Como Decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica de Chile me corresponde presentar brevemente la obra del profesor Morandé por la cual nuestra Universidad le otorga esta distinción académica.

El profesor Morandé suscita en nuestra Facultad un reconocimiento académico y una admiración intelectual unánimes, en razón de su vasta trayectoria como profesor, principalmente en el Instituto de Sociología, pero también por la riqueza y profundidad de su obra intelectual. En sociología enseñó materias muy diversas relacionadas con teoría sociológica, especialmente teoría del simbolismo y teoría de sistemas, pero también ofreció los mejores cursos de especialidad en sociología de la cultura y de la religión. Fue siempre considerado un profesor de alto vuelo, de exposición exigente y profunda, con una fuerte adhesión entre los mejores alumnos.

Nuestra Facultad ha reconocido su obra académica con la publicación de tres volúmenes que recopilan sus contribuciones más importantes en sociología, antropología cristiana y estudios sobre universidad (Pedro Morandé. Textos sociológicos escogidos, Ediciones UC, 2017; Pedro Morandé. Textos escogidos de antropología cristiana, Ediciones UC, 2017 y Pedro Morandé. Escritos sobre Universidad, Ediciones UC, 2018).

La originalidad y calidad de la obra del profesor Morandé ha sido reconocida ampliamente en el mundo academico, incluyendo a profesores de la nueva generación que han tenido a su cargo la edición de estas obras (Andrés Biehl y Patricio Velasco para el primer volumen, y Sofía Brahm para los dos últimos), entre las que habrá que mencionar también la reedición de su libro más conocido y de mayor impacto, Cultura y Modernización en América Latina (publicado originalmente en la serie de Cuadernos del Instituto de Sociología en 1994; que acaba de ser reeditado por el Instituto de Estudios de la Sociedad, IES, 2018, a cargo de Josefina Araos).

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Respecto de su condición de profesor quisiera destacar su particular manera de comprender la formación académica, que incluía sobre todo el afán por crear una comunidad de aprendizaje entre profesor y alumno completamente apartada de la rigidez de la disciplina y del manual escolar. Todavía recordamos algunos de nosostros el gusto que siempre tuvo por los seminarios, donde profesor y alumnos leían un mismo texto al mismo tiempo, ¿cómo no recordar el que tuvimos sobre las Mitológicas de Lévi-Strauss en los años setentas donde se examinaba la distinción entre lo crudo y lo cocido, es decir el pasaje de la naturaleza a la cultura? Es algo que se podía entrever todavía hasta el final de su vida docente y, como ningún otro profesor nuestro, en el tiempo que brindaba a sus ayudantes de docencia.

También se trataba del énfasis en enseñar los fundamentos antes que contenidos o competencias (y que volvía a veces insorportablemente exigente su lección) y en la índole rigurosamente personal de su clase, a través del cual se trasmite no lo que alguien haya dicho sino el modo como cada cual comprende lo dicho por otros. Pedro Morandé recogió de modo sobresaliente el ideal autoeducativo, pero también el ideal sapiencial de la universidad que está contenido en la tradición de la universidad medieval, renovada en la vieja universidad alemana de cuño humboltiano (donde él mismo hizo sus estudios doctorales) y que todavía se puede encontrar en el espíritu de la exhortación apostólica Ex Corde Ecclesia que guía la tarea de las universidades católicas modernas.

¿Qué hemos aprendido de su manera de hacer vida universitaria? Sobre todo esto: la universidad no es el lugar del saber (o del conocimiento) sino de la sabiduría que –en conformidad con la definición clásica– consiste justamente en saber que no se sabe, lo que exige mantener la apertura del espíritu hacia una búsqueda amplia, abierta e inmoderada de la verdad. La sabiduría desborda continuamente el saber por su implacable orientación hacia la Verdad. Quien está efectivamente orientado hacia la verdad, sabe que no la retiene ni la posee sino de un modo siempre imperfecto y limitado, incierto y oscuro como quien anda a tientas en una sala penumbrosa. La sabiduría se contrapone con la ideología –la gran tentación de los jóvenes– que resuelve todo en un par de minutos y devela el misterio del mundo con pasmosa facilidad. Pero también la sabiduría se contrapone con el afán del mero especialista –la gran tentación de los mayores– del que se aferra a lo poco que sabe y se ufana de su competencia y erudición singular. Pedro supo mantener a toda una generación de sociólogos al margen de esta doble tentación, la de los jóvenes siempre capturados por el clima ideológico de todas las épocas y colores, y la de los mayores que renuncian a hacerse las preguntas esenciales del conocimiento. El énfasis heideggeriano en el preguntar como condición existencial del Dasein pudo haber sido su referencia pedagógica, porque pensar significa aprender a hacerse una pregunta y no adelantarse demasiado en la respuesta.

Respecto de su contribución a la sociología no me extenderé más allá de lo que él mismo nos dirá acerca de su trayectoria e inspiración intelectual. Para nosotros, Pedro Morandé fue un fundador de escuela en el sentido amplio y generoso de la expresión, dejó una impronta en muchos, no solamente a través de su carácter, sino de la originalidad y profundidad de su pensamiento.

