La caridad moderna se ha resentido en la medida en que queda crecientemente fuera de la economía religiosa de la salvación.

* Las imágenes de este artículo pertenecen al libro de Ediciones UC "Humano, la obra de Mario Irarrázabal", que busca ofrecer una mirada particular de la obra y vida del escultor. Se publicó con motivo de la exposición homónima, en el Museo Nacional de Bellas Artes, Santiago de Chile, 2009. Las fotografías fueron tomadas por Fernando Maldonado.

© Humanitas 93, año XXV, 2020, págs. 60 – 75.


La reflexión sobre el significado de la riqueza y de la pobreza está en el corazón de la identidad cristiana. La imprecación de León XIII que inaugura la moderna doctrina social de la Iglesia plantea el problema de la riqueza y de la pobreza en los mismos términos en que apareció desde el comienzo:

Así, pues, quedan avisados los ricos de que las riquezas no aportan consigo la exención del dolor, ni aprovechan nada para la felicidad eterna, sino más bien la obstaculizan; de que deben imponer temor a los ricos las tremendas amenazas de Jesucristo, y de que pronto o tarde se habrá de dar cuenta severísima al divino juez del uso de las riquezas.

El corazón de la doctrina social de la Iglesia es este: la riqueza es un obstáculo para la salvación, la que se consigue, en vez, en la condición y en la disposición con que viven los pobres. Respecto de este problema, el cristianismo se sitúa en la vena de la tradición profética del judaísmo antiguo que ensalzó la pobreza como fuente de piedad religiosa. Los pobres son aquellos que confían realmente en Dios y ponen en Dios toda su esperanza, de donde provienen sus valores propios como la humildad, la mansedumbre y el temor de Dios, tal como aparece característicamente en los salmos de lamentaciones: “Yo, empero, soy un pobre y desvalido, oh Dios, socórreme. Tú eres mi sola ayuda, tú mi libertador, ¡Señor, no tardes!” (Salmo 69,6). ¿En quién Otro podría poner su confianza aquel que no tiene nada en este mundo?

MI 001

"Éxodo II", n°286 - 2002

La exaltación de los pobres era enteramente religiosa, sin ningún parentesco con la moderna glorificación moral del pobre de la tradición romántica del “buen salvaje” o del hombre natural. El pobre que tiene interés evangélico era piadoso, no necesariamente virtuoso.

Los profetas ponen de cabeza la doctrina tradicional que consideraba la riqueza una bendición de Dios, el signo inequívoco de que alguien gozaba de su favor y podía llamarse bienaventurado, mientras que el pobre y el enfermo se asociaban a una condición pecaminosa. Esta inversión de la teodicea de la riqueza se completa en el Sermón de las Bienaventuranzas de Jesús de Nazaret que ensalza definitivamente a cualquiera que lleve la marca de la fragilidad humana. El cristianismo agrega una tensión específica a esta nueva teodicea de la pobreza al situarla en un horizonte escatológico particularmente intenso que anuncia el cambio de suerte de los pobres para quienes estará reservada la salvación, algo que estaba presente desde el comienzo en el Magnificat tomado de la profecía de Isaías, 61:1-2 y en el sentido del Evangelio como proclamación de la buena nueva a los pobres (Lc 4:18), sobre todo en el evangelio de Lucas.

En Lucas aparece la bendición escatológica del pobre Lázaro que recibirá una recompensa que el rico ya ha recibido en este mundo (Lc 16,19-31), la recomendación para el anfitrión de invitar a su mesa a los pobres, antes que a los parientes y vecinos, trastocando el sentido habitual del patronazgo greco-romano (Lc 14-13-21), y la parábola del rico (Lc 12-16-21) que muere repentinamente sin disfrutar nada de lo atesorado en sus graneros. El evangelio de Lucas contiene también las famosas sentencias contra la riqueza como obstáculo infranqueable para la salvación (“es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios”), hasta el punto de que el único camino del rico es renunciar a toda su riqueza, repartirla entre los pobres y seguir el camino de Cristo (Lc 18,18-27).

El evangelio de Lucas modeló las primeras actitudes de la fraternidad cristiana caracterizada por el desprendimiento de los bienes, la simplicidad y la continencia en el modo de conducir la vida. Muchos autores (Brown, Rhee) coinciden en que las actitudes cristianas hacia la riqueza y la pobreza tienden a estabilizarse en torno a la caridad alrededor de los siglos II y III al calor del retraso escatológico y los problemas que planteó la realidad del pecado post-bautismal que obligaron a moderar las exigencias de celibato y de la pobreza voluntaria, muy temprano en el caso del celibato a través de la recomendación paulina de casarse antes que arder, y algo más tarde en el caso de la pobreza.

La maldición de la riqueza se atenúa a través de la redención por la caridad: los ricos no tienen necesidad de renunciar a todos sus bienes, pero deben dar con largueza a los pobres y necesitados para obtener la redención.

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Sumario:

  • La condición del pobre ha sido tradicionalmente ensalzada en el cristianismo como fuente de piedad religiosa. En el rostro del pobre se encuentra a Dios, pues es el único testimonio de que somos necesitados. El pobre, en su fragilidad, pone realmente en Dios toda su esperanza y no en los bienes que posee. Esta tradición entra en conflicto con el protestantismo y la economía moderna, que ponen en el trabajo, y no en la simpleza y generosidad, el acento salvífico.

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