TEMPLANZA

P. Wojciech Giertych, o.p. Teólogo de la Casa Pontificia

En lo profundo de nuestra naturaleza existen dos instintos fundamentales e innatos, el de supervivencia y el de procreación. No sólo los seres humanos, sino también los animales y las plantas, se sienten interiormente movidos a defender su ser y a transmitir la vida a la siguiente generación. La vida es buena, y la naturaleza nos impulsa a continuarla y transmitirla. Los árboles no tienen necesidad de aprender a dar vigor a sus frutos. Los animales no necesitan aprender a aparearse ni a cuidar a sus cachorros; los guía una potente fuerza natural, siempre presente.
La persona humana se mueve por los mismos instintos, pero en el hombre las dimensiones corpóreas y espirituales han de cooperar para alcanzar una superior plenitud humana. Los instintos innatos que tienen por objeto el alimento y la unión sexual, junto al deseo por los placeres del gusto y el tacto, producen mucho más que el mero placer cuando van unidos a la búsqueda espiritual del verdadero bien, no sólo para uno mismo, sino también para los demás. El gusto y el tacto dan lugar al placer de los sentidos, pero el placer por sí mismo, privado de orientación espiritual y de su verdadero significado, en su egoísmo hedonista, deja un sentido de vacío mental. La persona humana está orientada a la felicidad y los placeres por sí mismos no pueden proporcionarla. La felicidad profunda procede del vivir orientado al verdadero bien, percibido y acogido por la razón y por la voluntad, en unión con los dinamismos corpóreos. El actuar en cooperación equilibrada, que no en mera coexistencia, del deseo -por el placer del gusto y el tacto- y de la adhesión a la verdadera bondad reconocida por medio de las facultades espirituales, constituye la finalidad de la virtud de la templanza. Las necesidades biológicas y el deseo de bienes concretos han de ser regulados teniendo en cuenta metas más elevadas. El desorden nace cuando el ardor es excesivo, cuando se dirige a un objeto impro­pio o, como sucede a veces, cuando es insuficiente. La virtud está en el término medio. La subordinación de los deseos de los s p tidos a perspectivas es­pirituales no resta al placer su cualidad estática. Se produce una mayor y más profunda satisfacción cuando no ignoramos la humanidad. El hedonismo reduce a la persona humana a un nivel animal. La literatura romántica del siglo XIX, al describir las pasiones humanas, las vincula siempre a valores morales como amor responsable, patriotismo y servicio. Sin embargo, los anuncios publicitarios de nuestros días nos proponen experiencias centradas únicamente en pasiones, desligadas de cualquier valor fundamental. Ello causa el vacío psíquico. El respeto mutuo y virtuoso de los esposos en la castidad conyugal (cuando se siguen métodos naturales en la planificación de la familia) mejora la calidad de su amor. La responsabilidad eleva el amor. Comer con tranquilidad (relajadamente, por contraposición a fast-food) sin glotonería o ansiedad y sin excesos en el beber, son señal de humanidad. La capacidad de gozar de la música clásica produce una satisfacción mucho mayor que el ruido ensordecedor de músicas carentes de armonía. No sólo las emociones de placer han de ser bien gestionadas. También la emoción de la tristeza requiere de una dirección responsable. La tóxicodependencia y el alcoholismo no nacen normalmente de un deseo excesivo de placer, sino de la incapacidad de gestionar la tristeza, en ocasiones verdadera y legítima. Tradicionalmente se considera que la virtud de la templanza comprende dos elementos esenciales: la disposición a la vergüenza y el sentido del honor que rechaza lo que es indecente y malo. La vergüenza, que conduce a la modestia en el modo de vestir y en el comportamiento, nace del respeto a la dignidad humana y a la esfera sexual, que ha de ser protegida. Aliados de la virtud de la templanza son las virtudes de la modestia, la humildad, la clemencia que controla la cólera injustificada y las virtudes tradicionalmente llamadas del estudio, que regulan una curiosidad excesiva. Todas estas virtudes se caracterizan por una cierta limitación que es típica de la virtud cardinal de la templanza.
El crecimiento en la virtud, aunque posible de manera limitada con esfuerzos únicamente humanos, se realiza profundamente a nivel sobrenatural, cuando el hombre se dirige a Dios con fé y con amor, dando pequeños pasos de autocontrol con fé inquebrantable en la potencia de la gracia Divina.

 

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