad ni la tradición, aunque el diálogo debe admitir que no todo está zanjado de una vez y para siempre y que todas las materias que dividen a los católicos son susceptibles de una debida consideración. Jean Luc Marion ha señalado que los católicos de hoy no están divididos por ninguna materia teológicamente decisiva como lo estuvieron en los primeros siglos con las controversias cristológicas que ponían en entredicho el corazón mismo de la fe, o siglos después con el cisma protestante que cuestionó severamente la realidad sacramental de la Iglesia. Nuestras controversias no tienen ningún potencial cismático y versan casi todas respecto de la relación de la Iglesia con el mundo y con el grado de adecuación a los cambios culturales que cruzan las sociedades modernas. No se trata de desmerecer la importancia de las divisiones que tenemos entre manos, pero tampoco de exagerarlas. Hablar no significa decir cualquier cosa, sino concurrir en una intelección común de la verdad, es hablar con otros que provienen de experiencias distintas y tienen otros puntos de vista, en procura de encontrar un entendimiento. Demasiadas veces se identifica la religión con el fanatismo y la intransigencia, es decir, la incapacidad de diálogo que se disfraza de convicciones e intransables por todos lados. Hablar significa abrir la puerta a quienes no saben nada, pero tienen la lámpara de la fe prendida. Ya no en su homilía, sino en su conferencia en el simposio de Oxford, el cardenal Grech mira las cosas desde el otro lado y define el proceso sinodal como una Iglesia que escucha. Para que alguien hable verdaderamente, debe haber otro que permanece en silencio y escucha. En el momento actual es la autoridad la que escucha el talante profético del “sensus fidei” para luego discernir y actuar. El dogma de la Inmaculada Concepción de María tiene la fama de ser el colmo de la autoridad pontifical, pero en realidad fue la coronación de un sentir popular que se había conformado y madurado durante siglos. El proceso sinodal depende casi enteramente de la capacidad de estimular la capacidad de que todos hablen, con ponderación y humildad, pero que se diga lo que muchos tienen que decir, con franqueza y sinceridad de corazón. Ojalá ninguna autoridad religiosa menosprecie lo que digan sus fieles bajo pretexto de que no saben o no están suficientemente enterados. 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