A Pedro le debemos, en efecto, la valorización de la dimensión cultural de la experiencia a la vez humana y social. La conceptualización de la cultura como un conjunto de formas simbólicas (algo tomado seguramente de la influencia de Cassirer y la escuela alemana y luego de las teorías estructuralistas del símbolo), constituida por mitos y ritos, y no por los productos intencionados del espíritu ilustrado, es decir por ideas y discursos, constituyó una verdadera revolución intelectual para nuestra generación y abrió un vasto campo de reflexión e investigación que dura hasta el dia de hoy.

A diferencia de Cassirer y de Levi-Strauss, para quienes el símbolo remite a invariantes o formas del entendimiento humano, Pedro entregó una interpretación de sensibilidad histórica más que estructural o formal a través de su reflexión sobre la especificidad históricamemente formada de la cultura latinoamericana. En esta tarea recogió ampliamente la inspiración de los ensayistas latinoamericanos de los años treinta (que culminan con El Laberinto de la Soledad de Octavio Paz, con el cual perfectamente podría equipararse en su talante ensayístico), pero en el marco de una ciencia social conceptual y empíricamente desarrollada. Muchas de sus observaciones sobre la cultura latinoamericana se han vuelto clásicas, como la naturaleza de la síntesis barroca de nuestra modernidad, la preeminencia del rito por encima de la palabra, la relevancia cultural del mestizaje latinoamericano, la resignificación sacrificial del dinero en la estructura hacendal, o la ausencia del padre y la hipérbole del símbolo materno en la cultura latinoamericana. La vigencia de la religiosidad popular en el marco de un proceso abierto de modernización incluso exitoso como el chileno –que ninguna sociología de la época pudo explicar coherentemente– fue la punta de lanza de un programa de investigación que tuvo también –como sabemos– un hondo impacto eclesial desde la teología del pueblo creyente de la Conferencia de Puebla hasta la teología de la misión en Aparecida, un proceso que Pedro Morandé acompañó intelectualmente muy de cerca en compañía de algunas de la mejores cabezas del mundo católico de la época, como Alberto Methol Ferré.

Quisiera terminar justamente esta apretada síntesis con una referencia a la condición de Pedro como intelectual católico, de seguro el más influyente de su generación en el contexto latinoamericano. Esta impronta católica estuvo desde el comienzo, desde luego, pero alcanza una especial cristalización en su esfuerzo por construir una crítica social de la modernidad fundada en una antropología cristiana de la persona. Pedro estuvo especialmente vinculado con el magisterio de San Juan Pablo II y su teología de la persona que está contenida en su afirmación acerca de la persona como el único sujeto óntico de la cultura. Todos los demás entes sociales y económicos – en particular las instituciones de cualquier índole– tienen una realidad derivada y segunda. Una meditación singular sobre la persona humana se encuentra en el núcleo de toda la obra posterior de Pedro, la de los noventas y años siguientes, que tuvo igual empuje y resonancia que su reflexión original sobre la cultura.

¿Qué es la persona? La persona queda definida por su ontogénesis, por el hecho de que nadie puede iniciarse ni darse la vida a sí mismo, y por ende la persona experimenta la existencia como algo que le ha sido dada por otros, lo que conduce a encontrar el sentido de la vida en la capacidad de donarse a su vez a los demás. Es cierto que la existencia dada de esta manera es también una existencia destinada a la muerte, y que la persona se constituye en la capacidad –como dice Heidegger– de comprender el sentido de su existencia a través de precursar su propia muerte y en la experiencia de la dramaticidad de la vida. Pero el misterio cristiano de la persona se encuentra en la forma cómo experimentamos la vida más que la muerte, en la existencia personal que obtenemos en el seno de una familia, más que en la existencia auténtica que se obtiene de plantar cara a la muerte.

Una fructífera investigación sobre la cultura y, más específicamente sobre la familia como morada de la persona y sede primordial de nuestra experiencia de humanización, surgió de esta metafísica cristiana de la persona. Nuestra generación sufrió los embates de la manipulación ideológica de la persona (en nombre de varias de las cuales fueron sacrificadas tantas vidas), y hoy nos enfrentamos a diversas amenazas de manipulación tecnológica de calibre parecido. La reflexión de Pedro Morandé sobre el lugar de la persona en el ordenamiento social, y en particular en la sociedad moderna cuyo principio activo ya no es la ideología, sino la tecnología, quedó plasmada en un conjunto de artículos que entrecruzan la sociología científica, la antropología filosófica y la filosofía social, y que coronan una obra enteramente admirable por su plasticidad, diversidad y esmero conceptual.

He sido testigo de gran parte de los cuarenta años de la vida universitaria de Pedro Morandé desde que fuera alumno suyo e incluso ayudante en el curso que entonces dictaba sobre lógica formal, y luego como profesor por largos años del Instituto de Sociología donde compartimos casi diariamente el almuerzo junto con otros profesores que se han congregado en esta mañana para honrarlo académicamente. Tengan Uds. la seguridad de que Pedro ha sido el profesor más influyente y decisivo que haya tenido la sociología de nuestra Universidad, que su obra e inspiración logró trascender en diversos ámbitos y disciplinas afines, sobre todo la teología, la antropología, la filosofía y la historia, y que ha encontrado ya la manera de abrirse paso en las nuevas generaciones.

Para nuestra Facultad, que ha venido masivamente hoy a este auditorio, y para la Universidad en su conjunto, Pedro Morandé es motivo de una enorme admiración académica y de aprecio personal que justifica ampliamente la distinción que nuestra Universidad ha querido otorgarle en esta oportunidad, a quien por sus méritos ha sobresalido por encima de todos nosotros.

Muchas gracias.


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